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Cartas desde Brasil por V.V.A.A.

Cartas desde… es un intento por recuperar el espíritu de las corresponsalías epistolares de la prensa decimonónica, más subjetiva, más literaria, y que muestre una visión distinta y alternativa a la oficial de Agencias.

Caos aéreo en el país del futuro

Xoán Carlos Lagares

Haciendo un repaso de las misivas anteriores, me he dado cuenta de que estaba dibujando un panorama más bien oscuro de Brasil en esta sección. Me pareció injusto. Pero es que la terca realidad no me dejaba enfocar otras facetas más luminosas. Se me pasó el carnaval intentando contar, sin conseguirlo, la fiesta en las calles, el barroquismo exacerbado de las escuelas de samba, la alegre participación de todos, atravesado por las noticias macabras que nos dejaban entrever otros mundos horribles.

Como aquel en el que un niño de pocos años era brutalmente asesinado durante el robo de un coche, arrastrado a través de varios kilómetros, preso en el cinturón de seguridad que su madre no había conseguido desabrochar, mientras otros niños, los ladrones, un poco más mayores, de piel más oscura y mucho más pobres, huían enloquecidos de la escena del crimen, conduciendo a toda velocidad su nuevo instrumento de tortura. O como las reacciones, también enloquecidas, de los “ciudadanos de bien”, queriendo reducir la edad penal para encarcelar (¿y donde?) a los pequeños delincuentes que, según la prensa, surgen como hongos por todas partes para hacernos la vida imposible. El miedo de los niños. Es decir, por más insólito que resulte esta lectura del sintagma, los niños como fuente de miedo, como agentes aterrorizadores y no como víctimas de ancestrales temores.

La visión de la barbarie nos asusta, claro. La insensibilidad de quien sólo ve monstruos, también. Lo decía Nietzsche del cristianismo, su obsesión en ver el mundo feo y triste había hecho el mundo feo y triste. Mientras me escandalizaba la respuesta brutal y moralista de la llamada clase media (o de la opinión pública, o de los creadores de opinión, o vete a saber de quién), me daba cuenta de que yo mismo me estaba entregando a una especie de fatalismo crónico, instalado en el impronunciable tópico de los tristes trópicos.

Iba a cambiar de asunto y de tono. Me las prometía felices, dispuesto a hablaros despreocupadamente de la conquista del PAN (de los Juegos Panamericanos, no del libro de Kropotkin) cuando un avión con unas doscientas personas se me estrella en Congonhas, el aeropuerto doméstico de São Paulo. Hace poco más de diez meses se cayó otro avión en Mato Grosso y se desencadenó un pequeño caos en la aviación brasileña, con atrasos monumentales en casi todos los aeropuertos. Se descubrió entonces que al sistema de comunicación que controla (?) el espacio aéreo se le va la olla de vez en cuando. Que los controladores (?) aéreos son militares de carrera, porque en este país la aviación civil está en manos del ejército, y que cobran un sueldo de miseria, se matan a hacer horas con equipamientos ultrapasados que a veces no funcionan, con una formación precaria (parece que algunos se comunican con los pilotos en un inglés macarrónico, casi incomprensible) y trabajando bajo las órdenes de superiores jerárquicos que de aviación saben tanto como yo de física cuántica (no es necesario decirlo, nada). Como no tienen derecho a huelga, hace pocos meses se amotinaron para reclamar mejores condiciones de trabajo, y hubo que frenar a los comandantes y brigaderos, que dicen que son cargos muy muy altos del escalafón militar, para que no los arrestasen a todos, dejando, entonces sí, completamente descontrolado el espacio aéreo brasileño. Todo para mantener la disciplina y la jerarquía, pilares básicos, según sus propias declaraciones a la prensa, de la institución. Eso es lo que llaman inteligencia militar. Por supuesto, de desmilitarizar el asunto, los tipos del uniforme caqui no quieren ni oír hablar.

Ante lo que es una gigantesca crisis de gestión, nadie en el gobierno parece sentirse especialmente concernido, por no decir levemente responsable, incomodado, no sé, con algún peso en la conciencia. Hace poco más de un mes, antes del accidente más reciente, la ministra de turismo, Marta Suplicy (PT), respondía sobre los atrasos en un número exorbitante de vuelos invitando a todos aquellos que pasaban parte de sus vacaciones empantanados en los aeropuertos brasileños a relajarse y gozar. Claro, sólo hay que pensar en la de gente que se conoce mientras se espera durante horas en un aeropuerto. Mientras la oía hablar, yo, que tengo una imaginación calenturienta, ya veía las bacanales en las salas de embarque, todo el mundo gozando en público por recomendación gobernativa.

