Libro de notas

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Textos del cuervo por Marcos Taracido

TdC es un diario de lecturas, un viaje semanal por la cultura. Marcos Taracido es editor de Libro de notas. Escribió también las columnas El entomólogo, Jácaras y mogigangas y Leve historia del mundo [Libro en papel y pdf]. Ha publicado también el cómic Tratado del miedo. La cita es los jueves.

Patos de aguachirle castellana

Un estremecimiento. Recorre el pecho como una leve presión, una tea más cerca del tacto de una lengua que de la desazón del fuego, y aparece como una erupción microscópica ocupando la garganta y empañando los ojos, y a veces, las menos, desencadena llanto profuso y fresco. Me pasa cada vez que escucho Bella figlia dell’amore (acto tercero de Rigoletto); no entiendo la letra, no me recuerda ninguna tragedia de mi infancia o me inyecta dosis de optimismo; no, sólo me estremece, disloca algo por dentro cuando las cuatro voces se entrelazan y me llevan. Se trata de la recepción de la belleza, y esta es individual e intransferible; imagino que entre la atracción y el atractor habrán de existir unas afinidades casi moleculares, una composición de la materia especular que lleva al encuentro. La poesía, la literatura en general, tiene un componente más intelectual que permite otro tipo de gozo, más racional, más argumental. Una novela, un poema, pueden causarme placer por activar en mí recuerdos, por implicarme emocionalmente en su trama. Pero la poesía también tiene la capacidad de ser aprehendida con los sentidos de un modo muy cercano a la música, y puede ser el ritmo, la sonoridad del choque de las palabras o las reverberaciones semánticas las que disparen el gozo.

Hay un anciano ante una senda vacía. Nadie regresa de la ciudad lejana; sólo el viento sobre las últimas huellas.

Yo soy la senda y el anciano, soy la ciudad y el viento.
Antonio Gamoneda, Libro del frío

Cuando leo este poema se desencadena ese proceso. El anciano y la senda vacía me sugieren el trance de la muerte, la soledad terrible, el miedo ante el abismo; «senda» incita a la aventura, al misterio, a la curiosidad, pero este camino está vacío, y eso es exactamente lo que yo siento en torno a la muerte: la angustia de un talud lleno de ausencia. El lenguaje, además, me recuerda a mi infancia de Julio Verne y la literatura oriental, las sendas, la ciudad lejana de la que nadie regresa, el viento y las huellas. Y esas huellas las siento como recuerdos maltratados, la vaga y borrosa imagen que deja un muerto. El yo poético se siente ante ese precipicio: es la decrepitud y es el vacío, y a un tiempo se identifica con la muerte y el frío que hiela el recuerdo; y eso lo hace con un recurso típicamente barroco (Góngora, por ejemplo) de la diseminatio-recolectio: esparce primero los términos/símbolos y los recoge en el último verso. Y la serenidad formal —suena en esto a Fray Luis y el misticismo renacentista— del versículo acompaña a la actitud que transmite: una resignación lúcida ante la incertidumbre de la muerte. Y además de por la perfección formal, por las reminiscencias que enciende en mí, por lo sugerente y activador de recuerdos y sensaciones, imagino que me afecta porque quisiera sentir ese momento de igual modo.

Esta recepción es mía, única e irrepetible; esa recepción se entrena y educa (conociendo otros poetas y estilos, esforzándose por desentrañar el lenguaje, desterrando prejuicios…), pero habrá quién comparta una sensibilidad similar, quien reconozca algunas de mis percepciones en las suyas y quien no se identifique en absoluto con mi lectura. Es cierto, no hay parámetros objetivos para valorar la literatura, no de un modo absoluto y universal, y aunque las culturas tienden a instaurar cánones más o menos aceptados que sirvan de guías y conformen huellas fiables para el descubrimiento de nuevos caminos, esos cánones varían y mudan con el tiempo: Góngora, odiado y amado por igual en vida, fue olvidado casi por completo durante tres siglos hasta que fue redescubierto, y nada asegura que siga siendo un hito literario dentro de otros tres siglos. Y Cervantes apenas empezó a ser valorado en el siglo XIX. Hoy nadie se acuerda de Echegaray, y quizás dentro de 100 años alguna generación de iluminados lo rescate del olvido. Tengo la tentación de exponer mis criterios obejtivos, pero con ellos expulsaría a muchos poetas del parnaso.

