Libro de notas

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El receptor por Jónatan Sark

Televisión hay, aún, por todas partes. Mientras avanza el siglo, e Internet la remplaza, queda como el electrodoméstico más importante. El que expulsa información sin parar. Información que debe ser sopesada. Esta columna tiene como finalidad y motor reflexionar sobre lo que se emite por televisión y considerar críticamente lo que en ella se ve y expone. Y lo hacía cada lunes. Sigue en elreceptor.com.

Hexadoctoral ColinBakerense Peripatetismo TheRANI

La de Colin Baker es la historia de una tragedia. Desde su mismo inicio en la serie empezaron a suceder cosas que no eran las que uno esperaría, empezando por la muerte de su hijo recién nacido poco después de haber logrado el papel. Sería lo más terrible que le sucediera durante el tiempo que estuvo en el cargo, pero no lo único.

La llegada al puesto fue, sin embargo, un sueño cumplido. Baker era un fan incondicional del programa desde hacía años y había tratado de hacerse con el papel tras la marcha de Tom Baker. No lo consiguió pero sí sacó un pequeño papelito en Arc of Infinity que le hizo resignarse a no lograr el papel nunca. Sin embargo sería esa interpretación, y no toda una carrera como secundario en cine y —sobre todo— televisión, la que haría que John Nathan-Turner pensara en él cono sustituto de Peter Davison.

Baker estaba exultante, llevaba años deseando poder marcar al personaje con su propio estilo. Claro que no contaba con que sería JNT el que decidiera en qué dirección debía ir el personaje. Tras el blando Quinto Doctor el Sexto iba a girar en ese concepto con el que la serie parecía darse cabezazos bajo su mando, el personaje dudoso y difícil de confiar, algo que ya había intentado sin ningún éxito con Turlough y antes incluso con Adric. Más aún, era el mismo truco que ya se había usado durante la primera regeneración, cuando Polly y Ben desconfiaban del Segundo Doctor y sus intenciones. Baker hizo todo lo posible por hacerle interesante, ofreciendo una interpretación divertida, aunque algo excesiva, con un Doctor aficionado a largas frases alambicadas decoradas con palabras poco comunes, y con un humor agudo y oscuro que en ocasiones puede recordar al Primero.

La idea de distanciarse así no parecía mala, pero el siguiente paso de John Nathan-Turner fue todo un traspiés. Frente a la opinión de Baker de que debería llevar un atuendo elegante, negro, sobrio, para contrastar con la claridad de Davison, JNT decidió que lo que hacía falta era más colorido. De manera que encargó un abrigo de múltiples motivos y colores —excepto el azul, por ser el color de las pantallas para los efectos especiales—, como confeccionado por retales —un aviso de lo que sería su propia estancia en la serie—, que hacía pensar en una mezcla entre el jefe de pista de un circo y uno de sus payasos. Algo a lo que unir una corbata de lazo y unos trajes igual de estrambóticos. Un traje que parecía incidir en la parte más cómica del personaje, no sólo servir como contraste. Pero JNT decidió seguir adelante pese a las quejas del equipo, especialmente del jefe de guionistas, Eric Saward, que no se veía capaz de pararle los pies y cada vez chocaba más con él.

En The twinn dileman, el último serial de la temporada 21, comenzaba su regeneración atacando a Peri. No diré que es del todo irracional, pero desde luego no predisponía a los espectadores a su favor. Y eso que lo escribía un guionista al que JNT conocía de sobra por haber trabajado en… bueno… como siempre, en All Creatures Great And Small, que parece que JNT no conociera a gente en otras series.

Mientras tanto en la BBC seguían sin estar contentos. Y aunque Graeme MacDonald apoyaba en lo posible, que ya no era mucho, las ideas del controller Alan Hart para mejorar el programa seguían siendo erráticas. La última era intentar algo diferente, recortando a la mitad el número de episodios hasta 13 pero haciendo que tuvieran el doble de duración, pasando de 25 a 45 minutos.

Y con todo eso empezó al año siguiente la temporada 22. Con un Doctor casi desconocido, pero del que ya se había visto un primer serial que no había convencido, con un traje que había sido objeto de chanza durante todo el parón y acompañado por la peor de las acompañantes que el Doctor haya tenido nunca: Peri Brown.

