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Butaca no numerada por Alberto Haj-Saleh

Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.

Reflexiones a posteriori

Era yo un quinceañero bastante despistado cuando en los viejos cines Iturrama de Pamplona vi Cuatro bodas y un funeral ( Mike Newell, 1994). La película daba sus últimos coletazos en la cartelera, ya había sido uno de los grandes éxitos de la temporada, candidatura al Oscar a la mejor película incluida, y lanzó definitivamente hacia el olimpo de las estrellas a Hugh Grant. En una época pre-internet, sin un mal Canal Plus que llevarme a la boca y mucho antes de que todas las televisiones españolas la pasaran una y otra vez en horarios de máxima audiencia, tardé mucho en volver a verla después de esa visita a la sala de cine. Es decir, la única fuente que tenía sobre ella eran mis propios recuerdos.

Sé que no me gustó la película. No me hizo gracia, se me hizo larga, no me caían bien los personajes, qué se yo. Pero me ocurrió algo bastante inesperado, algo que no creo que me hubiese sucedido antes: siempre que recordaba el filme me gustaba cada vez más. En mi cabeza la película había cogido forma, recordaba frases memorables y diálogos brillantes, secuencias completas, complementos musicales… llegué hasta el punto de saber que la película no me había gustado sólo porque eso fue lo que comenté al salir de los cines; de otro modo habría jurado que me encantó.

Ese fenómeno se ha repetido con una cierta frecuencia a lo largo de los años, esto es, películas que han adquirido forma y coherencia, que han calado hondo y me han hecho reflexionar y valorarlas al alza a posteriori, después de una primera impresión, la inmediata, mucho más tibia, cuando no directamente negativa.

Se podría decir que es lo que me ha ocurrido con Viaje a Daarjeeling ( Wes Anderson, 2007), que ha gozado del beneplácito de gran parte de la crítica más sesuda —Cahiers, Cahiers— a pesar de su aspecto hollywoodiense, incluyendo a dos caras tan convencionales en el reparto como Adrien Brody y Owen Wilson. El particular director tejano nos lleva a un viaje por la India en un tren que la recorre casi de punta a punta, lugar de encuentro de tres hermanos mal avenidos pero decididamente peculiares y excesivos. A lo largo del metraje del filme juraría que llegué a aburrirme en bastantes partes del mismo, por no hablar de la sensación absoluta de extrañeza y desubicación al estar observando a tres personas perfectamente intercambiables que tienen poco o nada que decirse, mucho menos que escucharse. Sin embargo recuerdo a menudo la película pero no como espectador sino como parte integrante de la misma. Me sorprendo tarareando los temas reutilizados de Satyajit Ray en su banda sonora o visualizando su luz y sus colores vivos, más aún, vitales; recuerdo haber escuchado la canción de Peter Sarstedt que, incansablemente, reproduce en su i-pod Jason Schwartzman una y otra vez, puedo casi tocar el bindi de la frente de la azafata del tren, me imagino mirando por la ventana del vagón. No recuerdo haberme aburrido con la película sino que mantengo la sensación de haber viajado a la india con sus protagonistas.

En otro nivel se encuentra El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford ( Andrew Dominik, 2007), película en la que durante casi tres horas asistimos a la desintegración de la famosa banda de forajidos formada por Frank y Jesse James y al posterior asesinato por la espalda del mítico Jesse por su secuaz y obsesivo admirador Robert Ford. Un maravilloso Casey Affleck y un inquietante y a ratos aterrador Brad Pitt funcionan como eje de una película que en su primera mitad llega a ser tan lenta y vacía de acción o diálogo, de cualquier contenido claro, como para dejarte completamente aturdido. La hora final retoma un discurso más digerible y canónico, concluyendo de forma trágica una historia a la que es difícil ver el principio.

Sin embargo, meses después de su visionado, en mi recuerdo esa primera mitad estática y silenciosa está cargada de sentido y se convierte en un proceso indispensable para comprender el porqué de la decisión de Robert Ford de acabar con la vida de su jefe e ídolo. Durante una hora y pico de aparente vacuidad e inercia asistimos como espectadores privilegiados al desmoronamiento total de una época de alegalidad y violencia, último reducto, quizás, de un comportamiento genuinamente selvático e individualista dentro de la civilización occidental. Durante más de sesenta minutos observamos el deambular sin destino de bandoleros y forajidos que han terminado su época y no han sabido reaccionar a ello, convirtiéndose en fantasmas que se limitan a vivir en cuevas con forma de sótanos, bodegas y prostíbulos. En medio de todo eso el dios de los forajidos es el único que parece comprender que su tiempo ha terminado y se sume en un proceso de depresión y soledad que concluirá con su muerte, ejecutada por un insignificante ratero pero instigada y provocada por el propio mito caído. Una hora de quietud para poder entender sin fisuras la explosión final de esta magnífica película.

Es apasionante. Pero tardé más de un mes en llegar a esa conclusión. Parece que a ratos a mi subconsciente le gusta mucho más el cine que a mí mismo.

Alberto Haj-Saleh | 20 de febrero de 2008

Comentarios

  1. nalidea
    2008-02-20 20:09

    A mí me pasó algo similar con El Hombre que nunca estuvo allí, de los Coen. Toda la película tuve una sensación de extrañeza, de despego (hacia la trama, los personajes) que me dejó totalmente insatisfecha. Días después empecé a encontrarle sentido: es precisamente la extrañeza lo que hace grande al filme, es precisamente de eso de lo que se trata. Es como una versión filmada de El extranjero, de Camus. Imagino que un libro, al ser su lectura más lenta, más atenta, es más fácil de interiorizar desde un principio. El cine, como ejercicio intelectual (y por mucho que me guste), tiene sus limitaciones.

  2. María José
    2008-02-20 21:09

    Nalidea, en El Hombre que nunca estuvo allí, la sensación de extrañeza se explica al final (que no voy a desvelar). Desde donde está contada la historia da la clave de esa sensación y eso es lo que para mí la hace genial.

    A veces también me pasa que me alegro mucho de haber visto una película, normalmente porque es muy dura (por ejemplo, 21 gramos) pero no volvería a verla. La sensación mientras la ves es muy desagradable, pero el poso que deja no.


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