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Butaca no numerada por Alberto Haj-Saleh

Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.

Jaime Herrero

Decía el que probablemente es mi director favorito, Chris Marker, que no comprendía cómo los aspirantes a cineastas jóvenes de nuestros días podían llegar a quejarse en algún momento de la falta de recursos o de oportunidades para rodar una película. «Ahora —dice Marker— todo el mundo puede tener una cámara digital, filmar durante horas y horas sin miedo a quedarse sin película, y luego montarlo todo en su propio ordenador personal».

Podría decirse que una de las cosas positivas que ha traído la proletarización del proceso de filmación de una película es que los medios han dejado de ser una excusa para tapar la falta de talento, o mejor dicho, la pretensión de tener talento antes de haber llegado a demostrarlo siquiera con un cortometraje de dos minutos.

El corto que pongo a continuación se llama Tapón, y su director es un joven artista (viendo sus dibujos, diría que ‘artista’ es la palabra que mejor le define) llamado Jaime Herrero. La película no llega a los dos minutos y está concebida más como divertimento que otra cosa, y el autor ha aprovechado para presentarlo al certamen Notodofilmfest de este año, una plataforma con bastante difusión. Los elementos del corto son muy pocos: una cámara fija, una música algo inquietante y el perro del director. Ahí va:

No es la mayor obra de arte de la historia del cine, ni un trabajo que convulsionará el cine. Pero es un cortometraje BUENÍSIMO. Con prácticamente la nada Herrero cuenta una historia completa, que capta el interés y con un desenlace desternillante. ¿Cómo lo ha hecho? Con el talento como arma, claro. El director logra combinar los pocos mimbres con los que cuenta y con un uso inteligentísimo del montaje y una gran visión del ritmo narrativo llega a su objetivo sin dificultad.

Jaime Herrero es aún un desconocido, pero pondría la mano en el fuego por su futuro como director de cine, a nada que tenga un poco de suerte. Su mayor obra es un cortometraje de casi veinte minutos llamado El círculo goligher, una película que se sirve de la estética del cine mudo para contar una historia de terror decimonónico de un clasicismo esquisito. A diferencia de otras veces (muchas) en las que un autor trata de imitar el cine mudo con intención paródica o, peor, sin esa intención pero con ese resultado, Herrero se acerca a sus referentes con un conocimiento absoluto de los códigos que está manejando, es decir, con el debido respeto. El cortometraje está cuidado hasta en el más mínimo detalle y es todo un ejemplo de saber hacer y de capacidad para crear una atmósfera creíble, interesante y convincente a partir de un dominio envidiable de los recursos técnicos con los que cuenta, por escasos que puedan ser. Ese es el camino: conocer el medio con el que trabajas con la mayor profundidad posible y ponerlo al servicio de la historia que estás contando.

Ahí dejo El círculo Goligher. A ver si pronto oímos hablar en más sitios de Jaime Herrero.

Alberto Haj-Saleh | 02 de diciembre de 2009

Comentarios

  1. Marcos
    2009-12-03 00:38

    Pues lo siento, Alberto, pero no veo yo en ninguno de los dos cortos lo que tú ves. Pienso lo mismo de ambos: bien el final, pero sobra todo lo demás. E incluso el final de El círculo Goligher es de un guión defectuoso: muy bonita la escena de la resurrección, pero nada más. Y en el primero, pues eso, sí, uno se sonríe con la reacción del perro, pero todo lo anterior carece de sentido, quizás por la falsedad de los movimientos caninos.

    Saludos

  2. Alberto
    2009-12-03 01:24

    ¿¿Me estás diciendo que el perro sobreactúa??

  3. Alberto
    2009-12-03 01:44

    Bueno, bromas aparte intentaré explicar mi punto de vista un poco mejor.

    Ninguno de los dos cortos me parece maravillosos, ninguno de los dos me parecen obras maestras, ninguno de los dos me parecen perfectos. Eso es algo que puedo decir de prácticamente todos los cortos que he visto en mi vida.

    Pero los dos me parecen buenos, cada uno jugando en su liga, y en los dos veo detalles —que intenté explicar, evidentemente mal, en el texto de la columna— que me enseñan que la mirada de este chico y su habilidad como director están muy por encima de la media, va más allá de lo evidente y consigue logros muy grandes con muy poca cosa.

