Libro de notas

Edición LdN
el ojo que ve por María José Hernández Lloreda

Se volcarán aquí, cada día 27 de mes, una serie de reflexiones personales —aunque no necesariamente de ideas originales— sobre la mente, la realidad y el conocimiento. La autora es profesora del Departamento de Metodología de las Ciencias del Comportaminento de la Facultad de Psicología de la UCM. En LdN también escribe Una aguja en un pajar.

Abracadabra


“El aspecto más triste de la vida actual es que la ciencia gana en conocimiento más rápidamente que la sociedad en sabiduría”
Isaac Asimov

Una de las constantes de los últimos años de nuestra historia es que cada generación intenta construir su ideal de sociedad tratando de evitar los errores que cometió la anterior; es lógico, unos han sufrido de niños los fallos de los métodos de los otros. De alguna manera se intenta hacer tabla rasa y empezar de cero, como si todos los logros de las generaciones anteriores se vieran enturbiados por sus defectos. También resulta curioso cómo a medida que una generación se hace mayor empieza a ver con cierta nostalgia lo que tanto reprochó a la generación anterior. No es nada extraño oír a algunos de los más rebeldes agradecer de adultos determinadas cosas que sus padres hicieron y que al final les han sido de mucha utilidad.

Quizá una de las losas de nuestra época sea el peso que a la parte “racional” del ser humano se ha dado por encima de cualquier otra cualidad. Por suerte, cada vez son más lo que empiezan a rescatar la parte sensitiva y emocional, desde un enfoque científico, como igual de natural y constitutiva de la esencia humana. Por supuesto, a nivel individual todos tenemos más o menos claro que lo que más nos importa para nuestro bienestar es el estado emocional en un momento dado y no nuestro sistema racional de pensamiento. Esto no significa que entre emociones y pensamientos no existan relaciones, pero no tan directas como a primera vista pudieran parecer. Y, desde luego, estamos muy lejos de que un pensamiento, por muy racional y lógico que sea, tenga un efecto directo sobre nuestras emociones y sobre nuestras acciones.

La cuestión es que durante la segunda mitad del siglo XX y en los inicios del siglo XXI, hemos decidido transformar a la sociedad exclusivamente con la razón. Y si de verdad entráramos en el fondo de la racionalidad humana, quizá el empeño fuera útil. Pero no, hemos decidido transformar la sociedad tratando de convencer a los demás sólo con el efecto de la palabra o los mensajes. La intención es buena, no cabe duda, y habría estado bien si hubiera funcionado, sería un método eficaz y sencillo. Sólo tenemos que decir a los niños que sean solidarios, a los jóvenes que lean, a todos que no beban si van a conducir, y ellos lo harán. Explicamos claramente en qué consiste ser solidario, qué grandes beneficios produce leer y qué ocurre si se bebe y se conduce y lanzamos mensajes de forma intermitente para que se produzca el efecto. Sólo nos falta decir después abracadabra.

Reconozco que soy especialmente incrédula con este método; no me creo que estas campañas funcionen porque no he experimentado su efecto en mí, ni lo he visto en nadie de mi entorno. No recuerdo que a ninguno de mis amigos hubiera servido de nada la recomendación diaria de “hijo no bebas mucho”. Hay quién argumenta que si no nos hubieran dado esos consejos habría sido peor, a mí me resulta difícil creer que se pudiera beber más en algunas ocasiones. Pero es cierto que no lo podemos saber, porque los padres no dejamos de utilizarlo, quizá otorgándoles el poder mágico del control que perdemos una vez que los hijos no están a nuestra vista.

Tampoco creí nunca en las campañas de tráfico, ni en las amables “por favor, no corras”, ni en las terribles “el año pasado murieron por estas fechas 123 personas”. Además en este caso me parece genial que no funcionen, porque si este tipo de mensajes tuviera efecto significaría que uno debería afectarse emocionalmente de tal manera que cada vez que cogiera el coche recordara la cantidad de gente que murió el año pasado y se conmoviera al punto de cambiar su hábito de conducción. Bueno, sí hay gente a la que esos mensajes afecta, a los que tienen un trastorno psicológico, a éstos les amargan el viaje y quizá les creen un estado emocional mucho más propicio para tener un accidente. También me han argumentado que de no haber esos mensajes habría muchos más accidentes. De nuevo, no había forma de comprobarlo.

Pero a alguien se le ocurrió un método menos racional de evitar accidentes: el carnet por puntos. Desde que se implantó, el número de accidentes y los comportamientos de los conductores han cambiado. Nunca vi a nadie reducir la velocidad con los carteles de los muertos, pero puedo adivinar cuándo hay una cámara de vigilancia por el cambio de velocidad de la mayoría de los conductores. No quiero decir con esto que sea partidaria del carnet por puntos tal y como está, pero ha venido a demostrar que las campañas anteriores, si funcionaban, lo hacían mucho peor. Y es que hay temas, como éste, en los que no quiero que convenzan a mi vecino de que no puede ir rápido, quiero que eviten que lo haga, por si durante el tiempo que tarda en convencerse me lleva por delante. Se le explica, eso sí, pero si no lo comprende, lo sentimos.

