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El receptor por Jónatan Sark

Televisión hay, aún, por todas partes. Mientras avanza el siglo, e Internet la remplaza, queda como el electrodoméstico más importante. El que expulsa información sin parar. Información que debe ser sopesada. Esta columna tiene como finalidad y motor reflexionar sobre lo que se emite por televisión y considerar críticamente lo que en ella se ve y expone. Y lo hacía cada lunes. Sigue en elreceptor.com.

Deletrein éxito

¿Hasta qué punto pudieron cambiar series como Dragnet o La familia Addams la televisión en los años venideros? Pues independientemente de su más que probada calidad y su estilo a la hora de innovar, fueron determinantes gracias a una persona.

Entrar en el negocio televisivo podía parecer complicado, especialmente si se era un judío de Dallas, algo que ya le había causado un año sin salir de casa por un problema nervioso derivado del acoso escolar que sufría por ser el único de esa religión en su clase —y casi en el colegio—, año invertido leyendo todo tipo de historias gracias a los libros que sus padres le iban consiguiendo, para cuando se recuperó sabía que quería dedicarse a contar historias. Así que ingresó en la Southern Methodist University, estudió periodismo y trabajó en el grupo de teatro hasta el punto de lograr una distinción de Harvard por una de sus obras y causar un inexplicable escándalo al poner en marcha una gran obra de teatro. La situación llegó a tal punto que tuvo que elegir: o abandonaba la ciudad o su padre sería despedido de la SEARS en la que trabajaba.

Por eso puso rumbo a Hollywood con la típica imagen de una mano delante y otra detrás. Llegó en la práctica ruina y pronto tuvo que asomar por todo tipo de series y films para televisión. Además, había terminado casándose con una chica a la que conoció poco después de llegar a Hollywood, una joven y prometedora actriz llamada Carolyn Jones, que también estaba abriéndose hueco en la industria. De manera que nuestro hombre, sin dudarlo, se creó una carrera para él y para su matrimonio ofreciéndose para realizar guiones y como secundario. Precisamente sería con un papel recurrente en Dragnet con el que empezaría a despuntar, aunque para entonces ya había realizado capítulos para infinidad de series: Comenzando por Jane Wyman presents y continuando por Crusader, Gunsmoke o Playhouse 90, siempre con pequeñas obras para estas historias antológicas, siempre recuperando la esencia de O. Henry que tanto le marcó en su año en blanco. Así conoció a otros guionistas y actores: Jack Webb, que le daría el papel de Charlie Boyd en Dragnet; Dick Powell, que le iría llevando de Playhouse 90 a otras series en su productora Four stars —fundada por Powell junto a Charles Boyer y David Niven con el añadido sin _stock de Ida Lupino — o actores como Alan Ladd o Lloyd Bridges, con los que colaboró estrechamente en el lanzamiento de sus programas.

Pronto pudo meter mano en la creación de una serie policiaca La ley de Burke, un muy entretenido whodunit a mayor gloría de Gene Barry. Daban igual sus ambiciones anteriores, el éxito de esta serie le convenció de que en los telefilmes se podían tratar temas impactantes —y lacrimógenos— pero que la gente veía la televisión, las series, para divertirse. De esa manera fue alternando ambos campos.

La década de los sesenta sería, sin embargo, la que le proyectara al éxito comenzando por un asunto que sólo podría parecer negativo. Su mujer consiguió por fin un papel importante, participaría en La familia Addams como la madre, Morticia. Eso desencadenó el final de su matrimonio. Y con ese final el ansia por buscar nuevos horizontes. Si Dragnet había iniciado su reconocimiento La familia Munster le había… centrado. Ahora, a mediados de la década, no le quedaba más remedio que avanzar, reinventarse, buscar nuevos retos.

