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	<title>Libro de Notas - Siete autógrafos en sepia</title>
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	<description>diario de los mejores contenidos de la red en español</description>
	<pubDate>Tue, 06 Sep 2022 17:49:23 GMT</pubDate>
	
	<item>
		<title>Una carta inédita de Aleixandre, al que vuelvo siempre</title>
		<content:encoded><![CDATA[<p><img src="https://librodenotas.com/images/653.jpg" title="hueso cubriendo al absurdo con olvido " /><div class='piefotoldn'> <a target="_blank" href="https://librodenotas.com/images/654.jpg" onclick="window.open(this.href, 'popupwindow', 'width=1024,height=759,scrollbars,resizable'); return false;">Ampliar</a></div><br />
<br />

<img src="https://librodenotas.com/images/655.jpg" title="hueso cubriendo al absurdo con olvido " /><div class='piefotoldn'> <a target="_blank" href="https://librodenotas.com/images/656.jpg" onclick="window.open(this.href, 'popupwindow', 'width=1024,height=746,scrollbars,resizable'); return false;">Ampliar</a></div></p>

	<p>El día 30 de junio de 1968, pronto hará cuarenta años, recibí la primera carta de Vicente Aleixandre (que por ahora permanece inédita). Era muy cariñosa y en ella me agradecía un poema que yo le había escrito y que se había publicado en la revista “Aldonza”. Siguieron otras comunicaciones: el 10 de abril del 69 ¡menudo año! recibí otra en la que Aleixandre me respondía a algunas preguntas que le había hecho sobre un articulo que quería escribir sobre él y Toledo. La carta dice así:</p>

	<blockquote>
		<p>“Amigo mío Hilario Barrero: Recibo su carta y estimo su propósito de escribir un artículo con motivo de cumpleaños, que es el 26 (no el 25). No tengo ningún poema sobre Toledo, pero si he visitado mucho la ciudad a la que vuelvo siempre. De los nombres que usted me cita traté mucho al inolvidable Marañón, y sobre él tengo escrito un “encuentro”, publicado recientemente en mis “Obras completas” el volumen que acaba de dar Aguilar. Está en el libro (dentro de las Completas) titulado “Nuevos encuentros” y la semblanza se llama “Gregorio Marañón en la Academia”.<br />
Muchas gracias por sus cariñosas expresiones, como le agradecí el poema.		<br />
Muy cordialmente,<br />
Vicente Aleixandre</p>
	</blockquote>

	<p>De ese “encuentro” no le puedo mandar el texto porque no tengo texto independiente”. </p>

	<p>Me compré las “Obras completas” que me han acompañado por estos cuarenta años, como lo han hecho su poesía y su recuerdo. </p>

              ==================================

	<p>	                            Setenta veces siete. 
 Final de trayecto. Estos siete autógrafos, publicados sin orden cronológico, han pretendido ilustrar un periodo de la historia de la Literatura española y de “mi” propia historia. La irrepetible Generación del 98 fue firmada por Azorín, la que está a caballo entre ésta y la del 27, llamada por algunos como la del 17, por Francisco Ayala, la única del 27 por Aleixandre y Gerardo Diego, la del 50 por Juan Antonio Villacañas, la generación de profesores por José Olivio Jiménez y lo que, por entonces, se conocía como la nueva ola, por Terenci Moix. Gracias a Libro de Notas y a ustedes.</p>

	<p><img src="https://librodenotas.com/images/657.jpg" title="hueso cubriendo al absurdo con olvido " /><br />
<br />

<img src="https://librodenotas.com/images/658.jpg" title="hueso cubriendo al absurdo con olvido " /></p>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/sieteautografos/11440/una-carta-inedita-de-aleixandre-al-que-vuelvo-siempre</link>
		<pubDate>Sat, 07 Jul 2007 07:07:07 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Hilario Barrero</dc:creator>
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	</item>
	<item>
		<title>Villacañas: el camino más corto. Dos liras inéditas</title>
		<description><![CDATA[<p><img src="https://librodenotas.com/images/638t.jpg" title="José Antonio Villacañas"/><br />
</p>]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p><center><img src="https://librodenotas.com/images/637.jpg" /></center></p>