Todo el mundo tiene acompañantes favoritos, y otros con los que sencillamente no puede. Hay muchos motivos para valorarlos, sin duda, pero igual que algunos de ellos, como Jamie o Sarah Jane, logran un apoyo casi universal, otros son intensamente apaleados. Y si bien hay formas de encontrar y salvar a acompañantes como Tegan, el proceso resulta casi imposible con Peri. Y no parece que la culpa sea precisamente de su actriz, Nicola Bryant.

Recordemos su llegada a la TARDIS, con Turlough encontrándola dormida en el suelo mientras tiene lo que parece una pesadilla sobre su padrastro —un tema igual de espinoso, aunque no se llegue a profundizar en él— que le lleva a cargarla hasta la TARDIS en lo que podría fácilmente ser considerado como un rapto. La propia Peri se encargará de demostrar su fastidio por tener que estar recorriendo el tiempo y el espacio con una pasión sólo comparable a la saliente Tegan. Pero ésta última era directa y resolutiva, en tanto que la personalidad de Peri se queda sin llegar a desarrollarse en ningún momento. De ella sabemos que es una estudiante universitaria de Botánica —aunque en sus viajes con el Doctor no le veremos más que alabar las flores bonitas, jamás dará un dato de interés, mucho menos de utilidad, no estamos ante una Doctora Liz Shaw — y que viene de una familia estadounidense con dinero. Eso y que todo el desarrollo de personaje parece exterior, basado en los conjuntos de bikini o top y minivaqueros más zapatos con plataformas o tacones. Conjuntos que la sexualizan, marcando en lo posible sus ya de por sí prominentes pechos, y que en su aspecto más que darle un aire juvenil la infantilizan. Su nula capacidad para realizar algo que no sea gritar o meterse en líos ella solita hacen un eco de lo peor de Susan sin ninguna de sus cualidades. Y, desde luego, no hay nada de Barbara en ella.

¿Cómo se llegó hasta ella? ¿Es por otro de los problemas de John Nathan-Turner como su manía de deshacerse de Nyssa y conservar a Tegan? ¿Realmente era una estrategia predefinida? Creo que lo mejor es recuperar lo que Jennifer Pelland escribía en el ensayo que le dedica dentro del libro Chicks unravel time:

¿Me estaba perdiendo algo? ¿Era eso todo lo que ella tenía que ser realmente? ¿Qué les llevó a crear el personaje en primer lugar? Quizá simplemente algo se perdió al pasarlo del tablero de creación a la pantalla. Yendo directamente a la fuente original, tenemos esta cita del entonces productor John Nathan-Turner: “ Ella llevará a menudo leotardos y bikinis. Un montón de Papás (SIC) ven Doctor Who y estoy seguro de que les gustará Nicola.”

Papás. Fue escrita para los padres, como un regalo de agradecimiento por la onerosa tarea de ver televisión con sus hijos. No había sido escrita para esos niños. No había sido escrita para mí.

Lo que lo hace incluso más triste es que Nicola Bryant era tan infeliz con esto como yo. En la WishCon de 1994 dijo: “¡Creía que todo el mundo sabía que no estaba a gusto con mis ropas! (…) Quiero decir, básicamente, el problema en lo que a mí concernía con el vestuario era que mi personaje empezó vestido con un bikini, ¡y por lo visto, nunca se vistió! ¡Que buen punto de partida! Y creo que estaría bien si estuviera, ya sabes, interpretando a Leela, porque eres de otro planeta y de algún modo primitiva. Pero cuando se supone que representas, ya sabes, a una estudiante de los ’80, lo que pensaba era: ‘¿De dónde vienen todos estos taconazos y shorts?’”

Puede parecer que estoy diciendo que la forma en que iba vestida era el problema principal. Pero no es eso — es que no se molestaron en desarrollarla más allá de lo que llevaba puesto. Como dijo Bryant en TV Zone (special issue #8, 1993): “La primera vez que vi el guión, pensé que Peri podía haber sido una reflexión acertada sobre los estudiantes jóvenes de los ’80s. Pero pronto descubrí que no era ese el asunto, cuando en el rodaje uno de los maquilladores me preguntó qué pintauñas quería; respondí que no creía que Peri llevara ninguno, sólo para que todos me insistieran en que ella lo llevaría.

En otras palabras, sí, su apariencia era su caracterización. Punto. Fin de la historia.

