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Textos del cuervo por Marcos Taracido

TdC es un diario de lecturas, un viaje semanal por la cultura. Marcos Taracido es editor de Libro de notas. Escribió también las columnas El entomólogo, Jácaras y mogigangas y Leve historia del mundo [Libro en papel y pdf]. Ha publicado también el cómic Tratado del miedo. La cita es los jueves.

Cazando conejos con Mario Levrero

C
Entusiasmado por la lectura de Caza de conejos he decidido sumarme a ese amor cinegético por los lepóridos.

CI
Me gustan los conejos con el labio roto, como descosidos. Les limpio la sangre (nunca apunto a la cabeza, pero inevitablemente el destrozo de los perdigones en tan escaso cuerpo salpica sus virginales rostros) y los beso cuando aún están calientes, cuando todavía algún temblor de vida los alienta.

CII
La estancia en el castillo no es agradable. Superé las pruebas, todas, y me casé con la princesa, pero sabe a conejo. Cuando la penetro por detrás gira la cabeza para pedirme que me mueva como con estertores rápidos, y yo le veo dos dientes enormes cubriéndole el labio inferior, y a mí los conejos no me gustan en ese sentido.

CIII
Hoy a vuelto una partida de caza totalmente diezmada. Cayeron en una emboscada. Una alianza entre conejos y patos y palomas acabó con ellos. Jamás le des la espalda a una paloma.

CIV
El idiota no es mal tipo, después de todo. Sus normas son absurdas, pero bien intencionadas, y ese es el fundamento de toda democracia que prospere. En el castillo no rige democracia alguna, pero es que el idiota no tiene jurisdicción más que en el bosque, salvo que alguna cláusula parcialmente oculta le dé puntualmente poderes extraordinarios.

CV
He construído otro castillo en el bosque, y dentro del castillo hice crecer un bosque, y dentro del bosque otro castillo, y otro bosque dentro y dentro otro castillo y otro bosque. No he logrado, sin embargo, que crezcan los conejos en estos bosques interiores, aunque sí unas magníficas peonías.

CVI
Hoy amanecí rodeado de conejos, cientos de ellos, abrazándome, lamiéndome. Eran extraños, con la piel fría y reptaban, pero eran inequívocamente conejos, pues verlos provocaba una sonrisa estúpida y ganas de abrazarlos.

CVII
A la hora de la merienda llegó Mario Levrero. Traía un vino hecho con bilis de conejo, exquisito. Mi natural cohibido me impidió presentarme, así que esperé a que fuese al urinario. Me puse a su lado y le dije que admiraba su obra, tratando de no mirar su pene al mismo tiempo. Le dije, Levrero, yo no quiero acabar tu libro, no quiero llegar al final porque estoy muy a gusto en este mundo tuyo de humor, de confusión, de este cinismo homérico y entrañable y frío. Le dije, Levrero, coño, no me hagas esto de estar muerto y no poder leer más tus aventuras cazando conejos y ese odio tan contagioso por los guardabosques, y ese contrapunto surrealista postmoderno, y… No me dijo nada; sólo me miró, sí, al pene, y se fue. Me salpicó un poco.

Marcos Taracido | 20 de diciembre de 2012


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