Libro de notas

Edición LdN
El receptor por Jónatan Sark

Televisión hay, aún, por todas partes. Mientras avanza el siglo, e Internet la remplaza, queda como el electrodoméstico más importante. El que expulsa información sin parar. Información que debe ser sopesada. Esta columna tiene como finalidad y motor reflexionar sobre lo que se emite por televisión y considerar críticamente lo que en ella se ve y expone. Y lo hacía cada lunes. Sigue en elreceptor.com.

Heptadoctor Sylvester McCoy Finiquitivizante

El Doctor se había enfrentado a los malignos Daleks, los fríos Cybermen, los beligerantes Sontaran, los inhumanos Autons o los prehistóricos Silurians, pero jamás antes había tenido que medirse con un adversario que uniera en sí todas esas características y algunas más. El destino final de Doctor Who parecía residir en un enfrentamiento de final incierto contra el más temible de todos los adversarios: Margaret Thatcher.

Tras su llegada al poder, la pacífica existencia de la serie se había ido complicando; por un lado por que se decidió que un sólo canal era poca competencia, que hacía falta más competencia para favorecer el mercado y, por tanto, debían ponerse los medios para que junto a la BBC 1 y 2 y la ITV apareciera un nuevo canal: Channel 4, que en 1982 iniciaría sus emisiones ayudando a fragmentar el mercado. Algo que esos años ochenta verían multiplicarse con la llegada del vídeo doméstico y el acceso a la programación por satélite.

Por una parte, el gobierno apoyaba las quejas de Mary Whitehouse sobre la excesiva violencia televisiva, no digamos ya los malvados mensajes que alejaban a los niños de lo correcto. Un asunto que había ido convirtiéndose en más importante con el auge del cine de terror y el éxito de los slasher hasta llegar a a su máximo en 1982, en un tumultuoso linchamiento que condujo a la creación de listas de censura que acabarían dando lugar en 1984 a la Video Recordings Act. Y, por
ridículo que os pueda parecer, dentro de las críticas le caían siempre golpes a Doctor Who. Si las acciones de Whitehouse a finales de los setenta habían ayudado a que la etapa Holmes / Hinchcliffe no se extendiera, ahora las críticas iban más allá de las ideas que John Nathan-Turner llevaba poniendo en marcha desde su llegada en 1980 y se centraban en la serie entera como un mal ejemplo para los jóvenes. Por lo visto había una línea que unía Silent Night, Deadly Night o El muñeco diabólico con Doctor Who.

Por otra parte, Thatcher no estaba nada contenta con que existiera una televisión pública, menos aún con que fuera independiente, de modo que en 1985 inició una comisión de investigación con Sir Alan Peacock al frente —un economista seguidor de las ideas de la new economy y absoluto defensor del Libre mercado— para que analizaran si el papel de la BBC y su impuesto de mantenimiento eran algo que realmente merecía la pena. En 1986 salió un documento de ese comité en el que se decía que la BBC debía ser privatizada —¿a que os pilla por sorpresa?— y se debía limitar el número de producciones propias, contratándolas fuera siempre que fuese posible (?). Aunque lo del pago de la licencia era, dentro de lo malo, lo menos peor. Al gobierno le pareció que se habían quedado cortos — ¡eh, es Margaret Thatcher, ¿qué esperabais?! — y, aunque la oposición pública impidió que se privatizaran los canales, sobre todo tras la creación de Channel 4, sí aprovecharon el resto del texto para ajustarle las tuercas a la cadena. Ahora los canales tendrían mucho menos dinero, mucha menos libertad y, desde luego, una vigilancia constante.

Ese mismo año de 1986 terminaba The Trial Of A Time Lord y terminaba con muchas cosas, con la carrera como Doctor del desgraciado Colin Baker, con la paciencia de Eric Saward, que soltaba en el número de septiembre de la revista de ciencia ficción Starburst todo el rencor que llevaba acumulando los últimos años
contra los jefes de la BBC y JNT, y terminaban las ganas de este último de seguir en la serie tras hacer un trato con sus jefes, según el cual le comunicaría que estaba despedido a Baker y luego él sería trasladado a otro lugar, algún sitio mejor… un culebrón o similar, algún sitio en donde realmente apreciaran los personajes ambiguos y las chicas descerebradas.

De modo que lo último que esperaba poco antes de navidades de 1986 es que sus jefes decidieran no cumplir su pacto de caballeros y ponerle de nuevo como productor. He aquí uno de los misterios de la serie: se ha dicho que, enemigos de la serie como eran, habían notado que nada sería más útil para terminar de hundirla que John Nathan-Turner; se ha dicho que se ofreció su puesto a varios productores y ninguno lo quiso, bien porque no encajaba con la idea o porque veían que tenía los días contados; se ha dicho, incluso, que se debió a la rajada de Saward en septiembre, decidiéndose mantenerle en el cargo sólo para simular que sus quejas eran infundadas. En cualquier caso, tenía sólo un par de meses para lograr un equipo de guionistas, a ser posible con un jefe de guionistas, contactar con Bonnie Langford por si seguía interesada en interpretar a Mel y… ah, sí… encontrar un nuevo actor principal.

¿Qué? Al menos no eran Los cuatro fantásticos.

