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Cartas desde Inglaterra por V.V.A.A.

Cartas desde… es un intento por recuperar el espíritu de las corresponsalías epistolares de la prensa decimonónica, más subjetiva, más literaria, y que muestre una visión distinta y alternativa a la oficial de Agencias.

La "buena educación" británica

María José Barrios
Editora de Merece la pena

Centrémonos por unos minutos en Pablo, un nervioso chico de Jaén que acude por primera vez a cenar a casa de la familia de su novia Nelly, en Kessington. Habrá una mesa enorme con fuentes de carne, de patatas, de verduras hervidas, de panes con pepitas de muchos colores. Y también habrá salseras y platitos pequeños con mantequilla que, a pesar de la abundancia de comida, se habrá apurado y vuelto a reponer varias veces.

En un extremo de la mesa tendremos a Pablo, abrumado por la situación, y bastante incómodo por culpa de la corbata. A su derecha se sienta Nelly, a su izquierda la tía abuela de ésta por parte de madre. Un par de hermanos más, algún amigo de la familia de quien Pablo no recuerda el nombre, la madre de Nelly que no para de entrar y salir de la cocina y finalmente, el padre, presidiendo.

Pablo lleva un mes estudiando inglés en Londres, y se paga las clases trabajando en un McDonalds por las tardes. Sabe dar los buenos días y las buenas tardes, pedir cosas, dar las gracias, decir ‘por favor’ y sonreír el resto del tiempo cuando no se entera de nada.

Por eso, Pablo consigue mantener la calma cuando se atraganta un poco con la carne (algo seca, pues él prefirió no abusar de la salsa gravy) y ve que su vaso de agua está casi vacío. Rápidamente localiza la jarra, justo en el extremo opuesto de la mesa. Bueno, podría haber sido peor. No, no podría: está entre la madre y el padre. Concentración. ‘Cud yu’ para el ‘podría usté’, que queda mucho más apropiado que el ‘can’. ‘Pas mi’ es facilito, y eso lo tranquiliza. ‘De guáter, plis’; así da gusto. Lo tiene todo bajo control, por lo que sin dudarlo un instante suelta la frase completa de un tirón.

Los comensales guardan silencio. Pablo empieza a sudar, sabe que algo no va bien, pero no entiende el qué. ¿Lo habrá dicho mal? ¿No se le habrá entendido? Incómodo, busca la mirada de Nelly, que concentrada en su propio plato, parece de repente mostrar un interés inexplicable y algo desmedido por un par de guisantes. No pasa nada, lo mejor es hacer como que no se da cuenta de lo que sucede (lo cual no le supone ningún esfuerzo extra) y repetir la pregunta para que no haya malentendidos: ‘¿Cud yu pas mí de guáter, plis?’. Esta vez la ha bordao.

La madre de Nelly es la primera en romper el hielo. Con una sonrisa forzada, murmura un ‘Of course, darling, here you are’ que no suena nada natural. Pero Pablo tiene su agua, que al fin y al cabo es lo que importa, y la conversación se reanuda.

Continúa la cena, y también los problemas de Pablo con la carne. No se puede comparar con los solomillos de su tierra. De repente, alguien le habla; es el amigo de la familia de cuyo nombre no se acuerda. ‘Pablo, would you like some more water?’ Qué amable, le ofrece más agua porque lo sigue viendo atorado. Pablo, agradecido de corazón porque alguien ha reparado en él (y desde la otra punta de la mesa), contesta con un sonriente ‘yes, thank you’. Y acto seguido coge la jarra, que se había quedado a su lado, y él mismo apura el contenido en su propio vaso. Junto a la última gota cae también la rodajita de limón que Pablo tanto odia con el agua, cosa que su novia Nelly jamás será capaz de comprender. Pero es una cena formal, y Pablo llega a la conclusión de que meter los dedos en el vaso para sacarla no resultará nada apropiado.