	<p>Nada en poesía es mayoría, ni siquiera la inmensa minoría. Hay poetas que son tan profundos como la noche, que queman tanto como la llama del amor, tan minoritarios como un cuarteto perdido de Haydn y tan breves e intensos como el perfume de una rosa. Poetas que tocaron muchas  vidas por la magia de la poesía. Poetas de verdad haciendo que vivían de mentira en una ciudad lenta y provinciana. Poetas como Juan Antonio Villacañas.  </p>

	<p>A <a href="http://www.librodenotas.com/almacen/Archivos/006243.html#006243" title="Antología en la revista Almacén">Juan Antonio Villacañas</a> lo conocí hace mucho tiempo. Yo apenas tenía dieciocho años, vivía en Toledo y estudiaba preuniversitario. Villacañas era “el poeta” por excelencia, poeta con tertulia en el café Español, poeta ganador de concursos de poesía, poeta destacado en antologías, poeta social y religioso, lírico y festivo, un poeta de verdad, hondo, un poeta de los de antes, un clásico, un poeta que lo mismo escribía un soneto a un profesor chiflado como a unas monjitas que celebraban sus bodas de oro con Dios. Y entre tanto iba escribiendo una obra seria y firme. </p>

	<p>Un día me publicaron dos poemas en <em>Poesía española</em>, que dirigía José García Nieto. A mí me pareció que publicar en esa revista era como si me hubieran dado, poco más o menos, el Premio Nobel. Compré los dos únicos ejemplares que llegaban a la Librería Gómez-Menor y me presenté en el café con la revista debajo del brazo. Villacañas llevaba gafas oscuras, fumaba, tenía un bigote generoso, voz de poeta, una mujer y dos hijas. Resultó que conocía a mi familia, lo que ayudó a facilitarme la entrevista.  Me diría más tarde que se quedó algo sorprendido de que un crío como yo publicara en una revista como <em>Poesía española</em>. Más perplejo me había quedado yo al verme al lado de poetas cuya obra ya se estudiaba en el Instituto. En broma me dijo que ya no sería el único poeta de Toledo. </p>

	<p>De los treinta y cinco libros que publicó durante su vida tengo casi todos ellos dedicados. Ahora no solamente me resulta difícil seleccionar algunos de sus autógrafos sino que me produce una mezcla de melancolía y alegría repasar sus dedicatorias algunas de ellas en serio y otras en broma, algunas en prosa y otras en verso. Tengo especial cariño por la que fuera la última dedicatoria: unas espontáneas e inéditas liras (que por primera vez se publican en <em>Libro de notas</em>) que me escribió en una Antología de su poesía. Leyendo sus autógrafos repaso la amistad que siempre mantuvimos a través de tantos años a pesar de la distancia. Siento un latigazo al ver cómo la vida ha ido pasando entre dedicatoria y dedicatoria, cómo nos han robado la juventud, cómo la poesía sigue naciendo cada día y cómo nosotros vamos muriendo, cuento cómo los años se han ido sucediendo y un invierno ha seguido a un verano y un premio ha seguido a un silencio, y una vida a una muerte, siento que Juan Antonio ya no está entre nosotros y con las fechas de sus dedicatorias me hago un calendario de tiempo perdido poéticamente ganado.  Así pasan las glorias de la vida. </p>

	<p>Mientras quede un lector permanecerá su recuerdo y su poesía se abrirá como se abre la mañana. Porque la poesía de Juan Antonio Villacañas  tiene la fluidez de un río, la serenidad de un día de otoño, la fuerza de un volcán, la hondura de la noche, la fachada de una catedral gótica y la luz que debe de haber en la mirada de Dios.</p>

	<p><center><img src="https://librodenotas.com/images/638.jpg" /></center><br />
</p>

	<blockquote>
		<p>Hilario</p>
	</blockquote>

	<blockquote>
		<p>Pensaba que venía<br />
pero de Nueva York, como del orto.<br />
La casa le traía<br />
al camino más corto,<br />
sabe su corazón cómo me porto. </p>
	</blockquote>

	<blockquote>
		<p>Y lo pensó a diario<br />
como su corazón lo piensa todo<br />
en el pecho de Hilario.<br />
Yo sé que hay otro modo<br />
que en él va Dios, los dos, codo con codo. </p>
	</blockquote>

