Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.
Tengo la sensación de que David Mamet es un cineasta de otro tiempo, situado en algún lugar indeterminado de los Estados Unidos de finales de los sesenta y principio de los setenta. Sus películas están cortadas por un patrón común, como guionista funciona como si fuera el mejor estudiante con el mayor talento de la escuela de escritores. Parte de las bases más canónicas de la narración para elaborar siempre discursos algo estáticos pero siempre complejos y llenos de matices. No innova ni experimenta jamás: perfecciona y estira lo sabido todo lo posible. Mamet renuncia a las arrebatadoras posibilidades visuales de la gran pantalla para limitarse a ponerla al servicio de lo que quiere contar, con todo lo bueno y malo que conlleva esa elección.
Para disfrutar plenamente del cine de Mamet es imprescindible comprender y aceptar sus reglas del juego en la puesta en escena. Para ello podemos acudir a su primera película como director, Casa de juegos (House of games, 1987), que nos puede servir como guía de (casi) toda su filmografía posterior. En ella una psiquiatra con un libro de éxito en el mercado encarnada por una extraña y magnética Lindsay Crouse se mete accidentalmente en el submundo de los timadores de poca monta, donde Joe Mantegna (el actor fetiche de Mamet) interpreta al cabecilla que hipnotiza a la impresionable doctora.
A lo largo de los poco más de cien minutos de película el director presenta una obra de teatro que prescinde del proscenio y alarga los extremos del escenario hasta abarcar todos los bajos fondos de Seattle. Pero el espíritu del filme sigue siendo teatral, con una presentación precisa y muy delimitada de los personajes que se definen mucho más por sus palabras que por sus actos. Los protagonistas obedecen a motivaciones casi maniqueas que van más allá de una mera elección personal, más bien actúan y reaccionan en función del rol que les ha tocado cumplir: el timador siempre tima, el timado siempre es engañado, se mantienen inmóviles donde están porque son papeles que van más allá de su condición de humanos; en lugar de eso son personajes de fábula, poseedores de una naturaleza de la que es imposible desprenderse.
En muchos aspectos se podría decir que Cinturón Rojo (Redbelt, 2008), última película de David Mamet es prácticamente la misma película con la que debutó en 1987, sólo que en lugar de una psiquiatra y unos timadores tenemos a un profesor de Jiu Jitsu y a unos productores de cine y televisión. Los arquetipos vuelven a funcionar y los personajes asumen de forma irrenunciable el papel que les ha tocado jugar en el mundo: desde el sentido del honor y la lealtad del profesor que encarna un estupendo Chiwetel Ejiofor hasta la dupla hipócrita compuesta por, de nuevo, Joe Mantegna y un sorprendente Tim Allen. Como siempre la cámara no consigue ocultar que estamos en un teatro, aunque tenga la forma de Long Beach en California; como siempre los personajes se explican a sí mismo y a los demás con las palabras mucho más que con las imágenes; como siempre la sensación que queda es que Mamet ha contado exactamente lo que quería contar. El cómo se digiera esa forma de narrar depende ya del paladar de cada espectador.
2008-08-13 10:21
Estimado Alberto,
Disiento. Es cierto que con cierta frecuencia vemos teatro (La Soga) o comic (Sin City) en los cines, pero lo que hace Mamet no es teatro. Mamet es sutil y no dice nada con palabras que no se pueda decir con imágenes. Aún no he disfrutado de Cinturón Rojo, por lo que tomando como ejemplo House of Games, en la escala de que es mejor ver que alguien muere que oir que muere, y mejor oirlo que que lo diga personaje “¡Me muero!”, es una película llena de sutileza. Ejemplos:
- La Dr Ford tiene una amiga, que nos permite descubrir su mundo interior sin recurrir a voces en off, sólo por sus actitudes ante una persona con un caracter tan distinto al suyo.
- La motivación de su venganza es su orgullo herido, no el dinero perdido. Esto no se explica, se ve.
