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¡Cuánta Maldad! por Juan Porras

Si una casa es una maquina de habitar, la sociedad es un trasto de dar por culo. Juan Porras estudió arquitectura y ha vendido miedo por teléfono. Ahora sobrevive como comercial de fortuna. Si tiene usted algún problema y si lo encuentra, quizás pueda contratarlo.

El otro

Sea por candor o vanidad, quiero pensar que quien me lee es una buena persona. Que tú, querido lector, compartes en lo fundamental mis principios y los valores que creo mínimamente indispensables para vivir en sociedad. Que te preocupas no solo por ver los distintos ángulos de cada cuestión sino además por analizar por qué adoptas las posturas que defiendes. Si es así estarás familiarizado con la figura de El Otro.

En tanto no podemos saberlo todo, todo el tiempo, simplificamos. Simplificamos problemas, los reducimos a aquello que podemos manejar y entender. Simplificamos a la gente porque la gente siempre es un problema. La otra gente. Tendemos puentes con aquellos con los que compartimos algo, como yo he hecho en el primer párrafo y con ellos codificamos a los que quedan fuera de ese redil. Los caricaturizamos, los cosificamos y los convertimos en un nuevo Otro que nos defina a mí y a esta panda de chavalotes con los que me voy de juerga con machetes por las afueras de Kigali. A Cazar Tutsis. A cazar cucarachas, como los llaman en la radio.

Es quizás la manifestación más burda y sencilla de el Otro; las caricaturas de judíos en Alemania, de japoneses en Estados Unidos, de negros, de chinos o de árabes. Tú como yo, querido lector, entiendes el peligro de reducir a un grupo de personas a una caricatura. Estás presto a torcer el morro y a levantar la voz para ponerla al servicio de quienes el rodillo homogeneizador de la sociedad arrolla a su paso. O al menos lo piensas fuerte, porque no conviene discutir con el jefe porque haga un chiste de negros. Ni con Ruipérez, ya puestos, porque le ves todos los días y sabes que en lo fundamental es buen tío aunque sea del Madrid. Al menos no vota al PP. Lo importante es saber que pones tu granito para hacer de este un mundo mejor. Que a ti si te importa la gente. Que tienes conciencia. No como los otros.

Los que hablan, votan, comen, votan, respiran y votan solo con el avieso fin de hacer del mundo un lugar peor. O mejor pero solo para ellos y los que son como ellos y piensan como ellos. Qué hijos de puta. ¿Cómo se levanta uno por la mañana sabiendo que va a pasarse el día siendo mala persona?

Cosificamos, también, para protegernos. Tu, querido lector, jamás saldrías a matar gente de otra tribu como yo he ironizado con hacer. Ni votarías a Le Pen. Ni pegarías a tu hijo. Ni gritarías a tu empleado. Ni defraudarías a hacienda. Que otros lo hagan solo se explica porque hay algo fundamental que te distingue de ellos. Algo te falta o sobra para que tú seas un monstruo. Son diferentes. Tienen que serlo, porque si no lo son tú estarías haciendo cosas terribles, como ellos. Para, mira a tu alrededor ¿Estás haciendo algo horrible y malvado? ¿No? Entonces seguro que son ellos, porque nada podría llevarte a actuar así.

El Hombre Subterráneo de Dovstoyeski vive retirado de la sociedad no por no entenderla sino por entenderla demasiado bien. Tomando en consideración cada ángulo de cada situación la claridad le ciega y la duda le embarga hasta llevarle a la completa inacción. Ver los motivos detrás de cada acción humaniza a quien la comete, nos identifica. En la antítesis de la cosificación, desmenuzarlo todo en pequeñas parcelas nos aboca a encontrar lo mucho en común que tenemos con ese Otro que ya no es Otro sino que eres tú. Y si tú podrías ser él, quién eres tú, querido lector, para juzgar. Si no hay monstruos, lo cual es algo terrorífico de considerar, solo hay gente.

Esto no es una llamada al dialogo, una defensa de la equidistancia. Es, querido lector, una despedida y cierre con el mensaje más positivo que se me ocurre; la maldad no existe. Si te crees en posesión de la verdad, lucha. Debate si de eso se trata. Divulga si sabes hacerlo. Mata, si se ha llegado a esos términos. Pero no olvides que quien está delante de ti es tan buena persona como puedas serlo tú, o mejor. Y luego clávale tu hipotética bayoneta en la tripa y sigue adelante. Y si no entiendes por qué está precisión es importante, mejor no hagas nada.

Juan Porras | 20 de diciembre de 2013

Comentarios

  1. A.A.
    2013-12-20 20:09

    La verdadera razón por la que el hombre del subsuelo guarda silencio reside en que gente como usted o los de su cuadrilla o cualquier otro participante de la cosa cultural que se le ocurra, le han enseñado a cobrar por todo, incluso por su filantropía; especialmente por su filantropía.
    Así pues,si quieren ustedes oír lo que tiene que decir, mis queridas buenas personas, no les queda más opción que PAGARLE.

  2. Juan Porras
    2013-12-20 20:40

    Mira, otro que no entiende el pasaje de Liza y los cinco rublos.

    ¿Cual es mi cuadrilla? ¿A qué cosa cultural pertenezco salvo a esta? ¿Quién le robo a usted la merienda?


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