Libro de notas

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El receptor por Jónatan Sark

Televisión hay, aún, por todas partes. Mientras avanza el siglo, e Internet la remplaza, queda como el electrodoméstico más importante. El que expulsa información sin parar. Información que debe ser sopesada. Esta columna tiene como finalidad y motor reflexionar sobre lo que se emite por televisión y considerar críticamente lo que en ella se ve y expone. Y lo hacía cada lunes. Sigue en elreceptor.com.

Competitivas juguetonas cocinas

Ya hemos visto cómo fue la divulgación en inglaterra, todos esos encantadores tipos y sus programas de encimera, ¿quién podría no querer invitar a cenar a Fanny Cradock? En cualquier caso, y pese al buen hacer de sus responsables, si algo acabó jugando un aspecto decisivo en la cocina inglesa para televisión —igual que acabarían siéndolo en la internacional— fueron sin duda sus concursos.

Quizá alguno piense que aquella gran oportunidad era parte de una sucesión de concursos, pero la verdad es que no. Sí que hubo alguna competición, alguna idea con la cocina como fondo, pero no de manera continua o recurrente. De hecho, en este punto sólo se puede alabar el concurso que la empresa americana Pillsbury lleva realizando desde 1949. En su Bake-off, una versión para pasteles de los tradicionales concursos de cocina —los Cake-Off que sin duda recordaréis de series o películas, especialmente los de Chili — que remite a las no menos célebres competiciones de cocina que todos — supongo— hemos visto, vivido y sobrevivido a lo largo de nuestra vida.

Lo que aquí tenemos es un encuentro en el Waldorf-Astoria que la CBS estuvo emitiendo desde 1949 hasta 2002. En ella las señoras —bueno, cualquiera que quisiera participar, como lo proponía una marca la única regla era usar una marca suya de harina para bizcochos, aunque según fueron llegando y yendo otros anunciantes podía haber algún pequeño cambio también— competían por un premio de 50 mil dólares a la mejor receta que se fue incrementando con el tiempo. En 1976 decidieron dos cosas, pasarlos a bianuales y subir el premio a 1 millón de dólares. Para 2002 la CBS decidió que ya estaba bien y las competiciones de 2004 y 2006 se realizaron, aunque lejos de las cámaras de televisión. Sin embargo para 2008 el Food Network volvió a presentarlo como un especial, en 2010 sería Oprah la que lo acogiera medio especial, mitad complemento de su programa y en 2012 ha sido Martha Stewart la que ha repetido ese mismo truco.

¿Los cambios?

Mínimos. Lo raro es que Christopher Guest no haya hecho una película ya.

Según llegamos a los años noventa llega el momento de hablar de otro concurso no británico. ¿Adivináis? ¡Nos vamos a Japón!

Efectivamente, la locura colorista de Iron Chef es un invento original de Japón, donde se emitió entre 1992 y 1994, que tuvo tanto éxito —posiblemente por ser una locura colorista, yo malicio que, además, porque es más fácil de… cocinar el resultado— que pronto tuvo un par de especiales en USA en 2001 con William Shatner de maestro de ceremonias, con no mucho éxito hasta que Food Network lo rescató en 2004 dando más importancia en la comida —os sorprenderá pero los especiales de Shattner para la UPN eran… especiales— y con brillantes ideas como poner en el papel de The Chairman, el teórico creador de la competición que en Japón era interpretado por Takeshi Kaga a su sobrino Mark Dacascos.

Americanos, no pueden evitarlo. En cualquier caso, un enorme éxito llegó en ese momento para este tipo de programas, sobre todo teniendo en cuenta los parecidos entre algunos de ellos como el también americano Chopped, que empezó en 2009 y parece ir viento en popa.

Ya, ya lo sé: ¿No os iba a hablar de británicos? Por supuesto. Lo que pasa es que estos son los referentes que, sin duda, tendréis en la cabeza. —y uno más del que hablaremos luego, no os preocupéis—

Pues bien, dos años antes de que los japoneses pusieran en marcha su Iron Chef los ingleses crearon el padre y quizá más conocido de todos estos concursos, aquel al que todos acaban mirando de reojo por si acaso están pasándose con la imitación. Es decir:

Si nos paramos a mirar ahora, desde 2012, todo lo que ha logrado Master Chef en la docena de años que lleva en antena deberíamos cuanto menos sorprendernos de dos cosas.

