Libro de notas

Edición LdN
Butaca no numerada por Alberto Haj-Saleh

Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.

Un hombre, una cámara

Jonathan me hizo volver a la realidad. “Las películas tienen que moverse, estúpido”, me dijo. “No se puede hacer una película con imágenes quietas”.
Pasaron 30 años. Entonces rodé La Jetée

Esto escribía el singular cineasta francés Chris Marker a propósito de su película La Jetée (1962), o mejor dicho, a propósito de su fotopelícula puesto que eso es lo que es: 28 minutos de imágenes fijas, fotogramas estáticos en blanco y negro sobre los que una voz grave va narrando una fábula de ciencia ficción. En estos días estoy recuperando parte de la obra de un autor tan inclasificable, gracias al Cofre Chris Marker que ha editado no hace muchos meses Intermedio (junto con Cameo el gran baluarte de unas ediciones exquisitas de un cine que hasta ahora era bastante difícil de localizar); hablaré de Chris Marker más adelante, pero ahora me interesa centrarme en el primitivismo que destila su manera de rodar, entendiendo por primitivismo la economía de medios, volviendo al origen estilístico del cine (aunque en el caso de Marker es algo aún más depurado si cabe, a veces completamente estático).

En el número 5 (Octubre de 2007) de la revista Cahiers du Cinema-España, Eulalia Iglesias decía, a propósito del cineasta Philippe Garrel, que en sus primeras películas, a finales de los sesenta, su escasez de medios le llevó a filmar a veces sin sonido, sacando del esquema mudo una virtud. «Garrel decide volver a los orígenes: un hombre, una cámara y alguien a quien filmar». El cine despojado de artificios, reducido a su mínima expresión, cámara y ser humano funcionando como ejes únicos de una forma de contar visualmente que renuncia voluntariamente (o por necesidad) a aderezos técnicos, efectos de sonido, montaje de efectos visuales, iluminación artificial, etc. Albert Serra lo lleva aún más al extremo en Honor de Cavalleria (2006), sólo que el autor catalán prescinde directamente de cualquier intento de narración o de hilo narrativo, se lo juega todo a la actividad contemplativa plena, buscando captar el propio transcurrir del tiempo, aunque acaba fallando bastante en el intento. Pero esa es otra historia.

Viendo La jetèe recordé un cortometraje, mitad documental, mitad ficción, que rodó mi amigo Carlos Pineda durante el verano de 2007 llamado Salzburgo (breve diario) y que aún permanece (lamentablemente) inédito. La película narra el viaje imaginario de un periodista a la ciudad austriaca para entrevistar a un afamado dibujante que nunca antes había accedido a salir a la luz pública. El periodista llega a Salzburgo una semana antes del encuentro y durante esos días se dedica a rastrear las huellas más escondidas de la ciudad. Para rodarla, Carlos Pineda contó con unas cuantas páginas de guión bocetadas, una cámara digital de calidad média y el mejor espíritu posible. El resultado es fresco, ágil, desprovisto de accesorios, con un aroma a primigenio embriagador. Entusiasmado, le escribí preguntándole detalles del proceso de creación del mismo.

Observemos el punto de partida:

Grabar con tu pequeña cámara y montar con tu pequeño equipo puede ser lo mismo que escribir con tu ordenador. No hay presiones externas: ¿para qué grabo? Para disfrutar. ¿Quiero hacer algo práctico con ello? Ya se verá después; en este momento, sólo me interesa estudiar a fondo esto de aquí, esto de allí y esto otro de más allá. Fuera el plan de rodaje, fuera el orden absoluto; sólo ese pequeño orden que me permitirá encontrar los clips de video en mis cintas.

El comienzo para Carlos es el más básico posible: la necesidad de elaborar un diario de despedida de la que ha sido su ciudad durante los últimos años y el deseo de explorar las posibilidades que otorga la premisa de un hombre, una cámara.