Su primer cambio sería una mujer nueva, Carole “Candy” Gene. El segundo sería buscarse un nuevo puesto de trabajo, sobre todo tras la muerte de Dick Powell y la desaparición de Four Stars. Así terminó asociado con Danny Thomas para desarrollar la serie de Bud Ruskin The Mod Squad, el éxito le llevó a dejar a Thomas para asociarse con otros de los guionistas de la serie Shelly Hull y Leonard Goldberg, con los que tomar al asalto los años ’70. Tenían claro que su trabajo sería desarrollar las ideas de otros, tomar semillas y convertirlas en árboles. Eso hicieron con su primer éxito setentero, The Rookies, y eso harían también con la serie que le instalaría en el firmamento televisivo:

Esa serie era Los Ángeles de Charlie y el joven judío de Texas, que llevaba ya dos décadas abriéndose paso en Hollywood con esfuerzo y trabajo, empezaba a forjarse una reputación como sinónimo de entretenimiento. Él era Aaron Spelling

Tras varias series de relativa popularidad o de gran discusión como S.W.A.T. — o Los hombres de Harrelson — que fue cancelada a mitad de su segunda temporada por la excesiva violencia de la propuesta —sí, en serio— o de telefilmes como El niño de la burbuja, protagonizado por uno de los actores de Welcome back, Kotter llamado John Travolta, demostrando que de todas partes se podía rascar talento.

En los años ’70 y gracias a la asociación con Goldberg, antiguo vicepresidente de programas de la cadena ABC, lograron convencer a Fred Silverman —ese hombre— para poner en marcha varias series de poco calado intelecutal y mucha diversión; tras Los ángeles de Charlie vendrían Starsky & Hutch, Vega$, Hart to Hart y —por supuesto— Vacaciones en el mar, que ofrece una de las constantes en las producciones Spelling desde ese mismo momento: Una localización paradisiaca, pequeños problemas agridulces a solucionar y todas las estrellas invitadas que se puedan conseguir.




Una versión sorprendente y, sin duda, mucho más creativa de lo que Spelling acostumbraba a hacer fue Fantasy Island en la que Ricardo Montalbán y el pequeño Hervé Villechaize daban la bienvenida a una isla muy particular en la que se cumplían los deseos de los invitados de esa semana.

Por supuesto también intentó alguna aproximación más cercana a sus telefilmes, cuyo resultado fue Family, una serie familiar que no se alejaba mucho de ser una concatenación de los telefilmes de la semana de Spelling y que reunía en una familia todas las desdichas posibles.

La marcha de Silverman no alteró el pacto gracias a las buenas audiencias conseguidas por sus programas, aunque las novedades no acabaran de cuajar. B.A.D. Cats (Polis de robos de coches), Glitter (Una revista como centro de la acción), MacGruder and Loud (Dos polis casados entre ellos que lo llevan en secreto), Finder of Lost Loves (Un detective que encuentra a amores perdidos), Heartbeat (clásica serie de médicos), El pulso de Hollywood (Más policías), Aloha Paradise o Matt Houston (Un detective, poco más)

Pero Spelling nunca se dejaba caer a la lona. Según tocaba el suelo se levantaba de nuevo, usando sus puntales clásicos: Acción, diversión, ligereza y, si todo fallaba, grandes dosis de drama. Hasta el punto de que, con todos esos fracasos, el trato con la ABC y la creación de tres series permitieron dar una imagen de éxito rotunda.

Cuando la CBS tenía un éxito todos saltaban detrás. Quizás sus espectadores sean tradicionalmente más viejos y su programación más tosca pero la solidez de sus propuestas es imbatible. Así que cuando decidieron dar luz verde a David Jacobs para crear una serie dramática fuertemente influida por las telenovelas de Amor y Lujo, es decir, Dallas, la ABC necesitaba que Spelling sacara algo parecido cuanto antes; de ahí salió Dinastía.

Los Carrington, los Colby y, sobre todo, Joan Collins componiendo a una mala malísima de antología. El éxito, que llevó a la serie a durar una década, tuvo incluso un spin off que duró tres temporadas. Una nueva idea se añadió a la bolsa de trucos de Spelling.

El segundo éxito fue la repesca de William Shatner para una de patrulleros, T. J. Hooker, en la que también rescataba a la actriz Heather Locklear. Una serie muy clásica, claro.

Finalmente el esquema de Vacaciones en el mar se repitió y perfeccionó con Hotel, en la que James Brolin y Connie Selleca seguían hasta la extenuación las reglas del juego: Problemas —los más domésticos, algunos de suspense como para justificar a un jefe de detectives en el hotel—, tontadas sentimentales y aún más invitados especiales, normalmente trenzando tres historias con algunos puntos en común. ¿Qué sentido tiene cambiar algo que funciona?

