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El receptor por Jónatan Sark

Televisión hay, aún, por todas partes. Mientras avanza el siglo, e Internet la remplaza, queda como el electrodoméstico más importante. El que expulsa información sin parar. Información que debe ser sopesada. Esta columna tiene como finalidad y motor reflexionar sobre lo que se emite por televisión y considerar críticamente lo que en ella se ve y expone. Y lo hacía cada lunes. Sigue en elreceptor.com.

Cambiantes consumiciones televisivas

Cuando acepté escribir estas columnas pensé que lograría equilibrar mejor la parte de ficción de la televisión —entendida como la parte confesa de ficción, claro— y la parte de teórica no-ficción que también tiene. Lo que pasa es que resulta siempre más tentador tirar por el lado de la ficción, al menos para mí. En cualquier caso os aseguro que el año próximo habrá ciertos cambios pero, mientras tanto, convendría examinar otros asuntos.

Hace unos pocos meses en El País publicaron una página de contenido infame sobre la actual tendencia al alza en el consumo de series. El tipo que escribía no era consciente, o le daba igual, del cambio operado que justificaba ese aumento y se quedaba, simplemente, en que era una actividad audiovisual al alza y, según su estrecho punto de mira, un claro ejemplo de la gente que se embarca en mundos ficticios para combatir su soledad. Una mamarrachada como otra cualquiera en cuanto que el punto de partida o los ejemplos (el tiempo muerto en la consulta del médico) eran poco menos que estupideces poco meditadas, mientras pasaba muy de puntillas por el auténtico motivo confundiendo causas y efectos. Pero siendo un artículo de opinión en ese periódico tampoco es que se pudiera esperar mucho más.

Por otra parte, en las últimas semanas se han estrenado dos servicios de Televisión On Line, por un lado Youzee y por el otro Voddler. En ambos casos se trata de portales centrados en ofrecer de manera legal la posibilidad de acceder a contenidos audiovisuales —series, películas, cortos, documentales, etc… — de consumo inmediato y en cualquier aparato dotado de internet y posibilidades de usar un reproductor multimedia. Luego volveré a ellos.

Tratemos pues de establecer los motivos del auge de las series desde un punto de vista no sólo actual sino, más importante, contextual. Hay tres grandes falacias que parecen ofrecer soluciones sencillas a la cuestión y que necesitan de algo más de reflexión: En primer lugar está la que señala el actual crecimiento de su consumo como algo unido a la gran calidad actual de las series televisivas intentando convencernos de que vivimos en una edad de oro o, como poco, de plata, sin parangón alguno.

Tras todo este año de repaso y ensalzamiento de autores y creaciones creo que los lectores de esta columna deben tener bien claro no ya mi opinión al respecto sino la realidad innegable: Buenas series han existido siempre. En mayor o menor cantidad y número, desde luego, pero nunca de manera inapreciable ni inexistente, no desde la popularización televisiva en los años 50 —recordemos que pese a todo la televisión es un medio joven— e incluso en la década anterior, entre pruebas, se daban algunos buenos ejemplos. El repaso a creadores, autores y series tanto en USA como en UK y España debería dejar claro este punto y ayudar a que dejáramos de oír esas tonterías de que las series “están mejor que nunca”.

En segundo lugar está la que asegura que se trata de una moda ligada, por tanto, a la presión social, ver series está de moda. Por lo visto, antes en el café de la oficina hablaban de Herodoto. Obviamente, cuando alguien dice ver series está de moda en realidad querría decir ver series por elección en lugar de lo que pone la televisión es más sencillo ahora —es decir, el paso de un sistema algo más activo en la elección, en un crecimiento exponencial desde la existencia de un canal a la situación actual, pasando por la llegada de las privadas hace poco más de veinte años— de manera que las conversaciones sirven para comparar entre más productos culturales dentro de un mismo medio. Igual que se habla de películas o libros, siendo unos más populares o recomendados que otros, pasamos a no estar constreñidos por la limitación de elección sino por todas las otras cosas que tratan de influirnos como el mercado, la publicidad y los pesados evangelistas machacones.

