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Butaca no numerada por Alberto Haj-Saleh

Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.

Nanni Moretti, actor

Como le pasa a tantos otros directores que también son actores, desde Woody Allen hasta Nikita Mikhalkov, el trabajo de Nanni Moretti como actor tiende a pasar más bien desapercibido, eclipsado por su labor detrás de las cámaras. Esto además se ve acentuado por la marcada peculiaridad del personaje, su condición de elemento político activo dentro de la vida cultural y social italiana, todo un áura que rodea al Cineasta con mayúsculas que impiden ver con claridad sus posibles cualidades como mero intérprete.

La solución pasa por dejarse dirigir por otros y aún así la tentación de identificar al personaje de ficción con el director real es demasiado fuerte, el tic automático es a colocarlo dentro del contenedor por todos conocido, dentro del espacio de seguridad por el crítico. Uno se conforma con decir que “Moretti es así” y luego a echarse a dormir. Pero la mayor parte de las veces lo único que se demuestra es que se habla desde el prejuicio y desde los lugares comunes que habitan en las ideas preconcebidas por parte del comentarista de cine; eso queda claro leyendo la mayor parte de las críticas al último filme protagonizado por el Moretti actor: Caos calmo (2008), de Antonello Grimaldi.

En 1976 Nanni Moretti convulsionó el circuito dedicado al cine más independiente de Roma con una película rodada con un presupuesto mínimo y con un equipo compuesto por familia y amigos. El filme se tituló Io sono un autarchico, una representación aguda y certera de burgués disfrazado de revolucionario de finales de los setenta, que le valió una fama veloz y elogios encendidos de una figura tan respetada como Alberto Moravia. El protagonista de aquella historia era el alter ego de su joven director, un existencialista acomodado llamado Michele Apicella, desde entonces y durante trece años el hilo conductor del universo cinematográfico del director trentino. A través de diferentes roles —a veces el absurdo estudiante incapaz de responsabilizarse de nada de Ecce Bombo (1978), a veces el director acobardado de la felliniana Sogni d’oro (1981), a veces el profesor obsesionado con el amor verdadero de Bianca (1984)— Moretti/Apicella compone y dibuja la figura del desencanto del hombre que ha dejado atrás cualquier amago de lucha y sobrevive entre el hastío y el tedio de la cotidianidad y la añoranza de una lucha y una revolución que nunca llegó a vivir. Apicella es un misántropo, un inadaptado social y un incapaz sentimental, ahogado en un espacio de tranquilidad vital a medias angustiante y a medias reconfortante. Se conforman sus tics ermitaños que dibujan su personalidad huraña y odiosa, de un humor sádico y humillante para el prójimo, situado en esa extraña franja entre la prepotencia y la cobardía. Incluso en el único de sus personajes que no se llamó Apicella en aquella época, el sacerdote Don Giulio de La misa ha terminado (1985), no es más que otra versión de Michele que ha emprendido una huida hacia adelante que ha escondido su pretendido comunismo bajo una sotana de cura de pueblo.

En 1993 Nanni Moretti decidió arrancar la máscara de Michele Apicella y descubrir que bajo el rostro cínico del estudiante romano no había otra cara que la suya. En Caro Diario (1993) manda fuera las identificaciones ficticias y empieza a hablar directamente en primera persona. Moretti es ya un señor en la cuarentena y se piensa dos veces las cosas antes de decirlas, su misantropía se ha moderado en busca de una posición en su sociedad, elabora un discurso de ficción donde no tiene más ganas ni intenciones de buscar a un personaje que hable por su boca, ahora es él mismo el que habla.

¿Entonces en qué se parece el Pietro Paladini de Caos calmo al Michele Apicella/Nanni Moretti de casi toda su filmografía anterior? Pues aparte de en la barba, en nada. De tener alguna similitud con alguien, esa sería con el Giovanni de La habitación del hijo (2001), pero sólo por el punto de partida, la pérdida del ser amado (la esposa en la película de Grimaldi, el hijo en la suya propia). Pero ahí terminan las semejanzas, porque en Caos calmo no se intenta describir de qué modo se puede enfrentar el ser humano al dolor más sordo sino que, por el contrario, elabora una fábula contemporánea en la que el personaje de Moretti funciona como ancla de un mundo que necesita de un centro de gravedad para encontrar su velocidad adecuada de giro: en torno a su tranquila decisión de permanecer esperando a diario la salida de su hija del colegio, el mundo desquiciado e intratable encuentra su propio orden, su ritmo interno; Pietro Paladini no es ni remotamente como Michele Apicella, no desprecia al entorno y se introduce en una falsa burbuja moral sino que afronta su confusión de forma limpia y calmada, tratando de abrir los ojos lo más posible, sin excesos, ayudando al espectador a comprender el mundo desde la observación y el silencio.

Le faltan detalles a la película para alcanzar la redondez completa, algún personaje parece sobrar, la famosa escena de sexo de cuatro minutos que ha escandalizado al clero italiano es, cuanto menos, extraña en el desarrollo de la película, la conclusión del filme deja un cierto poso de intrascendencia… Pero su mayor acierto es ese Nanni Moretti actor, capaz de hacer girar el biorritmo de la película tal y como su personaje Pietro hace con el mundo que le rodea.

Alberto Haj-Saleh | 25 de junio de 2008

Comentarios

  1. gatavagabunda
    2008-06-25 23:24

    “Caos calmo” es una película muy interesante. Hay cosas que uno se esperaría a raiz del argumento de partida de la historia, pero luego sale por otros derroteros.

    Es sorprendente este Moretti actor que, como dices, parece tan alejado de la imagen que uno pueda haberse forjado de él tras tantos años. Esta especie de giro hacia un Moretti sosegado, íntimo, callado y tranquilo resulta tan desconcertante como cuando Springsteen irrumpió con “Nebraska”.


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