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El último partido de George Best por Javi Martín

Genial con el balón en los pies, ocurrente ante los micrófonos, seductor dentro y fuera del campo, George Best sigue jugando cada mes su último partido en Libro de Notas. Javi Martín, autor de esta columna, solía fantasear con emular las andanzas del genio de Belfast. Enfrentado con la cruda realidad, ahora se conforma con escribir apasionadas historias sobre el mundo del deporte. Su hígado lo agradece.

Kokichi Tsuburaya, el atleta que se cansó de correr

El 26 de mayo de 1959 el Comité Olímpico Internacional se reunía en Múnich para designar la sede de los XVIII Juegos Olímpicos que se habrían de disputar en 1964. La elegida, por amplia mayoría, por delante de Detroit, Viena y Bruselas, fue Tokio. La elección de la capital japonesa suponía un espaldarazo a un país que intentaba salir a flote tras una dura posguerra. Un pueblo herido y vencido que intentaba recuperar su orgullo y mirar hacia el futuro, dejando atrás tiempos dolorosos.

Los Juegos de Tokio, por tanto, suponían una oportunidad ideal para demostrar al mundo que Japón, superadas las dificultades, estaba preparada para llevar a cabo un evento de ese calibre. Si a nivel organizativo era importante demostrar la capacidad nipona, también lo era desde el punto de vista competitivo. Los deportistas japoneses tenían que estar a la altura del acontecimiento y exhibir ante el mundo la pujanza del país. Uno de esos atletas era Kokichi Tsuburaya.

Tokyo

Tsuburaya tenía 24 años recién cumplidos cuando participó en los Juegos Olímpicos celebrados en su tierra natal. Había nacido en 1940 en Sukaguawa, una ciudad situada en el centro de la prefectura de Fukushima. Después de graduarse en la escuela secundaria, se alistó en 1959 en las filas de las Fuerzas de Autodefensa de Japón. Es en esa época cuando empieza a practicar el atletismo de forma profesional, a pesar de los problemas lumbares que le aquejaban y que serían constantes a lo largo de su carrera. Pronto mostró un talento especial para las carreras de fondo, por lo que comenzó a correr pruebas de 5.000 y 10.000 metros, para más tarde probar suerte en el maratón, que se reveló como su distancia idónea. Tsuburaya se convirtió en uno de los mejores fondistas de Japón y fue seleccionado para participar en las Juegos de Tokio, compitiendo en los 10.000 metros y el maratón.

El 10 de octubre de 1964, Yoshinori Sakai, un muchacho de 19 años nacido en Hiroshima el mismo día que una bomba atómica arrasaba la ciudad, encendía el pebetero del Estadio Olímpico de Tokio, dando por inaugurados los Juegos.

Cuatro días después de iniciada la competición, el 14 de octubre, se disputaba en Tokio la final de los 10.000 metros. Los favoritos eran el plusmarquista mundial Ron Clarke, el campeón en los Juegos de Roma Pyotr Bolotnikov y el neozelandés Murray Halberg, campeón de los 5.000 metros cuatro años antes. Tsuburaya aguantó en el grupo de cabeza hasta el kilómetro 6 y terminó sexto en una carrera que terminó ganando sorprendentemente el estadounidense Billy Mills, un indio sioux que era un completo desconocido en el atletismo mundial. La victoria de Mills se considera aún hoy una de las mayores sorpresas en la historia del atletismo y el olimpismo.

Tsuburaya había realizado un papel más que digno en su primera actuación y aún tenía por delante el maratón, su displicina predilecta. No obstante, él no era la opción japonesa que contaba con más opciones de subir al podio, lugar reservado a Toru Terasawa, que un año antes había ostentado durante unos meses el récord mundial de la prueba.

Los días se sucedían y las medallas iban cayendo para el país anfitrión. Lograron preseas en gimnasia, voleibol femenino, lucha, judo, halterofilia, boxeo, natación… Al último día de competición llegó Japón con 28 metales, pero con la espina clavada del atletismo. Desde los Juegos de Berlín, disputados en 1936, ningún atleta japonés se había subido al podio en el deporte rey de las Olimpiadas. Quedaba la última prueba del calendario, la disciplina olímpica por excelencia, el maratón, una especialidad en la que Japón siempre había sido una potencia.

Los candidatos para la victoria eran el estadounidense Buddy Edelen, el británico Basil Heatley, que poseía la plusmarca de la especialidad, y Abebe Bikila, el atleta etíope que había asombrado a todo el mundo cuatro años antes ganando el maratón de los Juegos de Roma tras correr descalzo los 42 kilómetros y 195 metros. Sin embargo, Bikila era un incógnita, pues había sido operado de apendicitis sólo 40 días antes de la competición, cortando así su preparación. Esto abría el abanico de favoritos, donde entraban los ídolos locales Kenji Kimihara, Kokichi Tsuburaya y, sobre todo, Terasawa.