La primera es la extensa cantidad de versiones que se han realizado, empezando por la separación entre el MasterChef tradicional, MasterChef: The Professionals para cocineros en activo, Celebrity MasterChef para… en fin.. eso, y Junior MasterChef, que duró menos en antena, para jovenzuelos —Inserto un comentario: Me parece una idea enorme usar un programa concurso para que los chavales aprendan a cocinar, lástima que no cuajara debido a (en apariencia) que los jueces eran sensiblemente menos duros con ellos, esperemos que la versión, revivida en 2010, vuelva a celebrarse— que si bien en 2001 parecía haber acabado su trayectoria en 2005 fue revisado y mejorado para el nuevo mileno. Todo un triunfo loca que se une a su enorme éxito por todo el mundo, no sólo en USA, también en veintisiete países más que incluyen Ucrania, Portugal, Filipinas, Líbano, Alemania, India o Croacia entre ellos, aunque el mayor éxito con diferencia lo ha obtenido en Australia donde es toda una institución, uno de los programas más vistos hasta el punto de que el final de su segunda temporada consiguió tanta audiencia que es actualmente el tercer programa más visto en la historia de la televisión australiana.

¿Lo segundo que debería sorprendernos? Que en España no se haya hecho. Pero también a eso volveremos más adelante.

El enorme éxito de MasterChef facilitó mucho la aparición de otros programas concurso en los noventa, de entre los que destacan por mérito propio Ready, Steady, Cook y Can’t cook, won’t cook que tuvieron en común al chef estrella Ainsley Harriott.

En 1995 Carriott se convirtió en el más recurrente de los presentadores/jueces de Can’t cook, won’t cook, un concurso en las mañanas televisivas de la BBC que enfrentaba a dos personas a los que sus amigos habían convencido de que no podían o no querían cocinar… y que eso tendría que cambiar. Un chef de fama mundial, habitualmente Carriott les pone a cocinar bajo sus instrucciones, una vez realizados los platos los amigos que les han nominado hacen una prueba a ciegas para elegir el ganador. Y si los dos no están de acuerdo es el chef el que decide. Lo que parece muy sencillo pero hay que verlo, sobre todo por la forma de ser de Ainsley Carriot

Como decía, había que verlo. El programa fue todo un éxito, en gran parte por el sentido del humor de Carriott, que le llevó a, incluso, un programa especial en el 10 aniversario de Red Dwarf rebautizándose por un día a Can’t Smeg, Don’t Smeg

El éxito fue tal que acabaron cerrando el programa. Ya, bueno, cosas que pasa. El motivo principal era Carriott, chef de carrera pero también miembro de una familia dedicada al espectáculo, él mismo tuvo éxito con su amigo Paul Boross (ahora conocido por Pitch Doctor) en un dúo cómico musical llamado The Calypso Twins que logró cierta popularidad gracias a “World Parade=http://www.youtube.com/watch?v=7_HUIwLNqkA , un animal del espectáculo tan claro que aceptó cuando le ofrecieron un nuevo programa. Bueno, un viejo programa en realidad: Ready, Steady, Cook.

Estrenado un año antes de Can’t cook, won’t cook_, en este caso el programa era más concurso todavía gracias a toda una serie de extrañas reglas. Dos equipos de concursantes, que podían ser miembros del público o famosos, junto a un chef famoso por equipo, tenían que realizar en un tiempo límite un plato con toda una serie de problemas posibles como punto de partida. De entrada, el precio que tenían para comprar los ingredientes que tenía de media 5 libras pero podía subir hasta 10 o caer hasta 3,5. También se podían prohibir ingredientes, tener que usar ambos equipos lo mismo o, incluso, echar mano de unas cajas de ingredientes sorpresa… Todo tipo de retos.

Originalmente era la presentadora Fern Britton la encargada de conducir el programa pero el remozo de 2001 supuso la llegada de Carriott a su puesto y una mayor cantidad de famosos por encima de miembros del público.

El programa llegaría hasta 2010, convirtiéndose en uno de los programas concurso de cocina que más tiempo ha durado en activo. Además, claro, de un ejemplo de lo útil que pueden llegar a ser, más allá del interés propio de un concurso está lo que de ellos se pueda sacar. Normalmente es poco más que alguna receta, alguna combinación interesante, pero también existe una tarea educadora como el de este programa que permite demostrar cómo en un tiempo reducido y con unos ingredientes limitados se pueden preparar grandes platos.