Así que JNT se puso rápidamente a ello, llamó a Colin Baker para que repitiera como Sexto Doctor antes de realizar una regeneración en el siguiente, quienquiera que fuera. Por algún extraño motivo, Baker le indicó lo que podía hacer con sus ideas de que regresara a la serie. Por supuesto JNT consideró que no era para tanto y que ya cambiaría de opinión, así que llamó a otros Baker, Joan y Pip,
el matrimonio de escritores rápidos del que tanto habían tirado antes, para ver si podían reutilizar algún guión que hubieran rechazado antes por no ser suficientemente bueno, con el fin de tenerlo listo rápido y usarlo como inicio de temporada. Aprovechando que Kate O’Mara había regresado a Inglaterra tras hacer un papel secundario en Dinastía, pensaron que podían recuperar a la Rani, incluso aprovechar ese look Dinastía, que sin duda tanto favorecería a una científica
entregada.

Mientras esto ocurría, el 6 de enero se publicaba en The Sun una entrevista con Colin Baker en la que se aprovechaba para preguntar sobre las declaraciones de Saward. La ristra de improperios contra la cadena, con especial atención en el controller Michael Grade, al que acusaba entre otras cosas de ser un cobarde incapaz de cumplir con sus pactos, hicieron sospechar a John Nathan-Turner de que quizá todo lo que le había dicho fuera más en serio de lo que él pensaba. Y que a lo mejor Grade tampoco quería que volviera ni un minuto.

Es una lástima que el guión de los Baker implicara que Colin estuviera en su papel buena parte del serial. ¿Quién se podría haber imaginado que no iba a volver? Pero bueno, se recorta todo el primer episodio y se le pone una peluca así como discretamente y ya. Es una forma de empezar el capítulo como otra cualquiera. ¿Qué clase de Doctor no se muestra regenerándose en pantalla? Bueno, del segundo
al tercero. ¡Pero eso no es un precedente de verdad!

Por suerte iba atando las cosas y, además de mandar a los Baker que introdujeran esos mínimos cambios, también logró un director para el serial, Andrew Morgan. Que según llegó le preguntó quién era el elegido para ser el nuevo Doctor. ¡Ay, vaya, algo se le olvidaba a Nathan-Turner! Con ayuda de Morgan comenzó un proceso de selección. Estaba tan perdido con el rumbo de la serie que hasta consideró preguntar a uno de los creadores de Doctor Who. No, a Verity Lambert no, que lo mismo le decía un par de cosas sobre la distancia entre Barbara y Peri. Se fue a por Sydney Newman. El veteranísimo productor le hizo un par de sugerencias, empezando por que se dejara de personajes ambiguos y de Mr Darcy del espacio y se buscara un Doctor entrañable que el público pudiera apreciar y desear viajar con él, parecido al Segundo, y que tras tres años lo
matara y pusiera en su lugar a una mujer.

JNT decidió hacer caso omiso a estas sugerencias y, en su lugar, buscar a un actor diferente. Que luego el resultado se pareciera al Segundo Doctor es un tema de discusión que no viene al caso. Porque poco a poco había logrado encontrar al actor. Bueno… encontrarlo…

El productor de la BBC, Clive Doig, primero, luego el agente literario Brian Wheeler y después Andrew Morgan, le recomendaron un actor. Uno que, por cierto, había llamado un par de veces a la oficina de producción de la BBC para interesarse por el puesto, decir que estaba disponible y ofrecerse a hacer las pruebas que el productor quisiera. Una vez unido todo esto, John Nathan-Turner pudo encontrar a su actor, Sylvester McCoy.

McCoy había trabajado en el teatro y la televisión, como secundario siempre y muy especialmente como animador infantil. El Head of Drama Jonathan Powell, que estaba bastante en contra de Doctor Who en general, consideraba un error poner a un actor con esa apariencia de payaso al frente. JNT tuvo que recordarle que ya el Segundo lo era y que precisamente a su figura se trataba de apelar.

Mientras esto sucedía, un jovencito de 29 años que trabajaba en una empresa de ordenadores en la rama de diseño por computadora le hizo una visita. Se trataba de Andrew Cartmel, un joven seguidor de la serie y voraz lector de ciencia ficción que buscaba trabajo como guionista. A JNT le gustó lo que vio, así que le puso a revisar el primer serial, preparar el segundo y, casi mejor que de guionista, le contrató de Jefe de guionistas. Como diría Saward, de lo contrario él no podría dedicarse a asistir a convenciones por el mundo.

Cartmel, JNT y McCoy prepararon el aspecto y actitud del Séptimo Doctor, su apariencia de persona normal desde lejos y lo extraño de su atuendo visto de cerca, en especial con el jersey de interrogaciones que a McCoy no le gustaba nada. La idea era quitarse de enmedio el abrigo multicolor que tantas críticas les había causado en el pasado y buscar un punto intermedio. Del mismo modo, frente a la profusión verbal del Sexto, éste parecería más aturullado y capaz de confundir refranes.

Ya puestos, JNT encargó una nueva apertura buscando un logo y secuencia a medio camino entre los ordenadores y los cómics; algo diferente, pero a la vez reconocible. Con todo esto arreglado y el regreso de Bonnie Langford para, al menos, toda esa temporada, parecía que por fin podían ponerse con el primer serial.

Pero, lamentablemente, el tiempo se había echado encima, así que se hizo un poco como buenamente se pudo. Los Baker y O’Hara intentaron salvar los trastos, aunque en esta ocasión la Rani quedara poco menos que como un villano de cartón piedra, con un extrañísimo aspecto. La fuerza de su primera aparición seguí ahí, sin
embargo, de manera que aún con todas las tonterías que tenía el serial Time and the Rani, incluyendo una secuencia de apertura con McCoy tapándose la cara con la manga y usando una peluca mientras estaba tendido en el suelo para crear un efecto de regeneración muy poco convincente, el personaje seguiría manteniendo su aprecio —o algo parecido— entre los espectadores. Por contra, la que sale reforzada es Langford; su personaje, apenas intuido en la anterior temporada, se muestra aquí como una persona cariñosa y positiva, trata al Doctor con enorme afecto en todo momento y queda claro que hay buena sintonía entre ellos en escenas como la de la comprobación de que ambos son quien dicen ser, tomándose los pulsos el uno al otro.

