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El receptor por Jónatan Sark

Televisión hay, aún, por todas partes. Mientras avanza el siglo, e Internet la remplaza, queda como el electrodoméstico más importante. El que expulsa información sin parar. Información que debe ser sopesada. Esta columna tiene como finalidad y motor reflexionar sobre lo que se emite por televisión y considerar críticamente lo que en ella se ve y expone. Y lo hacía cada lunes. Sigue en elreceptor.com.

Ilusionantes

Vivamos la Magia del momento. Vivamos unos días llenos de Magia. Vivamos de estas fechas que son entrañables y… ah, sí… Mágicas. Total, que tanto hablar de Magia terminas decidiendo que lo que toca en estas fechas es hablar de Magos. Sí, podría haberlo dejado para la semana de Reyes pero, ¿qué gracia hubiera tenido entonces? ¿Eh?

Acotaré un poco. Lo que me viene a la cabeza cuando pienso en Magos en la Tele no es Sigfrid y Roy ni Penn & Teller. Tampoco es el gran Tamariz. Pienso en Bill Bixby.

Sí, el Increible Hulk tuvo un pasado como mago. Concretamente como El Mago (The Magician) en la que componía al personaje central de una de esas fabulosas series setenteras de acción, aventuras y persecuciones. ¿No han notado como todo eso se ha perdido con los años? Comparen Remington Steel con White Collar y échense a llorar.

A lo que iba, Bixby interpreta a Anthony Tony Blake —sí, en serio— que es uno de esos personajes de pasado intenso, encarcelado sin razón en un recóndito país centroamericano, descubre su capacidad para el escapismo y logra que su compañero de celda le deje un fortunón. En lugar de convertirse en un Montecristo se propone perseguir a los malos. Eso y convertirse en ilusionista. Un gran principio de temporada —¡vive en un avión!— que cambia a la mitad logrando la cancelación. Pero que deja puesta la semilla.

¿He mencionado ya que estoy hablando de ilusionistas? Sí, podría decir mucho de otros magos de las tele, como Harry Dresden —concretamente: ¡compraos los libros, evitad la serie!— o The Wizard. Pero eso sería salirme de la idea de Ilusionistas. Además, hablar de The Wizard equivale a llenar esto de comentarios teacuerdísticos sobre el enano juguetero.

The Magician fue el punto de partida y la siguiente parada vuelve a llamarse Blake. Perdón, Blacke. Completamente distinto, ¿verdad? Este Blacke protagonizaba la serie Blacke, el mago o, para ellos, Blacke’s Magic . Hal Linden es un mago retirado que se ve metido en toda clase de misterios y problemas, algunos de los cuales tiene que ver con su padre timador, el estupendísimo Harry Morgan. Un enfoque más cercano a Se ha escrito un crimen de lo que debían desear los espectadores de la época hizo que durara sólo media temporada.

Que ser Mago es perjudicial para las temporadas, vaya. En el cambio de siglo hubo una versión animada francesa llamada —seamos originales, pensaron— Le Magicien que se acercaba más a El Hombre Enmascarado que a Mandrake. Pero por lo menos duró dos temporadas.

En algún momento alguien debió tomar buena nota porque crearon a Jonathan Creek, que no es mago, es diseñador de trucos para magos. En una serie de misterios centrados en el descubrimiento del truco mediante el que se cometió el crimen tenemos la recuperación del detective que no se mueve, o, si lo prefieren, que se mueve poco. Una de las características más notables de Creek personaje, junto con su carácter poco sociable, es su reticencia a investigar casos, teniendo que ser siempre arrastrado por circunstancias externas. Como esta serie es británica se puede permitir unas tramas más elaboradas —y unos trucos para asesinar increibles— así como un enfoque más oscuro. También la posibilidad de contar esa historia según la cual Hugh Laurie estuvo muy cerca de aceptar el papel protagonista pero no lo hizo al final porque… ¡no entendía a un personaje que se muestra renuente a involucrarse en los casos!. Ah, la ironía, poderosa fuerza.
Como buena serie británica, también, desde su estreno en el 97 hasta ahora ha tenido la locura de… cuatro temporadas. Y unos pocos especiales. De hecho, el próximo especial sale el año próximo

Lo que nos lleva a Japón. Lo tengo menos transitado pero de cuando en cuando asoma alguna serie —o Drama o Dorama o…— que llama mi atención. Imaginad cuando supe que tenían una llamada Trick en la que un profesor universitario de física hacía equipo con una —bastante desastrosa— joven ilusionista para poner en claro los poderes místicos de una serie de dudosos personajes que, habitualmente, acababan matando a alguien pro el camino. Los trucos mágicos es lo que tiene. De nuevo las diferencias culturales permiten que esta serie no tuviera episodios auto conclusivos sino temporadas —la primera, por ejemplo, de 10 episodios— que precisaba de dos o tres capítulos para explicar cada trama. Tres series, un especial, dos películas… ¿no adoran las excentricidades ficcionísticas ajenas?

Con la tontería los americanos tratan de hacer temporadas completas —en el peor de los casos completas significa 13 episodios— y darle una duración regular y constante en el tiempo logrando un abultado número de bajas y un aún más abultado número de series intercambiables. Los modelos británico o japonés demuestran que es más importante tener la idea y buscar luego cómo desarrollarla. Podríamos discutir si es a lo que tiende con los aplazamientos de este año, pero, la verdad, eso tiene otros motivos más sencillos.

Finalmente, la comparación con España, sus series non-stop y su necesidad de apilar horas sobre horas de los mismos personajes hace que nos demos cuenta de lo crudo que lo tenemos aún nosotros.

Menos mal que nos queda la Magia. Con deciros que esta semana casi ni me he pasado de duración de la columna, eso y que la que viene termino a como dé lugar con los Vampiros demuestra que estamos, sin duda, en día especiales. Los solsticios es lo que tienen.

Jónatan Sark | 21 de diciembre de 2009


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