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Textos del cuervo por Marcos Taracido

TdC es un diario de lecturas, un viaje semanal por la cultura. Marcos Taracido es editor de Libro de notas. Escribió también las columnas El entomólogo, Jácaras y mogigangas y Leve historia del mundo [Libro en papel y pdf]. Ha publicado también el cómic Tratado del miedo. La cita es los jueves.

El rostro de Cortázar y otros espejos

La exposición Ler imaxes. O arquivo fotográfico de Julio Cortázar, que visité este pasado fin de semana con muy buena compañía, fue una revelación, estúpida o inocente quizás, pero una revelación al fin y al cabo: me descubrió la imagen de muchos escritores de los que sólo conocía su obra y sobre los que nunca me había inquietado conocer su apariencia o su aspecto; he seguido con cierto interés las disputas sobre la importancia o no del elemento biográfico en la obra de los creadores y siempre pensé que todos tenían toda la razón, y ninguna. Pero el impacto de lo visto en la exposición me llevó a pensar sobre la necesidad de aplicar los estudios fisionómicos medievales —por poner un punto de partida— a nuestro parnaso contemporáneo, aunque sólo fuese para descartar definitivamente el método y concordar, queridos dualistas, con que alma y cuerpo son compartimentos definitivamente separados.

Lezama Lima
Y es que uno aceptaría sin disgusto a José Lezama Lima sentado a la derecha de Capone, o a la izquierda de Eliot Ness, debidamente esposado, o si se prefiere lúbricamente rodeado de mujeres desnudas, bajo letreros luminosos y olor a almizcle podrido. Pero saber que ese cuerpo orondo, ese rostro tiránico y despectivo, esos ademanes de puro y camisa apenas abrochada dejaron escrito que «La mano ofrece la brevedad del rocío / y el rocío queda como la arena tibia del recuerdo. / Ofrecerá así siempre la sencillez compleja de la risa / y el acuoso laberinto de su mano en el sueño.» descoloca las entrañas y el cerebro, pues esperaba que el autor de Paradiso fuese una faz hermética y misteriosa, un hombre feo quizás, pero de ojos profundos y mirada perpetua.

Sin embargo, me imaginaba a Saúl Yurkievich como un hombre grueso, de cabeza amplia y abundante cabello, el suficiente para soportar su calidad de albacea; más descubrí a un hombre apenas perceptible, un duendecillo de cuento pero delgado hasta la invisibilidad, incapaz, pareciera, de soportar la custodia de todo Cortázar.

De otros que sí conocía su imagen me sorprendió el cambio que horadó el tiempo en su estructura. A Vargas Llosa, aunque ya de joven parecía un europeo, le creció la dentadura a la par que su fama, y no quiero ni pensar cómo le quedará cuando le den el Nobel. Al contrario, García Márquez fue reduciendo la espesura del bigote con los años, como si con cada libro perdiese calidad y pelo a un tiempo. En cualquier caso, en las fotos parece más un biógrafo de Pancho Villa que el inventor sagrado de Macondo. José María Castellet, que intentó condenar a toda una generación de versificadores planos al olvido, semeja un ser absolutamente inofensivo.

Cortázar con dos años
Y nunca había reparado en la imagen de Cortázar. Sorprende que de niño pareciese una niña, e incluso ya adolescente los finísimos rasgos de su cara y aún la vestimenta delicada y justa fuesen descaradamente femeninos, como si tuviese a la Maga ya ahí dentro y no le saliese hasta muchos años después. Sorprende también cómo siguió creciendo durante toda su vida, y encorvándose un poco, como Auster, creando un abismo que da vértigo al mirar abajo hacia su obra.
Pero lo más llamativo son sus ojos; en el paseo por las fotos de la sala, desde casi un bebé hasta su vejez ya cercana a la muerte, se percibe con claridad cómo se fueron separando el uno del otro, poco a poco pero sin descanso, y no se puede dejar de pensar que no hubo otro motivo que el de una adaptación —una evolución fulminante— a su medio: el de quien mira, observa, estudia sin descanso su entorno, lo capta y analiza, lo absorbe, y el ansia y la curiosidad le incitan a ver más, a bifurcar su mirada hacia ambos lados para captar más mundo y aprovechar su tiempo. Murió con setenta años, y no puedo dejar de imaginarme su rostro si hubiese vivido quince o veinte años más, un águila o un cuervo perseguidor del cosmos.

Cena con Barral – Ampliar
(Esta fotografía está en la exposición, y el pie de foto enumera a todos los presentes (de izquierda a derecha: José María Castellet, Gabriel García Márquez, Carlos Barral, Mario Vargas Llosa, Salvador Clotas, Julio Cortázar, Juan García Hortelano), pero para al muchacho del fondo a la derecha, en cuyo hombro se apoya Salvador Clotas, se le reserva un «desconocido». ¿Se imaginan? Haber compartido cena con algunos de los nombres más deslumbrantes de la literatura, críticos y editores, escritores de renombre mundial, y que nadie te recuerde, que no queden huellas de ti ni de tu nombre, que no haya quien sea capaz de reconocer en esos rasgos al amigo, al primo, al corrector siquiera de otro alguien. Me dice Paco que quizás no sea sino un personaje de uno de los cuentos e historias de esos nombres. Quizás.)

Marcos Taracido | 26 de octubre de 2006

Comentarios

  1. hb
    2006-10-28 13:29

    Todos nos vamos encorvando poco a poco y la mayoria somos desconocidos en alguna fotografia. A algunos de nosotros no nos recordara nadie, otros seremos polvo, si, pero enamorado. Mas que textos de cuervos, parecen de golondrinas: esplendor en el vuelo, estridencia en el chillido, control en el desplegue, picotazo certero a la sombra, y esa fugacidad en el pico al llevarse el verano entre su mirada.

  2. Marcos
    2006-10-28 18:07

    Gracias Hilario, pero en realidad prefiero a los córvidos en general. Los veo desayunar frente a mi ventana casi todos los días. Se pelean, gruñen, se empujan, hablan, caminan un poco como ancianos, pero de pronto saltan levemente y se suspenden en el aire sin apenas movimiento, como si dominasen el viento a su antojo. La golondrina es más perfecta, más precisa, más objetivamente bella, si esto se puede decir.

    Saludos.



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