Efectivamente, Peri era un personaje con una sola nota y ningún recorrido que olvidaba las dos premisas principales de los acompañantes: Crear a alguien con quien el público pudiera empatizar, un sustituto del espectador dentro de las aventuras; y usarlo para que éste tuviera alguien con quien hablar y así exponer y hacer avanzar la trama.

En su lugar tenía esa funcionalidad de atraer un público completamente externo al argumento —no vamos a quejarnos de su aspecto físico, sería tan ridículo quejarse de que alguien sea guapo como de lo contrario, el problema es cuando SÓLO son ese aspecto— y correr de un lado a otro, como un pollo sin cabeza.

Sobre todo en una temporada que contó con un buen número de mujeres interesantes y resolutivas como invitadas, a ambos lados de la ley, durante los diferentes seriales. Comenzando por su primer serial, uno de los platos fuertes de la temporada por suponer el regreso de uno de los grandes enemigos del Doctor.

Attack of the Cybermen nos mostraba no sólo el regreso de los malvados robots, también el regreso de un personaje del pasado del Doctor, Lytton, a quien ya habíamos visto aliado con los Daleks. Aunque en esta ocasión parecía estar del lado de los buenos logrando, sin embargo, que el Doctor acabara causando que los Cybermen se encargaran de él. En realidad detrás de todas las maquinaciones estaban las Cryons, una especie que se diría femenina por completo de extraterrestres cristalinos, cuya naturaleza congelada les hace centrarse en la refrigeración, motivo por el que su planeta fue invadido por los Cybermen y ahora buscan devolvérsela.

El guión fue una suerte de locura, al intentar Eric Saward escribirlo hasta que descubrió que las reglas de la BBC no le permitían escribir más que un serial al año, y ya estaba previsto que fuera el final de temporada. Así que se alió con Ian Levine, el consejero en fandom y continuidad para crear entre los dos un guión con los Cybermen. Saward quería sobre todo presentar a los Cryons como una raza en la que cada uno de los alienígenas tuviera una personalidad distinta y definida, más allá de los atributos de raza que funcionaban como una colmena habitualmente. El problema fue que, como Levine trabajaba para la oficina de producción, JNT decidió que él tampoco podía recibir el crédito, así que se buscaron a una amiga de Saward, Paula Woolsey, que echaría una mano en el guión y por la que acabarían acreditándoselo como a Paula Moore.

La siguiente historia, Vengeance on Varos, escrito por Philip Martin, actor, guionista y creador de la serie Gangsters, un autor al que ya se había aproximado Bidmead pero al que hasta ahora no se le había ocurrido algo interesante sobre lo que escribir. Hasta ahora. Con un serial que tenía mucha de esa venganza, incluida esa crítica a la violencia del programa que Mary Whitehouse llevaba años denunciando y que ahora, con Margaret Thatcher en plena cruzada contra la BBC parecía apropiado, de alguna manera.

Porque nada mejor para hablar de ella que presentar un planeta minero que ofrece un extraño mineral que a nadie parece interesar, principalmente vive de las torturas y muertes a los mineros, prisioneros y guardianes, que se emite para todo el universo —que pueda pagarlo— y que permite a esos mismos espectadores elegir cómo serán torturados e incluso muertos. Una crítica completa y absoluta tanto a las condiciones de los mineros, como a los gobiernos autoritarios, a los espectáculos de violencia y, por supuesto, al propio concepto de reality. Un gran serial con un par de rebeldes, Areta y Etta, que demuestran que la revolución no es cosa de chicos.

Originalmente pensado para un par de temporadas antes, con el Quinto Doctor, Nyssa y Tegan en mente, el guión pasó atorado en la oficina de producción un par de años hasta que Saward decidera rescatarlo. Claro que había que realizar algunos cambios, sobre todo porque mientras tanto había llegado un nuevo Doctor con otra acompañante, y porque creía conveniente descargar de parte de la culpa al gobierno y maximizar la aparición de un villano reptiliano llamado Sil como antagonista principal. Peri, por su parte, acabaría convertida, quizá por la justicia poética, en un híbrido de humano y pollo.

Aunque el hachazo definitivo se lo soltó al personaje la que sería por derecho propio la protagonista femenina de esta temporada. Uno de los personajes que, pese a sus limitadas apariciones televisivas, más fuertemente se han instalado jamás en el imaginario de la serie. Me refiero, por supuesto, a The Rani.

