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Realidad Acotada por Marta González Villarejo

“Realidad acotada” nos propone el día 26 de cada mes un acercamiento a la arquitectura que nos rodea. A los pisos en los que habitamos, a las calles por las que paseamos, a las plazas, las bibliotecas, los cines, los teatros… y a todo aquello que hay detrás y no vemos. Marta González Villarejo se detendrá en pequeños detalles con los que convivimos a diario y que a menudo pasan desapercibidos.

Las instalaciones sí importan

La arquitectura es un concepto muy amplio. Se compone de muchos conjuntos y subconjuntos de cosas, que a su vez pueden desglosarse tanto como se quiera. La arquitectura puede ser “habitabilidad” o puede ser un tornillo de media pulgada. En ese amplio abanico y apuntando más al lado de “las partes menos nobles” se encuentran las instalaciones: esas grandes desconocidas.

Muy resumidamente, las instalaciones son redes que recorren los edificios, que los vertebran, y que distribuyen o evacuan los distintos suministros haciendo posible que vivamos, trabajemos, compremos. Algunas de ellas son, por ejemplo, las instalaciones eléctricas (desde el contador del portal hasta el enchufe de la lamparita de la mesilla de noche), las instalaciones de fontanería (desde la toma de la calle hasta el grifo monomando de la ducha, ese en el que tarda mucho en salir agua caliente), las de saneamiento (en sentido contrario, desde el fregadero hasta las alcantarillas). La iluminación, energía, telefonía y algunas otras, más o menos específicas.

Las instalaciones están ocultas, escondidas, ya que no se consideran la parte bonita de la arquitectura, aunque no todos piensan igual, claro. Nadie va a alquilar un estudio y dice “Qué buena sección nominal tienen los conductores de cobre en esta red de distribución de Baja Tensión”, sino más bien cosas como “Qué luminoso es”, o “Qué amplio”. O si me apuráis: “Mira cariño, tiene lavavajillas”. Y sin embargo están ahí, pasan por nuestras paredes, techos, e incluso a veces por nuestros suelos. Nuestras instalaciones y las de nuestros vecinos. Aunque lo habitual es que no se tenga conciencia de ellas hasta ese día en que se averían. Ese día en que consigues que venga alguien que observa silbando, golpea la pared con los nudillos, sigue líneas imaginarias con la mirada y dice que hay que abrir “justo aquí”.

En la ficción ocurre igual que en la vida real. No nos interesa ver que alguien, cuando está a punto de darse un apasionado beso por fin, tenga que bajar a abrir porque el portero electrónico no funciona otra vez, o que alguien aprovecha para emparejar calcetines mientras espera al del seguro —que nunca viene a la hora que dice—, para que vea la mancha que ha hecho la ducha del vecino en nuestro techo. No nos interesa saber si cocinan con gas natural o butano, o el número de aparatos sanitarios que tienen en el baño. No nos interesa salvo que sea una perfecta excusa narrativa.



Me viene a la cabeza ese personaje colateral de Apartamento para tres, el Sr. Roper, que entraba y salía de escena con una caja de herramientas, encargado del mantenimiento. Stanley era la excusa narrativa perfecta para espiar a los inquilinos y crearles problemas. Luego, además, le contaba a su señora qué había visto u oído, y todo podía ir a peor. Casualmente, la hora de la reparación coincidía siempre con alguna escena comprometida del capítulo. También recuerdo la casa de La tribu de los Brady, cuyo cabeza de familia era un arquitecto —supongo que muy influido por Frank Lloyd Wright y su Casa de la cascada—, que había proyectado un cuarto de baño que debían compartir los tres chicos y las tres chicas, y que tenía una puerta desde cada una de las dos habitaciones. En fin, conflicto servido en bandeja de plata.

En Friends también usaron algunas de estas excusas narrativas: líos de duchas y baños ocupados y averiados que fomentaban encuentros inesperados y otros problemas del estilo. Incluso una nevera que dejó de funcionar y que imponía a Joey comerse todo lo que contenía antes de que se estropease. Pero recuerdo un capítulo que fue un poco más allá. Aquel en el que Monica Geller se tomó como algo personal encontrar un mal contacto del cableado, para lo que agujereó la pared siguiendo la línea eléctrica. Creo que luego lo fue tapando con cuadros y notas, pero eso fue lo más cerca que estuvimos de ver instalaciones en las series de televisión… hasta el otro día.

Estaba viendo The Walking Dead. El último capítulo de la midseason y, en uno de los momentos de mayor tensión, de pronto Rick —el protagonista— se puso detrás de una placa fotovoltaica que le servía de parapeto mientras cubría con su rifle al resto del grupo, que salía corriendo de una situación más que complicada. ¡Una placa fotovoltaica! Y luego cambió el plano y ya se le vio subido en la camioneta y todo continuó como si nada. La placa simplemente estaba ahí: no era ninguna excusa narrativa.



Tiene sentido, porque a ver cómo si no se explica que en un mundo convertido casi en inframundo, arrasado, con zombis campando a sus anchas, donde mueren un media de dos a cuatro personas por capítulo —cuanto menos—, donde tienen que racionar todo, que robar gasolina y que asaltar supermercados y farmacias para sobrevivir; a ver cómo si no se explica que puedan tener luz para vigilar por la noche o puedan freír un huevo. Y es que las placas fotovoltaicas son capaces de producir electricidad a partir de los rayos del sol. Y sol sí tienen y de momento, que yo sepa, no se les va a acabar. Esa sería otra historia.

Una de mis conclusiones con todo esto es que en la mayoría de las series a las que nos enganchamos, los enchufes e interruptores deben estar siempre en la cuarta pared, porque nunca hemos visto que tengan que poner una alargadera o hacer una regola para que el cable de antena llegue al sitio donde realmente quieren poner la tele, y eso sí que es un conflicto. Haría a los protagonistas más humanos, aunque los aceptamos como son. Pero al menos en series como The Walking Dead las instalaciones sí aparecen. Y además, se demuestran dos cosas: que son necesarias y que hay que apostar por las energías renovables, que nunca se sabe.

Marta González Villarejo | 26 de enero de 2013

Comentarios

  1. gatavagabunda
    2013-01-26 21:36

    Qué comienzo tan prometedor, ¿no? :-) ¡Espero impaciente a la próxima entrega!



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