A pesar de la convalecencia, Abebe Bikila, que esta vez sí corrió con zapatillas, no tuvo rival durante la carrera, demostrando una superioridad indiscutible. Pronto se destacó en solitario y entró al Estadio Olímpico, pasadas las tres de la tarde, aún con ritmo alegre y sin rictus de esfuerzo en su rostro. Su extraordinario tiempo fue de 2:12:12, batiendo el récord de Heatley en más de un minuto.

Habían pasado más de cuatro minutos desde que Bikila entrara en el Estadio Olímpico cuando las 70.000 personas que lo abarrotaban se enardecieron al ver salir del túnel a uno de sus compatriotas. No era el favorito Terasawa, sino Kokichi Tsuburaya, con el número 77 en el pecho, el que pisaba en segundo lugar el tartán del estadio, mientras sus entusiasmados compatriotas le empujaban hacia la meta con sus gritos de ánimo. Inmediatamente detrás del atleta japonés hacía acto de presencia el británico Basil Heatle. La distancia entre ambos era de apenas unos pocos metros. Tsuburaya, jaleado por la afición, se esforzaba por mantener la ventaja. Entonces, en la última curva, el fondista británico cambió el ritmo, sacando fuerzas de sabe Dios dónde, y superó al japonés. Cuando enfilaron la recta final, Heatley ya le sacaba unos metros a un Tsuburaya exhausto, incapaz de remontar.

Meta

Kokichi Tsuburaya había ganado la medalla de bronce en el maratón olímpico, un hito para un país que volvía a pisar podio en el atletismo olímpico después de 28 años. Se convirtió en un héroe para el pueblo japonés, pero él no compartía aquella sensación.

Su rostro circunspecto al cruzar la meta reflejaba el cansancio del momento, pero también la decepción por haber sido superado en la última curva, por no haber sido capaz de mantener esa medalla de plata que tenía al alcance de su pecho. Para su país y para el mundo había realizado una proeza, pero él no podía evitar sentirse frustrado y humillado, al haberse visto rebasado por un rival delante de su gente. Sentía que no había estado a la altura, que había defraudado a su pueblo. “He cometido un error imperdonable ante todo el país, me he confiado demasiado, y sólo obtendré el perdón si gano el oro en México 68”, le confesó a su compañero Kenji Kimihara.

Tokyo

Desde ese momento, Kokichi sólo tenía un objetivo en mente: el maratón de los Juegos de México. Las autoridades japonesas, conscientes del potencial del atleta, le impusieron un meticuloso entrenamiento y una férrea disciplina. Tuvo que alejarse de su familia y de su novia, con la que tenía previsto casarse en 1966, para dedicarse durante cuatro años en cuerpo y alma a una misión: ser campeón olímpico

Fueron tiempos duros de preparación, sacrificio y reclusión. Todo marchaba conforme a lo previsto hasta que, a mediados de 1967, Tsuburaya empezó a ser víctima de problemas físicos. Su lumbago crónico se acentuó. Puede que fuera por la excesiva carga de ejercicios, puede que por el exceso de tensión y responsabilidad, el caso es que que Kokichi tuvo que pasar un par de meses en el hospital faltando menos de un año para la disputa de los Juegos. Cuando volvió a los entrenamientos, las sensaciones no podían ser peores. Había perdido la forma y su cuerpo no le respondía como él esperaba. Cada vez quedaba menos tiempo para el gran día y sus piernas, bloqueadas, se negaban a obedecer. Tanto tiempo de sacrificio podría haber sido en balde.

El 9 de enero de 1968, Kokichi Tsuburaya no acudió a desayunar en el comedor de la concentración. Sus compañeros, extrañados por la ausencia, acudieron a su habitación. Lo que encontraron allí no lo olvidarán jamás. Kokichi yacía muerto, tras haberse seccionado la carótida con una cuchilla de afeitar. Una de sus manos inertes aferraba la medalla de bronce que había ganado tres años y medio atrás. Su nota de suicidio contenía un mensaje a a sus compañeros y entrenadores: “Siento mucho crear problemas a mis instructores. Os deseo éxito en México”. También recogía una confesión terrible: “Estoy demasiado cansado para correr más”.

Apenas nueve meses antes de competir en los Juegos de México, Tsuburaya se cansó de correr. Se cansó de vivir. Se cansó de una presión excesiva y de unas expectativas desmedidas. Se cansó acaso de luchar contra un fantasma que le adelantaba en cada curva del tartán, ante una multitud expectante y entusiasta. Tenía sólo 27 años.

Fuentes de información:

Hemeroteca El Mundo Deportivo
Sport Reference
Wikipedia
Honor, maratón y muerte
Tsuburaya: el suicidio de un bronce olímpico
Vídeo del Maratón de Tokio 1964

Javi Martín | 15 de diciembre de 2011

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