The Rani no es una versión maligna del Doctor como podía ser The Master, ella es una científica. Ciertamente el tipo de científica inmoral a la que le importan más sus experimentos que la posibilidad de dañar a alguien con ellos; pero claro, para ella los humanos tampoco son personas, sólo los Time Lords —y tampoco demasiado, no hay más que verla soportando más que trabajando con el Master—. Mucho más mortífera pero, a la vez, menos malvada.

John Nathan-Turner venía buscando una historia con la que recuperar al Master; Pip y Jane Baker tenían una historia sobre los luditas en la que Saward creía que podía encajar. Ellos pensaron que funcionaría mejor con una pareja y crearon un acompañante, The Rani. Sin embargo, la fuerza del personaje y ciertos cambios en el guión —que favorecían la presencia de un científico que hablara sobre células dormidas del cerebro— aumentaron su importancia como personaje. Fue devorando el resto de la trama hasta que se convirtió en el mismo centro.

Entendida por Saward como un nuevo enemigo para el Doctor que sirve a la vez como un Master menos inútil y en absoluto aficionado a los planes ridículos, dos cosas que no le gustaban del personaje, la idea fue empezar a usarla como villana habitual. Y para interpretarla contrataron a Kate O’Mara, que dotaba al personaje de una fuerza enorme, como una villana de culebrón con un giro inteligente, que acabaría convirtiéndola en la respuesta británica a la Diana de V.

Lo curioso del caso es que parte del fandom la recibió con auténtico escepticismo, como si no pudieran tomársela en serio. Y es una lástima, incluso teniendo en cuenta su uso como personaje regularmente solicitado para su regreso, bien a favor o en contra. Y eso que logra cosas tan importantes como demostrar el comportamiento de género siendo el cerebro tras el Master y no al revés. O demostrando que todo lo que hace no es por lograr un poder físico o unas propiedades, sino por el mero hecho intelectual. El conocimiento, igual que le pasa al Doctor, es su debilidad.

Aprovechando que habían recuperado, aún de comparsa, al Master decidió JNT que era un buen momento para seguir recuperando cosas del pasado. Y que ningún golpe de efecto sería mejor que traer de vuelta al mismísimo Patrick Troughton, siempre tan afable y encantador, que ya durante el rodaje de Los cinco doctores había hablado de lo mucho que le apetecía regresar a la serie. Y, como Frazer Hines sólo había logrado librarse de sus compromisos para un pequeño cameo, parecía apropiado recuperar a uno de los grandes equipos de la serie, así que uno de los peores, el Sexto y Peri, quizá lograrían algo al unirse al Segundo y Jamie.

Para hacerlo aún más a lo grande decidieron irse a rodar a Nueva Orléans. John Nathan-Turner pasaba mucho tiempo dándole coba a los chicos del otro lado del Atlántico, para desesperación de Saward, que veía cómo descuidaba su trabajo —que acababa correspondiéndole a él— en favor de no se sabe bien qué utilidad reuniéndose con aficionados. La idea de JNT era que Lionheart, su distribuidora en EEUU, pagaría parte de los gastos para que se rodara allí. Así que se puso a organizarlo todo.

Saward, por su parte, aprovechó para acercarse al guionista que mejor creía que sabría reunir todas las partes, Robert Holmes, el veterano guionista que había empezado escribiendo en la última temporada de Troughton y había seguido colaborando desde entonces. Holmes, que empezaba a tener problemas de salud, ofreció una historia sobre unos alienígenas aficionados a la buena vida, auténticos gourmands. La idea de Holmes era utilizarlos como gancho para recuperar a los Sontaran y usarlos de una manera mucho más natural que la de sus últimas apariciones.

Por supuesto Lionheart se negó a soltar pasta, algo que JNT se podía haber imaginado recordando el nacimiento de Tegan. De momento sirvió para que tuvieran que buscar otra localización, por ejemplo Venecia, y para que el equipo se fuera allá a filmar en pleno agosto. El director elegido fue otro clásico, Peter Moffat, que se vio embarcado hacia el destino final —Venecia también les pareció muy cara— con un guión aún en desarrollo, pues Holmes tenía que eliminar las referencias estadounidenses.

