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Butaca no numerada por Alberto Haj-Saleh

Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.

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Intercalado con un par de blockbusters de los gordos, la última de Batman y la famosa Prometheus, en estos días he visto dos películas francesas separadas por treinta años pero que guardan cierto parecido. No en el tema, ni en cómo están filmadas, sino en su vocación voyeurística, en que parten de la base de que, en el fondo, a todos nos interesa mirar por la cerradura a ver que están haciendo los demás.

L’apollonide es la primera película de Bertrand Bonello que veo, y es el retrato casi constumbrista del funcionamiento cotidiano de un burdel francés durante el cambio de siglo (del XIX al XX). El burdel aparece como lugar de encuentro social, más allá de mero lugar donde los hombres van a satisfacer sus deseos: todos hombres adinerados, casados y con negocios boyantes, que encuentran su propio club social donde tomar champán y hablar de dinero, con pausas eventuales para ir a una de las habitaciones, casi siempre con la misma chica, que ya conoce lo que le gusta.

La película concede momentos de insana violencia y arrebatos de fantasía surreal, pero decide pararse a observar con detalle la vida de las chicas durante todo lo que sucede allí dentro, las relaciones sexuales con los clientes, sí, pero también la camadería alimentada en las camas compartidas, el desayuno con los hijos pequeños de la Madame, las salidas a la ciudad ofrecidas como extra de cortesía por algunos clientes, los mecanismos de limpieza e higiene, la visita del médico, las risas, los problemas económicos, el miedo, las ensoñaciones y, en fin, lo que sucede en cada minuto en el que una prostituta es y no es una prostituta.

La otra película que vi es la ya clásica Pauline en la playa, de Eric Rohmer, donde acompañamos a Marion, recién separada, y su prima adolescente Pauline, que pasan unos días de vacaciones al final del verano en la costa francesa. Allí no ocurren grandes cosas, excepto que hay amores y desamores, y sol, y ganas de besarse y todo con una inmensa ligereza en la que nosotros, voyeurs voyeurs siempre voyeurs, miramos como esas jovencitas y esos chavales buscan estar juntos y darle drama y emoción a cada día que viven.

En ambas la excepcionalidad está en la cotidianidad, el interés está en la normalidad de la vida ajena, en ver cómo funciona el mecanismo vital en otros que no somos nosotros, sin más excesos, o no demasiados, ni más drama. En ambas está el erotismo del voyeur, el que tenemos al mirar a las prostitutas preparándose para la noche, todas arreglándose en los baños del burdel; el que tenemos al mirar por la puerta entornada o por la ventana abierta, como una niña, una joven, un chaval, un muchacho apuesto, un hombre curtido, una vendedora descocada, se tocan, se abrazan y se buscan, sin nadie que les mire, nadie excepto nosotros.

Alberto Haj-Saleh | 05 de septiembre de 2012

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