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Edición LdN
Butaca no numerada por Alberto Haj-Saleh

Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.

Notas de un cine de verano casero (I)

  • Me gustaría abandonarme al visionado de películas a lo largo de la madrugada, con las luces apagadas y las ventanas abiertas, con chicharras en el exterior y brisa de alivio, con la mínima ropa puesta y girando hacia el blanco y negro a medida que avanza la noche. Pero ese plan casi lúbrico no es posible: ni hay calor suficiente, ni hay madrugada desvelada.
  • Mi amigo Juanjo, el más grande cinéfilo y cinéfago que yo haya conocido, me manda intermitentemente pequeños correos electrónicos narrando una especie de diario cinematográfico, esbozos breves de lo que va viendo. Me dejó hace unos días este consejo veraniego: “Mañana, siguiendo con mi particular ciclo de cine “realmente veraniego”, trataré de ver algo de Techiné, uno de esos cineastas cuyo cine a menudo suele ser muy estival (también les ocurre a Rohmer y a Renoir). El fin de semana pasado vi “La piscina”, con Rommy Schneider y Alain Delon, en la que el espíritu de Patricia Higsmith gravita inevitablemente. Una digna película, y una alegría para la vista.”
  • Mi pensamiento está ocupado por Terence Davies, un cineasta cuyas películas son un invierno perpetuo, un anticlimax veraniego, un bofetón al dolce far niente.
  • Entre film y film de Davies, inserto algunas películas de las que se esconden por las esquinas de las videotecas. Por ejemplo Una mujer para dos (Design for living, Ernst Lubitsch, 1933), una comedia sorprendentemente amoral protagonizada por un Gary Cooper un poco verde, una Miriam Hopkins un poco boba y un Fredric March tremendamente elegante y encantador.
  • ¿Por qué Fredric March no es una estrella que haya perdurado en la memoria del mitómano medio?
  • Aún así, las películas antiguas que apenas tienen música me sumen en un gran desconcierto como espectador.
  • He visto El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, Mel Brooks, 1974) tres veces en tres décadas diferentes y siempre he acabado llorando de la risa. Que poquitas veces pasa eso.
Alberto Haj-Saleh | 29 de julio de 2009

Comentarios

  1. Ana Lorenzo
    2009-08-07 17:13

    No hay mejor memoria de esos actores que la de las mamis: mi madre era una enamorada de Fredric March y de Alan Ladd, por ejemplo. Claro que no le hables de Brad Pitt o Johnny Depp, que no los distingue ;-)
    Un beso.


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