	<blockquote>
		<p>22-1-97.</p>
	</blockquote>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/sieteautografos/11285/villacanas-el-camino-mas-corto-dos-liras-ineditas</link>
		<pubDate>Thu, 07 Jun 2007 07:07:07 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Hilario Barrero</dc:creator>
		<guid isPermaLink="false">tag:librodenotas.com,2007-06-03:77c262b7562572606450a68115f67ab6/5743fe874078527109551e10e26237e7</guid>
	</item>
	<item>
		<title>José Olivio Jiménez: Este es mi cuerpo</title>
		<description><![CDATA[<p><img src="https://librodenotas.com/images/589t.jpg" title="José Olivio Jiménez"/><br />
</p>]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p><img src="https://librodenotas.com/images/589.jpg" title="José Olvio Jiménez" alt="José Olvio Jiménez" /></p>

	<p>La última vez que le vi fue en su casa de Madrid y la primera fue en su casa de Nueva York. Entre una y otra, en un espacio de casi quince años, tuve la suerte de ser primero su alumno y su amigo después y desde ambas bandas le escuché en su cátedra de la universidad de la ciudad de Nueva York hablando de lo que él más sabía: de poesía y de poetas y le escuché en su casa hablando de vida. Sus clases eran adictivas: droga pura. Era un torrente de sabiduría. Un cirujano de la belleza, un hombre que no se quemaba al tocar  “las brasas” a las que había visto nacer.. </p>

	<p>En clase, rodeado de admiradoras y admiradores que le protegían y le cuidaban, elegía un poema, lo ponía en la mesa, lo abría, le quitaba la piel, lo diseccionaba, lo trabajaba hasta el fondo, hundiendo el bisturí de la critica hasta la médula, le tocaba la víscera más delicada y así abierto, en carne viva, una rosa palpitando, un corazón oloroso, nos lo ofrecía. Era todo un rito, donde solo se oía la palabra y el respirar del profesor. El aula, mientras el oficiante celebraba la ceremonia, era un santuario. A diferencia de otros profesores que no saben o no pueden reconstruir el poema y lo abandonan desangrándose en la mesa de operaciones, él profesor, amorosamente, volvía a poner todas las metáforas, las  rimas y el ritmo en su sitio, colocaba los versos uno detrás de otro, se aseguraba de que la música no se hubiera desafinado y lo cogía entre sus manos como quien coge a un hijo y lo devolvía a la cuna del libro a que descansara. </p>

	<p>En 1999 tuve el honor de escuchar al profesor anunciar, en un acto en la Universidad, mi nombre como el ganador del I Premio de Poesía Gastón Baquero. Un momento que, en cierto modo, cambió mi vida en muchos aspectos.</p>

	<p>La primera vez que le visité vivía en Nueva York en la misma casa en la que José Hierro vivió cuando escribía <em>Cuadernos de Nueva York</em>, libro que dedicó a él. Era por la tarde y entraba una luz rabiosa. El profesor se había afeitado y al saludarle me vino desde su rostro el frescor del olor a la loción. Fumaba sin parar, teniendo a veces dos o tres cigarrillos encendidos. Hablamos de poesía y de muchas más cosas hasta que la noche se nos echó encima. Antes de irme me dedicó uno de sus libros.  </p>

	<p>La última vez que le visité era también por la tarde. Seguía fumando mucho y le encontré triste, sin interés en la vida y casi sin interés en la poesía. No se había afeitado en dos o tres días. Se le iban muriendo sus amigos más queridos: Aleixandre, Claudio Rodríguez&#8230; Y el dolor casi le imposibilitaba moverse. Vivía en un ático y la luz que entraba a través de las grande ventanas era una luz enferma, cansada. Hablamos muy poco de poesía. Hablamos más de la vida que se le había pasado en un abrir y cerrar de ojos. Al despedirme supe que era la última vez que lo veía. </p>

	<p>Crítico, profesor, amigo, puente especialísimo entre las dos orillas del Atlántico dejó que su cuerpo se parara para siempre en diciembre de 2003. Su talento, su maestría y su amor a la poesía siguen vivos en sus libros en los que han estudiado muchas generaciones de estudiantes y amantes de la poesía. Libros que han formado parte de la vida de muchos de nosotros.</p>

