Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.
No sé si querrá decir algo pero ha coincidido que en apenas dos días he visto dos obras de ficción con un trasfondo apocalíptico y de final de los días. Lo interesante es que ninguna de los dos afrontaba el hecho desde un punto de vista espectacular o centrado en una eventual salvación de la humanidad por uno o varios héroes, sino que han utilizado ese contexto para narrar sendos relatos de resonancias míticas, reduciendo al ser humano a lo más primario. Por un lado está la película de F. Javier Gutiérrez Tres días, reciente ganadora de la Biznaga de Oro en el Festival de Málaga. Por otro la obra de teatro Estigma, una producción del Centro Dramático Galego sobre un texto escrito a seis manos por Jacobo Paz, Rubén Ruibal y Vanesa Sotelo.
Tienen más en común de lo que parece ambos discursos, por ejemplo la enorme sensación de desconcierto que provocan en el espectador mientras se asiste al desarrollo de las historias, el desasosiego permanente basado en atmósferas opresivas y asfixiantes que contrastan con una extraña falta de acción real. Los protagonistas tanto de la película como de la obra básicamente esperan, aguardan un final cierto e inevitable. Y esa es la única empatía real que se puede sentir hacia ellos, ya que desde la butaca uno comparte esa espera inquietante e irremediable, tal y como sucede cuando se observa una montaña de objetos tambaleantes que sabemos a ciencia cierta que van a terminar cayendo.
Es otra la perspectiva de la obra Estigma, dirigida por Dani Salgado, mucho más compleja y posiblemente bastante más indigesta para el ojo deseoso de un consumo sencillo. En este caso el fin del mundo no se nombra, pero se intuye. La acción transcurre siempre dentro de una aislada isla volcánica, habitada solamente por un verdugo-sepulturero, su joven esposa y algunos fantasmas ahogados en la tristeza y asfixiados por la lava y el polvo. Por lo que a nosotros respecta el resto del mundo puede, mejor dicho, debe haber sido destruido y todo lo que pueda quedar vivo está dentro de esta isla, auténtica protagonista de la historia: un trozo de tierra yermo que quema y arrasa cualquier intento de vida y que sólo permite crecer ramas inertes de troncos sin hojas. Si hubiese un centro en este hilo ese sería Sara, última visitante de la isla a la que acude para reunirse con su novio, supuesto criador de caballos. Sara es la última mujer fértil, el único soplo de vida en un lugar marcado por la traición y la muerte, y esa fertilidad es la que hace que Eloi, su novio, trate de retenerla a cualquier precio. Como si fuera un sicario del propio islote, Eloi es el brazo armado de esa destrucción y ejerce como verdugo implacable de cualquier atisbo de vida que se asome en aquel territorio. De nuevo el espectador se limita a esperar, con pesimismo y angustia creciente, un desenlace que sólo puede ser el fin de una involución vital, un regreso a un animalismo primigenio y salvaje, una erupción brutal que termine de tragarse a esa representación de toda la humanidad y la sepulte bajo tierra. El efecto desasosegante en la piel se obtiene por ese clima crepuscular y apocalíptico, por una escenografía cuidada y por la gravedad y violencia de muchas partes del texto, aunque éste puede resultar excesivamente confuso, demasiados huecos que rellenar por parte del espectador. La atmósfera lo es todo en esta obra, ya que los actores están correctos y contenidos pero pecan de frialdad, lo que hace algo difícil empatizar con ellos. Aunque tal vez eso es lo que se buscaba, dejando al actor fuera del relato para centrarlo todo en los personajes, vacíos precisamente por su componente simbólico.
La espera de un final definitivo, la elección de dejar las cosas en orden o no antes de ese final, revela un pesimismo oscuro y tétrico y una delimitación de una actitud existencialista que resulta aterradora precisamente por la falta de miedo con la que se afronta ese final.