Lo que ninguno de ellos esperaban era el tremendo calor que se iban a encontrar en el destino elegido. Uno que hacía que los actores, excepto Hines que llevaba con gracia el kilt, procuraran ir en mangas de camisa todo lo posible, mientras que los extraterrestres caracterizados apenas aguantaban con lo que les ponían por encima.

Pero, claro, ¿a quién se le ocurre ir a rodar a mediados de verano a España, por barato que les hubiera salido el viaje a mediados de 1984? ¿No habían aprendido nada cuando estuvieron rodando en Lanzarote Planet of Fire? Más aún, ¿a quién se le puede ocurrir llevárselos en pleno agosto a Sevilla?

El resultado fue un rodaje problemático, un montón de vuelos para uno y otro lado y John Nathan-Turner molestando todo el rato porque el nuevo controller de la BBC, Michael Grade, estaba muy poco por la labor de gastar en Doctor Who, un programa que le parecía poco apropiado para la BBC.

El resultado, pese a todo, fue un buen serial que, aunque continuó con la bajada de audiencia poniéndose por debajo de los 7 millones de espectadores, dejó un buen recuerdo. En el público, porque Moffat acabaría harto de interferencias y resuelto a no regresar al programa, Holmes vio su salud deteriorada, Saward estaba a punto de saltar y los actores no estaban especialmente felices.

En este clima llegó el siguiente serial, Timelash, un ligero entretenimiento cuyo mayor interés consistía en que incluía a un jovencito en medio de la acción llamado Herbert, quien tras una aventura corriendo por arriba y abajo del tiempo y el espacio elegiría quedarse en donde comenzó, planteándose escribir lo que había visto. Este Herbert George Wells, qué cosas. Mientras esto ocurría y JNT seguía metiendo referencias —esta vez al Tercer Doctor y Jo—, en los despachos se jugaba con el destino de la serie.

Así, Eric Saward preparaba el final de temporada, Revelation Of The Daleks, en la que al ir a un funeral el Doctor descubre a Davros, quien, de hecho, ha preparado una trampa para el Doctor con la idea de crear una nueva raza de Daleks que sustituya —y destruya— a los antiguos.

Mientras tanto se iba preparando la siguiente temporada, que iba a tener historias de Holmes y Bidmead, el regreso de la Rani y de Sil, y la introducción de otro Time Lord más…

Pero Grade les anunció que pararían la producción. Tenía la intención de acabar con la serie aquí al considerarla demasiada violenta y carente de humor. Sí, carente de humor. Además, detestaba la versión que Baker estaba realizando casi tanto como el traje que llevaba…

John Nathan-Turner se dio prisa en filtrar la información a los clubs de fans, que se movilizaron rápidamente para salvar la serie. En el proceso, los grandes medios se involucraron también, con gran profusión de quejas y lamentos por su desaparición. Grade respondió que jamás había pensado en cancelarla, que sólo querían que se tomara un descanso y la puso en un hiato durante año y medio. Desde marzo de 1985 hasta abril de 1986. Ah, y volvería a los 25 minutos por capítulo, porque estaba claro que lo de los 45 no había funcionado.

Con todo ese tiempo por delante, John Nathan-Turner estaba decidido a convertir el regreso en un gran éxito para demostrar a la BBC el genio e interés que las aventuras del Doctor tenían. O eso se supone.

Porque lo que decidió fue tirar por tierra todo el trabajo previsto para el año siguiente y comenzar de cero con varias ideas que ni eran originales ni habían funcionado. El Doctor, en un arrebato meta, sería juzgado por los Time Lords por interferir en los asuntos humanos. Exactamente igual que el final del Segundo Doctor y sin contar con que el Doctor aún había sido juzgado por compatriotas al menos dos veces desde entonces; peor aún, el juicio duraría toda la temporada en una historia llamada The Trial of a Time Lord, que reuniría de una vez la complejidad argumental de la temporada 16, The Key to Time y la insufrible extensión del serial The Daleks’ Master Plan, que cerca estuvo de acabar con el Doctor en su tercera temporada.

Durante ese año y medio pasaron más cosas, incluida la salida de Graeme MacDonald como Jefe de Drama y su sustitución por Jonathan Powell. También el rodaje de una radionovela para la BBC y un par de conjuras más.