Una vez despachado este serial y con Cartmel tomando su puesto para revisar el otro guión que JNT había encargado antes de su llegada, parecía que las cosas podían empezar a cambiar para bien. Ese fue el momento adecuado para que la BBC comunicara al equipo de Doctor Who que volvían a sacarles del sábado; su breve regreso tocaba a su fin y ahora se emitiría la serie los lunes por la noche enfrentada a una de las pocas instituciones televisivas incluso más venerables que el Doctor mismo: Coronation Street. Y así, la audiencia de Doctor Who seguía bajando.

Cartmel tenía un plan. Lo primero era centrarse más en el acompañante, algo para lo que Mel no le acababa de servir; el segundo punto era infundir interés a sus historias dándoles una lectura contemporánea. Igual que en los sesenta y los setenta, había mucho que decir sobre el país y el mundo, y con Thatcher desatada y luchando contra la BBC, más aún; el tercer punto era recuperar el misterio en el personaje, pero bien, no como JNT había hecho con Baker. Se trataba de volver a situar el misterio en su pasado, a demostrar que era más de lo que aparentaba y a que dejara de ser ese Time Lord rodeado de Time Lords con la manía recurrente de meterle en juicio y obligarle a regenerarse. Tenía que haber algo que nos llevara a
interesarnos por él y volver a la serie. Finalmente, había que mirar en casa y hacia Estados Unidos, pero no para irse a convenciones, sino para entender lo que estaba pasando en DC gracias a los guionistas ingleses salidos de 2000AD; había que prestar atención al trabajo de Grant Morrison_ y, sobre todo, de Alan Moore, incluso sin perder de vista lo que otros autores —pongamos el trabajo de Frank Miller en DareDevil y Batman— estaban realizando. Lo importante en esas reinvenciones de personajes clásicos, la línea a seguir, sería la que había marcado Moore en La broma asesina pero, sobre todo, en su estancia en Swamp Thing y lo que llevaba de La balada de Halo Jones, que era mostrado a los nuevos guionistas como el tono a conseguir. Y así, con las ideas claras y los objetivos trazados, Andrew Cartmel se dispuso a darle un meneo a la serie.

La segunda historia, Paradise tower, había sido solicitada por un John Nathan Turner que se estaba quedando sin gente a la que llamar. Entre aquellos con los que había ido quedando mal durante los siete años anteriores y los que se pusieron de parte —o él podía pensar que lo estaban— de Saward, Baker o quien decidiera tirar de la manta, parecía que no tenía muchas opciones entre las que elegir, así que hizo lo esperable en él: buscó a alguien que no hubiera trabajado antes para la serie. De hecho, el autor al que encontró, Stephen Wyatt, llevaba poco de guionista. Desconocedor de la serie, envió unaprueba de guión justo antes de la llegada de Cartmel al puesto. Cuando vio lo que había mandado decidió que había que empezar de cero. Conocedor del trabajo previo de Wyatt, la serie Claws, una comedia negrísima, como inspiración, y tras dar un par de vueltas a
las posibles historias, decidieron fijarse en J.G. Ballard, en su novela Rascacielos (High Rise). Cambiaron el tema central —una torre de apartamentos de lujo en el que los habitantes van sufriendo una regresión hacia el comportamiento tribal— por algo incluso más propio de la serie, usando además lo que se convertiría en una constante durante esta temporada: Mel quiere ir a algún lado a pasárselo bien pero allí, en lugar del entretenimiento esperado, les espera un enorme mal —que lleva dentro una metáfora social sobre, precisamente, ese mismo exterior divertido que Mel parecía buscar. Así, la visita al complejo de superlujo Paradise Towers se convierte en una pesadilla.

Lo que en un tiempo fue un orgulloso imperio, perdón, complejo
residencial, había visto ahora reducida su población a sólo unos pocos
grupos de habitantes. Por lo visto los adultos, hombres y mujeres, se
habían largado a una guerra en algún lado. En las Paradise Towers
sólo quedaban ya las pandillas de jóvenes violentas, las Kangs, que
se habían separado en dos bandos, el azul y el rojo; además de ellas
estaban las Rezzies, ancianas que vivían juntas y que sobrevivían al
haberse convertido en caníbales de los demás; y Pex, un hombre
demasiado cobarde para irse, demasiado asustado para actuar. Y
mientras, diciendo que lo único que intentaban era poner orden,
estaban los Caretakers, una suerte de cuerpo policial violento que
en lugar de tratar de arreglar la situación o ayudar a los diferentes
bandos se limitaba a repartir estopa a las órdenes del Chief Caretaker,
el jefe de todo este asunto, con un uniforme negro de
mayor graduación que el resto, demostrado en que además usaba una
gabardina negra, una gorra de plato y un bigote cuadrado. Para
justificar una historia bajo todo esto, colocaron a un invitado inesperado,
Kroagnon, el arquitecto del edificio que, harto de los humanos,
había decidido terminar con ellos usando los robots de limpieza
—usados así como enemigos de la semana para darle algo del sabor
clásico de la serie— y controlando mentalmente de manera progresiva
al Chief Caretaker. Todo eso con un tono entre el horror y el humor
negro, en el que el Doctor insiste en que se unan y Mel brilla
enseñando a la gente a confiar y ser positivos. La unión de los que
están en el mismo edificio es lo que consigue acabar con las amenazas.
Parece difícil no encontrarlo interesante y, más aún, no ver el
mensaje que trataban de enviar.

