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Butaca no numerada por Alberto Haj-Saleh

Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.

Otro año

Another Year es una película maravillosa. Como primera frase de una columna sé que suena a boutade, pero en este caso quiero dejar claro que es una de esas películas que hay que coger al vuelo, no dejarlas escapar cuando la estrenen, si la estrenan. Y si no, hay que buscarla en vídeo, en DVD o por otros medios más comunistas; pero en cualquier caso hay que verla.

Los premios no siempre aciertan y no siempre tienen razón, ni siquiera cuando se dan en Cannes. Este año la Palma de Oro se la ha llevado una criatura extraña y absurda como Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives del tailandés Apitchatpong Weerasethakul, una película de esas que deja la impresión de un cine ya superado, de una rendición crítica que se dio hace más de una década hacia el cine oriental en general —sin pararse a pensar de verdad en la calidad de la película— y que parecía que era algo que quedaba en el pasado. Pero no, la película de Weerasethakul suena a hueco disfrazado de profundidad y a dejadez disfrazada de arte, y aún así fascinó al jurado presidido por Tim Burton.

Pero lo que sí hacen los premios es dar una pátina de prestigio, revestir de historia el nombre de una película en beneficio de otras, y eso sí da un poco más de rabia. Quién sabe si el Another Year de Mike Leigh trascenderá y superará el ninguneo insensato del palmarés de Cannes, o si se quedará como una de esas películas que recuperará alguien dentro de quince años y la gente se preguntará: “¿Cómo no la conocí cuando salió?”.

Another Year arranca con unos cinco minutos de los que quitan el aliento: en un ambulatorio público londinense, un ama de casa de unos cincuenta años —brevísimo y tremendo papel de Imelda Staunton— acude a su médico de cabecera porque tiene insomnio, buscando pastillas para dormir. La médico la deriva a una psicóloga y en un encuentro tenso, la mujer logra balbucear “Nothing changes. Ever”. “Nada cambia. Nunca”. No sabemos que le ocurre, qué sucede en su casa o en su vida, no volveremos a verla en la película. La cámara decide marcharse con la psicóloga en lugar de con la paciente, pero su soledad, su silencio y su incapacidad para comunicarse o para relacionarse sobrevolarán las dos horas que dura el filme.

Durante un año acompañamos a la pareja formada por esa psicóloga, Gerri (Ruth Seen) y su marido Tom (Jim Broadbent), un matrimonio alegre y jovial, bien avenido, con un hijo en la treintena de buen corazón y una vida apacible. Alrededor de ellos, como satélites que girasen en torno a su punto de referencia, el resto del mundo: la amiga Mary, desesperada en busca de atención y de un hombre que la quiera, una especie de versión algo más joven de la inolvidable Brenda Blethyn de Secretos y Mentiras (1996); el amigo Ken, candidato seguro al infarto y que prefiere matarse con tabaco y alcohol antes que jubilarse; o el hermano Ron, el reflejo negativo de Tom, gris, arisco y encerrado en sí mismo. Todo ello desprendiendo un aroma de verdad, de autenticidad casi insoportable, rodado con una sutileza heredera directa del John Huston de Dublineses (1987).

Esta película fuimos a verla un grupo de chicos y chicas en torno a la treintena, veinte años por debajo de todos los protagonistas de la misma. Sin embargo todos salimos conmovidos y con un profundo sentimiento de empatía y de comprensión, con el extraño vértigo que se siente al ver en una pantalla unos cuantos de tus futuros posibles. Cuando todo termina, simplemente ha pasado otro año, tan común y tan excepcional como cualquier otro. Leigh consigue fotografiar el paso del tiempo con una levedad asombrosa, y eso no está al alcance de cualquiera.

Alberto Haj-Saleh | 16 de junio de 2010

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