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	<title>Libro de Notas - La trituradora porcentual</title>
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	<description>diario de los mejores contenidos de la red en español</description>
	<pubDate>Tue, 06 Sep 2022 17:49:23 GMT</pubDate>
	
	<item>
		<title>La Europa de los desencuentros</title>
		<content:encoded><![CDATA[<p>No parece que los ciudadanos de la Europa comunitaria vayan a ver muy alteradas sus vidas tras los comicios del pasado domingo. Al fin y al cabo, siguen y seguirán viviendo sus vidas, sus amores y sus odios, sus trabajos y sus desempleos, gracias a su devenir particular y cotidiano. Veremos al vecino de enfrente comprarse un coche nuevo, y al de dos calles más allá haciendo la mudanza para irse a vivir a otro barrio más barato, probablemente para compartir piso o apartamento con sus alegres amigos divorciados. Decía Paul Valéry que “la política fue en un principio el arte de impedir a la gente meterse en lo que le importaba. Pero en una época posterior se le agregó el arte de comprometer a la gente en el arte de decidir sobre lo que no entiende”. Desde luego, achacarán estos unos y esos otros lo que les acontece sin fijarse demasiado en que gran parte de eso que les está ocurriendo sucede precisamente por sobrevenir circunstancias que ellos no han creado y que, por tanto, no entienden.</p>

	<p>Definitivamente, la política es algo que les ha dejado de interesar. O, más bien, un estorbo, por el incordio que supone mantener económicamente a esos políticos a quienes ya desprecian abiertamente y sin tapujos. Y en cuanto a los vecinos, qué más da si a uno le desahucian o si el otro se compra un 4&#215;4 y se despeña mañana por un barranco en un acantilado de Mallorca; bastante tengo yo con poder pagar al día siguiente la hipoteca y hacer de mi familia mi propio club privado. El té y el café se seguirán sirviendo en mesas aparte, en familias aparte. Igual que el voto, que aquí votamos los de casa, y no todos. Y dentro de los de casa, votan los que creen que atravesamos por una época difícil, sí, pero coyuntural, que pasará como pasan hasta los peores inviernos. Lástima que nadie quiera hacerse responsable del cambio climático, ni de su propio fracaso como conductor de una fenomenología que nos ha llevado a esto. Lástima que la responsable última del actual desastre económico sea esa sociedad desquiciada por su tremenda flexibilidad, que permite acudir a las urnas a los de fuera y hasta concederles créditos en igualdad de condiciones que a nosotros. La basura siempre la arrojan otros, está fuera de casa. La basura siempre proviene del Magreb o de la India, de Rumanía o de Bulgaria, donde todavía permanecen sus pasmados habitantes en el circo de Taras Bulba, el famoso domador de leones, igual que hace cuarenta y cinco años, matando las cucarachas a machetazos.</p>

	<p>La Unión Europea, construida a toda prisa en los últimos años, es la que está fundamentalmente en crisis y no, como se ha querido ver, son los partidos los causantes de ella ―que también― quienes con sus subidas o bajadas en el recuento de votos apenas pueden obviar la música sinfónica de fondo: su fracaso como entidad plurinacional, su incapacidad para llegar a acuerdos importantes, a lazos que de verdad supongan un nivel de acercamiento que no haya sido la convergencia en el euro, una moneda que ha servido para hacer más visibles las tremendas diferencias que siguen existiendo entre unos y otros. El rapto de Europa es hoy el rapto del mercado. Y rapto ha de ser y seguir siendo porque a nadie enamora esta moneda de juguete que nos ha convertido de repente en impúberes jugando al Monopoly, ese juego al que se refería seguramente Valéry sin saberlo y que todavía nadie entiende porque nadie es capaz de fijar al fin sus reglas. Ya lo intentaron, y a la vista están los resultados. Pregunten si no a los irlandeses.</p>

	<p>Así, esta Europa de múltiples velocidades se ha ido convirtiendo poco a poco en la Europa del mercado, y atrapada está por él. Jamás ha sido tampoco la Europa de los pueblos, como se nos quiso también hacer creer en un principio, y eso que sonaba bonito, sino la Europa de las naciones, la Europa de los Estados, que es algo muy diferente y más prosaico, y que desde el domingo pasado podemos ver todavía con mayor claridad.</p>