(Antonio Gamoneda gana el premio Cervantes y bullen como serpientes entre la hierba la ponzoña de las críticas ad hominem; basura. Las únicos ataques a la biografía con valor son los que se hacen los poetas entre sí, si utilizan para ello el lenguaje; auténticas zafiedades e insultos terribles dieron lugar a delicias poéticas. Lo demás es basura. No me gustan los premios: se dan a los amigos o a los partidarios, o por intereses económicos o políticos. Pero me alegro, claro, si todas esas motivaciones coinciden, como esta vez, con las mías.)

Marcos Taracido | 07 de diciembre de 2006

Comentarios

  1. Ana Lorenzo
    2006-12-07 18:50

    Sé que es muy clásico, pero entre otras, a mí me llega hasta dentro una de Antonio Machado que dice así:
    Llamó a mi corazón un claro día
    con un perfume de jazmín el viento.
    —A cambio de este aroma
    todo el aroma de tus rosas quiero.
    —No tengo rosas; flores
    en mi jardín no hay ya; todas han muerto.
    Me llevaré los llantos de las fuentes,
    las hojas amarillas y los mustios pétalos.
    Y el viento huyó... Mi corazón sangraba…
    Alma, ¿qué has hecho de tu pobre huerto?
    Yo adoro la literatura pero daría mi mano derecha por saber tocar un instrumento. Desde luego, la más bella de las bellas artes, lástima de mi pobre oído, es la música.
    Un saludo

  2. Marcos
    2006-12-07 19:18

    Ya ves, a mí sin embargo la poesía de Machado, apreciándola, no me conmueve casi; pero estimo muchísimo su Juan de Mairena.

    Y sí, yo también daría una oreja por poder tocar el piano con solvencia.

    Saludos,
    Marcos.

  3. Enrique
    2006-12-08 11:07

    Pues yo sí creo que despejas bastantes dudas, Marcos. Al menos, hasta donde éstas pueden ser despejadas.

    Un par de notas (y espero que esta vez no causen malentendidos):

    El arte, la recepción de la belleza, la ética, la estética o lo que sea: como tú bien señalas: individual e intransferible, única e irrepetible. Además, y siguiendo tu línea de argumentación, algo que resulta muy importante: se entrena y educa, por lo que no todos acudimos al mismo gimnasio, ni hemos tenido la suerte de compartir los mismos maestros, las mismas lecciones.

    Aun así, buscamos puntos de encuentro, para entendernos: aquí se encuentran “objetividad” y “subjetividad” y de ello surge el “canon”, el consenso. Pero, el consenso, como todo acuerdo humano, se rompe o se proyecta en el tiempo dependiendo del grupo de hombres y mujeres que participan (elaboran y reelaboran) en su construcción. Lo cual, además, para no caer en el inservible relativismo, no supone que no haya consensos mejores que otros; en su búsqueda, incansable, se prolonga el movimiento. Pero, ¡ojo!, mucho cuidado cuando términos como “objetivo” y “subjetivo” se emplean, en lugar de en par de categorías, como etiquetas ideológicas. (Esto tiene que ver con el mundo de la ciencia, de la teoría del conocimiento, y aunque salpica nuestras concepciones y juicios en otras materias, lo dejo aparcado para otro día.)

    Antonio Gamoneda. Me lo aconseja, hace ahora unos diez años (ya no me fío de mi memoria), el dependiente de la Librería Visor de Madrid, en Isaac Peral, 18. Me acuerdo bien (¡qué contradicción!) porque era un día terriblemente feo, como esos días feos que Manolo Haj-Saleh experimenta desde que vive en Madrid, y yo andaba vagando por las calles y las librerías de la ciudad en busca de poesía. Gamoneda, me dijo entonces el librero: uno de los grandes, de los verdaderos. Y yo me llevé un ejemplar de Edad (la edición de Miguel Casado en Cátedra) bajo el brazo. Y desde entonces, sí, la música (porque de eso se trata en realidad, ¿no es así, Marcos?).

    Me gustan, sobre todo, los poemas de Blues Castellano (y, ¿cómo no?, aquellos donde aparece y desparece la magia de Bela Bartok). Me gusta ver escrita la palabra “Bernesga” y pensar en el frío, en una vieja ciudad helada. Y así llegar, con Gamoneda, hasta el final del camino: “Habla en dura quietud; habla en la nieve. La geografía del final es blanca”.