No sólo eso, la serie logra darle una vuelta a más conceptos gracias a
un problema inesperado: Wyatt escribió el papel de Pex como una
parodia de Rambo y de los héroes de acción que Schwarzenegger y
Stallone interpretaban en las películas estadounidenses de la época.
Pero los encargados de casting no encontraban a nadie que valiera, de
modo que Nathan-Turner sugirió que se buscara justo lo contrario,
llevando a la contratación de Howard Cooke, un actor un tanto
enclenque que ofrecía un contraste entre lo que él creía ser y cómo le
trataba todo el mundo, empezando por las Kangs, cuya redención
empezaba precisamente cuando dejaba de intentar interpretar el papel
que se le había asignado. Su sacrificio final —incluso en un serial
con problemas aún en las sobreactuaciones— lograba ser conmovedor, no
tanto por el trabajo del actor como por la reacción de los demás
desde las bandas, rindiéndole homenaje al Doctor, haciendo algo que
tan pocas veces habíamos visto antes y quedándose para su funeral. Una
forma de hacer crecer al Doctor que, bajo las indicaciones de
Cartmel, había empezado a demostrar que guardaba algunos secretos y
a revelarse como más inteligente y, sobre todo, calculador de lo que
sus oponentes creían.1

Como era de esperar, a Grade no le hizo demasiada gracia y pidió a
JNT que se suprimiera una escena. No, las abuelas caníbales que
atrapaban a jóvenes confiadas con promesas de té y bizcocho se podían
quedar. Pero eso de que se viera el lanzamiento de un cuchillo que se
clavaba en la pared entre dos jóvenes… eso era muy violento, así que
hubo que editarlo para posteriores reemisiones y ventas
internacionales. ¿Quién les entiende?

Lo importante aquí es que Cartmel había enseñado los colmillos y no
había pasado nada peor, así que podía seguir con su plan, mientras le
daba vueltas a la cabeza a las Kangs y al papel del Doctor y su
acompañante. De momento Mel quería ir a un parque de atracciones
en Estados Unidos en los años 50. Un deseo tan concreto que parece
imposible no admirar la mala baba de mentar lo que posiblemente se
haya convertido en el referente del tiempo pasado feliz en el mundo
audiovisual anglosajón. De manera que había que subvertirlo,
enviándoles en su lugar a Gales.

Para entender el viaje hay que empezar con la forma de proceder de
Cartmel, según llegó. Ya liquidados los Baker y encarrilado
Wyatt, decidió empezar a enviar ofertas de trabajo a los
guionistas que le habían interesado o que le parecía que podrían
entender su visión del personaje. Y sí, le envió una a Alan Moore
—que ya había escrito en el Doctor Who Magazine al principio de
su carrera y que había guionizado muchas historias cortas con viajes
en el tiempo— pero, como os podéis imaginar, Moore estaba muy ocupado
con los cómics como para dedicarse a la televisión. Él es así.

De momento, al que había encontrado Cartmel era a Malcolm Kohll, un
joven guionista del equipo de la BBC que propondría una historia
que transcurría en Gales: The Flight Of The Chimeron, que
acabaría llamándose en Delta And The Bannermen, en la que el viaje
proyectado por el Doctor y Mel son atacados cuando Delta, el
último Chimeron, es detectado por un grupo conocido como los
Bannermen, liderado por el brutal Gavrok.

Mientras tanto, Bonnie Langford avisó al equipo de producción de que
sus compromisos le impedirían continuar el año siguiente. Nathan Turner
quería que su sustituta —sí, ya habían decidido que mejor una
mujer— debía compartir al menos un serial con ella. Debido a ello se
introdujeron un par de personajes femeninos adicionales que fueron
mantenidos, aunque con menor importancia, cuando se supo que aparecería
también en el último serial de la temporada.

Dragonfire es importante por muchas cosas, pero posiblemente la
más importante de ellas será la introducción de quien sería
acompañante del Doctor los próximos años, permitiendo un desarrollo
e interacción a la medida que Cartnel quisiera darle. Obra de otro
de los nuevos guionistas contactados, Ian Briggs, que tuvo que
lidiar con que, al ser la anterior aventura rodada casi por completo en
exteriores, le tocaría crear una que funcionara para rodar en
estudio; además, debía presentar a la nueva acompañante y, a petición
de JNT, tener un tono más cómico. Su idea era una aventura dentro de
un planeta helado en busca de un tesoro que acabaría siendo más de lo
que se podía esperar. Originalmente pensado como una pirámide, para
ahorrar decidieron convertirlo en el mundo helado de Svartos. La nueva
acompañante se llamaría Dorothy y sería una chica de los alrededores
de Londres, de la zona de Perivale, a la que un extraño fenómeno había
sacado de su casa y la había transportado hasta ese planeta, preparada
para encontrarse con su particular Mago. Mientras tanto se había
dedicado a trabajar de camarera en el enorme centro comercial dentro
del planeta al que Mel había decidido que quería ir. Y, de paso, se
había reconstruido a la medida; ahora que no estaba en casa podía
dejar ese nombre que odiaba y pasar a uno que realmente le gustara:
Ace.

