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Opiniones misceláneas por Pablo Muñoz

Prefacios juveniles, reseñas de media tarde, lecturas a tiempo parcial… Un intento meridiano de soñarse columnista, por supuesto. Aquí vienen a leerse libros, a recomendarse unos cuantos y a discutir(los).

Una cuestión de estilo

Susan Sontag. Cuestión de énfasis Alfaguara, Madrid, 2007. Trad. De Aurelio Major.

Al mismo Tiempo. Mondadori, 2007. Trad. De Aurelio Major.

En su sorprendente canon publicado en el Diario Guardian en 1994, James Wood incluía algunos (pocos) libros de ensayos, siendo el más destacado de ellos el Estilos Radicales de Susan Sontag. No dudo del interés por las deducciones de la escritora e intelectual, pero Wood, el gran juez contemporáneo de la estética literaria, parece especialmente acertado al incluirla en una selección de lo mejor de la lengua inglesa, ya que la pieza central del libro es el Viaje a Hanoi que la autora emprendió y en el que se muestra su habilidad por la literatura de viajes. Aunque aquí vayamos a referirnos a su material exclusivamente traducido, la lectura más apasionante de esta intelectual insobornable está en su capacidad para convertir el ensayo en una suerte de construcción estilística hermosa y llena de enunciados que a veces sugieren un nivel más allá de lo que realmente está expuesto. No se trata tanto de una claridad expositivia envidiable como de una preclaridad cognitiva que traslada en cada palabra. Sontag no fue una novelista tan mayor e importante como hubiera querido, pero su voz sigue siendo poderosa.

Tomemos un ejemplo de sus Diarios, traducidos por Aurelio Major para Letras Libres

20 de abril
Mi perspectiva no está refinada, es insensible: éste es mi problema con la pintura.
Otro proyecto: Webern, Boulez, Stockhausen. Comprar discos, leer, trabajar un poco. He sido muy perezosa.
No conceder entrevistas hasta que no parezca tan clara + experta + directa como Lillian [Hellman] en The Paris Review

Hay una naturalidad evidente en el fragmento, también una vanidad y una ansia conmovedoras, clave en los momentos de formación. Pero también un aforismo, brillante, que parece sugerir más. Debido a los asuntos del lenguaje, no nos detendremos a hablar del estilo de Karl Kraus, el gran aforista que precede un pensamiento que Sontag puede evocar en ciertos momentos, porque, a diferencia de la escritora, no tenemos el referente original. Tomemos como referencia el ensayo sobre el Quijote que incluye la escritora en Cuestión de énfasis.:

Un escritor es antes que nada un lector; un lector que se ha vuelto loco; un lector granuja un lector impertinente que afirma que es capaz de hacerlo mejor. Con todo, justamente, cuando el mayor escritor vivo compuso su fábula definitiva sobre la vocación del escritor, inventó a un escritor de principios del siglo XX que se había propuesto como su obra más ambiciosa escribir (partes de) Don Quijote.

El ensayo no es tanto un juicio positivo sobre una novela que ya sabemos que incluye un ciclo novelístico, sino la potencia de Sontag para reunir todas las tesis y hacer de ello un ejercicio de estilo. Incluso en sus imitaciones más ingenuas y abiertamente positivas, como la Carta a Borges, tiene un estilo sofisticado.

Pero, como comenta Juan Francisco Ferré en sus reseñas de Quimera, sobre la evolución de su faceta ensayista, “Sontag, sin embargo, no parecería darse cuenta de que este contingente de autores muertos conforma a su pesar una imagen crepuscular de lo que significa la “grandeza literaria” en un mundo dominado ya por “la decadencia implacable de la ambición literaria”, como señala al comienzo de su pieza sobre Sebald.”

Pero, incluso asumiendo esos términos de presunta seriedad, la evolución de la escritora y su ensayo sobre W.G. Sebald, justamente titulado Una mente de luto, pasa no por una renuncia a buscar un tipo de grandeza literaria bajo esos parámetros sino por una cuestión de estilo que incluye una hermosa especulación exacta sobre el concepto de ficción:

Y sin embargo, estos libros reclaman con justicia ser tenidos por ficción. Y son ficciones, no sólo porque hay buenas razones para creer que mucho es invento o alteración, aunque, sin duda, algo de lo que relata ocurrió en efecto: nombres, lugares, fechas, etcétera. La ficción y la objetividad, por supuesto, no se oponen. Uno de los reclamos fundadores de la novela inglés es que la historia es verdadera. Lo esencial de una obra de ficción no es que lo relatado no sea cierto –—bien puede ser verdadero, en parte o en su integridad—, sino el empleo, o extensión de diversos recursos (entre ellos documentos falsos o falisificados) que producen lo que los teóricos de la literatura denominan el efecto de lo real. Las narración de Sebald —y la ilustración visual adjunta— impulsa el efecto de lo real hasta un extremo resonante.

Este párrafo, que concluye con extremo resonante una descripción concisa, podría servir para leer, por ejemplo, Los Muertos en la que Jorge Carrión plantea estos términos en un nuevo y hasta invertido término. El recurso estilístico llega a proporciones aforísticas y casi de Dietario caótico en los escritos sobre Fotografía que se incluyen en este libro y en Al mismo tiempo, editado póstumamente con sus últimos textos donde sobresale “Un argumento sobre sobre la belleza”

La belleza es parte de la historia de la idealización, que a su vez es parte de la historia de la consolación. Pero la belleza acaso no siempre consuele.

En estas dos frases hay una conclusión algo cínica, tal vez por su generalidad. Pero también sugerente. Esta escritura no está en su justa vindicación del olvidado escritor Leonard Tsipkin, siendo un ensayo más bien preclaro y largo y seguramente de los mejores. Pero cuando es capaz de aparecer y de convertirse en parte de una sugerencia es cuando Sontag, y sus normas cada vez más rígidas (no leer a contemporáneos americanos excepto a tres, etc.), tienen un sentido y una forma en la que funcionan.

Los críticos no son solamente potenciadores de una estética, suya o no, sino generadores de estilo. Releer a Sontag, ensayista que publicó en prensa muchos de estos textos, es aprender la importancia de estas cuestiones. Es cierto que, en esos términos, Notas sobre lo camp sigue siendo una cima. Pero la sugerencia, que se integra de un modo menos evidente en su escritura más o menos literaria ya la definió en sus diarios.

El éxtasis intelectual al que he tenido acceso desde la primera infancia. Pero el éxtasis es el éxtasis.

El “deseo” intelectual es como el deseo sexual.

Pablo Muñoz | 19 de febrero de 2010

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