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Butaca no numerada por Alberto Haj-Saleh

Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.

Vuelve el cine italiano (I)

Que se fue, se fue para mal hace ya unos cuarenta años (año más, año menos) y no tenía visos de regresar a corto plazo. Hace no demasiado tiempo conversaba con mi compañero de apartamento en Bolonia (sí, la del plan), Massimiliano, y le preguntaba qué había sido de la cinematografía italiana, en qué momento se había ido a la porra la herencia de directores inmensos como Rossellini, De Sica, Visconti, Dino Risi, Fellini, Marco Ferreri y tantos otros que me estoy dejando. Durante muchos años el cine italiano fue la referencia europea, en oposición o más bien complementándose con el ya sabido predominio de Hollywood. El poder, la fuerza, la calidad y el renombre de los italianos era similar al que ha mantenido el cine francés en estas últimas décadas (aunque el cine francés también se está yendo: al tiempo).

Él se lamentaba y sentía nostalgia de aquella época donde ver cine italiano era una garantía. Pero la realidad es que aquello se disolvió y por alguna razón incomprensible las nuevas generaciones de directores transalpinos decidieron que lo que había que hacer eran películas de calidad nula y comedias de trazo tan grueso que en general sólo provoquen sonrojo. No se crean que el público apoyó masivamente esas nuevas películas, más bien al contrario, pero la conclusión no fue “hagamos otro tipo de cine” sino “reduzcamos el número de producciones pero sigamos haciendo la misma bazofia”. ¿No había excepciones? Claro, siempre las hay, pero en dos vertientes: la de directores capaces de hacer obras notables sin continuidad en sus carreras —el Tornatore de Cinema Paradiso (1990) luego filma espantos como La sconosciuta (2006), Gabriele Salvatores promete muchísimo con Marrakesh Express (1989) pero luego se queda en el camino de lo meramente correcto en Mediterraneo (1991) o Io non ho paura (2003), Benigni tiene un éxito descomunal con La vita è Bella (1997) pero su humor en general es completamente incomprensible fuera de Italia…—; la otra vertiente es la autorial, evidentemente más minoritaria y en cualquier caso también recluida en muchas ocasiones al éxito crítico interno y al circuito festivalero: el cine italoturco de Ferzan Ozpetek, la reclusión formal de Ermmano Olmi o el cine extremadamente político de mi admirado Nanni Moretti, por ejemplo.

Pero en mitad de ese bosque oscuro, mi compañero encendió un farol y me dio una pista; me dijo, “Vigila estos tres nombres: Matteo Garrone, Emanuele Crialese y Paolo Sorrentino. El futuro del cine italiano está en ellos”. Han pasado tres años desde que me dijo aquello y empiezo a pensar que tenía mucha razón y que esos tres directores, formalmente muy diferentes entre sí, todos en torno a la cuarentena, podrían llegar a encabezar una nueva generación de cineastas italianos capaces de restablecer la mala salud de las películas de su país.

Crialese es el más metódico y particular en su personalidad de los tres. Es un director obsesivo con su trabajo y es capaz de reescribir un guión sesenta veces antes de darse por satisfecho, es de los que rueda cuarenta tomas de lo mismo “por si acaso”, de los que exige a sus actores hasta la extenuación. En 2002 dirigió su segunda película Respiro, que le colocó en la primera línea de la crítica nacional, pero fue su hasta ahora último film, Nuovomondo (2006), el que dio la verdadera medida de lo que es capaz: la historia de un viudo, su hijo y su madre que abandonan las áridas montañas sicilianas a principios del siglo XX para embarcarse en un navío con otros muchos compatriotas que les lleve, en una travesía interminable, a una nueva vida en la joven nación norteamericana.

Sostenida por un actor inmenso que hace girar sin aparente esfuerzo la película en torno a él, excepcional Vincenzo Amato, Nuovomondo es probablemente una de las mejores y más completas películas de viaje que se hayan hecho. El viaje de los sicilianos (y de esa británica que encarna Charlotte Gainsbourg que se coloca como extraña intrusa entre ellos) es un recorrido físico larguísimo pero también emocional, un trayecto expansivo que apunta, a modo de embudo invertido, hacia la posibilidad de un horizonte cuyos límites no alcance a encontrar la vista. El sueño de un paraíso en el que uno pueda bañarse (literalmente) en ríos de leche tiene el peaje de un tiempo congelado que funciona como máquina purificadora y cedazo de los menos intrépidos: Crialese tiene la gran lucidez de colocar la cámara en el espacio que hay entre un mundo (el viejo) y otro (la tierra prometida), y no retrasarse en el primero más que para contextualizar ni en el último más que para enseñar las barreras finales. Nuovomondo es una película magnífica que logra atrapar en la pantalla algo tan escurridizo como es el proceso de mantener una esperanza ardiendo el tiempo suficiente para verla cumplida.

Alberto Haj-Saleh | 03 de diciembre de 2008

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