También aparecería por allí un viejo conocido de nuestros viajeros
temporales, el mercenario Sabalom Glitz, que, esta vez sin Dibbler,
se encontraba en serios problemas, necesitando encontrar un tesoro
que, al parecer, se encontraba oculto en el planeta. Mel logra que
el Doctor se compadezca y, aunque molesta con Glitz, Ace se suma
al grupo cuando el Doctor promete sacarla de allí.

La relación de Ace con Glitz merece la pena examinarla un poco más,
dado que originalmente se pensaba dejar claro que se habían acostado,
incluso que había sido la primera vez de Ace, pero JNT creyó que
era demasiado para sacarlo en televisión, así que se dejó más en el
aire —aunque luego en el Universo Expandido se dejara claro; en realidad
nadie hace caso nunca a los Universos Expandidos— y, de hecho, la
partida de Mel hizo que fuera ella y no Ace la que decidiera vivir
aventuras junto a Glitz. Para justificar esto se aludiría a la buena
disposición de Mel y a su idea de que podía creer más necesario
corregir a Glitz que al aparentemente encarrilado Doctor.

De modo que JNT y Cartmel, contentos con el desarrollo, decidieron
no incluir a su propia creación, Alf, y en su lugar modificar
algunos aspectos de la Ace original —otra mercenaria rival de
Glitz— para crear esta nueva Ace que tanto juego podría dar… En
cuanto Briggs firmara que cedía a la BBC los derechos sobre el
personaje, para así evitar tener problemas como los sucedidos cuando
se decidió recuperar a la Nyssa de Johnny Byrne.

Y mientras Ace se subía a bordo de la TARDIS y Cartmel decidía
diseñar la siguiente temporada, atando cabos desde el principio con
ayuda de un tablero de ajedrez ,John Nathan-Turner pedía a sus jefes
de la BBC que cumplieran sus promesas y le reasignaran a otro
programa. La llegada de Sylvester McCoy y Andrew Cartmel había
supuesto, pese a todos los problemas, una pequeña subida de audiencia.
De momento el programa estaba salvado y los jefes de la BBC se lo
agradecían a McCoy. Pese a lo cuál comunicaron a JNT que debía
permanecer al menos un año más en su particular limbo. La excusa era
que la cadena estaba ocupada tras la marcha de Michael Grade del
puesto de Controller, dadas las múltiples decisiones controvertidas
—quizá sea más conocida su decisión de no adaptar el tercer libro de
la trilogía de los Trípodes, sus intentos de cancelar Blackadder
o el ridículo de cancelar Dallas y tener que dar marcha atrás
luego—, haciendo que llegara un nuevo responsable… que resultó ser
el otro enemigo de la serie dentro de la BBC, el antiguo _Jefe de
Ficción_, Jonathan Powell, que dejaba su puesto a Peter Cregeen a
cambio de un ascenso en el escalafón que mantendría Doctor Who en
la picota. John Nathan-Turner pensó entonces que lo mínimo era
unirse a Cartmel y McCoy para ayudarles en lo que sería la 25
temporada de Doctor Who, su Temporada de Plata.

Nathan-Turner quería señalar con claridad la fecha y para ello pensó
en recuperar a sus enemigos clásicos, bien los Daleks, bien los
Cybermen. El guionista Ben Aaronovitch había enviado, por
sugerencia de una de las editoras de guión de la BBC, Caroline Oulton,
un guión para la serie. A Cartmel le pareció que no entraba
en lo que la serie era, o debía ser, pero estaba tan impresionado con
cómo lo había escrito que quedó con él en pedirle más guiones. El
primero de los cuales, basado en el mito artúrico, chocaba con los
planes que tenían ya en marcha, pero le dejaron en espera de tener
algo que encargarle.

Mientras tanto JNT discutía con Cartmel y McCoy un giro para el
personaje; sabía que Cartmel quería hacerlo más misterioso y
poderoso, así que propuso su idea de innovación: demostrar que no era
del todo de fiar, que pareciera ambiguo. Vale, no le había funcionado
con Adric, Turlough, Kamelion o el Sexto Doctor pero, ¿por qué
no iba a funcionar con el Séptimo? Y, total, ¿qué se perdía
probando? ¿Qué era lo peor que podía pasar?

Cartmel apuntó la sugerencia y decidió adaptarlo a su plan. La
ambigüedad del Doctor vendría de su misma inteligencia: si en la
anterior temporada empezaba a recuperar el puesto perdido de _persona
más inteligente de la habitación_, aquí se vería que, en realidad, él
había puesto un par de cosas dentro antes de que nadie entrara.

Ése sería el punto de partida del primer serial de la temporada 25 una
vez decididos qué enemigos regresarían. Y cuándo. Remembrance Of The Daleks sirve a los propósitos de todos, incluido el de hacer más
amenazador a los saleros malignos, con Aaronovitch enseñándolos
subiendo escaleras para intentar así alejar el espíritu del final de
la etapa Tom Baker. Como además se buscaba celebrar el 25
aniversario y restablecer el misterio, se decidió que el serial
explorara los sucesos por los que el Primer Doctor se encontraba en
Londres en 1963; iba a centrarse en los sucesos de An Unearthly Child
hasta que le hicieron notar que ya Attack Of The Cybermen
lo había hecho hacía sólo unos años así que, en su lugar, se centraron
en lo que hizo antes. Y lo hicieron siguiendo con las ideas que la
anterior aparición de los Daleks había usado, la guerra civil entre
ellos con los Daleks Rojos al mando del Emperador Dalek, mientras
los Daleks Azules estaban al mando del Dalek Negro o Dalek Supremo; pasando de usar a los Thal y los Ogron por no complicar
más aún la historia. Aunque sí aprovechó la vieja metáfora de Terry Nation
de los Daleks como Nazis del espacio para unirlos a los
disturbios racistas y fascistas de los años sesenta en Inglaterra, que
funcionaba también como analogía de la actualidad.

