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El mundo gira sobre un eje podrido por Alber Vázquez

Alber Vázquez es escritor. “El mundo gira sobre un eje podrido” es una columna de opinión que se publica todos los lunes y que alberga como firme propósito convertir a este planeta en un lugar más habitable donde los hombres y las mujeres del mañana puedan compartir su existencia en condiciones igualdad y justicia. Estamos seguros de poder lograrlo. El mundo gira sobre un eje podrido dejó de actualizarse en abril de 2008.

Los riñones y las hienas

Estaba yo enfrascado en la lectura de la última novela de Amélie Nothomb publicada en España, “Ácido sulfúrico“, cuando me llama mi madre para quejarse amargamente de que este año el alquiler de las tumbonas en las playas de Benidorm está por las nubes. Un asco y una vergüenza, digo, por decir algo. Mi vieja, decidida a no dejarse coaccionar por el sistema, ha obligado a mi pobre padre a chupar piscina del hotel, donde las tumbonas son gratis y el agua tiene cloro. Esa es mi vieja.

En fin, cuelgo el teléfono y sigo con lo mío: “Ácido sulfúrico”. En la novela, Nothomb describe un reality show extremo. En él, los miembros de un programa de televisión secuestran aleatoriamente ciudadanos en las calles de París y los internan en un campo de exterminio al estilo nazi. El trato a los prisioneros es el mismo que los nazis daban a los judíos, las obligaciones de aquellos son las mismas y su final es idéntico: la muerte. Sin embargo, existe una pequeña diferencia. El campo es un gran plató con cámaras por todas partes y la vida de los prisioneros se retransmite por televisión con, obviamente, gran éxito de audiencia. Y digo que se trata de un reality show extremo porque a los concursantes se les extermina de verdad. Si te nominan, pasas a criar malvas en menos de lo que canta un gallo.

Sinceramente, el libro no me ha sorprendido nada. Para empezar, porque Nothomb nunca me ha puesto demasiado y, para seguir, porque el tema me ha dejado frío. Extraño, porque se supone que la intención de la escritora es transmitirnos un horror desmedido. Pero ha llegado tarde: uno está curado de espanto, esa es la pura verdad, y ya nada le sorprende. Nada de lo que pueda ver por la tele o leer en un libro. Así de triste, pero así de real. Nothomb llega veinte años tarde.

Por eso, cuando al poco de colgarle el teléfono a mi madre y de reanudar mi apacible lectura, voy y me entero a través de un web de noticias que una televisión holandesa había creado un reality show en el que una enferma terminal de cáncer decidía a quién de entre tres aspirantes le donaba un riñón, me quedé tan tranquilo. Vale, un programa chorra más, me dije. Un programa estúpido más. Carnaza para gilipollas con demasiado tiempo libre. Y seguí leyendo hasta la hora de cenar.


Foto© Deutsche Welle. La joven actriz que simuló ser una enferma ternimal de cáncer.

Pues mira tú que no. El programa en cuestión va y se convierte en un escándalo, oiga. Pero en un escándalo de agárrate y no te menees. Los ministros del gobierno holandés divididos al respecto: que si muy bien, que si muy mal, que si esto, que si lo otro. Y la opinión pública, otro tanto: ¡Una vergüenza! ¡Una genialidad! Europa se rompe. En fin, yo qué sé. Un puto programa de la tele.

Luego, digo yo que incapaces de aguantar la presión pública, los organizadores del programa dijeron que era todo una broma, tontos, sólo para reírnos un rato (y lo era, sí, pero para mí que con su puntito de globo sonda). Dijeron que tampoco era para tanto. Carajo, un riñón es un riñón y nada más que eso, ¿no? Pues sí. Entonces, ¿a qué tanto escándalo? Eso mismo digo yo, ¿a qué tanto escándalo?

Al parecer, hay gente que considera hediondo traficar con órganos humanos en un programa de televisión y jugar, al tiempo, con los sentimientos de personas que los necesitan realmente porque les va la vida en ello. Yo, sinceramente, no soy de la misma opinión. El riñón ni siquiera es un órgano hecho y derecho. Ni siquiera es un órgano: son dos y te basta con uno para vivir tranquilamente. Mi madre, por ejemplo, siempre ha tenido uno sólo y eso no le ha impedido sacar adelante a dos hijas hechas y derechas, además de a un servidor. Por no hablar de lo que no habrá tenido que aguantar el pobre chaval de las tumbonas…

