Libro de notas

Edición LdN
el ojo que ve por María José Hernández Lloreda

Se volcarán aquí, cada día 27 de mes, una serie de reflexiones personales —aunque no necesariamente de ideas originales— sobre la mente, la realidad y el conocimiento. La autora es profesora del Departamento de Metodología de las Ciencias del Comportaminento de la Facultad de Psicología de la UCM. En LdN también escribe Una aguja en un pajar.

¿Un triángulo?

Vaya por delante que esta vez no tengo muy claro qué respuesta daría a la pregunta que acabo de formular. Y que no quiero hacerlo desde un punto de vista formal, no quiero reflexionar sobre el estatus ontológico de la existencia. Quiero situarme frente al estímulo y reflexionar desde un punto de vista ingenuo (si a estas alturas de la vida puedo tener algo parecido a eso), no influenciado por todo lo que sé racionalmente de percepción. Porque no deja de ser curioso cómo algunas veces la racionalización entra como un cuchillo en nuestras percepciones y emociones, dejándonos un poso de asepsia que nos enfrenta a la realidad con un cierto desapego.

¿Hay un triángulo?



El ingenioso estímulo de Kanizsa nos pone delante de la extendida idea de que nos engañan nuestros sentidos (sobre la que volveré en algún artículo). Nadie puede negar que nada más mirar la imagen lo primero que aparece es un triángulo, un triángulo muy brillante que destaca, y que incluso puede verse un poco en relieve, por encima del fondo. Pero basta con tapar los círculos sobre los que está nuestro triángulo, para que este desaparezca. Dejo que la prueba la haga el lector para que se vea que no hay ningún truco. Por lo tanto, si analizo la escena en detalle, mi razón me debería llevar a desechar la existencia de un triángulo.

¿Debo renunciar a mi triángulo? A veces tengo la sensación de que el excesivo racionalismo nos hace renunciar a aspectos que de alguna forma enriquecen la percepción. Quién va a negar que es mucho más impresionante el relámpago y el trueno como armas arrojadizas de un Zeus o un Júpiter enfurecido por nuestro comportamiento, que como productos de la descarga eléctrica que se produce en las nubes.

Porque más allá de la mera percepción hay toda una emocionalidad asociada a lo que vemos, que de alguna manera la convierte en algo más allá del mero procesamiento de la información visual. Supongamos que uno consigue ir a ver uno de sus cuadros preferidos, una de esas obras que tenemos como una referencia, que de alguna manera van unidas a nosotros de un modo especial. Cuando el cuadro aparece ante la vista tenemos una sensación intensa; supongo que todos hemos sentido esto alguna vez, así que cualquiera puede hacerse fácilmente una idea de lo que hablo. Pero uno se acerca y en una nota dice: “réplica del original, por encontrarse actualmente en restauración”. La sensación desaparece y, aunque la inmensa mayoría seamos incapaces de diferenciar esa réplica del original, algo se rompe. Toda la sensación se transforma en una profunda decepción.

Hace un año la Fundación Juan March hizo una exposición sobre Klimt. Además ofrecían la posibilidad de una visita guiada y, la verdad, estaban bastante bien las reflexiones que la guía nos proponía sobre las obras. Pero la estrella de la exposición era el Friso de Beethoven. Claro, era una copia del mismo tamaño del original, que es la que se cede para las exposiciones. Y salí de allí con la sensación de un poco de fraude, no porque no lo supiera –antes de ir sabía que era una réplica-, sino porque fui incapaz de abstraerme de la sensación de que aquello no era el friso que pintó Klimt, y no me abandonaba la idea de saber que si hubiera visto el auténtico friso esa misma experiencia habría sido cualitativamente distinta. No pude abstraerme y no creo que nunca pueda llegar a hacerlo. Por más que mi razón me dijera que la información era la misma, que si no hubiera sabido que era una copia, podría haber disfrutado, no lo conseguí. Y es que más allá del valor de la propia obra de arte (yo no podría distinguir en mucho casos el original de una buena copia) hay una especie de conexión a través del tiempo al saber que uno está delante de lo que alguien en su día tocó.

Aunque en este caso no se trate de emocionalidad, tampoco con el triángulo la razón consigue abrirse paso; por más que al tapar los círculos vea como desaparece, en cuanto los destapo el triángulo se abre paso. Pero lo más sorprendente es que de lo que nunca he dudado es del segundo triángulo, ese construido sobre las líneas rectas negras, que tapa nuestro triángulo de Kanisza. Una convicción firme sobre una dudosa. Y es que de alguna manera, muy a pesar de lo que la razón o un análisis pormenorizado nos lleve a considerar, también esta forma de percibir nuestra se abre paso y de vez en cuando está bien relajarse y observar la tormenta como si la venganza de dios cayera sobre nosotros.

Sí, hay dos triángulos.

María José Hernández Lloreda | 27 de abril de 2008

Comentarios

  1. Ana Lorenzo
    2008-04-28 00:58

    ¿Recuerdas los Madel Man? Eran unos muñecos que yo prefería a los Geiper Man, porque aquellos eran más normales, menos brutotes. Siempre eran mis preferidos. Hasta que una vez les quité las botas y vi que no tenían pies, sino una especie de palito que se incrustaba en el zapato. Quité corriendo un zapato al Geiper Man: tenía pie. Cogía, desde entonces, siempre, los Geiper Man de mis hermanos, con su cara de brutotes. Eran completos. Algo así me ocurre con las copias, me recuerdan a los Madel Man; dentro hay algo que no cuadra. ¿Es esa tu sensación, María José?
    Un beso.

  2. María José
    2008-04-28 02:01

    No exactamente Ana, porque en la copia yo no puedo descubrir lo que no encaja, que sería el equivalente a quitarle los zapatos al Madel Man. En tu caso el estímulo físico cambia en cierto modo, puesto que tú lo percibías con pies y no tenía. De lo que yo hablo es cuando el estímulo físico no ha cambiado nada. Es como si hubiera una especie de conexión a través del tiempo, que de alguna forma hace que tus sensaciones sea diferentes si sabes que estás ante el original. Es como si tu Madel Man tuviera valor porque te lo regalaron diciendo que era con el que había estado jugando tu actor favorito cuando era pequeño y de repente descubres que no es verdad, aís que parte de las sensaciones que tienes asociada a él, no son sólo por él sino porque conecta con tu emocionalidad.

  3. José Fco. (JFZA)
    2008-05-13 22:20

    Para mi esto refuerza la perspectiva ecosistémica y también budista que afirma que los objetos no existen en si mismos, es decir en forma aislada, y siempre existen (o se perciben) en relación a otra cosa. Siempre el “contexto” tendrá la última palabra, (ya sea emocional, estructural o racional) y finalmente determinará su significado.


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