También aprovecharon para reconocer la deuda con Quatermass y hacer
varias referencias al Profesor Professor Quatermass y su grupo. E,
incluso, para que se pudiera escuchar el inicio en la BBC de “una nueva serie de ciencia ficción”.

Revisando el guión Mike Tucker, el encargado de efectos especiales,
le sugirió a Aaronovitch la posibilidad de hacer que el Dalek Supremo
se abriera. Eso permitió al guionista sugerir un nuevo giro
al mostrar dentro a Davros, rescatándole así como personaje de una
manera en la que los bichos no parecieran meros matones suyos. Una vez
enviado el guión final a Terry Nation recibieron una negativa por su
parte, no acababa de ver esta doble vertiente del Dalek Negro y sólo
la intervención de Nathan-Turner logró que acabara dando el sí.

El secreto tras la llegada, esconder allí La Mano de Omega, un
artefacto poderoso que remitía a personajes ya clásicos de la serie y
que permitía plantar la duda de si el mismo Doctor no sería un Time Lord
tan clásico como este o Rassilon, así cuando Davros le acusa
de “no ser más que otro Time LordMcCoy sonríe y le responde que
es “mucho más que otro Time Lord”. También la presencia hacía pensar
que el Doctor llevaba años preparando las cosas para una última
vuelta de tuerca, como si todo hubiera sido plantado para acabar con
los Daleks. Presentándolo así no ya como una persona inteligente
sino como el planificador táctico, el jugador de ajedrez, que sería la
caracterización del Séptimo Doctor.

Poco antes del estreno les avisó la BBC de que les sacaba de los lunes… para pasarles a los miércoles, aún enfrentados a Coronation Street. Y que, además, las olimpiadas de Seúl iban a retrasar el estreno de la serie hasta Octubre. En la oficina de producción prefirieron no hacer comentario alguno sabiendo que el segundo serial sería su respuesta, toda una carga de profundidad y uno de los seriales más emblemáticos de la última época del Doctor: The Happiness Patrol.

Graeme Curry había ganado un concurso de guiones que llevó a la BBC a sugerirle que enviara muestras a varias series. De entre ellas Cartmel estuvo muy interesado en que hiciera algo para Doctor Who. De entre lo que envió lo único que le interesó a Cartmel fue el esqueleto de una historia en un planeta que perseguía a los que se mostraban infelices. Decidió que ése sería un magnífico punto de partida para hablar de superficialidad y también de las políticas actuales del gobierno británico.

El Doctor y Ace llegan a un planeta en el que el gobierno obliga a ser feliz, tanto que se deshacen de los que no lo son, o los encierra para reeducarlos. Pero eso no estaba evitando el descontento. Así que la llegada de nuestros protagonistas parecía ser lo que acabara de desestabilizar la situación, sobre todo tras enfrentarse al Kandy Man, un robot que parecía hecho por caramelos —su apariencia, cercana a la de Bertie Bassett, servía como subversión de un icono suficientemente conocido por los británicos como mascota de la marca Bassett, y también hizo que estos últimos presentaran una queja, que la BBC rechazó, llegando a un acuerdo con estos para no volver a usar al personaje nunca—, pero, además, el sistema del planeta, según el cual el apellido marcaba tu puesto en la sociedad, de manera literal y alfabético, servía además como comentario del clasismo inglés, culminando en la aparición del jefe de la organización, Helen A, interpretada por Sheila Hancock en una muy obvia imitación de Margaret Thatcher.

La actitud de Ace en esta aventura, que tiene ecos de lo ya sucedido en Paradise Towers, sirve para mostrar la relación con el Doctor, al que ella insiste en llamar Professor para molestarle pero que demuestra así que frente al Doctor de Hartnell, que servía como severo tutor, el de McCoy era un mentor con la labor de sacar lo mejor posible de ella.

Llegamos así a la celebración del veinticinco aniversario con Silver Nemesis, un nuevo intento de modificar la percepción del personaje enraizando en sus orígenes y usando a otro de sus clásicos enemigos, los CyberMen. Lo primero que hace es mandarnos al pasado del Doctor, con su presencia en el siglo XVII poniendo en órbita alrededor de la Tierra una estatua hecha del extraño material validio. A partir de ahí —sembrado el misterio en su pasado y comportamiento—, lo que rompería una de las reglas no escritas al incluir la presencia de magia, o al menos eso parece, con otro personaje del pasado del Doctor, Lady Peinforte, una hechicera que trataría de hacerse con el material, tras el que también estarían los Cybermen y un neo-nazi llamado De Flores.

Lamentablemente, un problema con el asbesto en el estudio de grabación causó que estos cerraran durante unas semanas teniendo que retrasarse la producción del serial hasta que casi no tuvieron tiempo para grabar, de modo que tampoco hubo tiempo para realizar ensayos en condiciones. El problema es que eso hizo caótica la grabación y la narrativa poco clara que ya habían tenido con el serial de los Daleks se convertía en algo incluso peor, una narrativa imposible que hacía difícil entender lo que pasa, se encontraba con cabos sueltos por todos lados —la imagen de Ace en el palacio de Windsor, por poner uno de los más conocidos— y, en general, una sensación de extrañeza que no ayudó nada a celebrar este 25 aniversario como se merecía.