No quisiera parecer frívolo: sé que sin ningún riñón no se puede vivir. Sé, por ello, que montar un programa de televisión en el que los concursantes ganan algo que puede salvarles la vida (y que no ganarlo puede acarrearles la muerte) es obsceno. ¡Pues claro que es obsceno! El tráfico de órganos es lo que tiene: que escandaliza rápido. Pero, por otro lado, la televisión de hoy en día está repleta de programas obscenos que incluso a mí, que como he dicho antes estoy más que curado de espanto, consiguen escandalizarme. Y no hay que irse a altas horas de la madrugada: en pleno horario infantil, a eso de la media tarde, emiten unos cuantos talk shows en los que un montón de morralla humana trafica con sentimientos sin el menor rubor. Merece la pena cogerse la gripe para quedarse un día en casa y verlos: son la parte más pestilente de esta sociedad, el inframundo de las emociones, la escoria de nuestra puta estirpe humana: un interminable desfile de monstruos compartiendo con absoluta naturalidad lo que de monstruoso tiene nuestra naturaleza. Y encima, estos programas se superan día a día: cuando crees que no se puede tocar fondo en cuanto a miseria humana se trata, va y aparece un fulano o una fulana que riza el rizo: siempre hay un hijo de puta dispuesto a ser un poco más miserable a cambio de unos pocos miserables euros más. Y siempre hay un miserable dispuesto a ponerlo todo delante de una cámara. Y un par de millones de miserables gilipollas prestos a consumirlo sin perder la honorabilidad ni durante un instante.

Así que menos lobos, que lo de los riñones es una pollada. Cada fiambre deja dos, lo que no se puede decir de eso que nos hace personas y nos distingue de las hienas: la mayor parte de los aquí presentes perdemos, en un momento u otro, la humanidad por el camino. Que se juegue con los sentimientos de un señor que necesita la donación de un órgano para continuar vivo no me parece más obsceno que la exhibición pornográfica de la mugre emocional más delirante que seamos capaces de imaginar. Me parece tan obsceno, pero no más obsceno. Hasta ahí llego. Y me planto.

Alber Vázquez | 11 de junio de 2007

Comentarios

  1. Marcos
    2007-06-11 20:29

    Veamos, Alber: comparto contigo la mayor: se tiende a primar siempre la sangre al cerebro (¿cultura de la imagen?) y por eso traficar con un riñón nos parece mucho más escandaloso que hacerlo con sentimientos y actitudes, cuando no lo es. Así que cuando oímos a la ministra decir que si eso se hiciese en España su Ministerio lo prohibiría, uno se pregunta: ¿y los múltiples programas que trafican ahora mismo con sentimientos? Esos no; pues o todos, o ninguno. Y claro, entiendo que ninguno.

    De todas formas, me gustaría incidir en algo que no sé si queda del todo claro en tu artículo: lo asqueroso y despreciable de esos programas son los programas, no la carnaza de la que se sirve; y si acaso los espectadores, si acaso.

    Y una pregunta: ¿si no te pone Amélie Nothomb por qué lees otra novela suya? Con el poco tiempo que hay…

    Saludos

  2. Alber
    2007-06-11 20:51

    Ah, pues quizás no lo haya dejado lo suficientemente claro. Tú lo explicas de maravilla. Es eso. Quizás yo matizaría que quienes apestan son los espectadores dispuestos a consumir este tipo de basura, que se emite porque (1) estamos preparados para consumirla y porque (2) existe un mínimo rentable de individuos dispuestos a hacerlo.

    En cuanto a Nothomb, la leo para que me guste. Es que a Sergi Puertas le parece lo mejor de lo mejor y yo, claro, me suelo fiar del criterio de Sergi. Pero es que no puedo con Nothomb, no puedo con ella. Ni siquiera la aborrezco: simplemente me produce una indiferencia abismal.

  3. pronto
    2007-06-13 01:19

    O sea, que la culpa de todo la tienen nuestras madres y abuelas, unas hijas de puta merecedoras del patíbulo por ver en la tele los reallitys. Y menudos perros despreciables son los que comen en McDonalds toda esa basura.

    Anda, anda…

  4. Alber
    2007-06-13 01:49

    En el libro de Nothomb, la autora, a través del personaje protagonista, no duda en echar la culpa de todo al público, el cual siempre se parapeta tras excusas a cada cual más peregrina para no asumir su propia responsabilidad (o sea, toda). Es especialmente delirante el caso de los espectadores que no tienen tele pero que se hacen invitar a casa de los vecinos para poder ver el reality de Nothomb. Por supuesto, les parece tan horrible aquello que están viendo (y que no dejan de ver en ningún momento) que dan gracias al cielo por carecer de televisor.

