Libro de notas

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Cine a topicazos por Manuel Haj-Saleh

Manuel Haj-Saleh decidió un día poner sobre el papel esas eternas discusiones en las que se meten cinéfilos y cinéfalos cuando acaban de ver y disfrutar una mala película, plagarlas de lugares comunes e inundarlas de erudición vana para darles fuste. El resultado se llama Cine a Topicazos y podrán encontrarlo aquí exactamente cada diecisiete días.

Los Oscars

Al principio de la película In & Out se ven unas imágenes previas a la ceremonia de entrega de los Oscars (la famosa “alfombra roja”) en las que el personaje de Matt Dillon, Cameron Drake, está siendo entrevistado por una reportera, puesto que está nominado. Drake afirma que no le gustan estos premios, que supone una humillación tener que competir unos con otros, que hay que valorar el trabajo, etcétera. La reportera entonces le pregunta, “¿y por qué has venido?”, a lo que Drake responde, sin dudar… “¡Por si gano!”

Efectivamente, los Oscars son, seguramente, los premios sobre los que más se miente en cuanto a su trascendencia. Los galardonados hablan siempre de que no les gusta competir, pero compiten, lloran cuando son premiados, lloran todavía más cuando no lo son y siempre llevan un discurso de “no me lo esperaba” guardado en el bolsillo del esmoquin o en los pliegues del vestido bañera. Por si acaso. En cuanto a los espectadores, la mayoría dice que no le interesa, que es una americanada, que el premio a la película extranjera o es Almodóvar o es todo política… sin embargo, muy pocos son los que, el día después de la gala, no saben cuál es la película que ha ganado, quién se ha llevado más premios o qué vestido llevaba Scarlett (ains) Johansson. Para compensar, entonces, dicen aquello de “no sé si ir a ver esta película, como le han dado el Oscar no puede ser buena”. Lo cierto es que el espectáculo de la AMPAS1, que cada año se nos ofrece envuelto en oropel y luces, pasa por ser uno de los programas de televisión más vistos en todo el mundo, siendo superado en EEUU solamente por la invencible Super Bowl.

Y no es para extrañarse. Parte de la filosofía de la fábrica de sueños de Hollywood es que todos sus componentes se reúnan una vez al año para decirse unos a otros lo guapos y geniales que son. Tal acumulación de estrellas bajo el mismo techo resulta irresistible para los miles de millones de espectadores que durante ese año han estado acudiendo a las salas a ver a sus rostros y cuerpos favoritos interpretando vidas en las que les gustaría participar. Aunque la gala en sí está vedada al rebaño común dentro del Kodak Theatre, unos pocos privilegiados que han solicitado con muchos meses de adelanto sus pases, se encuentran situados en una grada a los lados de esa majestuosa alfombra roja por la que pasarán, durante el par de horas previo al “sarao”, los divos y divas de la pantalla, acompañados de absolutos desconocidos que se limitan a sonreír a las cámaras cuando son brevemente interrogados por la prensa adicta, ya que no se permiten las discrepancias públicas en la noche del cine.

Sus protagonistas lo tienen muy claro: los “Oscars” son premios de ellos para premiarse a ellos. Aquí no cuenta la crítica, no cuenta la taquilla, ni siquiera cuenta lo que ganes con tu último film o el tamaño de la caseta de tu perro. La Academia consta de más de seis mil miembros, en una cifra que aumenta cada año (ya que, entre otras cosas, basta estar entre los nominados para que te inviten a ser miembro con derecho a voto), cada uno de su padre y de su madre, entre los que la propensión a dejarse sobornar se encuentra a todos los niveles. Además, a la hora de las votaciones finales, todos tienen derecho a elegir entre todas las categorías2, por lo que, dado que es poco probable que hayan visto todas y cada una de las doscientas y pico películas con candidatura que hay al año, votarán en su mayor parte siguiendo criterios de amistad o afinidad. O, incluso, votando “contra quien”, pues Hollywood es el lugar donde del amor a la envidia desbocada sólo hay un paso de musaraña. Para ellos, además, estos premios tienen una importancia mucho mayor: el conseguir aunque sea una nominación puede suponer que su teléfono siga sonando (o empiece a sonar) la mañana siguiente, o que quede mudo por mucho tiempo. Lógico, teniendo en cuenta que el que te puede llamar mañana es el mismo que ha podido votarte o que, sin haberte votado, ha visto cómo te llevas el gato al agua.

