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El receptor por Jónatan Sark

Televisión hay, aún, por todas partes. Mientras avanza el siglo, e Internet la remplaza, queda como el electrodoméstico más importante. El que expulsa información sin parar. Información que debe ser sopesada. Esta columna tiene como finalidad y motor reflexionar sobre lo que se emite por televisión y considerar críticamente lo que en ella se ve y expone. Y lo hacía cada lunes. Sigue en elreceptor.com.

Reality Infame Infrapoteósico

Como decíamos la semana pasada, si triste era encontrarse con estas extrañas creaciones, estos realities infamesl de limitada repercusión ante los que uno podía aferrarse a su escaso éxito para confiar aún algo en los seres humanos —o, cuanto menos, en el Homo Audiente —, la aparición de un éxito entre ellos elimina de un barrido muchas de las vanas esperanzas de supervivencia ética.

Pues bien, el siguiente ejemplo no es sólo uno de los más sórdidos y controvertidos de la historia de la televisión —y lo digo completamente en serio, os veo hasta relameros— sino, además, una constante fábrica de historias, escándalos y broncas varias relacionados con él.

Y no me refiero a Sálvame, que va.

Todo empezó con un canal educativo. Tan educativo que se llamaba The Learning Channel y fue cocreado a principio de los ’70 por el Departamento de Educación y la NASA con la intención de difundir material educativo. La administración Reagan —¿quién si no?— decidió privatizarlo a principios de los ochenta y eso dio lugar a una sucesión de propietarios hasta terminar en manos del grupo Discovery en 1991, ya reducido a sus siglas: TLC. A Discovery le faltó tiempo para ir arrinconando la programación didáctica, fundamentalmente de procedencia extranjera, y pasar de los documentales de la BBC a los docurrealities de estilos de vida y profesiones. Para 2008 estaban tan establecidos que tenían varios de estos éxitos basura como Jon & Kate plus 8 o la incluso más desmadrada 17 Kids and Counting que, en estos momentos lleva 10 temporadas, no parece que vaya a acabarse y se llama ya 19 Kids and Counting; no sólo ellos, también había lugar para una familia que tras dos pares de mellizos tuvo sextillizos o una familia de enanos… en fin, ese tipo de programación.

En su persistente búsqueda de temas y ante los éxitos de su programación, decidieron que tenían que buscar un nuevo formato. Algo que les permitiera estar cada semana sin centrarse en una sola familia. Quizá también algo que les permitiera acercarse al género de los concursos… Y ahí prendió la llama. ¿Qué mejor que grabar una competición con participantes infantiles? ¿Cómo no va a mejorar la mezcla el no ser ellos los que den los premios? ¿Qué podría ser lo más controvertido y además permitirles fingir cierta dignidad? De este tipo de lodos acabaría saliendo el auténtico monstruo.

Toddlers & Tiaras

Si bien los toddlers serían literalmente los niños de uno a tres años, la verdad es que los jóvenes protagonistas eran algo mayores… siendo el límite los seis años. En cuanto a las tiaras… ¿He dicho ya que el programa es una competición de belleza?

Vaya. Cada semana el programa sigue las evoluciones de tres concursantes de este tipo de eventos y de su familia. Sobre todo de su familia. Retratos todo lo aparentemente externos que pueden, pero siempre con cierto punto de malicia al mostrarnos las interioridades. Esas madres que buscan una victoria o una belleza que ya no tienen, los padres que oscilan entre los ausentes, los adoradores y los desentendidos y las pobres niñas, confusas en la mayor parte de ocasiones, realizando estos extraños juegos para agradar a sus mayores. Historias que suelen ser más cercanas al gótico americano que a la competición de ideales, con Gypsy como musical de fondo.

Y si no me creéis a mí, echadle un ojo a estos vídeos:

[Pero no mucho tiempo, eh, con un minuto sobra]



Tan constructiva programación pronto tuvo sus frutos. Un nuevo éxito para el canal, que lleva ya cuatro temporadas y contando mientras las broncas surgen a su alrededor. Tantas que resulta complicado saber cuál es la primera, cuál ha sido la última y por dónde vendrá la siguiente.