En cualquiera caso, para la mitad de los ’00 estaba ya claro que se podía sacar partido a los programas de cocina, aunque la llegada de los realities pasara a ser lo fundamental en esos momentos como demuestran tres de los siguientes formatos en aparecer. En Too many cooks (2004) la gente corriente competía para demostrar su capacidad como cocinero. Puede parecer una tontería teniendo en cuenta que ese sería el común denominador de todos estos concursos, pero es que este tenía una serie de requisitos: Ser un amateur, sentirse capaz de poder hacer una receta sin apoyo de libros, sin saber qué tendrán que hacer ni cuáles serán los ingredientes, hacerlo soportando la presión de una cantidad limitada de tiempo para la elaboración y el saber que será el experto paladar de un grupo de cocineros profesionales. Lo más reseñable del programa, que duró dos temporadas, es la forma en que los cocineros profesionales no tenían reparo alguno en cantarle las cuarenta a los advenedizos que osaban cocinarles. Este trato les distinguía de otros programas como Britain’s Best Dish (2007 – ) porque, si bien la intencionalidad no parecía ser vapulear a los concursantes, el frío plató y la bastante insufrible presentadora — Kate Garraway— le dio una fama de duro que no logró eliminar ni el giro más amable, con cambio de decorado y presentadora, de la segunda temporada.

Otro ejemplo de esa realitización sería Come dine with me. (2005 hasta ahora) Quizá uno de los mayores éxitos de este tipo de programas por juntar de manera más que razonable una parte de realismo doméstico con la de concurso: Cuatro o cinco personas —según el formato en el que estén— ofrecen cenas en sus casas para el resto de participante, luego se votan entre ellos. Su enorme popularidad ha servido para que tenga versiones por todo el mundo —España incluida, pero ya hablaremos de ello— y para que salgan los clásicos programas con puntos en común como A restaurant in our living room.

Sin embargo serían las sucesivas reinvenciones del formato de MasterChef las que seguirían proporcionando gloria a las televisiones del mundo, así tras su remoce de 2005 aparecería en el canal Bravo estadounidense uno de los más interesantes concursos de cocina Top Chef. No es que estemos ante el Bocuse d’Or pero la atractiva idea junto con unos participantes profesionales —como ya ocurría en MasterChef: The Professionals, la variedad de estilos y retos y la forma cordial de tratar a la gente —es decir, el fondo de realitie está ahí, pero hay episodios que casi se olvidan de ello; y el momento de las broncas es uno de los más tibios de los talent show que yo haya podido ver— lo convierte en un programa que se ve con agrado. Quizá por ello haya acabado inspirando todo tipo de competiciones, desde las de regiones ignotas como Casa Dudley —que empezó siendo demasiado parecido, se hizo internacional, llevando a sus chefs de visita por distintos países hasta terminar muriendo en España— a nichificaciones como el treméndamente condensado aún así efectivo Cupcake Wars.

Todo lo cuál nos va llevando hacia un punto muy concreto. O, si lo preferís, a una persona. Cuando en 2010 la cadena FOX decidió revivir el programa MAsterChef tras su poco brillante paso por la PBS tenía muy claro quién tenía que ser el presentador y juez, y lo tenía muy claro porque en ese momento llevaba un lustro siendo la cara culinaria de la manera FOX de entender la cocina. Así es Gordon Ramsay.

Tras una juventud dedicada al fútbol se puso a estudiar cocina, incluso entró a trabajar en un restaurante, aunque pronto se hartó de las broncas, el bullyng y la violencia [¡Cuidado! ¡La ironía puede matarte! ¡Manéjala con precaución!] así que se metió a estudiar cocina francesa y así, poco a poco, fue subiendo por la escalera. Para 2001 tenía un restaurante con su nombre que acababa de lograr la tercera estrella de Michelin. No solo eso, además el proceso de lograr abrir el restaurante —y las calificaciones posteriores— fueron grabadas por un grupo que preparaba una miniserie: Boilling point, el éxito del documental y del restaurante así como la personalidad de Ramsey le llevó a un segundo documental que comprobaba cómo había avanzado todo así como a participar en un programa entrenando a un propietario de una furgoneta de comida para que se hiciera pasar por Chef Cordon Bleu, con tanto éxito —televisivo— que el programa llegó a ganar tanto el BAFTA como un Emmy internacional