Por eso, cuando nuestros sesudos críticos hablan de que “la Academia ha decidido premiar”, o “la Academia es muy conservadora” o “la Academia ha dado la sorpresa premiando a…” y cosas de parecida erudición, en realidad nos están diciendo que, o no tienen ni puta idea de lo que va esto, o deciden simplificar lo que de sobra conocen para hacerse los interesantes. Los “Oscars” suelen correr con los tiempos, más allá del glamour o de la calidad artística, pero con muchos otros factores que la sustituyen o complementan. Alejados, casi, los tiempos del cine por el cine, lo cierto es que a lo largo de las tres últimas décadas no se ha estado premiando solamente cine del tipo “comprometido”, sino que también reciben recompensa buenas ideas que, por principio, no cuentan con el apoyo de los grandes estudios (que hace tiempo que dejaron de ser “productoras” en el sentido estricto para convertirse en corporaciones comerciales más preocupadas por el balance de caja), o bien obras innovadoras que se salen un tanto de los cánones habituales, o incluso grandes superproducciones que han llevado a la pantalla, con gran riesgo, lo que ninguna otra quiso hacer antes. Fíjense si no en algunos títulos desde los años setenta para acá: Annie Hall (Woody Allen, 1977), Gente Corriente (Robert Redford, 1980), Gandhi (Richard Attenborough, 1982), Platoon (Oliver Stone, 1986), Paseando a Miss Daisy (Bruce Beresford, 1989), Bailando con Lobos (Kevin Costner, 1990), La Lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993), El Paciente Inglés (Anthony Minghella, 1996), American Beauty (Sam Mendes, 1999), A Beautiful Mind (Ron Howard, 2001), Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004) o Crash (Paul Haggis, 2004). Intercaladas entre ellas, aparecen superproducciones del Hollywood más mayestático, como Memorias de África (Sydney Pollack, 1985), El Silencio de los Corderos (Jonathan Demme, 1991), Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), y, naturalmente, Titanic (James Cameron, 1997) y El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey (Peter Jackson, 2003), premios éstos que fueron directamente a “la industria” independientemente de sus valores, aciertos o fallos. Como ven, hay suficiente diversidad como para no considerar a “la Academia” como un ente abstracto, conservador e inflexible que sólo se va a lo políticamente correcto o a lo que más ruido hace. Seis mil votos son muchos votos… hay pueblos en España que apenas llegan a ese censo.

Existe, sin embargo, una excepción, que es a la que se aferran los opinionólogos para sostener dichas tesis, ya que es la que más directamente nos afecta: la categoría de “película extranjera” o, dicho propiamente, “película en lengua extranjera”. Aunque, si se quisiera decir más propiamente aún, sería “película en lengua no inglesa”, puesto que el español ya es segunda lengua en Estados Unidos, e incluso la más hablada en sitios como Florida, Nuevo Méjico y, antes de lo que creemos, lo será en la misma California. Pero no nos desviemos: el caso es que en esta categoría las candidaturas son seleccionadas por un comité de académicos entre las películas que presenta cada país que desee (una por país); de ahí saldrán los nominados. A la hora de votar el ganador aquí, todos los miembros de la AMPAS pueden votar, siempre y cuando hayan visto las cinco películas candidatas (y para ello hay incluso que rellenar un cuestionario que ha de adjuntarse a la papeleta de voto). Dado que es muy raro que ello ocurra, debido a los apretados horarios de las estrellas, suelen ser los académicos de más edad (y con más tiempo libre) los que acaban decidiendo quién se lleva la estatuilla, por lo que es más normal que la decisión en este caso sea más contenida, premiando a películas de calidad indudable, pero también a truños como Viaje de Esperanza (Xavier Koller, Suiza, 1990) frente a Cyrano de Bergerac (Jean-Paul Rappeneau, Francia), Quemado por el Sol (Nikita Mikhalkov, Rusia, 1994) frente a Fresa y Chocolate (Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, Cuba) o a una desconocida película bosnia, En Tierra de Nadie, (Danis Tanovic, 2001) que competía nada menos que con las exitosas Amélie (Jean-Pierre Jeunet, Francia) y El Hijo de la Novia (Juan José Campanella, Argentina), cuando la lógica decía que, de haber votado todos, el resultado habría sido diferente. Ese conservadurismo, no obstante, también se diluye en ciertos casos al premiar a películas como las de Almodóvar o, en un caso creo que sin precedentes, con La Vida Es Bella (Roberto Benigni, Italia, 1997), una de las escasas películas no anglófonas que tuvo tanto éxito que se llegó a estrenar ¡doblada! en Estados Unidos y, además, hizo que más académicos que nunca votasen en la categoría más gafapasta de los Oscars.

