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Porque me quité del vicio por Elia Martínez-Rodarte

Vicio es todo en exceso y desmesura hasta que lo abandonamos por un nuevo vicio, o nos convertimos en coleccionistas de ellos. Nunca es tarde para desechar uno y encontrar otro nuevo. De los vicios y pasiones que exponen nuestra humanidad hablaremos aquí, en este espacio comandado por Elia Martínez-Rodarte, mexicana, viciosa y escritora, autora de ivaginaria, el día 6 de cada mes.

Ira

Mi historia personal y quienes me conocen aseguran que mi carácter ha ido perdiendo su proverbial iracundia. En otrora explotaba y me enojaba hasta grados en que podía hervir el agua. Ahora sigo siendo igual de volcánica, pero he aprendido a elegir mis batallas respecto al enojo.

Antes no toleraba prácticamente nada. Me enojaba y entonces una persona más en este mundo me odiaba por haberla insultado. Otra más allá temía que en cualquier momento le gritara. Una más por acullá se convertía en mi enemigo público número uno porque tenía que lidiar con mi presencia y mi genio: el genio de ser una gorgona encendida que no perdonaba ninguna falta, afrenta, mirada fea, descortesía, desafanamiento o volteada de cara. Mis niveles de tolerancia era prácticamente cero o en cantidades menores.

En cierto momento pensé que me gustaba explotar. Cuando se daba el instante me enojaba y aparecía la fiera. De pronto no recordaba nada más. Mutaba en una persona horrible, en un basilisco, que justamente sabía las palabras adecuadas para decirle a una persona lo que más le molestaba o peor, lo que más la hería.

Es terrible cuando en el ejercicio de la ira se puede vislumbrar cierto placer cuando se siente. Es el poder de devastar al otro.

Luego me pegaron muy duro, a la cabeza, al corazón por la misma ira y sus consecuencias, pero nunca me dejaba, porque aparte poseía demasiada energía para el debate, la pelea y el rijo. Sólo con las palabras, porque soy terrible para los golpes. Afortunadamente no he tenido que pelearme a los puños y quien me ha querido pegar, pues me pega, porque las finteadas no me salen. Estoy completamente inhabilitada para eso.

Pero un día me di cuenta, tras una enorme pira de broncas, que pelearme me quitaba demasiada energía.

Cuando me encendía, vociferaba, dedicaba todas las potencias del alma para irme directo a atacar. Peleaba y peleaba como si fuera la última cosa en el mundo, y no recuerdo el fin de ninguna bronca de una manera tersa. En el momento en que la debacle se evaporaba y volvía en mi, sentía como si hubiera dado batalla contra miles de personas a quienes fui dejando a mi paso: quedaba muerta, exhausta, como un trapito recién exprimido.

Tras de mi la culpa y el cansancio. Esa enorme sensación de saberse estúpida: una vez más no te pudiste controlar por una minucia.

Ahora todo eso cambió o más bien, voy por un carril de más baja velocidad de emociones.

Siempre pensé que debía seguir el ejemplo de mi papá quien hasta hace unos años logró controlar por completo sus enojos, convirtiéndose en un ser apacible y casi imperturbable. Pero sé que esa conclusión de vida zen es parte de las muchas respuestas que quizás él ya ha conseguido.

Tras mi camino hacia un suavizamiento de la ira, quizás sea conveniente encontrar mis propias respuestas hacia el dominio, el control y la lucha contra las consecuencias irremediables de la ira. Quizás allá voy.

Elia Martínez-Rodarte | 21 de febrero de 2009

Comentarios

  1. Kutt Katrea
    2009-02-22 02:48

    Vaya…
    Yo entiendo esa forma de sentirse, me pasa(ba?) igual…
    Pero yo he llegado a la conclusión de que es una forma cobarde de suicidio… presiono a los demás para que ellos enloquezcan y me asesinen… pero nunca lo hacen, es como una condena de “seguir viviendo”.
    Saludos.


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