	<p>Sí, vemos a los amsterdaneses, subidos en la bicicleta todo el día, como mejores exponentes de la que puede ser el ritmo de una ciudad más ecológica. Pero no deja de ser una aparición testimonial. El resto está por hacer. Y seguramente los holandeses estén ya cansados de soltar dinero para los fondos estructurales de muchos otros países de la Unión. Como lo deben de estar igualmente los alemanes de la Merkel, que bastante tuvieron con la colosal tarea de nada menos que engullir a otro país, la Alemania del Este. Hoy Europa, frente a la crisis, vuelve a ser la Europa del mercado, y del mercado y su balanza es donde se vuelve a vigilar con extrema vigilancia una patata mal medida en una báscula.</p>

	<p>¿Y el Parlamento? ¿Qué opinión tienen los europeos del Parlamento? No hay grandes encuestas públicas al respecto, pero no parece probable que se tenga mucha fe en él. Ni en el resto de las organizaciones que lo aglutinan. Hay una gran desinformación al respecto, que se trata de paliar precisamente en los tiempos de campaña electoral. Apenas las noticias que de él emanan tienen una pequeña trascendencia, como la posibilidad de aumentar la jornada laboral que ―ésta sí― alcanzó un gran revuelo. Por lo demás, se tiene mayoritariamente la idea de que es una institución plagada de burócratas cuyo fin último apenas se conoce o se atisba a conocer de tan poco clara que es su expliación. Y con este equipaje no se puede realizar viaje alguno. Se aceptaron mal las nuevas incorporaciones. Y hoy nos topamos con una Europa no de dos sino de múltiples velocidades. Sólo así se explica el constante flujo de personas que siguen escapando de sus respectivos países para tratar de instalarse en la Europa de los ricos, ahora ya no tan rica ni tan sabrosa, que ―como dije al principio― &#8220;primero hemos de dar de comer a los nuestros&#8221;. Se aceptaron mal las nuevas incorporaciones, y no es de extrañar. En los pasados días de vino y rosas todo iba bien, cualquier país podía entrar alegremente en el club de los elegidos. Y ahora estamos pagando las consecuencias. Lo que al principio se miraba con lupa, hoy se observa desde el telescopio.</p>

	<p>Y así, no se ha trabajado conjuntamente frente a la crisis. La falta de una política común ―fíjense, por ejemplo, en las agrias cuestiones agrarias o derivadas de la pesca―, de un proyecto mínimamente común, ha ido encastillando nuevamente poco a poco a los diversos Estados, porque todos han vuelto a sentirse más Estados que nunca. Gustosos estarían muchos si volviéramos a los viejos pasaportes y a la primitiva moneda de origen de apenas hace unos años.</p>

	<p>En este contexto, y en la idea de que a río revuelto ganacia de la derecha ―incomprensible pero cierta máxima― se ha configurado la Europa que hoy nos acoge. La derecha se ha impuesto en Bruselas. La misma derecha que ha ido destrozando el sistema financiero es, por mor de la ciudadanía, la que ahora tiene la principal misión de sacarnos del atolladero. Es una contradicción tan estúpida que movería a la risa si no fuera porque vemos a nuestro vecino, y a tantos otros vecinos, ir haciendo la mudanza para cambiarse a vivir a pisos más sencillos, cuando no a centros de acogida social. Es en este mismo contexto donde los hijos oyen quejarse a sus padres ―pensando más bien con los pies que con la cabeza― de que la culpa de todo la tienen los extranjeros, estos nuevos e indeseables invasores que quieren atolondrarnos con su manera de ser, de vestir y de rezar, y que ocupan nuestros puestos de trabajo. Esos puestos de trabajo a los que nosotros, por otra parte, ya no queremos acceder ni en nuestra peores pesadillas.</p>

