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Butaca no numerada por Alberto Haj-Saleh

Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.

No me mientas (II)

(ATENCIÓN: En esta columna puede haber SPOILERS relativos a _Shutter Island)_

¿Qué es a lo que llamo “mentir al espectador” en una película? Para mí estoy ante un caso de juego sucio cuando la película da un dato intencionadamente equivocado, manipulando situaciones o imágenes, para poder contar con una sorpresa final que impacte al espectador. Así pues, si nosotros estamos viendo un flashback narrado por alguien que miente, es posible que en la representación en imágenes de ese flashback veamos cosas que nunca sucedieron… pero es lícito, porque el personaje que narra esos sucesos está contando una trola.

Ahora acudamos a algo que contaba el guionista William Goldman en uno de sus libros de memorias: cuando era niño, Goldman acudía feliz a ver los seriales que echaban en el cine durante los años cuarenta, seriales en blanco y negro protagonizados por El hombre enmascarado o algún otro héroe. Esos capítulos terminaban siempre con un cliffhanger, con el héroe en un gran peligro o algo parecido. Una de las veces, el héroe en cuestión iba a bordo de un coche de caballos desbocado y no lograba detenerlo. El carruaje caía desde una altura enorme y se estrellaba con el suelo, condenando al protagonista a una muerte segura. Los rótulos decían: “¿cómo logrará nuestro héroe salir de esta?” y cosas así. Goldman se quedó sin respiración: era IMPOSIBLE que sobreviviese a una caída así. A la semana siguiente fue con el corazón en un puño a ver el siguiente capítulo del serial y entonces se reveló la solución: el capítulo comenzaba repitiendo la secuencia del coche de caballos desbocado pero en esta ocasión el héroe saltaba del mismo en el último segundo. Goldman no estaba contento porque el héroe se había salvado, es más estaba indignadísimo, y tenía toda la razón para estarlo. Él vio cómo aquel coche se estrellaba y cómo no había saltado nadie del mismo la semana anterior; ahora pretendían arreglarlo simplemente “añadiendo” una imagen más, como si nada de lo anterior hubiese valido. Aquel serial había hecho trampa, había mentido.

Es decir, no es un personaje el que nos dice una bola: es el propio director el que nos está mintiendo, y eso es poco tolerable.

Ese ha sido mi principal problema con Shutter Island, la última película de Martin Scorsese protagonizada por Leonardo Di Caprio, Mark Ruffalo y Ben Kingsley. La trama es fascinante tanto el qué como en el cómo, un regreso consciente y brillante a unos esquemas “hitchcockianos” rodado con el encanto de la buena serie B de los años cuarenta pero con un estilo y una brillantez en la ambientación y en el desarrollo que la coloca entre las primerísimas serie A. ¿La pega? El dichoso final. El momento en el que se desvela todo lo que había permanecido oculto (que hay una historia oculta no sorprende a nadie, es algo que se comprende desde el principio: se trataba de ver qué era exactamente lo que estaba escondido) y los espectadores atamos los cabos de lo que hemos visto.

Y la realidad es que lo que se nos cuenta no cuadra con lo que hemos visto. Si la película hubiese estado narrada al cien por cien en primera persona, la única realidad que conoceríamos es la que vive su protagonista, ese agente del FBI que sufre alucinaciones y con un pasado terrible; sin embargo la cámara de Scorsese se aleja de esa primera persona en varias ocasiones, es decir, lo que vemos en pantalla es algo en lo que creemos porque está objetivado por su director: no es un flashback, no es un recuerdo personal, no es un relato alucinado contado desde los ojos de alguien; son unos hechos que se nos presentan como reales. Cuando esa realidad se descubre distorsionada, el resultado no puede ser otro que el reproche: el director rompe el pacto narrativo que ha establecido con nosotros y eso condiciona y enturbia todo lo que hemos visto hasta el momento final.

Alberto Haj-Saleh | 28 de abril de 2010

Comentarios

  1. gatavagabunda
    2010-04-29 03:04

    No me enfadé tanto como el bueno de Goldman pero si sufrí un bajón emocional ante ese desenlace, lo cual sucediendo justo en el momento en el que se supone que el ánimo del espectador está en el punto más alto es todo un batacazo.

    Lo que más me mosquea es que se podría haber optado por ese mismo desenlace (que a mí no me gusta pero puede gustarle a su director, obviamente) sin recurrir a la trampa. Pero elige no hacerlo.

  2. Ana Lorenzo
    2010-04-29 06:21

    Oiga, y Los otros, de Amenábar, ¿dónde lo pone, en el grupo I o en el II?
    Un beso.

  3. Alberto
    2010-04-29 07:53

    Para mí Los otros no miente. Todo lo que pasa es perfectamente coherente con la realidad “real” de los personajes de la película.

    El truco siempre es preguntar en voz alta las dudas: “¿Entonces como es que ella saltó por la ventana?”. Si tiene respuesta que puedas contestarte satisfactoriamente (“Porque al ser una diosa vikinga tenía el don del vuelo, solo que nosotros no lo sabíamos”) entonces compro. Si no… pues no.

  4. c.
    2010-05-01 01:16

    Curioso. Como a gatavagabunda, me mosquea que el viejo zorro Scorsese (que no estamos hablando de cualquiera, vaya) elija objetivar la mentira a sabiendas de que el efecto que posiblemente cause en el espectador sea justo el que nos causa a muchos. Ese: “Hala, tronco, ya te vale…”

    Con todo, no se me ocurren muchos motivos por los cuales considerara bueno tomar esa decisión. Al espectador medio de hoy en día, bastante curtido en las magias de la narrativa, no le valen soluciones cándidas tipo La mujer del cuadro, de Fritz Lang, en la que al final descubrimos que, realmente, todo era… (bueno, mejor no digamos nada)

    El caso es que, como dices, no se trata ni siquiera de eso, sino de algo mucho peor: que nos dan gato por liebre. Por eso, repito: ¿Qué vio de bueno Scorsese en lo que hizo?

    ¿Puede tener alguna relación el extraño, extrañísimo montaje de Telma Schoonmaker en las primeras escenas en el barco, con tantos, tantísimos ‘fallos’ de continuidad y con ese ritmo tan raro, y que curiosamente se ‘normaliza’ cuando entran en la isla?

    Ni idea. Es hablar por hablar. Habría que preguntarle a él. Igual nos diría: “Yo qué sé, me gustaba así, y punto. Y en cuanto al montaje, pues a mi amiga Telma le dio por ahí y así lo dejó, le parecía chulo…”

    ¿Quiso disfrutar de la libertad absoluta Buñuel sin despegarse de los esquemas del código clásico?

    Todo un misterio.

  5. Rottenmeier
    2010-06-10 00:44

    Creo que otra cosa que diferencia ambos tipos de mentira es que en el segundo caso la película no aguanta un segundo visionado porque la historia no es coherente. Te engañan la primera vez, pero “haciendo trampa”, rompiendo las reglas del juego. Es decepcionante, fácil, poco inteligente y sobretodo falso. Las películas del primer tipo puedes verlas mil veces y disfrutarlas cada una de ellas.
    El caso de “El sexto sentido”, sin embargo, no me parece que se sostenga del todo. La tengo un poco olvidada ya, pero recuerdo pensar a la salida que en un segundo visionado no me creería, por ejemplo, que Bruce Willis pudiera entrar en la casa de la madre y sentarse a charlar con ella (sin que ella le hubiera abierto, sin unas palabras a modo de saludo…). Aunque eso, la tengo olvidada y a lo mejor me equivoco.


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