    Por cierto: no sólo “música” en la poesía. Encontrar el tono, la voz propia, en filosofía, tampoco resulta fácil. Si te interesa el tema, te recomiendo “Un tono de filosofía” del filósofo americano Stanley Cavell. La ópera y el alquiler de la voz. Muy interesante.

    Saludos.

  4. Marcos
    2006-12-08 12:09

    Gracias por tu tiempo, Enrique. Se educa y se entrena la sensibilidad, pero precisamente eso es la prueba de que no parece existir esa OBJETIVIDAD; incluso en parámetros de educación idénticos (si los hubiese) la recepción sería distinta sincrónicamente. Pero es que además, a lo largo de la historia, todo canon se tambalea en la diacronía; en incluso los que permanecen (hace muchos siglos que nadie cuestiona La Odisea, lo hacen exclusivamente en el ámbito académico (¿quién sino lee ese libro hoy en día?).

    En cuanto a Gamoneda, fíjate, hasta ahí variamos en la recepción: apreciando toda su poesía, yo sólo gozo realmente a partir de Descripción de la mentira, donde creo que da un giro total a su poesía que dura hasta hoy.

    Y sí, es la música.

    Saludos.

  5. María José
    2006-12-08 14:42

    Puesto que yo introduje el término objetivo (aunque especifiqué que no fácilmente objetivable), me gustaría aclararlo un poco. El concepto de objetivo que utilizo es muy relajado, más bien se trata de intersubjetivo, y tiene más que ver con mi concepto de la mente humana que con ningún canon ni medida objetiva impuesta. A mí la filología me merece mucho respeto y admiración, no creo que se trate de un ejercicio de relativismo e imposición. Aunque como todo, tenga sus luces y sus sombras.

    En este tema (como en casi todos) me gusta diferenciar dos aspectos: con qué poesías disfruta uno en la vida (aspecto completamente subjetivo y respetable) y qué poesía puede considerarse de cierto nivel. Para poder hablar de este segundo aspecto son necesarias dos condiciones: que te guste mucho leer poesía y que hayas leído mucha poesía, sobre todo de calidad. Supongo que todos habéis leído alguna vez esas poesías que se publican en los programas de las ferias de los pueblos, ¿son como las de Gamoneda? , ¿es subjetivo el hecho de que estas no se difundan entre los filólogos y las de Gamoneda sí?, ¿no es un poco de impostura decir que es subjetivo que un poema sea bueno o no?

    Lo que sin duda alguna es subjetiva es la experiencia. En la poesía, como en todo, tiene que ser a través de la emoción, aunque se active por el lenguaje. Pero la emoción es peligrosa cómo método para discernir, porque hay recursos muy fáciles para activarla de forma temporal (por ejemplo, una película porno, también muy respetable). La buena poesía es la que la activa en muchas circunstancias, la que cada vez que la vuelves a leer, activa algo ligeramente diferente.

    Uno se hace experto por medio de la experiencia, al principio las discriminaciones son burdas, posteriormente, se van afinando. Es como aprende siempre la mente humana. A vosotros os sorprenden las diferencias, a mí las coincidencias, Pero para educar es necesaria mucha experiencia y muy variada, aspecto no muy cuidado en todas las épocas.

    Para que entendáis un poco mi argumento, pensad en un tema en el que os consideréis expertos. Por ejemplo en el vino (tema del que no entiendo nada, pero me parece un buen ejemplo). Sólo probando muchos tipos de vinos buenos se puede discriminar, los verdaderos expertos coinciden. Claro que con matizaciones, claro que con sus preferencias, pero no creo que un “Don Simón” pasase la prueba. Es fácil objetivar y transmitir ese conocimiento, no.

    Si donde hubieran alabado a Gamoneda hubiera sido en otro foro, yo no habría puesto ningún comentario, pero como me parece que Marcos en este tema es más experto que yo, de ahí mi comentario. Sólo buscaba un poco de educación. El tipo de texto que ha escrito es el que puede servir para dar luz.

    Es curioso que el poema que has elegido es uno de los pocos que activó mi mente. Toda tu explicación es muy interesante, pero el último verso para mí resulta un poco forzado, no fluye, me parece un poco de artificio para crear el final. Para mí el mejor es el primero, de ahí quizá mi decepción posterior:

    “Tengo frío junto a los manantiales. He subido hasta cansar mi corazón.

    Hay yerba negra en las laderas y azucenas cárdenas entre sombras, pero ¿qué hago yo delante del abismo?