	<p>No se trata ya de analizar las causas del error; por el contrario, lo que bien podría hacerse ahora es intentar enmendar los fallos perpetrados hasta la fecha. Pero estén seguros de que esto no se hará. Hemos puesto en marcha una maquinaria demasiado pesada, un acelerador de partículas tan poderoso que ya no hay quien lo pare por muchas complicaciones técnicas que pueda tener. Quienes esperamos una Europa más allá de Eurovisión y más comprometida por alcanzar una entidad verdaderamente supranacional, solidaria, cargada de proyectos avanzados ―ni siquiera quiero emplear la palabra &#8216;progresista&#8217;― podemos esperar sentados. ¿Y hay quien se sorprende todavía de la fuerte abstención electoral? ¡Bendito, que es usted un bendito! </p>]]>
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		<link>https://librodenotas.com/latrituradoraporcentual/16248/la-europa-de-los-desencuentros</link>
		<pubDate>Sun, 14 Jun 2009 08:21:31 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Ortiz</dc:creator>
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	<item>
		<title>El estado del Debate</title>
		<description><![CDATA[<p>Al menos algo ha quedado claro después del Debate sobre el estado de la Nación, y es que José Luis Rodríguez Zapatero jamás será ese líder mundial que impresione al planeta con sus propuestas revolucionarias. Hubo, sí, otro debate estos días y tuvo lugar otra oportunidad histórica fallida de poner en marcha algún proyecto que tenga algo que ver con la palabra socialismo. “¡Ah, de eso sí que no tenemos!”, supongo que debe decir Zapatero a quien le pregunte por ello. Nunca como en épocas de crisis suelen mostrarse tan idóneas las medidas con contenidos socialistas. Pero está visto que ni por ésas.</p>]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Al menos algo ha quedado claro después del Debate sobre el estado de la Nación, y es que José Luis Rodríguez Zapatero jamás será ese líder mundial que impresione al planeta con sus propuestas revolucionarias. Hubo, sí, otro debate estos días y tuvo lugar otra oportunidad histórica fallida de poner en marcha algún proyecto que tenga algo que ver con la palabra socialismo. “¡Ah, de eso sí que no tenemos!”, supongo que debe decir Zapatero a quien le pregunte por ello. Nunca como en épocas de crisis suelen mostrarse tan idóneas las medidas con contenidos socialistas. Pero está visto que ni por ésas. Zapatero se queda en lo social, que viste mejor, queda como más moderno. Lo cierto es que en el Debate me llamaron más la atención las cosas que no se dijeron que las que fueron dichas. Se pasaron por alto, de puntillas o apenas se rozaron temas fundamentales que están en boca de todos. Parece como si, carentes de cualquier solución, nuestros políticos, todos, se hayan enrocado en una serie de temas generales, sin especificar ni concretar en nada. Bueno, luego que no se quejen del descrédito social del Parlamento. No es de extrañar así que la gente cambie de canal cuando, haciendo zapping, le aparece el Debate en algún otro. Y es que hay tanto miedo a reconocer el fracaso del sistema en su conjunto, que unos y otros, todos, tratan de salvarlo poniéndole todo tipo de parches. Y se quedan en la superficie. Saben que sólo son parches, que finalmente quedarán más o menos decorosos, pero feos parches al fin y al cabo. Nadie, sin embargo, parece tener algún interés en analizar las causas del desastre, seguramente porque sería reconocer que uno mismo es ambas cosas ―la causa y el desastre―, y que en estas cosas influyen incluso razones psicológicas tan irracionales como racionales. </p>