Finalmente, y más importante, que es un asunto de los tipos estos de Internet que son unos piratas y se bajan las series matando a los autores. O algo así. Y parece ridículo no reconocer que Internet ha cambiado muchísimo la aproximación a todos los productos culturales. Pero el problema está en que son todos. No hay un Internet sólo para series, aunque leyendo blogs de televisión pueda parecerlo. En Internet uno puede encontrar libros, música, películas o vídeos musicales. Y si algo no parece ser encontrable, ahora existen muchas más posibilidades de conseguirlo. Ojo, muchas más, no “todo”, ni “seguro”, que no dudo que acabe sucediendo si el tiempo tiende a infinito, pero puedo asegurar que hay cosas que están desaparecidas, o casi.

Ahora vamos a aproximarnos a esos mismo puntos al revés. En un contexto. Si en los años ’70 estabas viendo una serie, más te valía estar delante de la tele y tener el mando para poder contarla luego. En los ’80 empezaron a poder rularse VHS con capítulos, aunque ocupaban mucho espacio —de manera que, pongamos, Kimagure Orange Road era una caja de cartón llena de cintas— por suerte para finales de los ’90 ya estaban los CDs y DVDs reduciendo espacio, y con la llegada de internet incluso empezó a terminarse el problema de “oh, vaya he grabado el final de Estudio Estadio por lo que me faltan los quince últimos minutos de El Comisario McMillan y Esposa”, más aún, empezó a poder conseguirse en el momento también los capítulos en su idioma original —por el bonito procedimiento de armarte de paciencia y bajar trozos de las news para juntarlo de nuevo—, de forma que acabamos en el punto actual, en el que puedes buscar y encontrar dejando de depender de la tiranía televisiva.

No sé si lo habrán hablado ya pero una de las discusiones más habituales de los últimos años es el cambio del centro Televisión al centro Pantalla, o Pantallas, en las casas. El antiguo objeto televisión que ganó unas aplicaciones de vídeo, que después admitió la consola y quizá ahora esté enchufada al ordenador está, además, rodeado; hay más gente sin televisión porque tiene más pantallas. Ya no sólo no hay hegemonía, además la presencia de sobremesa y, sobre todo, de portátiles, junto con otros paraparatos del estilo de ebooks y teléfonos listillos permite que cada cuál haga poco menos que lo que le venga en gana.

La multiplicación de canales, que ha pasado de uno a dos a media docena y ahora a una treintena, sin contar promociones y tontadas varias por tierra, mar y cable, se ha convertido en una solución efectiva pero pírrica ante los datos de mayor consumo internetero y menor consumo televisivo. De forma similar a la de los periódicos (que ahora llevan la inexplicable coletilla en papel) o la radio, la televisión, tras sólo unas décadas de reinado, se ha convertido en algo que parece propio de otras generaciones y obsoleto, sin prestar atención a que nuestros padres podían no tenerla o verla sólo en blanco y negro o, en el mejor de los casos, haber vivido la mayor parte de su vida con una muy limitada oferta televisiva.

Entender Internet como un Videoclub infinito, un lugar del que sacar lo que se quiere en cualquier momento es sólo la mitad del asunto. En la parte de cacharrería es el poder tenerlo en cualquier lugar, llevarlo a otra habitación o, incluso, portarlo en el móvil o en la consola —y aquí reconozco no ser capaz de lograr ver en pantallas tan pequeñas—, lo que permitiría llevarse las series a la sala de espera de un doctor en lugar de algo más abierto y comunicativo como, digamos, una novela.