¿Qué efecto han tendido todas las campañas de fomento de la lectura? ¿Cuántos de los viajeros del metro que leen los textos pegados en los vagones empiezan leer?







Por supuesto, después de leer el texto de Almudena Grandes fui corriendo a por el libro, y mi hijo me pidió urgentemente el Comelibros. Otros textos son mejores, pero no consiguen su fin . No creo que queden grabados en la memoria de los usuarios tanto como aquellos carteles que aparecían en casi todos los vagones de metro:

El pene      de todos,
entre y salga rápidamente.
No     uyan las pu tas.

Resultado de raspar algunas letras del mensaje original:

En beneficio de todos,
entre y salga rápidamente.
No obstruyan las puertas.

Es más, si “las estadísticas” (en este caso es tan evidente que no hacen falta muchas estadísticas) son ciertas y cada vez se lee menos, deberíamos concluir que las campañas de fomento de la lectura son contraproducentes. Pero no; deben funcionar, si no una, otra, y así año tras año. ¿Alguien se atrevería a quitar las subvenciones con estos fines? Claro que alguien dirá que si no se hicieran sería mucho peor, no lo creo pero de nuevo no lo podemos comprobar.

No sé, quizá estoy muy equivocada, pero ¿recordáis algún comportamiento que hayáis cambiado o que hayáis visto cambiar por este tipo de campañas?, ¿alguien ha dejado de fumar por los mensajes que vienen en la cajas de tabaco? ¿se puede dejar de fumar por un planteamiento puramente racional si no hay cierto movimiento emocional por debajo? Y ahora se están planteando incluir imágenes que causen más impacto porque parece que con el tiempo los mensajes van perdiendo fuerza, la OMS está descubriendo que el ser humano se habitúa. Voy a pedir a mis compañeros fumadores que si tienen que echarme un poco de humo, lo hagan, pero por favor que no me enseñen sus cajetillas de tabaco. No sé cuál será el paso siguiente, cuando los fumadores se habitúen a estas imágenes. Porque también hemos olvidado que hay efectos que son a muy corto plazo y con poco recorrido. Así que es fácil pensar que hay cosas que funcionan si uno evalúa sólo el primer impacto. A mí me recuerda a cuando nos íbamos de convivencia con el colegio y volvíamos todas trasformadas, con un amor inmenso por las demás; por suerte, a la semana todo volvía a su curso natural.

Quizá funcionarían mejor otras propuestas:




Y no hablo de tener información, que eso es necesario, hablo de que la información, sin más, no cambia determinado tipo de comportamientos o actitudes. En este caso estoy hablando de dos tipos de hábitos, porque no olvidemos que también somos un animal de costumbres. Por un lado, los que se refieren a hábitos diarios (fumar, forma de conducir, beber) donde uno no percibe los posibles efectos adversos de forma inmediata, es más, los efectos que percibe son muy agradables, y lo que comprueba día a día y durante años es que haciendo estas cosas no le ocurre absolutamente nada de lo que las campañas dicen. Claro que no se es consciente de que uno se muere sólo un día, pero vivir sin esa sensación es muy saludable. Por otro lado, están los que se refieren a hábitos diarios que uno debe adquirir pero cuyos beneficios no percibe aunque la sociedad ha decidido que son convenientes: la lectura (este tema merecerá un artículo aparte) o el estudio.

Las campañas nos las tomamos muy en serio, pero no nos hemos tomado muy en serio si estamos consiguiendo el objetivo. Creemos que funcionan, deben funcionar porque no somos sólo animales, somos “animales racionales”. Así que el que está convencido “ve” que funciona, porque cree que funciona.

Incluso voy a ir un poco más allá; a veces tengo la impresión de que no le damos mucho valor a los resultados y que esto nos sirve para tener la sensación de haber hecho lo correcto: la intención es lo que importa. Nosotros lo hemos intentado, les hemos dicho por activa y por pasiva que sean solidarios, que no adopten conductas arriesgadas para su vida y para la nuestra, que lean. Nadie va a decir que no lo hemos intentado, y además lo hemos intentado sin violentar al otro lo más mínimo, desde la razón. Parece que nos hemos contentado con el medio olvidando el fin. Nos seguimos empeñando en defender el medio, a veces contra la evidencia; el fracaso siempre se debe a otras causas. Pero las buenas intenciones están bien para ser condescendientes con las personas, aquí no sirven de nada porque lo que importa es el resultado, sobre todo si consideramos que ese resultado es un fin prioritario en nuestra sociedad.