La decisión tomada sobre la temporada no contaba con que Powell y Grade decidieran que, además de regrresar de los 45 a los 25 minutos, se mantendría el número de 13 episodios, tirando así por tierra la idea de varios seriales continuados. En su lugar serían sólo cuatro las historias que transcurrirían, al estilo de A Christmas Carol, durante el juicio al Sexto Doctor.

Lo primero que vemos es su llegada, amnésico, perdido, sin recordar dónde está Peri; en ese momento descubrimos al Inquisidor, el juez que se ocupará del caso, interpretado por Lynda Bellingham, y al abogado acusador, el adusto The Valeyard (Michael Jayston), quienes le informan de su situación y deciden ofrecer imágenes en la Matrix —una vez más— para demostrarlo.

Así se introducirán los tres seriales, que teóricamente se ocupan del pasado, el presente y el futuro del personaje, antes del cuarto serial que concluiría el juicio. La idea original era que Richard Holmes, muy debilitado por su enfermedad de hígado, se ocupara de la primera y la última serie. La apertura, conocida como The Mysterious Planet, estuvo rápidamente preparada para que Powell diera su aprobación, mientras se instruía al director, un novato, sobre lo que querían. JNT no tuvo problemas en gastar ochenta mil libras en unos planos iniciales del lugar del juicio, que esperaba reutilizar y que serían el efecto especial más caro hasta el momento.

Una de las conspiraciones era la de Nicola Bryant con Colin Baker. Habían decidido que si nadie se preocupaba de Peri ellos lo harían. Y ya que había logrado algo de ropa en los últimos episodios de la anterior temporada, ahora habían decidido que durante el hiato habían seguido viajando juntos y ahora su relación era cordial. Lamentablemente los guionistas seguían sin saber qué hacer con Peri —o, más bien, sin poder hacer mucho más, dado que estamos hablando aquí de Holmes, que había escrito a la práctica totalidad de acompañantes desde Jamie y Zoe—, de modo que Bryant anunció a Nathan-Turner y Saward su intención de largarse de la serie.

Ocupados como estaban, esto les llevó a decidir que en el siguiente serial Peri encontraría su destino y, una vez bien muerta, le sucedería en el tercero una acompañante nunca antes vista. JNT creó para ello a Mel, una técnico informático dicharachera a la que Saward acogió con reticencia.

Juntos empezaron a trazar, además, la segunda parte, encargada a Philip Martin, con el fin de que recuperase para ella a Sil. Lo último que esperaban era que el día en que terminaba el plazo Jonathan Powell les hiciera llegar un montón de correcciones para el primer serial. Correcciones que iban desde comentarios sobre la necesidad de establecer desde el principio que se estaba juzgando al Doctor hasta quejarse del tono más humorístico que Grade había solicitado. Parecía improbable, pero los responsables de Doctor Who acababan de descubrir que tenían dos oponentes en la cúpula de la BBC.

Eric Saward, descontento con el trato recibido por los guiones de Peter Holmes, fue a hablar con Powell acompañado por el director asignado, para informarle de que si se hacían cambios sustanciales no iban a estar a tiempo. Sobre todo porque algunas partes ya estaban grabadas. Aceptaron que el juicio no fuera el gancho del final del primer episodio sino su apertura, y ése fue el mayor cambio que se realizó. Eso no evitó que el Jefe de Guionistas sintiera que la BBC estaba en su contra y que John Nathan-Turner, en vez de respaldarles, estaba dedicado a tonterías como realizar el casting de Mel.

Finalmente, el rodaje de The Mysterious Planet estuvo listo, y con él la primera parte, en la que el Valeyard enseña al Doctor su participación en una rebelión en el distante planeta Ravolox, cuya superficie fue teóricamente destruida por las tormentas solares —aunque ellos lo encuentran perfectamente habitable— y ahora está en manos de Reina Katryca, monarca de la Tribu de los Libres, mientras que en el subsuelo habita otro grupo de hombres liderados por el robot Drathro, al que los timadores —y alivio cómico— Glitz y Dibber tratan de sonsacar sus secretos. El más importante de ellos, sin embargo, es que en realidad Ravolox es la Tierra. Aunque eso significa que en este futuro la Tierra fue apartada de su órbita por fueras desconocidas.

El personaje de Glitz fue rápidamente marcado como uno con potencial como para regresar, y así se le hizo saber a Holmes. Martin seguía preparando Mindwarp, ya listo para empezar a rodar.

