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Dos puntos comillas por Jaime Rubio Hancock

Jaime Rubio Hancock es uno de los periodistas más reputados del país (ignoramos cuál). Cofundador de la revista Playboy, fue director de The New York Times entre 1987 y 1992, cuando se convirtió en el primer menor de edad en dirigir una publicación diaria. Desde las páginas de ese diario se opuso a la guerra de Iraq, destapó la trama del Gal y predijo la Revolución Francesa. Actualmente publica en Libro de Notas cada jueves esta serie de entrevistas que, según nueve de cada diez dentistas, jamás tuvieron lugar.

Emilio Botín: "La cosa está mu malita" o (De cómo salvé al mundo de la crisis mundial, y 4)

Resumen de lo publicado: Angela Merkel, Mikhail Gorbachev y Jaime Rubio han logrado convencer a José María Aznar para ir al bingo a poner en práctica el método infalible de Gorbi para ganar y poner así fin a la crisis económica.

El mayor bingo del mundo está situado en una colina perdida y privada en el interior de Santander. Y es propiedad del archienemigo del agente Aznar: el conocido hombre de los talonarios de oro, Emilio, alias Botín. De hecho, en cuanto entramos en el local, el propio Botín baja las escaleras a recibirnos, sonriendo, con las gafas de sol puestas y con una rubia colgada de cada brazo. Se nos acerca y dice:
Un momento. Antes de que lo diga, quiero transmitir al lector parte de mi pasmo y de mi sorpresa cuando me di cuenta de que él (Emilio) es él (y no digo su nombre, para que cause más impacto cuando él diga:
—Pecadorrrl. Te et-taba ep-perando. ¡Eres un cobarde! ¿Esperas ganarme a mirl?
Aznar sonríe y asegura que ha venido “a salvar al mundo de la mayor crisis mundial desde la última crisis mundial”. Botín se ajusta la corbata y dice que en su bingo “sólo gana la banca. ¡Fistro! Y si no me crees, vamos a jugar UNO CON-TRA UNO. ¡Cobarde!”
Mientras preparan la mesas, aprovecho para buscar dos fotos en las que se evidencie que Botín y Chiquito son la misma persona:

Las mesas ya están montadas y las fotos colgadas, pero Aznar ha pedido algo de vino y Botín unos billetes para encenderse un puro, así que Mikhail aprovecha para resumirnos el método gracias al que Aznar ha de ganar la partida: “En cada cartón hay quince números del uno al noventa. Es decir, jugar con un sólo cartón nos da unas posibilidades del 16,67 por ciento. En cambio, si jugamos con siete cartones, nuestras posibilidades de cantar bingo son del 116 por ciento, dado que jugamos con 105 números sobre un máximo noventa”. Merkel y yo asentimos, asombrados por la sencillez de la técnica y por sus amplios conocimientos de matemáticas y cálculo de probabilidades.
Dado que cobro por pregunta (o mejor dicho, por respuesta; dieciocho céntimos, para ser concretos), aprovecho la circunstancia para entrevistar al señor Botínrl, que entre número y número no tiene inconveniente en explicarme que está notando la crisis económica actual y que “la cosa está mu malita, no te vayas mu lejos, que vamos a echá el arroz. Jarl”. Sin embargo, es más que optimista en lo que respecta a su entidad, dado que “el cash flowrl está mejol que nuncarl, no te digo digo por no llamarte Rodrigo, y a los morososrl leh vamo a sacarl hat-ta el fistro duodenal”. También tiene unas palabras nostálgicas acerca de su dilatada carrera y nos recuerda que nació “depué de loh doloreh”.
Su ánimo se altera cuando Aznar canta bingo y consigue así aliviar la deuda externa de una tercera parte de los países del tercer mundo. “Hay que vé —dice Botín—, ese fistro de hombre, que eh tan pequeño que tiene que atarse los cordoneh con peloh de rata. ¡Cobarde!”. Una de las rubias le calma y él se enternece. Sólo tiene palabras amables para sus amantes: “Me quieren por ese dinerorl que me sale po las orejarl. Cuando me abanico con billeteh en los bareh, hay que tomaaaarse er café con bufandarl… ¡Jarl!”
Pero poco después me tiene que dejar de lado. El juego está en su momento más tenso. Dos de los cartones de Aznar están a dos números del bingo, mientras que al mejor de Botín le faltan tres. Todo el público asistente está mordiéndose las uñas, alguno ha llegado incluso a la altura de los nudillos; todos menos Gorbachev, que confía en su método, que nos tranquiliza con su media sonrisa, que eructa del susto cuando oye un “¡bingorl!” que ruge atronador por toda la sala y que ha salido de la boca de Botinito de la Calzada.
Después de unos momentos de estupor, Aznar se acerca tambaleándose: “Nos ha engañado —dice—, yo jugaba con siete cartones y él con ocho”. Nos sentamos y tras dos horas y media, y con la ayuda de un ordenador y dos calculadoras, Gorbachev, se golpea la frente, haciéndose un morado (jaja, esto viene a ser el clásico chiste ochentero sobre la mancha de Gorbachev) y explica que “si jugaba con ocho cartones tenía un 133 por ciento de posibilidades de ganar… ¡Más que nosotros! A ver, espera… Sí, más que nosotros”.
Consternados, nos dirigimos a la puerta mientras oímos de fondo las risotadas (jarl jarl jarl) de Emilio Botín, quien no duda en gritarnos: “Os lo dije, fistros, aquí siempre gana la bancarl”.
Cuando llegamos a la calle, caminamos hacia el horizonte, preguntándonos si por esa zona pasará algún taxi. “Por cierto, amigo Jaime —me pregunta Aznar—, ¿tú no llevas cuatro titulares diciendo que nos habías salvado de la crisis?”. Y le contesto que sí, que puede, pero que al fin y al cabo, él trajo la democracia a Iraq y ya nadie se acuerda.

Jaime Rubio Hancock | 03 de diciembre de 2009

Comentarios

  1. Alberto
    2009-12-03 16:25

    Un mes siguiéndote para darme cuenta de que era todo una chorrada que te has inventado.

    No hay colinas privadas en Santander.

    Estás despedido.

  2. Portorosa
    2009-12-09 11:47

    Magnífico.


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