  5. Ana Lorenzo
    2007-06-17 01:06

    Hola, Alber, yo no he leído el libro de Amélie Nothomb (todavía no lo tienen en la biblioteca), pero oí el argumento en su día y no pude menos que pensar lo que tú: llega un siglo tarde para espantarnos. Si hubiese elegido, por ejemplo, lo del riñón, habría epatado, ¿no? Es que lo del holocausto es un horror que no se puede superar.
    Trasladar el holocausto a una ficción, aunque sea a un concurso de reality show, que es algo así como una paradoja: ficción de realidad, es una estupidez: lo más terrible del holocausto, aparte de que fue cierto, de que era la exterminación de unas razas por otra que se consideraba superior, de que se despojaba a esas razas de su humanidad y no se les reconocían ni respetaba ni el más mínimo derecho humano…, es que eso sucedía en unos países que sabían o no, lo ejecutaban personas normales (no sólo los pocos locos convencidos), los hombres, mujeres y niños eran separados, aniquilados, llevados al extremo, despojados del referente social, cultural, familiar, del referente humano… nada tenía sentido ni las reglas de un día servían para otro. La maquinaria de la guerra necesitaba de esos brazos de trabajo gratuitos; su ciencia, de esos cuerpos de experimentación sin censura; su economía, de la rapidez y facilidad para deshacerse de ellos. ¿Puede todo ese espanto trasladarse a un simple concurso? No lo creo.
    En cuanto a los reality shows de los que hablas, sorprendentemente vi este año o el pasado que anunciaban de nuevo ¡Gran Hermano! Pregunté cuántos llevaban. No lo sabíamos en mi casa. Resulta que era el octavo, y sin cambiar el formato del concurso, que básicamente es meter a unas personas en una casa sin televisión, sin trabajo, sin libros, con unas pruebas y con las tareas del hogar (puede que algo esté equivocado, sólo he visto un par de episodios de la primera vez; pero no vi libros ni tele, sí creo que había música y que cocinaban, aunque no compraban la comida, y no recuerdo que limpiaran; no llegué a ver las pruebas, pero se dijo que se harían) y allí aburridas ir seleccionando desde fuera a quién echar, hasta que queda uno que gana el dinero. Yo entiendo que la gente concurse si dan pasta, lo que no entiendo es que lo vean por la tele si no te pagan.
    En fin, no creo que pasar una temporada en una casa (por mucho que yo lo considere una gilipollez) sea lo mismo que comerciar con sentimientos, con carnaza y con riñones.

    Un beso

  6. Jose
    2007-06-17 01:58

    ………Que se juegue con los sentimientos de un señor que necesita la donación de un órgano para continuar vivo no me parece más obsceno que la exhibición pornográfica de la mugre emocional más delirante que seamos capaces de imaginar.

    Ni más obsceno que la exhibición de la basura emocional que nuestros políticos hacen habitualmente cada día en los medios. La exhibición denigrante de lo peor del ser humano, de que hacen gala estos “realitys” televisivos, es contagiosa, y los políticos a quienes les va la marcha más que a un tonto un lápiz, han decidido aprovechar el tirón haciendo de esos usos y modos, su bandera. La diferencia es que en este caso es un “reality” real, verdadero y deprimente, porque nos estamos jugando el pan, el progreso y el futuro.

  7. Alber
    2007-06-18 17:48

    Ana,

    La cuestión, para mí, es que sí se puede superar el horror del holocausto judío (y ahí creo que Nothomb da en el clavo). ¿Cómo? Introduciendo el factor de la aleatoriedad.

    Lo nazis dirigieron su odio hacia una parte muy pequeña de su sociedad: los judíos. También a otras minorías, como los gitanos, los homosexuales, etc. pero esencialmente a los judíos. Quiero decir con esto que los nazis no actuaban al azar, sino siguiendo una lógica. Terrorífica, pero lógica a fin de cuentas.

    En cambio, Nothomb nos planea una situación más sutil: los represaliados son elegidos al azar, sin ningún tipo de casting previo. Azar puro. Te mato a ti porque sí. Es lo que hizo, por ejemplo, Stalin en la Unión Soviética: se dedicó a exterminar a su propia gente sin motivo aparente alguno. Porque sí y ya está. Ningún historiador ha encontrado un motivo lógico. Para los nazis, tenemos cientos, pero no en Stalin. El exterminaba a los suyos sin un por qué. Y hablamos de más de veinte millones de muertos. Deja atrás a Hitler sin apenas desgaste: hoy en día, en el imaginario colectivo, Hitler es el demonio y Stalin un señor de bigote que gobernó en el siglo XX.

    Así que mira, sí, un mérito sí que he de darle a Nothomb: el de haber introducido un pequeño matiz que nos advierte de que, tratándose del género humano, siempre podemos ir a peor. Siempre, incluso cuando crees que ya lo has visto todo.



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