Silencio de nuevo, miradas torvas. Pablo, que no se explica nada (¿será lo del limón?), y la madre, que vuelve a salvar la situación levantándose y volviendo un instante después con la jarra llena de nuevo (rodaja incluida). Antes de sentarse, vierte parte del contenido en el vaso del amigo invitado, hasta que éste le hace un gesto de ‘gracias, ya basta’. Qué curioso, piensa Pablo, cómo habrá adivinado que el amigo también tenía sed.

Dejamos transcurrir media hora, y entonces pasa. La tía abuela de Nelly por parte de madre, que si nos paramos a pensar recordaremos que está sentada a la izquierda de Pablo, es la primera en acabar su postre. Pero algo en su mirada, o en el modo en que se relame, le dice a Pablo que le ha sabido a poco. Mira a la anfitriona, y lanza la siguiente frase con total naturalidad: ‘Darling… would you like some cheese and biscuits?’ Es decir: ‘Cariño, ¿te apetece tomar queso y galletas?’. Pablo la mira, y no está muy seguro de haberlo entendido bien, pues no sabe de dónde va a sacar el queso esta señora. ¿Lo tendrá en el bolso?

La madre la mira sonriente, y su respuesta desconcierta a Pablo más todavía: ‘Oh no, I’m fine, thank you. Would you?’. Vamos, que le da las gracias, y además le pregunta que si le apetece a ella. La tía abuela asiente encantada, y la madre desaparece rápidamente camino de la cocina para volver, acto seguido, con una bandeja repleta de quesos y una cestita de galletitas saladas. Pablo se ha liado definitivamente: ¿quién estaba ofreciendo qué a quién? Y también: ¿por qué el queso de la derecha tiene un color tan amarillo? Pero ese es otro tema, ya preguntará sobre ello más adelante.

El resto de la noche transcurre sin incidentes. Pablo está achispado por culpa del ‘sherry’, que no es sino jerez del de toda la vida. Manda narices venir a Inglaterra para terminar bebiendo eso, pero no ha querido hacer ningún comentario sarcástico al respecto. O no ha dado con las palabras acertadas para ello, que al final viene a ser lo mismo.

Antes de salir, Pablo se detiene junto al perchero para coger el abrigo y la bufanda. A su espalda, una voz le dice: ‘Hum… I’m afraid I may have taken YOUR scarf by mistake…’ (O lo que es lo mismo: ...me temo que puedo haber cogido TU bufanda por equivocación…). Pablo se da la vuelta, y tarda un par de segundos en darse cuenta de que, una vez más, algo va mal: el que le ha hablado, es decir, el hermano mayor de Nelly, no tiene ninguna bufanda puesta. Agobiado, se mira al espejo y sus sospechas se ven confirmadas: es él quien se ha puesto la bufanda equivocada. Murmura una disculpa y rápidamente la cambia por la suya, que para colmo ni siquiera es del mismo color. Qué bochorno.

Pablo piensa en la frase que le ha dicho el hermano de su novia mientras se va despidiendo de todos. Por un momento ha creído que tenía algún resquicio de broma, o de tomadura de pelo amable. Pero no, el otro es demasiado serio, tiene pinta de no haber contado un chiste en su vida. Tampoco había asomo de reproche, o de enfado. Y de repente, se da cuenta: estaba siendo, sencillamente… formal. Educado.

De camino a casa, Pablo se devana los sesos tratando de entender todo lo que ha sucedido durante la noche. Llega a la conclusión de que jamás llegará a captar los entresijos de la educación y la formalidad británicas por medio de la escuela o de los libros. De que sus ‘por favor’ y sus ‘gracias’ no son suficientes. De que todo aquello está más allá del alcance de un pobre chico español, o de Jaén, más concretamente. Y que lo mejor que puede hacer es seguir viendo a Nelly un par de semanas más, a ver si con eso logra enterarse de algo. Por cierto, qué caderas tiene. Nelly, me refiero.

María José Barrios | 24 de octubre de 2006

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