En él, la prevista muerte de Peri llegaría al encontrarse el Doctor y ella en mitad de otra de las maquinaciones de Sil, que incluían un trasplante de cerebros a consecuencia de un aumento del mismo. Además del guerrero Rey Yrcanos, que llegaría dispuesto a acabar con el Doctor pero al que Peri trataría de poner de su parte, aunque fuera sólo para salir con vida. Algo que al final no conseguía.

Para entonces JNT ya había elegido a la actriz que interpretaría a Mel, la ex-niña prodigio Bonnie Langford, una elección que hizo a Saward chocar de nuevo con él. Y hubiera pasado a más de no ser porque Holmes estaba terminando los guiones del final con su ayuda, pues su hígado había llegado a tal punto de colapso que iba a requerir de inmediato su ingreso en el hospital.

De manera que dejó el serial introductorio de Mel —aunque ya aparecía como acompañante sin mayores presentaciones— en manos de Bidmead. Cuando Nathan-Turner vio lo que el ex-jefe de guionistas estaba preparando decidió reemplazarle. Entre Saward y Levine decidieron encomendárselo a P.J. Hammond, creador de Sapphire And Steel, pero tampoco esta vez estuvo contento y acabó pidiéndoselo a los Baker, a pesar de saber lo que Saward opinaba sobre su forma de lograr una producción rápida.

En este caso poco iba a decir Saward, que había logrado terminar los guiones de la cuarta parte y se dedicaba ahora a velar a su amigo Robert Holmes, ingresado poco después de lograr completarlos. La idea para ese gran final era que se produjera la revelación de que tras el juicio se encontraba el Master y, en homenaje a ese final que nunca pudo tener Roger Delgado, que les equiparaba con Sherlock Holmes y Moriarty, acabaran cayendo en un vórtice temporal que permitiría darle cualquier final a la serie, o comenzar la siguiente temporada como mejor quisieran.

La grabación del segundo serial estaba siendo un desastre, mucho más con Saward dedicado a otra cosa. Y John Nathan-Turner dedicado también a las suyas. La serie navegaba sin rumbo y las cosas sólo podían ir a peor. En ese momento Robert Holmes, el guionista por excelencia de la serie, falleció.

La falta de respeto con su muerte fue lo último que necesitó Eric Saward para hartarse definitivamente de Doctor Who. Una serie que veía condenada por el odio de sus superiores y por el nulo interés que el productor parecía tener por ella para algo que no fuera externo a la misma. Además, su falta de voto y la cantidad de veces que se había decidido obviar su opinión, la última de las cuales con el Cast para Mel y el contrato con los Baker, le acabaron de decidir. Dimitía con efecto inmediato.

Tan inmediato que cuando Colin Baker le llamó para preguntarle si uno de los giros argumentales del segundo serial —en el que el científico loco Crozier, responsable del aumento de cerebro del jefe de los Mentors, Kiv, le dispara con un arma que le vuelve malo— significaba que el arma había resultado realmente, que el Valeyard estaba trampeando con las evidencias o que el Doctor estaba fingiendo como en otras ocasiones; todo lo que logró de Saward fue que le dijera una versión de ni lo sé ni me importa.

Visto lo cual, John Nathan-Turner cogería las riendas de los guiones él mismo, empezando por ocuparse de la supervisión del segundo serial y ayudar a los Baker con el tercero, en el que se enfrentarían a una nueva especie alienígena de origen vegetal, creada por la manipulación genética botánica, que estaba acabando con los pasajeros de un crucero estelar. Efectivamente, JNT esperó a que Peri estuviera fuera de la serie para poner una amenaza en la que una botánica hubiera podido ser de utilidad.

El serial se acabó con los problemas habituales pero habiendo dejado establecida a Mel como acompañante para un hipotético futuro. Aunque eso significaba que a Nathan-Turner le tocaba afrontar un nuevo problema: ¿cómo concluir el juicio?

Con Saward retirado y Holmes muerto, los dos episodios que quedaban parecían estar en el aire. La oficina de producción se puso en contacto con el antiguo jefe de guionistas para confirmar que pudieran usar los guiones que les habían dejado. Saward se lo dio, pero en cuanto John Nathan-Turner decidió empezar a realizar cambios a lo escrito montó en cólera y se lo revocó, llevando a JNT a contratar de nuevo a los Baker para escribirlo entre los tres, con todas las modificaciones que él quisiera.

