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El receptor por Jónatan Sark

Televisión hay, aún, por todas partes. Mientras avanza el siglo, e Internet la remplaza, queda como el electrodoméstico más importante. El que expulsa información sin parar. Información que debe ser sopesada. Esta columna tiene como finalidad y motor reflexionar sobre lo que se emite por televisión y considerar críticamente lo que en ella se ve y expone. Y lo hacía cada lunes. Sigue en elreceptor.com.

Conformismo premiador primerismo seriero

Son casi las tres de la madrugada, la gala de los Emmy lleva ya casi una hora y mi paciencia terminó hace ya bastante. En general no creo en los premios, claro. Sobre todo cuando ves locuras como que alguien piense que se le puede dar un premio a Jon Cryer como si fuera lo más normal del mundo.

La verdad es que la cosa esta es bastante ridícula. Así, en global. Pero demuestra cómo funcionan las cosas en USA. Algo que también se nota en los modos de estrenos de series. La persona que decidió que la semana del 24 al 31 de septiembre tuvieran lugar el grueso de series y estrenos merecía un paseo por el campo.

Hasta 45, entre regresos y novedades, que se une a lo que ya ha salido durante el mes, en un arranque notablemente flojo como ya veremos la semana próxima.

No hay mucho más que pueda, quiera o deba decir. En comedia ha sido, una vez más, el año de Modern Family, hundiendo a los demás competidores y, ya puestos, demostrando una vez más que la mejor serie cómica del momento, Community, y a todo el resto de talento que hay por ahí desperdiciado. Es tan obvio que uno sólo se lo podría explicar si los premios estuvieran dirigidos por Robert Greenblatt.

Entre lo bueno de la gala estuvo un Tracy Morgan que parece preparado para cuando deje el 30Rock y los varios momentos de Kimmel que demostró su buen momento actual y que, lamentablemente, no logró superar el aburrimiento de los ganadores.

Modern Family, Homeland y Game Change se hicieron con una cantidad inusitadamente alta de premios mientras gente a la que dificilmente le daría la hora como Kevin Costner o Jon Cryer lograban galardones a mejor actor en sus respectivas franjas. Creo que hay cosas que no comprenderé nunca.

Es difícil justificar el visionado de las tres horas de aburrimiento para ver unos ganadores con lo que difícilmente pueda estar nadie de acuerdo. ¿Por qué hacemos esto? Vale,por qué lo hago yo? ¿Es el culto a las galas? ¿Es por los trajes? — Juliane Moore llevaba un traje amarillo que marcaba todo lo necesario—

Son muchos los premios que se dan a lo largo del año, desde los Globos de Oro o los OscarTM a los que se dan unilateralmente en posts de Lo mejor del año. Y todo tiene el mismo motivo, destacar algo. Separar lo bueno de lo no tan bueno, darle relevancia a lo que nos interesa transmitir a los demás o, simplemente, que la gente sepa que nos gusta lo que hacen. Quién sabe.

Mientras nos vamos a descansar sabiendo que hemos hecho el tonto algún motivo debe haber nos queda aún una idea sobre al que reflexionar: ¿Hay alguna manera de que nos sintamos representados por un palmarés? Más aún, ¿existe alguna forma de que eso sea posible?

Confiar en el boca a boca, dar las gracias a la gente y difundir el mensaje parece menos interesante que buscar estatuillas para repartirlas de manera colegiada. Votando entre varios y, por eso mismo, logrando que los premios que tienen un público votante mayor parezca elecciones de un comité.

Ahora, si me disculpan lo corto y poco interesante de la columna de hoy, aprovecharé que son poco más de las cinco de la mañana para irme a dormir. Quizá así me convenza de que todo ha sido un sueño. O un capítulo especialmente raro de Revenge.

Jónatan Sark | 24 de septiembre de 2012


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