A pesar de que en Hollywood se toman los Oscars muy en serio, es evidente que también son un caldero de frivolidad y cotilleo inigualable. Toda la parafernalia está pensada por y para ello, y desde el vestuario hasta los acompañantes son cuidadosamente supervisados, dejando algunos resquicios (pero no muchos) al misterio y la sorpresa. Así en los noventa podíamos ir preguntándonos cómo de hortera iba a ser el vestido de Cher, diseñado por ella misma, quién iba a ser la diva con más joyas encima, a qué galán le sentaría peor el esmoquin, con o sin moñito y, sobre todo, si a los actores recién salidos del armario se les iba a ver solos o con compañía masculina (curiosamente, nadie se pregunta por las actrices lesbianas). Ya en esta década, son preguntas cuya respuesta suscita menos interés, así que hemos de volver al interior del teatro y sentarnos a esperar el discurso más reivindicativo (descafeinadito, toda vez que Tim Robbins y Susan Sarandon ya entraron en vereda), la morcilla más jugosa (pocas, ya que los productores de la gala son estrictos con metralleta), la “standing ovation” más polémica (ah, Elia Kazan, que diste color a una ceremonia aburrida) y, ante todo y sobre todo, las caras de los perdedores. Y es que quienes peor lo pasan son los propios nominados, especialmente entre los actores, actrices y directores, habiendo todos ensayado el discurso en el espejo de su baño, sosteniendo un tubo de colgate en la mano y procurando recordar a sus familias, a sus jefazos, al equipo y, desde luego, la frase “todos merecían este premio más que yo” (que nunca completan con “pero el oscar es mío, jodeos”, aunque lo piensen). La televisión, absoluta manipuladora desde que comenzó a retransmitir semejante evento, se cuidó muy bien de fijar una cámara sobre cada candidato en el momento de abrir el sobre, pero no para irritarnos con el alarido de la vencedora o los aspavientos del vencedor, sino para recrearnos con el careto de circunstancias de los perdedores, que es lo que en el fondo nos gusta; sobre todo si el perdedor es “claro favorito” al triunfo, que es entonces cuando podemos ver a Nick Nolte con ganas de soltarle un puñetazo a alguien o a Lauren Bacall torciendo el gesto de tal manera que casi se le sueltan los puntos del “lifting”... especialmente cuando la premiada de aquel año, Juliette Binoche, soltó nada más recoger el premio: “¡Uau, yo creía que se lo iban a dar a Lauren!”

Y podríamos seguir hablando durante páginas y páginas de los Oscars y sus circunstancias, porque el tema da para varios libros (de hecho, HAY editados miles de ellos). Podríamos hablar de los Oscars honoríficos, tan controvertidos ellos; de los Oscars de homenaje, en los que parece que la mayoría de académicos se pone de acuerdo para premiar a quien “ya le toca”; de los pesadísimos números musicales para presentar a las canciones candidatas: años llevan dándole vueltas y no consiguen hacerlos mínimamente amenos; podríamos hablar de los premios técnicos, en los que el ingeniero de sonido Kevin O’Connell reúne ya diecinueve candidaturas, sin haber ganado jamás (menos mal que el hombre no es de tendencias suicidas); y podríamos plagar esto de anécdotas que, de todos modos, pueden encontrar si lo desean en la extensa biografía que se ha escrito sobre el eunuco dorado. Nada de esto haremos, pues toca abrir el debate: ¿Son ustedes aficionados a los Oscars? ¿Los ven, los leen, los comentan, se indignan o se alegran por que han ganado sus favoritos? ¿Creen que, como en Eurovisión, es “todo política”? ¿Hacen patria cerrada cuando algún español está nominado, aunque sus posibilidades de ganar sean las mismas que las de Moussambani de atravesar el Canal de la Mancha antes de jubilarse? Y no mientan, bellacos, porque si en verdad estos premios les importan un güevo revuelto, ¿qué hacen criticando las ceremonias de los Goya con frases como “se nota que esto no es Hollywood” o “quieren hacerlo como en los Oscars, pero les sale una mierda”? Y no miren hacia el suelo, que les he pillado. And the winner is…