	<p>El perfume crítico del profesor sigue vivo como sigue vivo el olor de la loción de aquella tarde. Puedo tocar el humo de su vida, su generosidad, su aguda visión critica y su mirada. Y recuerdo aquella primera “tarde de amistad, poesía, lecturas y mucho afecto” en palabras que escribió, con letra firme, el crítico, el profesor, el amigo José Olivio Jiménez. </p>

	<p><center><img src="https://librodenotas.com/images/590.jpg" /></center></p>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/sieteautografos/11105/jose-olivio-jimenez-este-es-mi-cuerpo</link>
		<pubDate>Mon, 07 May 2007 07:07:07 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Hilario Barrero</dc:creator>
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	</item>
	<item>
		<title>Terenci Moix: La validez de una dedicatoria</title>
		<description><![CDATA[<p><img src="https://librodenotas.com/images/563t.jpg" title="Terenci Moix"/><br />
</p>]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p><img src="https://librodenotas.com/images/563.jpg" title="Terenci Moix" alt="Terenci Moix" /></p>

	<p>Llegué a Barcelona en el otoño de 1970. En junio del 71 me compré <em>El día que va a morir Marilyn</em> y  en la primavera del 72 Terenci Moix me lo firmó. Es una primera edición y fue publicada en la colección “Palabra en el tiempo” que dirigía Antonio Vilanova. La traducción era de José Miguel Velloso. </p>

	<p>Siempre que intento recordar el lugar en donde fui para que me lo firmara veo a Terenci en una de las librerías de la Quinta Avenida, en Nueva York, cuando la firma tuvo lugar en Barcelona. Sin duda asocio a Marilyn con América y la portada del libro con la catedral de San Patricio, no la catedral gótica de Barcelona.</p>

	<p>Lo que tengo muy nítida es la sonrisa, el desparpajo del escritor, la manera que tuvo de cambiar el rumbo de la dedicatoria hacia otros derroteros para ajustarse a lo que yo le acababa de decirle. Ocurrió, como es obvio en la misma, que yo sin saber lo que me estaba escribiendo le dije que ya la había leído y que me había gustado mucho. Me impresionó la letra enorme, generosa, con paréntesis y admiraciones  y el que firmara solamente con su nombre. </p>

	<p>De todos los libros que tengo firmados o que tienen un especial significado para mí y que guardo en un estante de honor este es uno de los que más próximos están a mi vida: es un libro que me dice mucho en esas tres fechas, claves en mi vida. La primera mi salida de Toledo, rompiendo con mi mundo burgués, el calor de mi madre, mis amigos&#8230; la segunda mi llegada a Barcelona, los primeros meses viviendo en casa de Ángel Ballesteros que tan generosamente me acogió junto a su mujer y a su madre, mi primer trabajo, la soledad más honda, los largos y dolorosos domingos sentando en un parque esperando&#8230; la tercera mi llegada a ti.</p>

	<p>La estrella de Terenci tenía los cables cruzados y el brillo oscurecido por los humos. Era una estrella con una punta a la Caballé, en otra a la Piquer, en otra a Gary Cooper, en otra a la Virgen de Montserrat y en la otra a Tabacalera Española. En el centro tuvo, por algún tiempo, a Enric Majó. Sic transit gloria mundi.</p>]]>
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		<link>https://librodenotas.com/sieteautografos/10921/terenci-moix-la-validez-de-una-dedicatoria</link>
		<pubDate>Sat, 07 Apr 2007 07:07:07 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Hilario Barrero</dc:creator>
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	</item>
	<item>
		<title>Dos en uno: Ayala &amp; Richmond forever</title>
		<description><![CDATA[<p><img src="https://librodenotas.com/images/543t.jpg" title="Ayala & Richmond" alt="Ayala & Richmond" /></p>]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p><img src="https://librodenotas.com/images/543.jpg" title="Ayala & Richmond" alt="Ayala & Richmond" /></p>