Proceso. Equipo: conocerlo. ¿Qué puedo hacer con él? Leo las instrucciones a fondo. La solución estética de aplicar un desenfoque para expresar algo no nace en mí espontáneamente; no creo conceptos. Recorro el camino inverso: sé que existe una opción del objetivo llamada desenfoque y se me ocurren varias cosas que podría expresar con ella. (...) Leo las instrucciones a fondo, pruebo, juego varios días, grabo aquí y allá, edito planos sueltos, edito sin sentido, exploro los menús, aplico máscaras y filtros.

Esto, el regreso al origen, no implica una desatención de la forma, ni tampoco ignorar el proceso técnico de la filmación en sí. Todo lo contrario. Dice el director:

Estudiar siempre la técnica, pensar siempre la técnica; es la técnica la que hará creíble mi historia, no los medios con los que la grabe. El pensamiento es la herramienta más poderosa. Pensamiento y técnica. ¿Qué tengo? Un solo foco. Aprovecharlo a mi favor, no verlo como una carencia. Convertir la carencia en virtud.

Creo que lo más fascinante del trabajo que hizo Carlos es su intento consciente de dejarse sorprender, para lo que se abandona a la cámara y decide maravillarse con las imágenes por sí mismas. «Pasear y observar. Tener paciencia, mucha paciencia. Paseo y observo durante días y no encuentro nada, no porque no haya nada, sino porque yo no lo veo». Deja a un lado manuales de guión y giros estilísticos para centrarse en el objeto principal de cualquier película: la imagen. Filma, filma, fila todo lo que puede postergando la creación literaria, el guión, el montaje para después, para la soledad del estudio de edición. En ese sentido la cámara funciona como extensión real del cineasta, que trata de absorber su entorno, ya que la empresa que ha iniciado es tan simple y tan mastodóntica como ofrecer un retrato psicológico y emocional de toda una ciudad. «El proyecto, entre otras cosas, consistía en crear realidades ficticias a partir de realidades reales; atrapar significantes y llenarlos después de significados.»

Esos significados serán llenados en la sala de montaje, el lugar donde Carlos deja de ser ojo para convertirse en manos. Es aquí donde el cine deja de ser tan primitivo y busca una composición más compleja a partir del ensamble de imágenes que a priori no tienen una continuidad clara. Ahí es donde sale el genio del cineasta, que deja de un lado la parte de la fascinación técnica para actuar como creador, por puro instinto. El resultado final (que espero que acabe viendo la luz) es asombroso: no por creada la realidad deja de ser real. Para ello han hecho falta un hombre con ganas de aprender y su cámara junto a él. Lo demás es puro cine.

El plano fijo en alguien revela sorpresas inesperadas en los visionados; gestos, miradas, actitudes. Poner el trípode, poner la cámara a grabar, esperar, tener paciencia. Yo me adapto al entorno, no trato de que éste se adapte a mí. El entorno, a cambio de las muchas cintas que gasto con tiempos muertos sin interés, me corresponde, a veces, con hermosas sorpresas.

Alberto Haj-Saleh | 14 de mayo de 2008

Comentarios

  1. gatavagabunda
    2008-05-15 03:54

    Ese principio aparentemente tan básico que aplica Carlos Pineda es la clave del buen cine:

    “El pensamiento es la herramienta más poderosa. Pensamiento y técnica. ¿Qué tengo? Un solo foco. Aprovecharlo a mi favor, no verlo como una carencia. Convertir la carencia en virtud.”

    Convertir la carencia en virtud, qué difícil reto.

    Por cierto, tengo suerte de ser una de las pocas personas que ha visto y disfrutado su corto, y me encanta :)

    Y ya que arrancas con Marker, pues efectivamente hay bastante espíritu jetèe en “Salzsburgo (breve diario)”, aunque ésa es una lectura a posteriori.

  2. Eli
    2008-06-07 01:04

    Ya por defecto siento interés por cualquier cosa que haga Carlos, pero tal y como describes este corto casi me da miedo verlo, vaya a ser que me pase como con “En la ciudad de Sylvia” y empiece a buscar medios para mudarme a Salzsburgo.


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