Es cierto que el problema es muy complejo, porque los demás pueden transmitirnos conocimientos, lo que tiene que ver con la racionalidad y la ciencia, pero no pueden transmitirnos lo que han aprendido a nivel emocional; en eso seguimos como al principio de los tiempos y probablemente siempre sea así. Así que tendremos que ingeniárnoslas para enganchar esa información al componente emocional. Y tener mucha paciencia: las cosas importantes no cambian de un día para otro y hacen bien.
¿Podría sobrevivir una especie en que sus individuos sufrieran transformaciones radicales por influencia de los mensajes de los otros en periodos más o menos breves de tiempo?

María José Hernández Lloreda | 27 de septiembre de 2009

Comentarios

  1. Marcos
    2009-09-27 18:24

    Yo hay algo que tengo clarísimo: se educa con actos, no con palabras. Los niños aprenden de lo que ven, no de lo que se les dice; supongo que los adultos en cuanto al aprendizaje de actitudes no somos distintos. Bajo esta idea se hizo hace poco un anuncio de fomento de la lectura en el que se instaba a los padres a leer delante de sus hijos. Loable, salvo por un detalle: ¿hay algún padre no lector que decida ponerse a leer delante de sus hijos tras ver el anuncio?

    Enhorabuena por el artículo.

    Saludos

  2. María José
    2009-09-27 20:39

    Marcos, pues yo no tengo muy claro cómo se educa. Está claro que aprenden lo que ven, pero hay edades en donde aprenden más lo que ven en iguales y otras en padres. No creo que ver leer a los padres sirva de ejemplo para leer, porque no trasmites nadas, no ven la actividad que realizas, ni si es placentera o no. Ninguno de mis amigos que son grandes lectores tenían padres que leyeran. Creo que para aprender algo tienes que tener un refuerzo tú, de forma que al ejercitar lo que ves hacer deber ir obteniendo ciertas recompensas, sí creo que es efectivo leer cuentos que les gusten con ellos cuando son pequeños, pero de mayores es más efectivo que sus amigos también lean, que sirva para que se intercambien cosas, para que hablen de ellas… En cualquier caso si no descubren el placer leyendo es imposible que dediquen horas a una actividad, ni a esta ni a otra. Y no es verdad que sea un problema de tiempo o de dificultad porque dedican horas a juegos de ordenador o en red que son complejos (de hecho un juego demasiado fácil no engancha). Pero ya dedicaré un ojo a este tema.

  3. Cayetano
    2009-09-27 21:29

    Garcias Maria José por este esclarecedor artículo, en parte me ha servido de inspiración para escribir este otro, a propósido del Día Mundial del Corazón: Corazón y coraza

  4. María José
    2009-09-27 22:23

    Gracias, Cayetano (ya veo que has vuelto por aquí algún que otro día) y muy acertado tu artículo.

  5. Ana Lorenzo
    2009-09-28 22:35

    Lo que daríamos todos los padres por tener el poder del «abracadabra» en algún momento de las vidas de nuestros hijos, sobre todo cuando empiezan a entrar en la adolescencia :-)
    Un artículo estupendo.
    Estoy con los dos, contigo y con Marcos, en lo de la lectura. Quizá no baste con actuar para que nos imiten, sino que también hay que tratar de compartir, cuando tu hijo lee, que pueda recomendarte el libro y tú lo leas; que lo comente y lo comentes… Es cierto que, a determinadas edades, van a buscar sobre todo en los amigos esa retroalimentación (y qué bien que sea así, si no, no sé cómo harían relaciones sociales ni crearían vínculos de amistad y de amores adolescentes :)). Pero también es cierto que, aunque lo que les dicen los padres en esa etapa es justo lo que menos les gusta y a lo que menos caso harán, su personalidad está muy formada y, si uno ha estado con ellos desde pequeños, habrá dejado huellas. Al menos, eso espero :)
    Un beso.

  6. gatopeich
    2009-10-06 02:28

    Gracias por el artículo, aunque ese primer párrafo de topicazo casi me persuade de dejarlo.

    (Hoy por hoy) Comparto la idea de la importancia de lo irracional, la de que resulta más efectivo golpear en el bolsillo que en la conciencia, y la importancia de evaluar por resultados (incluso la de poder hacerlo).

    En cuanto a la forma y manera de fomentar la lectura, parece un tema esotérico cuanto menos.

    En general me creo más que otros el modelo según el cual imitamos como monos que somos. Imitamos y repetimos, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez…

    Y lo peor de la adolescencia es que suele coincidir con la decadencia de los padres, una etapa especialmente irracional de la que no se habla tanto. Esencialmente porque es la edad de los que deciden de qué se habla.

    Saludos!


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