	<p>El caso es que por todas estas razones y algunas más el Debate no sirvió, por ejemplo, para hablar de temas curiosamente tan candentes hace unos días como la crisis financiera. No se quiso entrar a hablar del papel que ha jugado y que debería estar jugando la banca española en esta coyuntura. Apenas la intervención de algún diputado del Grupo Mixto rozó la cuestión. ¿No era acaso la Carrera de San Jerónimo el lugar adecuado para hablar de este asunto? Seguramente, así lo debieron de entender sus señorías, todas, porque nadie hizo mención sobre el particular. Me lo expliquen. En ningún momento se habló, por ejemplo, de la necesidad de obligar a los bancos a abrir el grifo del crédito ―algo que debería ser una iniciativa del Gobierno con el apoyo de toda la Cámara―. No hay crédito y, sin crédito, la economía se colapsa, estamos hartos de saberlo y de reconocerlo. Y así es imposible la reactivación del consumo. De poco sirven estos cheques-regalo que se empeñan en ofrecer: siguen hablando de adquisición de viviendas y de facilitar la compra de vehículos cuando estamos en un país con más de cuatro millones de parados. Como medio de locomoción, hay quien se conforma ya con ser dueño de unos buenos mocasines. Y si de lo que queremos es fiarnos de la autorregulación de los mercados, ya acabamos de ver que los mercados no se regulan a sí mismos con tanta facilidad como aseguraban algunos. Es más: es preciso, y muy preciso, regularlos bien a la fuerza, como hemos comprobado meses atrás. </p>

	<p>Tampoco se habló con una mínima profundidad en este Debate de la imperiosa necesidad de promover la obra pública como único posible reemplazo de la hoy desacreditada ―nunca mejor dicho― construcción. Sería más que interesante que fueran en este momento las comunidades autónomas y los ayuntamientos quienes tiraran del carro de la inversión estatal para fomentar la productividad y el empleo. Las medidas de “impulso a la economía sostenible”, dotadas con 20.000 millones de euros, me parecen muy bien, pero resultan a todas luces insuficientes. No es necesario volverse verde de repente; hay miles de semáforos que arreglar en las calles. España tiene una importante necesidad de obra pública, y pienso que este es un magnífico momento para que tanto las CC. AA. como los municipios aporten sus iniciativas en planes que contribuyan a mejorar las carencias detectadas. En este y en otros asuntos similares hubiera sido deseable que se hubiera llegado a algún acuerdo conjunto Gobierno/Oposición. Tampoco llegó a fructificar nada de esto en el Debate.  </p>

	<p>Sorprendentemente, no se quiso hablar nada de inmigración. Como si de repente el problema no existiera, todos los grupos políticos obviaron el asunto. Cuando todo parece indicar que se hace necesaria una política de vuelta a casa para un gran número de inmigrantes que ha perdido su empleo ―mayoritariamente trabajadores de la construcción―, la voz del Parlamento enmudeció. Cabría preguntarse si es que sus señorías no reconocen este asunto como problema, o si tal vez es que no interesa que esa población flotante regrese a sus lugares de origen, porque aquí, sencillamente, ya no pinta nada. No se trata de practicar irracionales medidas xenófobas ―nadie piensa en una cosa así―, pero algo habrá que hacer con los cientos de miles de extranjeros que se han quedado sin trabajo y, lo que es peor, sin expectativas de encontrarlo. Otra cosa es que muchos de ellos no se quieran marchar, que todo puede ser. Es posible que su situación aquí, aún estando en el paro, les ofrezca más luz que la que ven en sus propios países de origen, especialmente si miramos hacia la población subsahariana. Pero algo habrá que hacer con toda esta masa que engorda las estadísticas, nos guste o no. Si estamos hablando del paro como del gran drama nacional, buen momento hubiera sido éste para abordar tal asunto. Tampoco fue así.   </p>

