Libro de notas

Edición LdN
Cóctel del día por Concha Mayo

Ingredientes: 2 onzas de realidad, 1 onza de ficción, 4 gotas de ironía, 1 pizca de mala leche.
Preparación: Mezclar todos los ingredientes en el procesador de textos y servir adornado con signos de puntuación. Puede completarse con ginebra, vodka, tequila…
Tras la barra cada viernes Concha Mayo, nacida en Barcelona, escritora y fotógrafa ocasional.

11-S

Gabriel se levanta, no desayuna, llegará tarde. Salta de la cama con urgencia, por llegar cuanto antes al despacho, sentarse frente al ordenador y hablar con Europa antes de que cierren los mercados.

Ada está medio dormida. Hoy trabajará desde casa. Lo oye trajinar por la habitación, buscando su ropa en la penumbra. Gabriel se sienta sobre la cama para atarse los zapatos y Ada hace un ademán con intención de abrazarlo una vez más.

Pero Gabriel, la esquiva a tiempo; sin tiempo para más arrumacos. Dosis máxima de ternura con una sola hembra, excedida. Se aconseja salir corriendo y buscar refugio en otros brazos lo antes posible.

- Tengo que irme. Llego tarde.

Sale a la calle. El ruido constante del tráfico le saluda, como un viejo amigo que le acompaña a todas partes. Camina. Busca nombres en la agenda. Manda un sms a Nina y otro a María. Hay que diversificar inversiones, como al jugar en bolsa. ¿Qué estará pasando en Europa? ¿Y en Japón? ¿Habrá vuelto a desplomarse el Yen?

Starbucks. Caffè latte. Se lo lleva puesto. Va dando pequeños sorbos mientras espera en los semáforos. Esquiva mapas que desde primera hora pasean pegados a los turistas, que fotografían rascacielos.

Buzz, buzz, vibra su celular. María ha respondido con otro sms. No puede quedar hoy. Eso le obliga a esperar respuesta de Nina o a buscar nuevos mercados.
A los diez minutos entra en la oficina con su latte a medio tomar. Dedica una sonrisa insinuante a su nueva secretaria, cuelga la chaqueta en el respaldo de su silla y enciende el ordenador.

Desde su silla giratoria con respaldo reclinable y las vistas de Manhattan al fondo, se siente el amo del universo. Sonríe satisfecho y comienza la lectura de mails.

Ada se levanta poco después. Ha puesto la cafetera. Cada vez que Gabriel se queda a dormir siente un vacío en el estómago; como si durante la noche, le arrebatase algo que ya nunca le devuelve.

Enciende la TV. Le gusta desayunar viendo los informativos. Aunque a veces, la actualidad se le atraganta y tiene que dejar la tostada medio mordida en el plato, con los restos de mermelada chorreando por los lados.

Ducha rápida. La ciudad sigue rugiendo tras los cristales. Las sirenas se superponen a las bocinas de los autos y a los múltiples helicópteros que sobrevuelan la isla. En realidad, nunca cesa el rumor; es como una nana perversa que si se silenciase de pronto, te volvería loco.

En la oficina, Gabriel siente una fuerte sacudida que lo lanza despedido hacia la ventana. Gritos. Nuevas explosiones. Y una densa cortina de humo negro que le oprime la garganta.

Ada, con una toalla enroscada en la cabeza y otra en el torso desnudo, permanece inmóvil ante el televisor y silencia, con una mano, el grito invisible que no llegará a pronunciar.

Gabriel intenta romper la ventana con una silla. Necesitan aire. Vendrán a buscarnos, sin duda, pero entretanto necesitamos respirar. Qué bello se intuye Manhattan al fondo. Ahí están los helicópteros. Ya vienen a rescatarnos. Nueva explosión, esta vez se desploma parte del techo.

Siente miedo. Agita los brazos, como un náufrago tratando de llamar la atención de un buque lejano. Coge el teléfono. Está llorando. El humo no le deja respirar y le impide por completo la visión. No puede ver la agenda del móvil. Piensa en Ada. Quisiera hablar con ella, aunque su impulso no es más que un último y desesperado deseo de perdurar en la memoria de alguien.

La temperatura ha subido de forma insoportable. Algunos de sus compañeros han decidido saltar.

Ada está temblando. Marca el número de Gabriel, con la esperanza de que se haya entretenido a desayunar y leer la prensa en alguna cafetería. Aunque conoce su costumbre de sorber el café mientras espera en los semáforos.

Gabriel está de pie en el alféizar de la ventana, aferrado con fuerza a uno de los cristales. Europa queda ya muy lejos. Casi tanto como el suelo que no puede ver, por suerte, pero que sabe le espera a escasos segundos de allí; segundos que supone se le harán interminables. Repasará su vida, es lo que dicen que ocurre en estos casos, aunque no tiene claro cómo resumir 33 años en tan poco tiempo…

Piensa, por última vez, en Ada. Si hubiera sabido que no volvería a verla se habría dejado abrazar y se habría permitido esa dosis extra de ternura, que, paradójicamente, pudo haberle entretenido lo suficiente como para salvarle la vida.

“Esto es una pesadilla. No está ocurriendo. En cualquier momento despertaré.” Se dice antes de saltar al vacío.

Atrás, quedaron restos de un latte desparramado y una llamada sin responder.

Minutos después. Todo se vino abajo.

Concha Mayo | 11 de septiembre de 2009

Comentarios

  1. Miguel A. Román
    2009-09-11 17:20

    Hoy te ha quedado el cóctel demasiado amargo.

    Pero bueno, es peor el olvido.

  2. Concha
    2009-09-12 21:16

    Lo sé. Por más vueltas que le di, no fui capaz de hallar el lado cómico.
    ¡Siento el mal sabor de boca!


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