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Butaca no numerada por Alberto Haj-Saleh

Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.

Atlántida Film Fest: Lo que tú quieras hacer

Decía mi señora hace unos días: “es imposible que mi padre, a estas alturas, consiga comprender que los westerns de Sergio Leone no están ‘mal hechos’ sino que su lenguaje cinematográfico es diferente al del western clásico”. Lógico: el buen hombre ha crecido viendo pelis de John Ford, Anthony Mann o Howard Hawks y cuando le pusieron delante El bueno, el feo y el malo no entendió un pijo de lo que estaba pasando.

Este fin de semana vi la estupenda Diamond Flash, película autoproducida por Carlos Vermut de la que la mejor crítica que puedo hacer es que es tan interesante y está tan bien rodada que no me sale ser condescendiente con ella por el hecho de haber costado poco más de 20.000 euros. Entre las cosas que me gustaron menos está la excesiva longitud de varias secuencias y la convicción de que el film en general habría ganado bastante con un tijeretazo serio en el montaje. Un amigo, al oírme decir esto, me apuntó: “yo sin embargo creo que todas las secuencias tienen la duración que tiene que tener. Me recuerda mucho al barroquismo narrativo de Mario Bava y Dario Argento, al giallo más clásico”. Ahí doy un paso atrás: no conozco el lenguaje del giallo y es posible entonces que no estemos hablando de “errores” o “imperfecciones” sino de otro modo de afrontar el lenguaje cinematográfico. “Lo que más me gustó es que se nota que ha hecho lo que le ha dado la gana”, me dice otro amigo. Eso, desde luego.

Dar un paso atrás y obviar cosas como “la forma correcta de contar una historia es…”, “lo que se debe hacer es…” Esa idea me rondó la cabeza cuando vi Amanecidos, una película de Pol Aregall y Yonay Boix que participa en la sección oficial del Atlántida Film Fest. Con apenas una hora y poco de duración, la película obvia la forma de narrar clásica y se lanza al impresionismo más frontal, mostrando pequeños trocitos de vida de diez veinteañeros a lo largo de un año. Los pedazos cuentan con formatos diferentes, algunos son cuidados y delicados, otros pura cámara al hombro estilo dogma, otros con textura de vídeo casero o subido a YouTube. A veces son destellos de una levedad absoluta (un chiste malo contado en la azotea de un edificio mientras se toma el sol), a veces cuentan con varias capas de interpretación a cada cual más puñetera (como en la incómoda secuencia en la que uno de los chicos prepara un plato de casquería para su novia y sus amigas), a veces es un mero ejercicio de estilo más o menos molesto (ese paseo en bicicleta por el Retiro). Lo que les dio la gana a los directores, buscando una película que sólo pueda verse como un todo y no como fragmentos aislados. Ahí, entonces, es el espectador el que debe querer saltarse lo que ya cree saber de las películas y tratar de ver esta (y Diamond Flash) con unos ojos completamente diferente.

Alberto Haj-Saleh | 25 de abril de 2012

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