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El receptor por Jónatan Sark

Televisión hay, aún, por todas partes. Mientras avanza el siglo, e Internet la remplaza, queda como el electrodoméstico más importante. El que expulsa información sin parar. Información que debe ser sopesada. Esta columna tiene como finalidad y motor reflexionar sobre lo que se emite por televisión y considerar críticamente lo que en ella se ve y expone. Y lo hacía cada lunes. Sigue en elreceptor.com.

Recanto

Así que ahí teníamos toda esa música. Habíamos visto como en décadas anteriores funcionaba la mezcla de grupos con series a su alrededor —antecedente, por cierto, de lo que hoy llamaríamos Reality salvo porque siendo igual de falso y guionizado no se molestaban en darle ese aire de biomockumental que se busca ahora, claro— y cómo en los noventa los intentos estadounidenses por lograr una variación en la fórmula acercándose más al modelo clásico de musical, acabaron en todo tipo de desastres. Sólo las extravagancias británicas de Dennis Potter tuvieron suerte —si bien más con la crítica que con el público— facilitando que las televisiones inglesas apostaran por la idea de nuevo.

Hemos llegado por fin a Blackpool. Si el éxito —por lo menos entre un tipo de público— de On Connaît la Chanson había hecho replantearse las posibilidades del musical allá por 1997 a la que vez que creaba una notable innovación para el uso de lo que los americanos llaman Lip Sync y cuya palabra definitoria española desconozco. ¿Labiear? Para los que no conozcan la película, mientras esperan a verla on line o a que se termine de descargar, les cuento un poco no el de qué va que viene poco al caso sino el oye cómo va que es lo revolucionario. En cualquier momento de la trama y con pasmosa naturalidad se insertan canciones en la banda sonora para demostrar, reforzar o explicar sentimientos y acciones de personajes. Hasta ahí, lo de siempre. Pero resulta que los actores las cantan. Mejor dicho, las interpretan, fingen cantarlas moviendo los labios aunque se la canción original —independientemente de si hay concordancia en el género entre cantante y actor— la que suena en ese momento. Digamos que es una especie de Millie Vanillie, la Película.

Esta fórmula fue la elegida para dar la nota diferenciadora en Blackpool. Imaginad la sorpresa que causaba dentro de una serie que tenía como trama principal la resolución de un asesinato en un pueblo lleno —como siempre— de secretos. La historia se centraba en la familia Holden, orgullosos propietarios de un casino a punto de abrir al público en la localidad que daba nombre a la serie. EL día de la inauguración, entre una fuerte presión popular negativa, aparece un cadáver causando la llegada de un policía que parece tan decidido a desentrañar el embrollo como a convertirse en la némesis del dueño. La serie, de seis episodios, protagonizada por David Morrissey como Ripley Holden y David Tennant como el Detective Carlisle [pareja que, por cierto, volvería a verse las caras en la televisión en un capítulo especial de navidad de Doctor Who en el que el aún Doctor Tennant se encontraba con el presunto Doctor Morrissey] y que se convirtió en otra serie de culto por su extraña capacidad para ponerse a cantar éxitos pop en los puntos álgidos del capítulo. Inenarrable es poco:

Así que los americanos decidieron copiarlo, claro. Entre el estreno inglés de *Blackpool* en 2004 y el de su versión americana habían sucedido algunas cosas. La principal era, por supuesto, el estreno en 2006 de *High School Musical*. No era –-ni de lejos— la primera ocasión en que desde Disney se unía música y actuación pero sí fue la más exitosa. Es difícil entender qué convirtió *HSM* en un éxito tal que su tercera pare fue estrenada en cine –-con excelentes recaudaciones— teniendo en cuenta que ni los actores ni la dirección ni la música eran gran cosa. El punto de partida era bueno, convertir una película tinajera en un musical. No muy original, claro, porque en 2006 hacía ya 16 años de la cancelación de *Hull High*, pero sí lo suficientemente bueno como para darle una segunda oportunidad. Así que, tuvimos HSM y para el año siguiente ya estaba preparada su segunda parte y, además, la adaptación de esta serie inglesa de la que hacía tres años. La serie duró un capítulo y a mitad del siguiente ya se sabía que estaba condenada a convertirse en el primer fracaso de esa temporada. Antes de eso habían cambiado a *Viva Laughlin* el nombre. Con la huelga de guionistas en el horizonte y todo decidieron librarse de ella. Sorprendente fracaso teniendo a Hugh Jackman de recurrente y a Melaie Griffith en nómina. O quizá no tanto.

A partir de ahí lo único que tendríamos sería Eli Stone, serie que empezó en 2008, y que podría definirse como un Ally McBeal que cambia la rareza de los protagonistas por canciones. Una tierra de nadie que nos fue acercando a Glee, la serie tinajeromusical que va ganando entidad poco a poco y que, espero, sirva esta vez para permitir que la mezcla Musical + X funcione. O quizá es que las series tinajeras son la cepa más resistente de la televisión. Pero ya iremos hablando de todo eso.

Jónatan Sark | 19 de octubre de 2009


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