    Bajo las águilas silenciosas, la inmensidad carece de significado.”

    Antonio Gamoneda, Libro del frío

    Perdón por la longitud del comentario y por mi insistencia. En el fondo, lo que siento es envidia, yo no consigo que me entusiasme casi ningún libro de los que me recomiendan.

    Por cierto, Marcos, yo entre los poemas de Gamoneda y el principio de tu texto, me quedo con el segundo.

    Enrique, ningún malentendido, me parece muy interesante tu comentario. Por supuesto, lo de objetivo y subjetivo da para mucho y, en ciencia, para más.

    Saludos,

  6. Marcos
    2006-12-08 19:00

    María José, nadie consigue ruborizarme como tú; gracias.

    Creo que en realidad le estamos dando vueltas a cosas en las que en términos generales estamos de acuerdo.

    En el texto intento dejar claro que sí existe una “objetividad” que discierna calidades y etablezca corpus, pero que esta objetividad, como dice Enrique, es contemporánea, no histórica. Dices si la poesía de las ferias son como las dde Gamoneda… recuerda que ese tipo de poesía (juglaresca, poesía de tipo popular medieval) hoy las editamos y decenas de filólogos de todo el mundo las estudian y aman.

    Y no sé si el ejemplo de los vinos es del todo acertado, porque es posible que, efectivamente, ese campo sí sea objetivable y el poético no, aunque tampoco, por desgracia, yo soy un experto en catas.

    Saludos.

  7. María José
    2006-12-09 14:17

    Yo creo que la que es subjetiva es la contemporaneidad, por todo lo que rodea al arte en cada época, y la que es objetiva es la historia.

    Mi idea del arte se parece a la que tiene de la ciencia Poincaré. En su libro “El valor de la ciencia” (una joya que os recomiendo) dice:

    “No se debe comparar la marcha de la ciencia con las transformaciones de una ciudad donde los edificios antiguos son despiadadamente derruidos para dejar lugar a las nuevas construcciones, sino con la evolución continua de los tipos zoológicos que se desarrollan sin cesar y acaban por volverse desconocidos para las miradas vulgares, pero donde un ojo ejercitado reconoce siempre las huellas del trabajo anterior de los siglos pretéritos.”

    También, Semir Zeki, en “Visión interior. Una visión sobre el arte y el cerebro”, afirma:

    “Un crítico de arte podrá considerar que un cuadro es perfecto, podrá pensar que no requiere ninguna pincelada más y podríamos estar de acuerdo con él. Pero los procesos mentales por los que llegó a esa conclusión todavía nos resultan desconocidos.”

    “Todo arte visual se expresa a través del cerebro y, por tanto, debe obedecer leyes cerebrales, ya sea en su concepción, ejecución o apreciación. Así podemos considerar que cualquier teoría estética que no se base sustancialmente en la actividad del cerebro será una teoría incompleta y superficial.”

    Yo también estoy convencida de que probablemente estemos todos más de acuerdo de lo que parece. Me resulta muy difícil explicarme bien a través de comentarios.

    Me rindo.

    Por cierto, voy a guardar todos los programas de la feria de mi pueblo, no vaya a ser que dentro de unos siglos tenga un tesoro.

    Un abrazo.

  8. Ana Lorenzo
    2006-12-17 15:09

    Acabo de leer Arden las pérdidas, de Gamoneda, al que aún no había descubierto. Me ha gustado la reseña que tenéis de esa obra en Libro de Notas, creo que hecha por ti, Marcos. He de confesar, sin embargo, que tendré que leer otros libros suyos para hallar el poema que me llegue; en éste, algunos versos apuntan pero se me quiebran antes de encontrarme o de encontrarme yo en ellos. Sí me he encontrado, en cambio, en versos de Caballero Bonald o de Ángel González. De este último, su poema Me basta así me parece la mejor poesía de amor que haya leído.
    Lo bueno: me queda todo Gamoneda para leerlo por primera vez.
    Un saludo. Ana

  9. Marcos
    2006-12-17 16:58

    Gracias, Ana. Voy a empezar a sentirme culpable por provocar —no sé si es tu caso— lecturas que después no gustan. Yo empezaría a leer a Gamoneda por “Descripción de la mentira”, pero mucho me tema que si te gustan Bonald y Gonzáles quizá nunca empates con Gamondea. Quizá.

    Saludos.


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