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Cartas desde Italia por V.V.A.A.

Cartas desde… es un intento por recuperar el espíritu de las corresponsalías epistolares de la prensa decimonónica, más subjetiva, más literaria, y que muestre una visión distinta y alternativa a la oficial de Agencias.

La otra Bolonia

Alberto Haj-Saleh

Esta ciudad, le había dicho Matera, no es como las otras ciudades. Porque no es sólo grande, es también complicada. Y contradictoria. Si la miras sin más, caminando por su interior, Bologna parece toda hecha de pórticos y plazas, pero si la sobrevuelas desde un helicóptero es verde como un bosque, por los patios interiores de las casas, que no se ven desde fuera. Y si vas por debajo con una barca está tan llena de agua y canales que parece Venecia. Frío polar en invierno y calor tropical en verano. Ayuntamiento rojo y cooperativas millonarias. Cuatro mafias diferentes que en lugar de dispararse unas a otras reciclan el dinero de la droga de toda Italia. Tortellini y satanistas. Esta ciudad no es lo que parece, inspector. Esta ciudad tiene siempre una mitad oculta.

Carlo Lucarelli, Almost Blue

Vivo en Bolonia desde hace más de dos años. Ubicada en la Emilia-Romagna, probablemente la región más rica de Italia, es una ciudad enclavada estratégicamente a medio camino de la mayor parte de los sitios estratégicos de la península trasalpina. Bolonia es la ciudad mejor conectada por vía ferroviaria con el resto de Italia. A través del tren se puede llegar a Florencia en una hora, a Milán y Venecia en dos, a Roma en tres. Desde Bolonia toda la Bota está al alcance de un tren.

Bolonia tiene la particularidad de ser un punto de referente para gran parte de los estudiantes universitarios de Italia pero un lugar que no aparece jamás entre la lista de los diez puntos más turísticos del país. Objetivo para Erasmus y para italianos de 19 años que acaban de terminar la escuela superior, el grado de turistas que simplemente vienen de vacaciones es realmente bajo. El flujo migratorio interior es abrumador, los extranjeros abundan por doquier pero de ellos el noventa por ciento son estudiantes. Y es que Bolonia es una ciudad tomada por la universidad.

La Universidad de Bolonia está considerada como la más antigua del mundo occidental. Su nacimiento se estima en torno al 1088 y su población crece de cuatrocientas a quinientas mil personas durante el periodo de clases. Para el mundo universitario la Unibo es un lugar mítico, hogar de Umberto Eco, fundador de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, sede de los acuerdos universitarios europeos, foco de revoluciones estudiantiles y hervidero intelectual sin tregua… Bologna la roja, la llaman, por sus edificios de color arcilla y su orientación históricamente progresista.

La vida del estudiante en Bolonia es una delicia, una ciudad que nunca duerme donde las posibilidades culturales y de ocio son infinitas, amateurs o no: conciertos, teatro, danza, la filmoteca más importante de Italia (su trabajo de restauración de películas es impresionante), ópera, bibliotecas, cómics, siempre a la vanguardia artística, siempre sin descanso, con opciones allá donde mires. El estudiante no puede evitar alargar su periodo de “laurea” porque la vida que te ofrece Bolonia es el sueño de cualquier universitario.

¿Sí? No del todo. Porque Bolonia tiene una cara mucho menos agradable, una cara que se muestra a todo aquel que decide quedarse un tiempo en ella habiendo dejado de ser estudiante. Bolonia es un lugar de paso, pero ese paso dura en torno a los siete años. Pocos se quedan en ella, excepto los nacidos allí, los hijos de boloñeses, aquellos que tienen expectativas profesionales relacionadas con sus antecedentes familiares. La vida en la universidad es una mitad de Bolonia. Porque esta ciudad en realidad son dos ciudades.