Convertir el visionado de series en una actividad sencilla, frente a lo que era en su momento conseguir los episodios de los Monty Python o del Dr. Who o seguir Urgencias o Policías de Nueva York, es lo que ha favorecido que se pudieran recomendar y seguir más allá de los canales y las audiencias en zapineo; esta facilidad y el gusto de la gente por opinar es lo que ha creado esos estados de opinión que igual que hablan de libros, partidos de fútbol o cómics —bueno, quizá esto último aún no…— te machaquen con lo buena que es Mad Men.

Y de la misma manera que acabas recibiendo El tiempo entre costuras en préstamo o regalo, te llega un bonito y —sobre todo— funcional estuche con una serie, una temporada normalmente aunque si hay suerte es algún tipo de mini completa como Band of Brothers o una bonita construcción de alguna serie completa de mediano tamaño como The Wire. Reconozcamos que las posibilidades de que te caiga algo realmente goloso como House of cards o State of play es tan menor como su propio precio.

Lo que nos lleva a la llegada a España de algunos servicios: Voddler, YouZee, Wukio y, si tenemos suerte, Netflix empiezan a operar en España. Son empresas que tienen un catálogo de películas y series y que lo ofrecen bien de manera gratuita, bien por pago o, incluso, mediante un sistema de tarifa plana. Imaginad que Series Yonkis fuera legal. Pues ellos han imaginado que la gente paga por Spotify y que el único motivo por el que no lo hacen por las series y películas es la inexistencia de algo como ellos. Veremos cómo les va porque la cosa está muy en mantillas todavía y algunas de las opciones más claras del pirateo —es decir, la inmediatez en la disponibilidad de capítulos y el placer de escucharlos en su idioma original— no queda tan claro que vayan a mantenerlo. Pero eso será otra columna.

Y precisamente esa inmediatez es el último punto a tener en cuenta pues el tráfico constante de novedades fáciles de conseguir — Y de calidad como SPY o Life’s too short — hacen que la gente no se percate tanto o no encuentre espacio para recuperar los clásicos y no tan clásicos. Del mismo modo encontrarlos no siempre es fácil, y pienso no ya en los inencontrables de Viruete sino en algo tan aparentemente sencillo como La Pandilla Plumilla. Aspectos ambos que explican esa exaltación de la actualidad frente a una visión ponderada para la que hace falta un mínimo de memoria y haberle dedicado un rato a ver series, incluso a reflexionar sobre ellas.

Comprender todo esto es necesario para poder explicar, argumentar o entender que la relevancia actual de las series es, sencillamente, el derivado de la aplicación de nuevas tecnologías que facilitan el acceso en un medio que ya era popular. Nuevas tecnologías que permiten una mayor cantidad de oportunidades y el acceso a mucho más material, de manera que mientras la televisión convencional se va restringiendo, emitiendo cada vez más repeticiones de las mismas series en canales diferentes, ahora podemos acceder en muchos más lugares y eligiendo nosotros el momento.

Una nueva revolución que provoca olas y también, como siempre, que a alguno le llegue el agua a los pies y piense que está lloviendo.

Jónatan Sark | 12 de diciembre de 2011

Comentarios

  1. sigfrido
    2011-12-12 22:02

    SArk, no puede ser más acertado tu comentario. Ay….. qué blogs de TV hay por ahí…. menos mal que te tenemos para iluminar el camino…

  2. Jónatan S.
    2011-12-13 00:59

    Eso lo dices porque aún no conocéis mis planes para daros Kool Aid a todos mis seguidores. NYA-HA-HA!!!

  3. sigfrido
    2011-12-13 01:45

    Qué maravilla vivir en la ignorancia… ;-)

  4. E. Martín
    2011-12-16 23:51

    A mi lo que realmente me alucina es que, de la misma manera que tras décadas de barrafobia la gente aceptó sin más las películas con su formato respetado cuando llegaron los DVD, siglos de elmejordoblajedelmundismo no han impedido que se entreguen a la V.O.

    Aunque luego no la exijan en los cines…



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