Para 2004 había cerrado un acuerdo para presentar dos programas, con Channel 4 realizaría el docu-reality Ramsay’s Kitchen Nightmares, en la que echaría una mano a propietarios de restaurantes en problemas. Para la ITV se dedicaría a Hell’s Kitchen, una mezcla de reality con concurso para enseñar a cocinar a famosos. Frente a lo que Jamie Oliver —sí, él de nuevo— había hecho dos años antes en Jamie’s Kitchen ayudando a chicos problemáticos a conseguir un oficio e interesarse por la comida —de manera distinta al Junior MasterChef pero no por ello menos loable— aquí se trataba de… bueno… famosos cocinando. Parece una tontería pero adelantaría en dos años a Celebrity MasterChef y se convertiría en un éxito instantáneo. Lo más divertido del caso vino de los dos siguientes movimientos, en primer lugar el de Channel 4 que se vio venir el éxito de Ramsey y firmó con él un acuerdo de exclusividad para UK haciendo que el programa tuviera que pasar a otras manos. El segundo, que los señores de la FOX se dieron prisa en llamarle para una versión americana sólo que… ¿podría ser sin famosos? Total, les iba a gritar igual.

A partir de esa entrada en 2005 y ese acuerdo con Channel 4 los programas —y el propio Ramsey— iban de un lado al otro del Atlántico. Así Kitchen Nightmares se unió pronto a Hells Kitchen en la FOX mientras que el magazine gastronómico The F Word se desarrollaba con éxito en UK. Allí también realizaría dos programas de viajes, uno sobre los mejores restaurantes, Ramsay’s Best Restaurant y otro de comida asiática, Gordon’s Great Escape

Mientras, en la FOX le pusieron a dar la cara para MasterChef, que recogía ideas tanto del original británico como de su exitosa versión australiana. Y ya puestos a que hiciera cosas para el verano de 2012 iba a estar en cuatro programas, los tres anteriores y Hotel Hell en el que expandirá el universo de gente a la que puede gritar antes de que le de un aneurisma.

Obviamente Ramsay es una de las puertas de entrada de los realities a la televisión, y lo que se pueda sacar en claro o aprender sobre la cocina tiene más de sociología o de pese a que de premeditación. Otra cosa bien distinta es, claro, que ninguno de sus programas haya llegado a ser tan lamentable como el Pesadilla en la cocina español. Pero, ¿cómo se nos ha dado por aquí?

Que el desastre de el programa antes mencionado no nos haga olvidar los buenos intentos. El Cuatro de sus inicios, allá por 2005, cuando acababa de dejar de ser Canal + España y aún no era TeleCinco 2: La Venganza tuvo dos o tres buenos intentos, quizá el más recordado sea Todos contra el chef en el que Darío Barrio, un cocinero profesional, se medía a concursantes amateurs en un plato concreto que luego era juzgado por un grupo de personas —demostrándose como casi siempre que todo el mundo tiene… opinión— en lo que acababa siendo una agradable versión, de andar por casa, del Iron Chef. También en Cuatro esa misma época estuvo Duelo de Chefs que tenía a dos aficionados preparando platos en competición, un estilo más cercano al americano que luego sería parcialmente recuperado en una de esas rarezas que de cuando en cuando intenta el Canal Cocina, Cocina del Amor, en el que dos personas cocinan cada cual un lato para una tercera que permanece con los ojos y oídos tapados. También hubo un intento de adaptar a los niños de Jamie con * Oído cocina_* que tiraba más de lo aconsejado por la lágrima fácil pero que, aún así, era una gran iniciativa.

El enorme éxito de Come dine with me hizo que Antena 3 lo adaptara, el resultado, Ven a cenar conmigo, es casi un catálogo de todo lo que puede ir mal debido a que los españoles decidan adaptarte: La parte de cocina quedaba eclipsada frente a los cotilleos, envidias y despellejes de los concursantes con lo que lograban convertir un concurso de cocina en una corrala de vecinos. En fin…

Se dice que ahora se está preparando un Top Chef español, pero que los adaptadores son esos seres de Mediaset con lo que podemos estar ante una versión que sea más lamentable incluso que Esta cocina es un infierno.

En cualquier caso, y aunque imagino y espero vuestros comentarios sobre todos esos programas concurso de cocina de los que no he podido hablar sí quiero dejar dos reflexiones finales. En primer lugar lo importante que es un formato como el de concurso, que engancha tanto, para ponerlo en paralelo con el divulgativo o formativo. El segundo, la oportunidad que supuso para la televisión usar los concursos como excusa para que entraran los realities en la cocina.

Podría incluir una tercera que, una vez más, tratara sobre la televisión en España pero casi que mejor nos quedamos con este otro ejemplo de concurso gastronómico:

Jónatan Sark | 02 de abril de 2012


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