	<p>La vida está llena de claves que invisibles desafían al lector “inteligente”.  Claves que hay que reconocer, lo que siempre es tarea complicada, descifrar, comprender y, sobre todo, aprender de ellas. Según el momento, el método y el tiempo empleado en el proceso de despejar las incógnitas, podrán salvar o condenar nuestra alma, enriquecer o empobrecer nuestra vida o, simplemente, iluminarla. Todas ellas cambiarán nuestra mirada.</p>

	<p>Podía haber pertenecido a la generación del 14 o a la del 27 o a la generación de los exiliados, sin embargo, Francisco Ayala, es toda una generación por sí mismo. Pasó parte de su vida como profesor en el exilio, donde escribió su obra más importante. Ahora, ya centenario, sigue viviendo, con una lucidez ejemplar, en Madrid, al cuidado amoroso de la hispanista norteamericana Carolyn Richmond.</p>

	<p>Conocí a Ayala, gracias a Richmond, aquí en Nueva York, y fue ella quien me invitó a asistir a los cursos de verano de El Escorial patrocinados por la Universidad Complutense. Durante una semana inolvidable y productiva se desmenuzó y analizó toda la obra de Ayala con la asistencia de especialistas, profesores, estudiosos y amigos. Los inscritos en el curso, titulado “Francisco Ayala: el sentido y los sentidos”, tuvimos la suerte de estar junto al escritor granadino durante las jornadas de trabajo pudiendo tratar al personaje público tanto como al privado. Ayala es un hombre serio, que mira con unos ojos grandes un poco asustados imponiendo una barrera que hace muy difícil penetrar en su mundo privado.</p>

	<p>Cada día, a las ocho de la mañana, ahí estaba don Francisco, acompañado de la profesora Richmond, esperando el autobús que nos llevaría a la primera conferencia del día. Lleno de vida, ágil y sobrio, se preocupaba por las vidas de los congresistas. Seguía las ponencias con gran interés y al final de ellas exponía sus equilibrados puntos de vista. En alguna ocasión tuve la suerte de estar sentado junto a él, los dos en silencio, mientras él miraba la vida que pasaba a su lado y yo le contemplaba a él. A pesar de ser el protagonista, el escritor famoso, el sociólogo reconocido, el profesor admirado, un hombre con mucho tiempo a cuestas había una gran serenidad en su mirada, una calma en sus manos, una normalidad en sus sentimientos y una gran vitalidad en sus ideas.  Era uno más entre todos los que le seguíamos aunque algunos de nosotros podíamos escuchar, eso sí, cómo su corazón vibraba con latidos emocionados.</p>

	<p>El último día, ponencias y erudición acabadas, me acerqué con la edición de Cátedra a cargo de Richmond de Los usurpadores y les pedí que me la firmaran. Con la sobriedad que le caracteriza, pero también “cordialmente”, don Francisco firmó sólo con su apellido, sin poner la fecha (que yo recuerdo) y escribiendo mi nombre y mi primer apellido. Después ella hizo lo mismo, pero quitándome mi apellido y añadiendo ella su nombre a la firma.</p>

	<p>Y ahí están los dos juntos para siempre en una hoja de papel, enlazados, repetidos sus nombres en letra impresa y escritos a mano. Ahí están los dos un día de verano, ella sosteniéndolo un poco a él, los dos como un testimonio de perdurabilidad. Un delicioso juego lleno de claves (era 1992) que un escritor y una hispanista dejaron, quizá inconscientemente, para que algún lector las descifre cuando pase el tiempo.</p>

	<p>A mí, en su momento, me iluminaron la vida e hicieron retroceder a la sombra que, cerca de El Escorial, me venía persiguiendo. Ahora me siento un usurpador. </p>]]>
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		<link>https://librodenotas.com/sieteautografos/10672/dos-en-uno-ayala-richmond-forever</link>
		<pubDate>Wed, 07 Mar 2007 07:07:07 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Hilario Barrero</dc:creator>
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	</item>
	<item>
		<title>Gerardo Diego,  jardinero en Silos</title>
		<description><![CDATA[<p><img src="https://librodenotas.com/images/512t.jpg" title="Gerardo Diego,  jardinero en Silos" alt="Gerardo Diego,  jardinero en Silos y barquero de la Estigia" /></p>]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p><img src="https://librodenotas.com/images/512.jpg" title="Gerardo Diego,  jardinero en Silos" alt="Gerardo Diego,  jardinero en Silos" /></p>

