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El receptor por Jónatan Sark

Televisión hay, aún, por todas partes. Mientras avanza el siglo, e Internet la remplaza, queda como el electrodoméstico más importante. El que expulsa información sin parar. Información que debe ser sopesada. Esta columna tiene como finalidad y motor reflexionar sobre lo que se emite por televisión y considerar críticamente lo que en ella se ve y expone. Y lo hacía cada lunes. Sigue en elreceptor.com.

Informágica

En algún momento de nuestro pasado alguien debió de caer en los cambios ocurridos en la sociedad y cómo aprovecharse de ellos. Si hace más tiempo se podía haber sacado a un brujo machacando en un cuenco alguna evidencia policial, vertiéndola en un círculo de cenizas y ¡Puf! comunicando a la policía dónde encontrar al sospechoso, ahora el encargado de tales investigaciones es un tecnoexperto. Bien un conseguidor de información, bien un procesador de información, en cualquier caso un personaje que se muestra curtido en el tecno-blablabla y que ocupa una posición fundamental dentro de la compañía de Deux ex machina: son Deuxwares .

Es importante notar la diferencia, aquí no existe aún ese concepto de resolución informática mediante la generalización, tanto como la instrumentalización informática dentro de procesos birlibirloquescos que permiten al aparato de turno resolver la papeleta. Son más las posibilidades de que se muestren como instrumentos; muchas veces ni como resolución real sino, simplemente, para que vaya avanzando la historia, siendo más interesante como espectador en tanto que demuestra bien un notable descaro por parte del guionista perezoso, bien porque da una idea de la cultura tecnológica que se tiene o se supone en el público.

Reconozcamos que la tecnocháchara ha sido algo habitual desde antes incluso de la televisión, pero circunscrita siempre a la ciencia ficción o, en su defecto, como una rama que conducía al terror. La siempre interesante figura del Mad Doctor lograba sus planes casi siempre con el apoyo de los logros explicados mediante una tecnojerga que lo mismo le permitía devolver un cuerpo a la vida que curvar el espacio o lograr una reintegración sub-atómica. Conociendo el género imaginabas que esto acabaría saliendo a relucir y, además, que sería el motor de la historia teniendo, de manera habitual, una serie de reglas internas y externas para el uso.
Entonces llego la informatización mundial, cuando los ordenadores comenzaron a convertirse en algo lo suficientemente cotidiano para usarlos en las series y películas sin que destacaran. La introducción de tecnología real fue lo primero que favoreció la tecnología ficticia, dentro del proceso de ahorro de tiempo. Del mismo modo que los personajes encontraban taxis o aparcamientos a la primera también sus pruebas —médicas, policiacas, etc…— eran procesadas en mucho menos de la mitad de tiempo por motivos de agilidad narrativa.

Este futurismo disimulado no trata de establecer un punto clave, como ocurría en las viejas películas sobre hackers e internet de finales de los ochenta y todos los noventa; aquí no se trata de demostrar los peligros de la falta de privacidad o de las posibilidades de entrar en en otros ordenadores, símplemente queremos algo más rápido y nos inventamos el método para llegar hasta ello del mismo modo en que se podrían haber inventado hace años botones y resortes en los coches que explicaran crímenes a través de sensores en el asiento del copiloto —por ejemplo—; pero esa suerte de ética de la tecnología se lo impidió.

La diferencia entre entonces y ahora está, claro, en que mientras la tecnología antigua resultaba mucho más evidente del mismo modo que una polea es algo de lo que uno puede entender su funcionamiento con facilidad, la tecnología informática resulta lo suficientemente compleja como para que a la gente le suene, directamente… a magia. De ahí que la aplicación legítima se difumine porque, bueno, dado que la gente no nota la diferencia, ¿qué es un poco de tecnomagia entre amigos?

El problema llega cuando pasas de tomar unos atajos a inventarte complicados algoritmos que permiten sobrepasar no ya los límites de lo real sino, directamente de lo plausible, mostrándonos aplicaciones informáticas que pueden mover fotos, que pueden reconstruir un delito incluyendo la ropa del agresor o que pueden realizar un completo estudio del cuerpo humano mediante poco más que escaners. La ciencia informática, muy conveniente aquí, entra en el campo de la ciencia ficción sin abandonar el contexto de la vida real, del momento actual, fingiendo que ya es posible. De ahí la progresión, de tomar un atajo a saltar en el tiempo.

Pronto la gente, confundida por las posibilidades reales de la informática —que las tiene, no nos olvidemos— ve como casi cualquier cosa puede lograrse con unos exámenes técnicos o con un programa apropiado de tratamiento de imágenes, y deja de pensar que es una herramienta concreta para pasar a ser una especie de para-todo al más puro estilo del Destornillador Sónico del Dr. Who. Una vez más, cuando se invade el campo de lo teóricamente posible con elementos propios de la ciencia ficción no sale perdiendo la serie, pierde la realidad.

Esa facilidad para creer que cualquier cosa, por descabellada que sea, puede ocurrir mediante la aplicación correcta de las fuerzas de la técnica o la tecnología, es lo que convierte a la raza humana televidente en tan receptiva e, incluso, crédula, para cualquier charlatán que aplique un lavado tecnológico a los charlatanes de siempre.

La televisión, una vez más, ayuda a llevar el sentimiento de lo increíble a nuestras vidas. Lo que nos permite explicar, partiendo de Bones, el éxito de las Pulseras Holográficas .

Jónatan Sark | 03 de mayo de 2010

Comentarios

  1. Efe
    2010-05-04 03:40

    Le echas la culpa de la idiotez de la gente a la televisión!! Hemos vuelto a 1984!! Viva!

  2. Jónatan S.
    2010-05-04 12:05

    Claro que no. Lo que digo es que si desde la tele se difunde una idea —que un ordenador es un objeto mágico que lo hace todo, cuyo mejor ejemplo está en la sala de pantallas flotantes y omnipotentes de Bones— será más sencillo que la gente —que tiende a no distinguir lo ficticio de lo real, recordemos, sobre todo porque lo real cada día se apoya más en lo ficticio— lo verá más lógico.

    Cacharros mágicos han existido siempre, en todas las variedades de Merchandising Placebo que imaginarse pueda, pero las distintas coartadas para su eficacia han tenido que ir evolucionando, por eso ya no es un remedio tradicional sino un avance tecnológico , afirno.

  3. E. Martín
    2010-05-11 19:47

    No, hombre, no, es que la informática es complicada de verdad. Mira si no lo que le pasó a la pobre Ana Rosa.



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