Por suerte tiene uno de esos diálogos que explica el desarrollo de
Ace como adolescente rebelde y aficionada a preparar cócteles
explosivos —algo que había descubierto en clase de ciencias y que por
algún inexplicable motivo le había costado una reprimenda— que, sin
embargo, se iba entendiendo con el Doctor más allá de las palabras.



Doctor: I don’t suppose you completely ignored my instructions and
secretly prepared any Nitro-9, have you?



Ace: What if I had?



Doctor: And naturally, you wouldn’t do anything so insanely
dangerous as to carry it around with you, would you?



Ace: Of course not. I’m a good girl and do what I’m told.



Doctor: Excellent. Blow up that vehicle.




Precisamente para que crezca más e ir enfrentándola a sus miedos
decide que ante su odio a los payasos la va a llevar al Psychic Circus.
Pero como suele suceder, al llegar descubren que el circo se
ha convertido en algo completamente diferente. Algo siniestro.

Ese es el punto de partida del último serial de la temporada, con
Stephen Wyatt regresando tras Paradise Towers para el guión que
incluía desde quejas al devenir del movimiento hippie o una parodia
de Indiana Jones a un personaje, Whizzkid, que pasaría de ser un
experto informático a algo incluso más perverso, con la ayuda de
Cartmel —y es difícil determinar cómo influyó aquí JNT—, en una
versión del quintaesencial fan de la serie, aunque el problema del
asbesto llevó a que también hubiera que hacer cambios en este serial.

La idea central era que el circo se había convertido en un
entretenimiento para una familia extraterrestre que eliminaba a los
que no les entretenían lo suficiente; una familia que se revelaría
como unos viejos conocidos del Doctor, llamados The Gods of Ragnarok. Y
para hacer más evidente la sátira y crítica de la industria
audiovisual, el cambio del viejo circo a uno nuevo peligroso en el que
la vida y muerte se deciden con rapidez y hay que buscar más riesgo
para sobrevivir y plegarse a la voracidad del espectador, hubieran
necesitado un monólogo.

Una temporada más la audiencia había ido aumentando, ganándose así la serie
volver al año siguiente, en 1989, pese a que Powell no estuviera muy
por la labor y que Peter Cregeen prefiriera no inmiscuirse en las
luchas.

Cartmel decidió que, tras los problemas de Silver Nemesis la
parte medieval del episodio no quitaba que la historia artúrica del
capítulo enviado por Ben Aaronovitch pudiera ser interesante. Pensada
como una serie para ser rodada en exteriores y luego expandida un poco
más, la idea era enfrentar al Doctor contra Morgana, establecer que
llegaría a ser Merlín —y, por tanto, Morgana buscaba vengarse antes
de tiempo—, enseñar a Ace cómo ocuparse de un asunto histórico y
demoníaco. El mal que conjuraría Morgana a este mundo era The Destroyer, originalmente pensado como un tipo con traje de ejecutivo
que se iba a ir convirtiéndose en un demonio según pasa el tiempo,
pero por problemas de producción tuvieron que darse prisa y sacarle
sólo como un demonio.

Lo que sí pudieron hacer fue recuperar a un viejo amigo: ¡el
Brigadier Lethbridge-Stewart! Aunque a estas alturas y para acabar
de liar su continuidad propia, tras el desastre que fue su aparición
como profesor, regresaba como General. Originalmente pensado como una
última aparición estelar, decidieron dejarle con vida demostrando por
qué es uno de los mejores acompañantes de la serie.

En el siguiente serial, Ghost light, el Doctor se lleva a Ace al Siglo XIX; podemos creer que es por el retrato en el castillo Windsor. Sobre todo cuando la casa a la que llegan está en Perivale, en lo que será una nueva prueba para ella al tratarse de una casa que conoció en su pasado y en la que sintió una enorme presencia maligna. Enfrentarse a estos temores y salir airosa será fundamental para la profesión de Ace.

Marc Platt era un fan de la serie que llevaba desde mediados de los setenta enviando propuestas y guiones para la serie; ninguno había tenido éxito pero los sucesivos jefes de guionistas le animaron a seguir intentándolo. Esta historia, originalmente pensada para centrarse en los miedos del pasado del Doctor, con ayuda de Cartmel acabaría siendo su único trabajo para la serie, pero, a la vez, sirvió para cimentar la idea de la importancia del acompañante, al ser un capítulo enfocado en Ace, en explorarla completamente como personaje durante gran parte de la trama, sin que por eso dejara de ser el centro el Doctor.

La idea central de una casa en la que vive un tipo extraño, rodeado de más gente rara todavía, con grandes secretos alrededor y permitiéndose otras de esas dobles lecturas —el alienígena toma la forma durante la Inglaterra victoriana de un caballero inglés por ser la forma de vida dominante— y que termina con otra de esas escenas entre el Doctor y Ace que demuestra el crecimiento que ha tenido durante su tiempo juntos.

Algo que sirve perfectamente para conducirles al tercer serial, The Curse Of Fenric, en el que mucho de ese juego de ajedrez que el Doctor ha estado practicando con Ace —en ocasiones de modo literal— se convierte en el serial más importante de la temporada, al unir en él desde la misma llegada de Ace a la vida del Doctor hasta los sucesos ocurridos durante Silver Nemesis y otros seriales. Las máscaras caen y lo que podrían haber parecido etapas normales del crecimiento de Ace se muestran como los movimientos que el Doctor ha realizado, sin importarle lo que pudiera causarle en medio, para que estuviera preparada para su confrontación con Fenric, conocido también como Hastur the Unspeakable y Aboo-Fenrán. Una fuerza primordial tan importante como el propio Doctor con el que —una vez más— se dice que lleva siglos compitiendo.