¿La Universidad? Esa es una ciudad paralela, de la que se sabe todavía menos. Estudiantes que van y vienen de toda Italia, que dejan los cursos y después los retoman, que duermen en casa de amigos y de parientes, que realquilan, siempre en negro, sin contratos ni documentos. ¿Sabía usted que en los años setenta estaban aquí todos los terroristas, todos escondidos en Bologna? ¿Y sabe por qué? Porque en cualquier ciudad un chico extraño, con acento extraño, que entra y sale de casa a todas horas, de día y de noche y que no se sabe quién es, qué hace, de qué vive y a veces desaparece y luego vuelve, en cualquier ciudad alguien se habría dado cuenta. Pero en Bologna no. En Bologna esta es la identidad de cualquier estudiante medio. ¿Buscar en la Universidad dice, inspector? En Bologna la Universidad es una ciudad clandestina.

Carlo Lucarelli, Almost Blue

Michele Santoro, uno de los periodistas defenestrados de la era Berlusconi, regresó a la RAI tras la derrota del ex presidente en las últimas elecciones generales con un excelente programa de investigación, “Anno Zero”. En una de sus últimas transmisiones Santoro dedicó su programa a revelar la otra cara de Bolonia, la de la precariedad, la de los alquileres imposibles, los más caros de Italia, la de las ausencias de oportunidades de trabajo, la de las cifras descompensadas que desmienten el progresismo revolucionario de la capital emiliana.

Se contabilizan unos 400.000 residentes en Bolonia y unos 80.000 estudiantes fijos (sin tener en cuenta a los Erasmus). En torno a 50.000 son jóvenes venidos de otras partes de la península, la mayor parte desde el sur, sicilianos y calabreses casi siempre. El alquiler de una cama en una habitación compartida oscila entre 180 y 300 euros al mes, sin contar gas, agua o teléfono. La habitación individual se mueve, salvo excepciones, entre 320 y 500 euros al mes. Un estudio en planta baja sin apenas ventanas, con un agujero como ducha y salón-cocina-dormitorio en una única habitación no baja de los 550 euros. Más de la mitad de estos alquileres se cobran en dinero negro, sin contrato. En los últimos siete años el alquiler en Bolonia ha subido un 85%. La posición de los propietarios (generalmente boloñeses de clase alta con varios edificios en propiedad) es clara: los estudiantes necesitan un lugar donde vivir y esto es lo que hay. La riqueza que producen los universitarios en Bolonia sube a casi 200 millones de euros anuales. Su capacidad de decisión, protesta por sus condiciones o reivindicación es cero.

La primera conclusión que se extrae es que, salvo en casos excepcionales, para una familia enviar a un chico o una chica a estudiar a Bolonia implica un esfuerzo económico que muchas veces se revela insalvable. En ese caso el propio estudiante decide ponerse a trabajar en una ciudad que tiene por norma contratar a bajo coste y en condiciones leoninas. La relación entre el sueldo obtenido por el trabajador y el coste de la vida es desproporcionada hasta límites insoportables.

Más problemas tiene aún aquel que se licencia y decide probar suerte en esta ciudad. El 30 % de los contratos no llegan a mil euros mensuales, un nivel más bajo que el de hace seis años. Más del 60% de esos precarios son licenciados. Más del 50% sigue siendo precario cinco años después de haber terminado la universidad. La mayor parte de las empresas contratan por obras y servicios, obligando al trabajador a ser autónomo y alargando la agonía de la renovación de contrato hasta el último día. La mayor parte de aquellos que quisieron quedarse un día terminan por marcharse en busca de condiciones más humanas.

Los estudiantes llegan a Bolonia inmersos en un sueño que dura lo que dura la universidad. El despertar es crudelísimo. Bolonia alimenta a gran parte de los jóvenes italianos y cuando crecen se prepara para devorarlos.

Alberto Haj-Saleh | 31 de octubre de 2006

Comentarios

  1. próxima erasmus a bologna
    2008-04-25 10:24

    Vaya, tras leer esto me he desanimado con respecto a los alquileres. Me parece precaria la situación laboral allí, según lo que cuentas. Me voy a tener que poner a trabajar aquí en España para ir reuniendo dinero porque sino mis padres se mueren de hambre y con la beca erasmus que me dan (unos ridículos 200 € al mes de base) no voy a tener dinero ni para comer, y ahora con lo de la crisis económica…
    Aunque de todas formas, según me han contado se está muy bien allí, ¿no?



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