El primero de los cuales era que en realidad el Master aparecía para advertir al Doctor, su viejo enemigo, de que no podría salir de allí con vida porque el Alto Consejo de Gallifrey había decidido acabar con él de una vez por todas. Por ello habían arrasado la Tierra y cambiado su localización espacial creando Ravolox, y por eso mismo habían usado como acusador a The Valeyard, una palabra en ingles arcaico que significa El Doctor en Leyes, la emanación de su lado negativo entre las reencarnaciones duodécima y la última.

Sería él y no el Master quien protagonizara la lucha final, sobre todo ahora que se había desechado la idea de Holmes de que fuera su última encarnación, prefiriendo ese lado negativo más manejable en el futuro. Además, el Master volvía a ser un villano, no un anti-héroe, que estaba allí como plan B para acabar con el Doctor, y también se le volvía a usar como material cómico emparejándolo con Glitz. Puestos a modificar cosas, se utilizaron clips de los seriales de la temporada para cambiar cosas que a JNT no le gustaran, siendo la más llamativa la revelación de que en realidad el segundo serial no concluía con la muerte de Peri; su intento de seducir a Yrcanos no era un plan para lograr escapar, uno que este jefe guerrero había sabido ver y que había llevado a su muerte a la acompañante. En lugar de eso se nos informaba de que había sido manipulada la Matrix por el Valeyard y que lo realmente ocurrido fue que… ¡¡¡ Peri se casó con Yrcanos!!! Algo que Nicola Bryant descubrió horrorizada viendo el programa. Parecía que, incluso tras su marcha, JNT había logrado una manera de destrozar el personaje de Peri incluso aún más.

En el nuevo final el Doctor y el Valeyard se pelean en la Matrix, el Doctor trata de lograr restaurarla sin manipulaciones, Mel sale de la pantalla para advertir a los Time Lords de los problemas que supondrían la ruptura de la Matrix, el Alto Consejo es depuesto —entendemos que por traición—, lo que permite al Inquisidor declarar inocente al Doctor a su regreso a la realidad, tras haber hecho explotar el arma del Valeyard, la Fantasy Factory, condenándole a la desaparición. O eso cree él, pues tras marcharse de Gallifrey el Inquisidor ordena que sea reparada la Matrix y vemos que el encargado es el propio Valeyard.

Con este giro innecesario final terminaba la temporada, pero no la historia. Aún molesto por lo sucedido, por todo lo sucedido, Eric Saward era entrevistado para el magazine Starbust y allí explotaba definitivamente contando extensamente sus problemas con John Nathan-Turner y con los mandos de la
BBC. Pronto los medios de comunicación se hacían eco de ello también.

JNT se puso furioso por lo que consideraba una traición: por primera vez los trapos sucios eran lavados en público, antes incluso del final de la emisión de la serie. Veía muy negro su futuro, más aún tras lograr unos datos de audiencia discretos, aunque hubiera mejorado la valoración de los espectadores. De modo que cuando fue convocado a hablar con Grade y Powell suponía su inminente despido.

En su lugar se encontró con que iban a darle otra oportunidad a la serie. De nuevo con el formato corto en episodios y duración, pero, eso sí, había algo que hacía falta cambiar. A ninguno de los responsables de la BBC le gustaba Colin Baker ni su abrigo, debía ser despedido fulminantemente. En cuanto al futuro del propio Nathan-Turner, quedaron pendientes de comunicarle cuál sería su destino. Aunque si se encargaba él mismo de hablar con Baker parecía posible que le ofrecieran algo mejor…

Cuando Colin Baker —un fan de toda la vida, que había demostrado compromiso y había utilizado sus energías en realizar la mejor versión posible, evitando crear problemas innecesarios y respaldando a sus acompañantes— conoció la decisión, se sintió traicionado por el productor; él mismo lo comentó en varias entrevistas, igual que lamentó la imposibilidad de poder permanecer más tiempo demostrando que valía para el puesto.

Pero la TARDIS había vuelto a girar y era el momento de encontrar a alguien que pudiera cambiar el destino de la serie de forma drástica.

Jónatan Sark | 24 de junio de 2013


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