Ya que en ello estaban, también aparece otra fuerza primordial, Ingiger, y se coloca al Doctor durante la Segunda Guerra Mundial en una historia que reúne a británicos y rusos —permitiendo así colar La Internacional en la BBC- y que muestra la diferencia entre los militares y los belicistas.

El que el Doctor funcione como centro sin que Ace deje de tener importancia —y reconociendo al resto de acompañantes al hacer que el Doctor repase sus nombres— da también una idea de legado o saga, que es parte de la propia historia al explorar la maldición de Fenric y la propia relación de Ace con su familia, especialmente con su madre, haciendo que ella misma se plantee un par de cosas sobre su pasado y su futuro.

Mientras todo esto pasaba parecía que por fin habría un nuevo productor para Doctor Who. La BBC había decidido hacer caso a Jonathan Nathan-Turner y encontrarle otro puesto. Lamentablemente la persona que debía ocuparlo decidió rechazarlo en el último momento, lo que hizo que la corporación se volviera hacia JNT, dándole a elegir entre seguir en Doctor Who o abandonar la cadena. Una vez más, el productor aceptó con reservas. Con ese ánimo se acercó al último serial de la temporada, Survival.

Tras los acontecimientos del anterior serial, Ace volvía por fin a casa. Pero lo que encontraba a su regreso a Perivale no era lo que esperaba: en su lugar descubren que unos alienígenas han estado llevándose a sus habitantes a un planeta donde se van trasformando en guepardos por la propia acción de ese mundo, en el que se haya atrapado el culpable de esas incursiones a la Tierra… El Master

La historia acabaría girando sobre la necesidad de unión y de no ceder a los instintos animales y, debido a que la BBC insistía en ir retrasando la aparición de nuevos capítulos, terminaba con Ace y el Doctor regresando a la TARDIS con un diálogo de los actores preparado para colocarse sobre ese regreso.

Hay mundos ahí fuera donde el cielo está en llamas, y el mar está dormirdo, y los ríos sueñan. Gente hecha de humo, y ciudades hechas de canción. ¡En algún lado hay peligro, en algún sitio hay injusticia, y en algún sitio hay te quedándose frío! Vamos, Ace – ¡Tenemos trabajo que hacer!

Tal y como sospechaba el equipo de producción, el Jefe de Drama Peter Cregeen anunciaba poco después que la siguiente temporada de Doctor Who se retrasaría. Un poco. Volvería, seguro, pero antes tenían que… realizar algunos ajustes. Y quizá eso llevara un tiempo.

Ese fue el final de la época clásica, y durante un tiempo llegaría a parecer que incluso de la serie regular…

1 Hablando de actores, magnífico Clive Merrison como el Deputy Chief Caretaker que insiste en seguir en todo momento el libro de reglas, mostrando una deliciosamente cómica y crítica falta de imaginación.

Jónatan Sark | 08 de julio de 2013

Comentarios

  1. Oyros
    2013-07-09 03:56

    Pues tampoco ha sido tan largo…

    Ahora en serio, muy interesante conocer la historia y la historia detrás de la historia. Acabas de ganar un lector :)

  2. zivs
    2013-07-10 21:36

    Después de mucho buscar, por fin he dado con un sitio donde están todos los capítulos de la serie clásica, y en honor a tu columna de esta semana, he empezado viendo “Paradise Towers” y “The happines patrol”. La primera me ha parecido que empezaba con un capítulo bastante potente y luego se iba desinflando hasta casi tocar el ridículo, y la segunda, si bien creo que partía de una premisa que no era tan potente, mantiene más el tipo hasta el final. No obstante, la experiencia de ver los dos ha sido grata, y Mc Coy (del que no sé porqué, tenía una pre-impresión de Doctor flojo y menor) me ha parecido un Doctor muy digno y más que convincente. Lo próximo que veré creo que será “Inferno”, de Pertwee, que he leído por ahí que está considerado como el mejor serial de todos los clásicos. Aprovecho de paso para agradecerte una vez más el trabajo de tus columnas, que aunque no comente casi, sigo rigurosamente cada lunes. ¡Un saludo!

  3. Jónatan S.
    2013-07-17 10:32

    Oyros;

    Gracias.

    zivs;

    A mí, como ya habrás visto, me gustan ambas. De hecho, me parece una etapa que pese al flojo inicio y todos los problemas internos acabó quedando más que digna. Desde luego más que la anterior o que mucho del problemático Quinto.

    Inferno es un gran serial, pero casi merece más la pena haberlo visto después de haber tomado cierto contacto con la etapa de Pertwee/*Letts*/*Dicks* para pillar muchas de las referencias reflejadas.

    La verdad es que todos los Doctores tienen buenas historias en su haber, cada una por sus motivos y en sus distintos estilos. Yo soy muy muy fan del Doctor de Pertwee, así que todo lo que sea acercarse a él me parece bien, y también soy partidario de no imponerse rígidos seguimientos. Empezar por Hartnell de seguido no suele acabar bien. Bueno, ni mal, no suele acabar. Es mejor picotear con Daleks y Aztecas, así que ir saltando mientras se reconstruye el pasado a gusto me parece la mejor de las ideas.

    Ah, y me alegro de que estos artículos te estén gustando y pareciendo útiles, claro.



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