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El último partido de George Best por Javi Martín

Genial con el balón en los pies, ocurrente ante los micrófonos, seductor dentro y fuera del campo, George Best sigue jugando cada mes su último partido en Libro de Notas. Javi Martín, autor de esta columna, solía fantasear con emular las andanzas del genio de Belfast. Enfrentado con la cruda realidad, ahora se conforma con escribir apasionadas historias sobre el mundo del deporte. Su hígado lo agradece.

La sonrisa de Yelena

Caía la noche moscovita cuando cogió la pértiga para intentar superar el listón colocado en 4,89 metros. Se concentró, muy seria, con la mirada fija en su objetivo, manoseando la pértiga de manera ritual, recitando las ininteligibles palabras de costumbre. Entonces tomó carrerilla (dieciséis pasos), clavó la vara en el cajetín para propulsarse, se elevó en el aire (los pies al cielo), arqueó su estilizado cuerpo para superar el obstáculo y, mientras caía a la colchoneta, con sus ojos azul cielo fijos en el listón inmóvil, apareció, probablemente por última vez en competición, la sonrisa de Yelena.

Isinbayeva

A esas alturas sólo quedaban en competición tres atletas, las únicas que habían franqueado los 4,82 metros: la estadounidense Jennifer Suhr, campeona olímpica en Londres; la cubana Yarisley Silva, plata en la cita olímpica y mejor marca de la temporada con 4,90, y Yelena Isinbayeva, el mito declinante. Por el camino había quedado la brasileña Fabiana Murer, campeona del mundo en Daegu dos años atrás, impotente ante los 4,75. También la alemana Silke Spiegelburg, habitual en las finales, que se quedó una vez más a las puertas del podio. Las medallas ya tenía dueñas, las mismas que se las habían colgado en Londres, pero quedaba lo mejor: efectuar el reparto.

Y aquí fue donde emergió la zarina Yelena, la no favorita, la atleta legendaria venida a menos, inmersa en un mar de resultados mediocres durante el último lustro. Isinbayeva saltó los 4,89 a la primera y se sentó a esperar, con sus ojos desprendiendo un brillo especial, lanzándonos besos a través de la cámara de televisión. Sus dos rivales fallaron en su primer intento. También en el segundo. La favorita Suhr también hizo nulo a la tercera. Quedaba Silva y su último salto. El estadio entero contuvo la respiración con Isinbayeva. En cuanto la cubana derribó el listón, Yelena corrió a celebrarlo, exultante, brazos en alto, rodeada de fotógrafos, abrazándose a su entrenador de siempre, con el que volvió hace poco para superar la crisis. Isinbayeva era, de nuevo, campeona del mundo.

Atrás quedaba la decepción de Berlín, hace cuatro años, donde se fue de la competición sin ser capaz de ejecutar un solo salto válido. Lo que parecía un incómodo traspié (sólo un mes después del Mundial saltaba 5,06 en Zúrich, batiendo nuevamente su récord, por última vez hasta hoy, aunque quién iba a pensar eso entonces) se convirtió en el principio del declive: el año sabático, la decepcionante sexta plaza en el Mundial de Daegu, la interrupción de su racha de récords que entonces no parecía tener techo. El ocaso de la estrella.

En los Juegos de Londres, Yelena volvió a sonreír. Se colgó el bronce, por detrás de Suhr y Silva. Fue extraño, y hermoso a la vez, ver a Isinbayeva, acostumbrada durante años a ganar una prueba tras otra, radiante en el podio, con la medalla de bronce al cuello, disfrutando como una novata, ella que acostumbraba a acumular oros y destrozar récords con normalidad rutinaria. La mujer de las 28 plusmarcas (15 al aire libre y 13 en pista cubierta), la atleta que había dominado con exagerada superioridad la pértiga femenina, una especialidad recién nacida que de su mano había crecido y adquirido la mayoría de edad, se tenía que conformar con el bronce en Londres. Y era feliz.

Nadie apostaba por un regreso a la cumbre, pero allí estaba Isinbayeva, en el Estadio Luzhniki de Moscú, arropada por un público insuficiente pero entusiasmado con ella, ganando su tercer Campeonato del Mundo. Tras el éxtasis, Isinbayeva recompuso el gesto, se dirigió a los jueces y les ordenó que situaran el listón en 5,07, un centímetro por encima de su récord mundial.

En su primer intento sobre 5,07, Isinbayeva, tan concentrada habitualmente antes de cada salto, parecía relajada, pidiendo el ánimo del público. Le costó, pero logró ocultar su sonrisa, esconder su felicidad desbordante, y concentrarse. El salto fue nulo; ni siquiera alcanzó el listón. En el segundo intento, la pértiga se venció hacia la derecha y su cuerpo se llevó por delante el listón. El reloj marcaba poco más de las diez en la noche de Moscú cuando Yelena cogió la pértiga para afrontar el último salto del concurso, acaso el último de su vida. Falló, pero se levantó de la colchoneta con los brazos en alto, saltando, corriendo, celebrando, dando volteretas. El abrazo a Sparrow, el gorrión mascota del campeonato, durante la vuelta de honor queda como la viva imagen de la felicidad.

Dice que se va, que deja el atletismo. Dice que quiere ser madre y que, quién sabe, quizás vuelva para Río, dentro de tres años, donde tendría que competir con atletas una década más jóvenes que ella. Ojalá allí volvamos a ver la sonrisa de Yelena.

Javi Martín | 15 de septiembre de 2013


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