1 Academy of Motion Picture Arts and Sciences.

2 Salvo la categoría de Película Extranjera, excepción que veremos enseguida

Referencias

Manuel Haj-Saleh | 24 de noviembre de 2007

Comentarios

  1. Merche
    2007-11-24 18:20

    Siempre he seguido los Oscars. Es el mejor circo del mundo, y me encanta. Es más, hago una porra con los amigos todos los años. Ah, y siempre intento ir a ver las nominadas antes del día de la gala: así es mucho más divertido.

    (Por cierto, gracias a “En tierra de nadie” gané aquel año. La había visto en un festival y me había gustado. Eso es lo mejor de estos premios: cuando hay sorpresas, son de campanada).

  2. Marcos
    2007-11-25 04:39

    Pues yo era de esos: madrugones, visionado previo, apuestas… y tremendas críticas al día siguiente porque los premios siempre se habían dado a las películas equivocadas. Y también era de esos otros: en realidad, los veía casi por una obligación de buen aficionado, porque consideraba que era una frivolidad, un negocio y una americanada: las pelis buenas estaban en Berlín.

    Pero, pasan los años, se cae el pelo… y ahora me lo tomo como muchas otras cosas: me entero más o menos de los nominados, veo alguna de las pelis, y al día siguiente leo en el periódico los resultados, y ya ni me inmuto. Triste, supongo.

    Saludos

  3. Airos
    2007-11-26 00:49

    ¡¿No habla de Billy Crystal?!
    Yo, para la consulta demoscópica, le diré que si alguna vez he visto la gala en directo ha sido sin buscarlo. No me atrae en absoluto. Y es que me gusta clasificar la calidad de los actores y actrices imaginando cómo son fuera de los rodajes. Si no puedo sacarlos de sus personajes me encantan.

  4. sergio
    2007-11-26 04:45

    Pues eso, que este decalogo del cine español que he encontrado stumbleando por ahí creo que viene muy a cuento del magnífico post:
    http://natisu2008.blogspot.com/2007/09/el-declogo-del-glorioso-cine-espaol.html
    saludos

  5. Manuel Haj-Saleh
    2007-11-26 08:31

    @*Merche*: Tienes razón. Hasta la fecha, creo que la mayor sorpresa que he podido ver (antes las hubo más gordas, naturalmente) fue el 1991, cuando “El Silencio de los Corderos” se llevó los cinco Oscars principales, algo que no sucedía desde 1975 (y, antes de eso, solamente con “Sucedió una Noche”, en el 34). La sorpresa venía de que era una película que ya estaba amortizada incluso en su explotación en video y, además, competía con otros pesos pesados (en el sentido de favoritos) como “JFK”, “El Príncipe de las Mareas”, “La Bella y la Bestia”, “Thelma y Louise” o “El Cabo del Miedo”. Después de ese campanazo, no ha vuelto a haber semejantes y casi todo se ha atenido más o menos a lo previsible. Aunque el Oscar al mejor actor que le dieron a Benigni por “La Vida es Bella” creo que no se lo esperaba ni él… que se lo digan a Tom Hanks, je.

    @Marcos: me pasa lo mismo. Antes trasnochaba sí o sí. Desde que me fui a Alemania, como no tenía tele, dejé de verlas. Y aquí en España no tengo Canal Plus para ello y si la escucho por la radio me quedo sopa. Eso sí, luego utilizo cierto testarudo animalito para verlas “en diferido”. Yo soy asín.

    @Airos: no, no he mencionado a Billy Crystal (mi favorito) ni a Bob Hope ni a la sorprendente Ellen DeGeneres (para mi gusto, la única que lo hizo tan bien como Crystal), ya que para no romper el ritmo de la serie me he quedado en las generalidades. Quizá algún día hable del rol del presentador en la Remington… Por cierto, ver una gala televisada en directo un lunes a las tantas de madrugada… ¿qué puñetas estaba ud. haciendo para verla “de casualidad”? :-D

    @Sergio: gracias por el enlace. Devastador :-)



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