La verdad es que para entrar en un cilindro metálico que vuela hay que tener mucha fe en la correcta aplicación de los principios físicos necesarios, en la experiencia y buen estado de salud del piloto, en las óptimas condiciones del aeropuerto, en fin, es necesaria mucha relajación para entregar la vida a un enmarañado de variables que no están bajo nuestro control y en las que es mejor ni pensar. Sabiendo además de esa tendencia a estrellarse que tienen las aeronaves en Brasil, se necesita mucha sangre fría para coger un avión y una sangre caliente de actor/actriz porno para coger (léase a la argentina) en un avión. Pero bueno, los ministros tienen informes técnicos, asesores y consultores, y supongo que saben lo que dicen.

Cuando me vine a vivir a Brasil, aún bajo el gobierno de Fernando Henrique Cardoso (PSDB), el país estaba inmerso en otra crisis colosal, esta vez energética. Se había producido un apagón en casi todo el sudeste, como el de Barcelona pero a lo bestia. El problema no era de producción de energía eléctrica, sino de distribución. Brasil es un país continental que no aún no se ha adaptado a su propio tamaño, como un gigante de movimientos torpes que en determinados momentos entrase en colapso por su incapacidad para dominar el propio cuerpo. Todo el país tenía la electricidad racionada, según el número de habitantes cada domicilio disponía de una cuota de energía que no podía sobrepasar, so pena de pagar una multa. En ese momento, en esas condiciones, oí un anuncio institucional en la radio que me llamó poderosamente la atención. Una voz así como de graciosillo decía “yo no pongo más el aire acondicionado, ahora duermo en el bosque; ni uso calentador de agua, me baño en un río; y para qué quiero luz, con esta luna…!”. Después una voz tipo documental de Cousteau advertía en tono conciliador: “Tampoco es necesario exagerar! Siga las indicaciones del Ministerio de Energia y ayude a Brasil ahorrando electricidad”, o algo así. O sea que la incompetencia gobernativa provoca un inmenso apagón, impone racionamiento de energía en pleno verano, cuando el aire acondicionado es un artilugio vital, y aún se permiten vacilar…

Si yo fuese Stefan Zweig, además de escribir magistralmente, podría vislumbrar alguna esperanza en la crisis. En su famoso libro, Brasil, un país del futuro, publicado en 1941, el escritor alemán teje una impresionante oda a la potencialidad de este inmenso país. Parece que el libro fue escrito en pago al gobierno de Getúlio Vargas, durante la dictadura del Estado Novo, por haberle concedido un visado de residencia en el país cuando escapaba del nazismo. Pero no importa. Además de primorosas descripciones de las bellezas naturales brasileñas, Zweig hace una lectura más que optimista de las sucesivas crisis económicas que padeció el país. La del oro, que frenó el desarrollo del Estado de Minas Gerais, la del caucho, que hizo lo mismo con la región amazónica, la del café, la del azúcar… Para el autor, todas las crisis eran oportunidades para redirigir el desarrollo económico del país, todas habían lanzado Brasil con sus riquezas mucho más lejos. De crisis en crisis el futuro sólo podía ser esperanzador.

Es mejor ni pensar que poco después de acabarlo, y tras haber pasado el carnaval en Río de Janeiro, Stefan Zweig se suicidó con su mujer, Lotte, en Petrópolis, ciudad serrana a pocos kilómetros de la capital carioca. Su libro se reeditó varias veces en muchos idiomas, su título se transformó en profecía o, según otras lecturas, en maldición. Como si el sueño se fuese a postergar indefinidamente, perdido en un porvenir perpetuo, que nunca se hace presente. Por eso es mejor pasar de las promesas de futuro. Hasta la próxima crisis.

Xoán Carlos Lagares | 02 de agosto de 2007

Comentarios

  1. Ricardo Fuentes.
    2007-11-01 07:44

    Pensando que otro mundo es posible felicito al articulista y me felicito por reencontrarte.

  2. Xoán
    2007-11-04 01:58

    Muchas gracias, Ricardo. También me alegra verte aparecer por aquí, “onde chegan as cartas do tio da América”.



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