    Yo creo que en tu comentario hablas de ambos cortos desde un punto de vista completamente frontal, algo que es perfectamente legítimo. Es más, creo que estoy bastante de acuerdo contigo: en Tapón alarga en exceso la parte de la comida, posiblemente con la mitad de tiempo la historia habría ganado. Y estoy de acuerdo también en que el guión de Goligher no es especialmente brillante y que también se alarga en exceso en la narración, aunque también he decir que no lo llamaría ‘guión defectuoso’: su simplicidad casa perfectamente con la historia que está contando y con el tono que le da a la misma, es decir, el del cine mudo y el de las historias de terror satanista de hace más de un siglo.

    Pero lo que me gusta de Herrero es precisamente lo menos frontal, es decir, lo que me sugiere mirar lo que hace desde los laterales. Creo que mejorará con los guiones (o no, quién sabe) o que encontrará un buen guionista, en cuyo caso no me cabe la menor duda de que hará maravillas.

    Para mí Tapón es un prodigio de prestidigitación. Lo digo en el texto, Jaime hace el corto de la nada porque no tiene absolutamente nada, tiene a su perro al que parece que le atemorizan muchas cosas, desde su propia comida (es genial verle retroceder sin quitarle la vista de encima) hasta ese algo desconocido que es el remate final. ¿Qué haría yo si quiero filmar a Cuffietta, la gata divertidísima que vive en el patio de mi casa? Cogería una cámara y la perseguiría en sus monadas con la esperanza de que hiciese algo gracioso y luego a lo mejor pondría una música adecuada. Pero aquí el director se inventa una historia completa, con montaje intencionado, con la cámara rodando a la altura de los ojos del perro, con un uso brillante de la música y con explosión final. Por eso veo el talento, porque allá donde cualquiera tiene un vídeo casero él saca una película.

    Con Goligher mi admiración viene por otro lado: viene por la demostración de conocimiento y asimiliación de la estética que está homenajeando, de manera que su imitación no es superficial, no imita los modos del cine mudo sino que hace una película de cine mudo. El ritmo de la historia, la dirección de actores, el montaje, el orden de las secuencias, hasta la música, todo lo que rodea a estos veinte minutos es de un dominio de lo que está haciendo que a mí me resulta alucinante. Ese control tan apabullante de su propia producción es casi un milagro en los cortometrajistas, jóvenes y no jóvenes.

    Saludos.

  4. Marcos
    2009-12-03 01:56

    Pues sí, el perro sobreactua; o lo que es parecido: no es creíble. Cualquier que conozca a los perros encontrará serías dificultades para entender qué está pasando ahí. Quizás con dibujos animados sí, pero así, con un perro de verdad, es realmente complicado asimilar sus movimientos con lo qeu tú explicas.

    En cuanto al otro corto, sí, claro, pero todo lo que dices tiene que ver con la factura técnica; por eso decía que la escena de la resurrección es realmente bonita: el efecto especial es realmente bonito. Pero el guión no: es cartel final resulta torpe, sobra por completo, porque es por si mismo otra película entera. E insisto: toda la recolección de los elementos necesarios para la resurrección es tan bonita visualmente como innecesario desde el punto de vista del guión.

    Ahora, ¿que están bien rodados, bien hecos técnicamente hablando? Sí.

    Saludos

  5. Jaime
    2009-12-03 03:03

    Oiga pero que mi perro es asi, yo me limité a grabar mucho material dejando la camara funcionando mientras observaba desde la distancia, y luego decidí con el montaje!

  6. Marcos
    2009-12-03 03:41

    Ah, vaya, lo siento, por el perro :) A Jack Nicholson le pasa en muchas películas, así que no es preocupante.

    En cualquier caso, Jaime, es un problema de verosimilitud: algo puede ser absolutamente real y no por eso creíble.

    Saludos

  7. Jaime
    2009-12-03 06:21

    Pero no entiendo lo de creible. Que es lo que hay que creer? De todas formas en los comentarios del video hay uno que dice que es el mejor actor que ha visto en el notodo, no se con que opinion quedarme!

  8. Alberto
    2009-12-03 07:06

    Estoy con los del notodo, es un actor de la leche.

    Entiendo lo que dice Marcos: básicamente que da igual lo absolutamente real que sea el comportamiento del perro si él, como espectador, no se lo cree. Es decir, que es “verdad” pero no “verosimil” (con apariencia de verdad). No estoy de acuerdo en absoluto con él, claro, pero me da para una columna futura :-)

  9. Marcos
    2009-12-04 00:31

    Utilicé mal la palabra, y como dice Alberto se trata de verosimilitud. La realidad supera a la ficción casi siempre, pero depende de cómo la contemos que nos lo creamos o no. Pues eso.

    Saludos

  10. Alberto
    2009-12-16 03:06

    El último corto que ha hecho Jaime


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