- La escena cuando vuelve del golpe fallido revela sin palabras como se siente, no sólo ante el suceso, si no ante su profesión y quien es.
La historia fuerza la acción; para estafar o enseñar como se estafa hay que convencer, dialogar. No se puede estafar con gestos. La apariencia teatral no es tal. Lo que hace Mamet es cine.
2008-08-13 11:43
Gracias por el comentario, Vicente.
No pretendo decir que Mamet hace teatro en lugar de cine pero sí que su código narrativo es hijo y deudor del lenguaje teatral. En mi opinión el director y guionista lo que hace es ensanchar el espacio escénico, aprovechar las virtudes del cine para ahondar en los aspectos que el teatro no permite incidir: no sólo espacio físico sino expresividad y uso inteligente de los planos más cortos, por ejemplo.
Por otra parte dices “en la escala de que es mejor ver que alguien muere que oir que muere, y mejor oirlo que que lo diga personaje “¡Me muero!”” y es algo con lo que no termino de estar de acuerdo, no creo que siempre sea mejor ver que oír, en ocasiones puede incluso ocurrir lo contrario. Y no me cabe duda que Mamet opta mucho más por contar con palabras que con imágenes, no explicitar, ojo, sino contar. Sin querer desvelar el final de Casa de Juegos, piensa en las palabras finales que le dirige Mantegna a Crouse, una interpelación casi shakesperiana a su oponente, imagino que en eso estaremos de acuerdo.
En Cinturón Rojo pasa exactamente lo mismo y ahí es donde entra el espectador que asume o no ese juego que propone Mamet. Digo al final de la columna: “El cómo se digiera esa forma de narrar depende ya del paladar de cada espectador” y esa, creo, es la clave de todo: el que no acepte esa veneración por la palabra de Mamet sentirá probablemente que sus películas son artificiosas y falsas. En cambio si aceptamos que el realismo no es una virtud sacrosanta entonces el cine de Mamet roza lo maestro.
2008-08-13 14:17
Yo estoy bastante de acuerdo con mi hermano. Diría que lo que hace Mamet es traerse el teatro al cine y utilizar éste como una especia muy fuerte para potenciar su sabor por medio de la imagen, la iluminación, los encuadres y el montaje, que son las principales limitaciones que tiene el medio del que proviene (no olvidemos que Mamet, antes que guionista, es dramaturgo). Pero los diálogos son uno de los puntales de su obra y, de hecho, me atrevería a afirmar que por ello se le conoce, por la profundidad que éstos imprimen a los personajes; en este sentido se me ocurren, por ejemplo The Spanish Prisoner o, mucho más claramente, su adaptación de The Winslow Boy, donde descarga el texto de Rattigan (al que casi no modifica) sobre los actores en su propio estilo. O, por dar otro ejemplo de la importancia de los diálogos mametianos, podríamos hablar de esa cosa extraña y metacinematográfica llamada State and Main, en la que parece que estén pasando mil cosas a la vez cuando en realidad no está ocurriendo nada relevante, sino que es un espejismo provocado, precisamente, por las interacciones entre personajes.
Y que conste que a mí Mamet me parece un pretencioso de cojones, con perdón, pero por alguna razón me fascinan sus películas, e incluso, aquellas que él mismo no ha dirigido pero que contienen textos suyos (Glengarry Glenn Ross) – algo tendrán que ver las palabras, sí.
2008-08-13 18:49
Me temo que me vais a acribillar, pero prefiero mil veces sus recientes e infravaloradas ‘Spartan’ o
especialmente‘El último golpe’, que un film a mi parecer sobrevalorado como ‘Casa de juegos’, que revisé recientemente, y creo que ha envejecido de un modo horrible.2008-08-13 19:08
Juan, creo que lo que peor ha envejecido de “Casa de juegos” es la estética. En serio. Intenta abstraerte del peinado y la vestimenta de su protagonista (casi imposible, lo sé) y verás que parte de su original enfoque sigue vivo. Desde luego no es una película redonda, pero sí diferente.