El final de Dinastía y de la exclusividad con la ABC en 1989 pilló a Spelling con el paso cambiado y sin ningún proyecto preparado para estrenar ese mismo año. Tenía ante él todo tipo de posibilidades incluyendo, por supuesto, un completo cambio de registros.

El primer punto fue la cadena; decidió apostar por FOX, recién creada y buscando un público joven y amante de las series distintas. Por supuesto para Spelling una serie distinta para jóvenes era hacer lo de siempre y quitarle la mitad de edad a sus actores y tres cuartas partes a los personajes. Efectivamente:

Y con ellos una auténtica revolución al unir las series teen con el culebrón desaforado, iniciando una manera de manipular a los jóvenes que podría citarse como la gran influencia de la programación creada expresamente para ellos durante las décadas posteriores.

Cuando dos años después tratara de poner en marcha una serie damática a la antigua usanza, algo como MePlace el roce, perdón, Melrose Place ,tendría que incluir grandes cantidades de culebrón e, incluso, psicodrama, para poder tenerlo en funcionamiento.

Por si a Aaron Spelling le pudiera quedar alguna tropelía por incorporar a la televisión al acercarse al nuevo milenio decidió enchufar a su hija Tori —ese modelo de mujer— en el papel de pavisosa para 90210 y a su hijo Randy para el culebrón Sunset Beach. El escaso éxito de la segunda frente a la tremenda repercusión de la primera son directamente proporcionales a lo que luego se aferrarían a la exposición mediática.

De nuevo sus éxitos encubrieron fiascos como Modelos, intento de spin off del spin off, de 2000 Malibú Road que trataba de repetir el éxito con los _Madman of the People _, con un padre y su hijo discutiendo por el oficio del periodismo —ay, señor—, y Savannah con tres amigas que están juntas y les pasas melodramáticas cosas.

Y, además, Kindred: The Embraced de la que quizá recordéis lo que escribí en las columnas sobre los vampiros porque —sí— estamos hablando de la serie basada en Vampiro: La Mascarada.

Durante el nuevo siglo, en los años declinantes, sacó adelante varias series de policías como Titans, el melodrama de Casper Van Dien; 10-8:Officers in deputy que es —nunca lo adivinaríais— policiaca, como la serie de fugitivos Wanted y, por supuesto, otro melodrama: Summerland.

Lo que no significara que se fuera con un petardo. Más bien al contrario, su muerte en 2006 fue acompañada por el cierre de las dos series que habían demostrado su poderío del último momento.

Una de ellas demostró su capacidad para reciclar actrices y para dar giros, esta vez hacia lo sobrenatural. Se trata, obviamente, de…

Sí, Embrujadas aplicaría las ideas de Spelling a un campo nada transitado con él, pese a que la aplicación de gotas melodramáticas y trucos de culebrón no dudó en regresar al género.

Finalmente, Siete en el paraíso era una destilación de todo lo que Spelling había ido sacado de uno y otro lado dando una idea familiar durante diez años seguidos, llenándolo de caras jóvenes y bonitas.

En resumen, una carrera llena de éxitos que dan brillo a los fracasos, vertebrando la ficción televisiva durante tanto tiempo que podría considerarse un sinónimo de éxito en el medio. Ciertamente sus programas eran sencillos, simples, apelando a los mínimos denominadores y rellenando de acción, drama de baratillo y caras bonitas las pantallas de los espectadores. Pero su influencia en el medio es tan incontestable que no podríamos comprender cosas como el canal CW sin él.

Por eso, por su capacidad para trasformar las ideas de otros en material televisivo, por su gran figura aglutinadora de la televisión, el nombre de Aaron Spelling no puede eludirse en el repaso de los más importantes creadores televisivos.

Jónatan Sark | 11 de abril de 2011

Comentarios

  1. Manuel Haj-Saleh
    2011-04-11 21:00

    Echo en falta alguna referencia al “sprüngli” de Aaron Spelling, esto es, a E. Duke Vincent, que fue coproductor ejecutivo con ék en muchas de sus series.

    Por demás, Spelling es un grande de las series, y el que perfecciona las bases del culebrón moderno, el de lujo, el que rompe fronteras incluso en franjas horarias y sectores de audiencia para las que no estaba previsto.

    Saludos.



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