	<p>Tenía manos casi marmóreas, de pianista, esmaltadas de venas azules, manos de Caronte de haber trabajado mucho el remo de la poesía; los ojos asustados como si hubieran visto a la muerte, el rostro de noble medieval, nariz generosa y fina, orejas crecidas, cuello largo de haber mirado un ciprés en Silos, cuerpo delgado, casi cristalino, la ropa incómoda; voz destemplada, como cortada por una navaja, agria, una voz que desentonaba con la bondad de sus ademanes casi arcangélicos. </p>

	<blockquote>
		<p> Enhiesto surtidor de sombra y sueño<br />
que acongojas el cielo con tu lanza.<br />
Chorro que a las estrellas casi alcanza<br />
devanado a sí mismo en loco empeño</p>
	</blockquote>

	<p>Había ido a Toledo a dar una conferencia en la Casa de la Cultura. Al acabar el acto me acerqué. Estaba de pie, todavía subido en el estrado y, con la timidez propia de un provinciano delante de un poeta, le pedí que me firmara uno de sus libros, el volumen 219 de la colección Austral: <em>Primera antología de sus versos</em>. Cuando leí la dedicatoria pensé que me había escrito un espontáneo e irregular terceto en rima asonante: Barrero, Toledo y Diego. Lo achaqué a la magia de ser poeta. </p>

	<p>- ¿Te gusta la poesía?  &#8211; Estamos estudiando la suya en el curso.  &#8211; Y ¿qué te parece? &mdash;me preguntó sonriendo, mientras escribía en la segunda hoja del libro: “A Hilario Barrero, recuerdo de Toledo. Gerardo Diego, 1959”.   &#8211; Me sé de memoria algunas. </p>

	<blockquote>
		<p> Mástil de soledad, prodigio isleño, <br />
flecha de fe, saeta de esperanza. <br />
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza, <br />
peregrina al azar, mi alma sin dueño.                                         </p>
	</blockquote>

	<p>Era el año 1959 y empezaba a conocerte. Recuerdo que viniste primero pura, vestida de inocencia, luego te vestiste de no sé qué ropajes y al final te desnudaste y te quedaste a vivir conmigo. Te quedaste como este libro dedicado, “quieto y en marcha” que canta “siempre el mismo verso / pero con distinta agua”.</p>

	<blockquote>
		<p> Cuando te vi señero, dulce, firme, <br />
qué ansiedades sentí de diluirme <br />
y ascender como tú, vuelto en cristales,</p>
	</blockquote>

	<p>Dedicatoria y poesía que me traen el recuerdo de un Toledo provinciano y abarcable que empezaba poco a poco a despertarse, como me despertaba yo a la vida, a la poesía, a la soledad.  Un Toledo con la libertad de las turistas en minifalda y pechos sin sostenes, de la marihuana, las tímidas y primeras pintadas en algunas fachadas, la música de los Beatles&#8230; Más tarde  un Toledo desbordado de mi historia que no puedo asociar a nuestra historia porque tú no estabas conmigo. Un Toledo que fue mi primer amor y del que me enamoré como más tarde me enamoraría de ti, siendo tú mi Toledo. <em>¡Oh pasión de m vida, poesía desnuda, mía para siempre!</em></p>