Desde el inicio hubo discusiones sobre la conveniencia, no tanto de los concursos en sí mismos —que llevan ya décadas en entredicho— como de la conveniencia de dar popularidad a los que se centran en niños pequeños. Y ése fue el problema principal de la serie, motivo de la mayor parte de disputas y auténtico punto candente ante la posibilidad de que se las estuviera sexualizando pese a su corta edad; asunto éste que terminó explotando después de que ocurriera esto:

Para los que no puedan o no quieran ver el vídeo, que sepan que en él una de las concursantes, la pequeña Paisley Dickey de tres años, aparece vestida con una reproducción del —mínimo— vestuario que Julia Roberts usara en Pretty Woman, desde las largas botas negras a la estridente peluca. La pequeña realiza su actuación bailando —es un decir— entre los acordes de la canción de Roy Orbison, ante los ojos de una audiencia dividida entre los sorprendidos por la audacia de la idea y los directamente encab… disgustados.

Allí mismo algunas de las otras madres mostraron su disconformidad. (de hecho, aún se lo siguen recordando de forma más o menos civilizada cada cierto tiempo). No fueron las únicas, varias organizaciones aprovecharon para cargar contra el programa, desde la derechista Parents Television Group a un grupo de madres australianas tratando de reventar un tour el programa, muchas fueron las voces que se alzaron en su contra. Eso no impidió que los padres de Paisley la siguieran montando —la bronca— eligiendo un atuendo más que discutible para Halloween o sacando en subasta el traje de Pretty woman para apoyar a un grupo pro-vida (el primero de los cuales, por cierto, se negó a aceptar el traje o el dinero), lo que llevó a la joven protagonista de la historia al final lógico: negociar su propio reality con varias cadenas de televisión.

Por supuesto esto llevó a otras madres a tener que sacar cabeza, no sólo acusando a los medios de ser ellos los que sexualizaban a las niñas sino con todo tipo de broncas variadas, desde las que se centran en los procesos de belleza de las niñas, como ponerles corsé , darles baños de pintura bronceadora o tener recetas propias de bebedizos para que sus hijas rindan , motivos todos ellos de diversos escándalos, o escandalillos, por la forma en que las madres trataban y usaban a sus retoñas.

Como decíamos antes, esto llevó a todo tipo de especiales y series propios para algunas de estas niñas. De ahí que alguna pudiera incluso retirarse de las competiciones a los seis años…

Uno de estos spin offs, el dedicado a Honey Boo Boo, no sólo es el más cercano a una continuación oficial del programa —que sigue en antena y sin muestras de que vaya a concluir en breve—, sino que fue presentado entre comentarios adversos y una cierta sensación que nos invade con sólo ver el trailer.

Concretamente, en el AV Club Ryan McGee postulaba la posibilidad de entenderlo todo como una historia de terror, de una nueva forma de American Horror que iba más allá del American Gothic para crear una nueva definición. Yo sugiero llamarlo American Reality para que se pueda comprender de un vistazo todo el horror que ello encierra.

Mientras tanto, durante la redacción de esta columna, ha estallado el último eslabón de la cadena de broncas. Hasta que toque el siguiente, claro. En este caso se trata de que un padre ha presentado un capítulo de la serie como prueba en una demanda para lograr la custodia de su hija aprovechando la mala imagen y, por supuesto, los distintos escándalos asociados al programa. Habrá que ver cómo termina este culebrón legal que, de momento, ya le ha servido a la madre para arrastrarse por distintos medios ofreciendo la imagen de una madre que lucha por su hija y su derecho a presentarse a estos extraños concursos…

Como vemos, mucha explotación y de muchos tipos, una mezcla de repulsión y extraño atractivo y alguno de los seres humanos de moralidad más dudosa en un programa que hace dudar de la existencia entre la raza humana de algo parecido a la moral. Sobre todo porque aquí lo que tenemos son una pila de casos de corrupción de la inocencia, o, al menos, de su degradación al ser usadas niñas inocentes que difícilmente han podido pedir participar en estos eventos o salir en televisión por parte de unos familiares que han visto en su instrumentalización la posibilidad de lograr una cierta repercusión.

Todo lo cuál me lleva a preguntarme cómo será el futuro que les espera a estas niñas dentro de unas décadas.


¡Nos vemos la semana que viene! ¡Último lunes de Agosto! ¡Repaso final a los Realities Infames!

Jónatan Sark | 27 de agosto de 2012


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