	<p>Pero el caso es que así es como se pierden las grandes ocasiones. Se consumen los debates en un trasiego de palabras que fluyen paralelas y que no llevan nunca a ningún punto de encuentro. Se confunde el Debate sobre el estado de la Nación con un debate de investidura. Se tratan asuntos que no deberían tener lugar en estos plenos y se escamotean otros, quizá los que pudieran ser más útiles a la sociedad pero que, por alguna razón, no les interesan a los señores diputados. Y al final, queda siempre ese regusto amargo que deja lo que pudo haber sido y no fue. O tal vez ocurra que todavía siga habiendo algunos inocentes que esperan pacientemente algo de un Parlamento que cada día se muestra ―por más que ellos se empeñen en sostener lo contrario― más alejado que nunca de la sociedad. </p>]]>
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		<link>https://librodenotas.com/latrituradoraporcentual/16019/el-estado-del-debate</link>
		<pubDate>Thu, 14 May 2009 01:00:00 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Ortiz</dc:creator>
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	<item>
		<title>La apetecible soledad del presidente</title>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Sospecho que Zapatero comienza a estar cada día más solo en su siempre bien amueblado y decorado pisito de La Moncloa. Intuyo que el aire que inhala diariamente le acompaña ya de algún otro elemento oxigenado que lo hace más saludable, confortable y duradero. El tufo monclovita se ha enrarecido demasiado en las últimas semanas y es bueno que alguien cuide por la salubridad del elemento más importante que respira el presidente: el jardín de sus delicias, el de su propia casa, siquiera ésta sea tan marcadamente temporal. Ese jardín, como muy pronto entendió González, era y es demasiado importante como para dejarlo en manos de una naturaleza contaminante que llega de las afueras de Madrid, la capital de España con el aire más deteriorado.</p>

	<p>Zapatero, sí, se adentra en su segundo mandato dando muestras de que los fantasmas de La Moncloa perviven y persisten en el tiempo y terminan por sacudir a todo presidente, sea cual sea su nivel de resistencia o de acomodo a la arbitrariedad. Además, a partir de este momento siempre le será mucho más apto impartirse a sí mismo clases de economía. Gran parte de las lecciones se las sabe ya de corrido: buena cara al mal tiempo. En este sentido, la <em>patata caliente</em> que le deja Pedro Solbes no a su sucesora sino al propio presidente, es más llevadera, y casi todo va a ser resuelto o tratado de resolver a base de gasto público, que es cosa bien agradecida por el grueso del pelotón, sobre todo cuando ve que las luces de los semáforos funcionan y que de vez en cuando algún alma caritativa municipal se ocupa de tapar una acequia que invitaba al suicidio improvisado. Lástima que para llevar a cabo tan laboriosa función Solbes le haya dejado a Zapatero un caballero dotado de tan poca envergadura política, un joven que nunca dejará de sorprenderme por su impenetrable tarea por llevarse a coces con la sufrida lengua de Cervantes, en una particularísima lucha cuerpo a cuerpo en la que siempre le he visto salir extrañamente victorioso. </p>

	<p>Tranquilo y despejado Zapatero en el cuartito de estar de La Moncloa, mientras su <em>partenaire</em>, varios pasillos más abajo, entona quizá algún aria de la Callas, que quién sabe qué grado de armonía puede haber en esa mansión. Tranquilo mientras sigue rodeado de mujeres, que en esto el presidente no parece tener nada de misógino, y se aferra a ellas quién sabe por qué ansia de madre consejera que le pudiera orientar en estas horas bajas y enanas. Tranquilo mientras observa los datos del paro, del <span class="caps">IPC</span> y valora las recomendaciones de Botín, por más que ni siquiera éste sepa tampoco emplear su inmensa fortuna en la compra de unos calcetines adecuados. </p>

	<p>No, Zapatero no se declarará en huelga de hambre como ya ha hecho alguno, que es el colmo de la estupidez de un presidente, como lo sería que lo hiciera el Papa por falta de fieles o el mismísimo Dios por no ver después de tantos años consolidadas en las universidades de todo el mundo sus propio creacionismo. Y es que en realidad, todos los personajes históricos de cualquier época, por mucho que marcaran en su momento el paquete de la Historia se equivocaron estruendosamente. Y lo hicieron en función de la aplicación de varios criterios en los que están a punto de caer los nuevos y más jóvenes líderes mundiales actuales, que son, como todo el mundo sabe y por este mismo orden, Obama y Zapatero. Fue su intención <em>humanizar</em> la economía ―craso error―; de aplicar socialismos con “rostro humano” ―más de lo mismo― o de frivolizar con los dineros del Estado. No. Ni se puede ni se debe hacer tal barbaridad. Al Estado no se le puede dejar nunca jugar el papel del abuelo simpatías; el Estado debe recuperar cuanto antes su tradicional rictus amargo. Y, por favor, que ningún economista de bolsillo aparezca ahora hablando de no sé que <em>ninjas</em> capaces de establecer supuestos parangones con las crisis hipotecarias estadounidenses. A la economía hay que tratarla siempre con el respeto con que, por ejemplo, lo hace el señor Rajoy cuando, desde su privilegiada atalaya de fracasado se permite dar consejos a descrédito total, seguro de que nadie le hará jamás ningún caso pero de que al menos le tendrá el respeto que se le supone se le debe tener a un señor que necesita tanto maquillaje para ocultar el rubor que le produce su propio pasado. </p>