	<blockquote>
		<p>como tú, negra torre de arduos filos, <br />
ejemplo de delirios verticales, <br />
mudo ciprés en el fervor de Silos.</p>
	</blockquote>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/sieteautografos/10351/gerardo-diego-jardinero-en-silos-y-barquero-de-la-estigia</link>
		<pubDate>Wed, 07 Feb 2007 07:07:07 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Hilario Barrero</dc:creator>
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	</item>
	<item>
		<title>Azorín o las hormiguitas cansadas</title>
		<description><![CDATA[<p><img src="https://librodenotas.com/images/511t.jpg" title="Azorín o las hormiguitas cansadas" alt="Azorín o las hormiguitas cansadas" /></p>]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p align="justify" style="width:450px"> <img src="https://librodenotas.com/images/511.jpg" title="Azorín o las hormiguitas cansadas" alt="Azorín o las hormiguitas cansadas" /><br />
En mi casa, que no eran monárquicos, leían el <span class="caps">ABC</span>. Lo traía  al mediodía el señor Juanito del que decía mi madre había sido republicano. En el <em>ABC</em> aprendimos a leer mis hermanos y yo. Mi padre, después de leer la tercera pagina, en las que colaboraba Azorín, y ver las páginas de huecograbado, en donde escribía artículos bellísimos y ejemplares González Ruano, se pasaba a las páginas finales a hacer el crucigrama que rellenaba a pluma y que siempre acababa. Luego volvía al comienzo a leer las noticias. Lo solía hacer sentado en un sillón o a veces en la cama, antes de echarse una siesta. Mientras la lectura se fumaba un puro habano que llenaba la casa de un aroma denso y que todos relacionábamos con mi padre.<br />
Mi hermano mayor y yo leíamos el periódico antes de que mi padre viniera a comer. A veces discutíamos por ver quien iba a ser el primero en hacerlo. Casi siempre ganaba él, que esperaba al señor Juanito a la puerta de casa. Yo empecé a leer, como mi padre, la tercera pagina, de la que a veces no entendía mucho. Cuando Azorín escribía me gustaba, porque me parecía que lo hacía muy fácil, que escribía para mí.<br />
Un día leí en <em>El alcázar</em>, el periódico local, que la Delegación de la Juventud convocaba un concurso de cuentos de Navidad. Yo debería tener trece o catorce años. Sin decir nada a nadie, en la vieja máquina de escribir que uno de mis hermanos conserva ahora como una antigüedad, escribí un cuento que se titulaba “Y en el cielo se oían&#8230;” Era ni más ni menos mi versión de un trozo del evangelio que habíamos leído en el colegio sobre el nacimiento del Niño Jesús en un portal.<br />
Recuerdo que a mí eso de “plica y seudónimo” que decían las bases me sonaba raro, así que mandé el cuento en un sobre en el que puse a las claras mi dirección y mi nombre. Leí la noticia con los ganadores en un periódico de la biblioteca. Vi que el segundo premio había sido presentado con el lema “Toleitola” y el ganador era un chico de Toledo que yo conocía de vista. Me faltó el tiempo al verle para preguntarle que qué era eso de la plica y que qué era eso de Toleitola y nos hicimos amigos. Luego él se echó una novia un poco mema con la que se casó, se hizo médico, se divorció, se volvió a casar y dejó de escribir.<br />
Cuando le enseñe a mi padre el premio en metálico y el diploma me dijo que podía quedarme con el dinero que él se quedaba con el diploma. Ese mismo día hice dos cosas: Primero, encargué a una casa de Barcelona dos sellos: uno que decía “Biblioteca de” y el otro “Hilario Barrero” para poder usarlos independientemente. Segundo, me fui a una de las pocas librerías que había en aquel entonces en Toledo y me compré mi primer libro: <em>Don Juan</em>, de Azorín. No recuerdo cómo pude encontrar la dirección del escritor ni lo que le escribí. Recuerdo que unos días después de un 4 de abril el cartero me trajo un sobre blanco, que yo había incluido con el libro, que abrí precipitadamente. Allí estaba mí primer libro dedicado por mi primer escritor. Una caligrafía frágil, de hormiguitas tímidas y un poco cansadas que intentaban subir entre ese vanidoso, infantil y ahora ridículo monte de “Biblioteca de H..B.”<br />
Lo más importante para mí, aparte de la carga emocional y de recuerdos que pueda traerme este libro cada vez que lo abro y lo acaricio, es pensar que Azorín, un escritor de una generación tan lejana como la del 98 que salía en los exámenes finales, tuvo este libro en sus manos, que por un momento esas hormiguitas fueron parte de su vida, de su respirar, de sus latidos, de su mirada.<br />
Eso es lo que hace único este ejemplar en el que el tiempo se ha puesto color sepia, después haber estado muy cerca de mí por cuarenta y cuatro años. <br />
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		<link>https://librodenotas.com/sieteautografos/10328/azorin-o-las-hormiguitas-cansadas</link>
		<pubDate>Sun, 07 Jan 2007 07:07:07 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Hilario Barrero</dc:creator>
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