	<p>Aborda, pues, el presidente la mar rizada de su mandato en la soledad de La Moncloa, como debe corresponder a todo presidente que se precie cuando va ya por la senda de su segundo mandato. Con más mujeres, con más obligaciones y con toda una cola enorme de parados a los que hay que darles cita para dentro de unos días, cuando menos. Pero no tiene demasiada importancia. Alguien le resolverá la papeleta. Alguien que será el de siempre: o el francés, o la alemana o el descubrimiento de una mina de pistachos de oro en Cuenca. Ahora ya apenas queda un pequeño detalle para redondear, y dentro de nada parecerá como si la crisis estuviera ya definitivamente resuelta: sólo consiste en no poner fechas al calendario. Ni mente, por favor, don José Luis, el ciclo que durará la tal crisis. Diga simplemente que está muy ocupado nombrando ministras, arreglando semáforos e incoando Expedientes de Regulación de Empleo. ¿Qué otra cosa puede hacer? Nada, lo sabe usted muy bien. Y además, de no formularlo en estos términos, acabarán por llamarle tonto hasta en los libros de Educación para la Ciudadanía que ha escrito su amigo, el profesor Marina. Y eso ya sería demasiado.</p>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/latrituradoraporcentual/15820/la-apetecible-soledad-del-presidente</link>
		<pubDate>Tue, 14 Apr 2009 01:43:03 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Ortiz</dc:creator>
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	<item>
		<title>Un país de camareros</title>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Seguramente, sí se les esperaba. Pero no estaban. En el último Foro Económico de Davos, celebrado hace unos días, 40 jefes de Estado y de Gobierno, y centenares de ministros de todo el mundo se reunían para analizar las causas y adelantar las posibles soluciones de la actual crisis económica mundial. La representación española apenas constaba de diez personas, tres más que las de Pakistán o Egipto, y dos más que la de Nigeria. Todo un indicativo del interés de España en, posiblemente, dos cosas: a) la propia crisis, o b) su miedo a hacer el ridículo. Descartando la primera opción ―se supone que España sí tiene algún interés en esta crisis―, cabe pensar que su temor a ser el hazmerreir de la cita propició que los dirigentes españoles se abstuvieran de estar presentes en tan distinguido foro. Aún así, que la representación de la undécima economía mundial, según el Fondo Monetario Internacional (<span class="caps">FMI</span>), brillara por su ausencia resultaba más estridente que su propia presencia, aunque ésta hubiera sido de <em>corpore in sepulto</em>. Y no es que uno tenga la menor esperanza en que reuniones de este tipo vayan a desvelar los padecimientos de la maltrecha economía cósmica en un fin de semana en la nieve, pero no hubiera estado de más que nuestros representantes políticos y económicos se hubieran dejado ver por allí, aunque fuera solamente para degustar los platos de la cocina suiza. ¿O es que España no tenía nada que decir? Pues a lo mejor, no. </p>

	<p>La crisis que padece España tiene unas características que la diferencian cuando menos ―nada nuevo― de la que atraviesa el resto de Europa. Durante estos mismos días, se está exponiendo en la sede del Consejo de Europa, en Bruselas, una instalación monumental del artista David Cerny, en la que se hace una caricatura de los países de la Unión. Y España aparece representada como un inmenso páramo de cemento sobre cuyo suelo transita una excavadora. Una metáfora icónica que quizá en este momento esté ya un tanto desfasada, pero que nos habla bien a las claras de la imagen que se tiene de nuestro país allende nuestras fronteras.</p>

	<p>Desplazadas momentáneamente las excavadoras de nuestro suelo patrio ―ojo: volverán, como las oscuras golondrinas―, la economía española se lame sus heridas sin encontrar los recursos adecuados que le muestren alguna luz al final del túnel. Normal: no los tiene. Arrinconado el cemento, nos topamos con la cruda realidad: el potencial de la industria española en el ámbito mundial es irrelevante, y su presencia en el campo de la investigación y de las nuevas tecnologías (I+D+I) es, sencillamente, irrisoria. Seguimos anclados en aquel infausto pensamiento de “que inventen ellos”. Y así nos va.</p>

	<p>De manera que, con todos mis respetos por tan digna profesión, seguimos siendo un país de camareros. Nos siguen quedando ―fíjese usted qué clase de recursos― el sol, la sangría, la paella, la siesta, los toros y las castañuelas, exactamente los mismos aditamentos gastronómico-festivos con los que contábamos hace cincuenta años, cuando el entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, sacó a la calle aquella inocente pegatina que se colocaba en el cristal trasero del <em>600</em>: “Sonría por favor”, para alentar al pueblo llano a ganarse al que entonces era ―y, como vemos, sigue siendo― nuestro único recurso salvador: el turismo. </p>

	<p>Ahí sí, ahí sí que podemos estar bien orgullosos: tenemos el mejor sol de Europa, somos una potencia bronceadora de incuestionable nivel internacional. Nuestros chiringuitos de playa se han especializado en elaborar por un relativamente módico precio una de las drogas más alucinógenas que conozco: la sangría de garrafón, de comercio libre y promocionado, exento de impuestos y de tasas, droga dura y refrescante que enloquece a nuestros ya de por sí enloquecidos <em>hooligans</em> británicos. Esos mismos chiringuitos son capaces de ofrecer también una paella de difícil identificación para los nativos, pero que causa igualmente furor en tan ajados paladares, especialmente si se ha consumido previamente la mencionada sangría. Inevitablemente, ha de llegar después la siesta, otro gran producto nacional que ya hemos exportado con éxito a medio mundo. Lástima que el comercio de esta saludable práctica nos haya dejado cero dividendos. Y, como seguimos siendo diferentes ―y por eso no estamos en Davos―, continuamos agujereando cuadrúpedos astados con más arte y más gracejo que nadie. En España, la muerte sigue siendo un arte ―no lo olvidemos―, nunca una tragedia: Lorca era una excepción. La risa de alto decibelio, la guitarra que rasga ―más que nada ya por el cansancio de la madrugada― sus ráfagas de hispánico <em>quejío</em>, y esas castañuelas que, de pronto, nos despiertan de nuestra borrachera de sangre, sudor y arena, completan nuestra oferta comercial, nuestra industria más celebrada, nuestro recurso más natural, sustentando nuestro <span class="caps">PIB</span> y desacelerando temporalmente la inevitable cadena de parados que, nuevamente, al llegar el mes de octubre, volverán a enfilar las colas del <span class="caps">INEM</span> como un mal endémico para el que ni el Consejo de Europa, ni Davos, ni el <span class="caps">FMI</span>, ni la madre que los parió tendrán jamás remedio. No, mientras nuestros científicos estén trabajando en las mejores universidades de Estados Unidos; mucho menos mientras nuestros cerebros más audaces se sigan fugando a otros países, exactamente igual a como lo hacían hace cincuenta años. </p>

	<p>Hemos cambiado en las formas, no en los hábitos. España sigue debiéndole al gremio de los camareros la mayor parte de su riqueza. La segunda potencia turística mundial sigue importando y exportando los mismos bienes y servicios que hace medio siglo. Con una democracia de por medio, sí, pero con una economía basada en los mismos supuestos de entonces. Sólo que ahora la competencia es mayor. Sólo que ahora sonreímos menos. Pues cuidado: no sea que volvamos a tener que poner en los cristales traseros de nuestros vehículos el mismo cartel que colocaba Fraga. Y cuidado también: porque ahora, además, nos amenaza el cambio climático. Invoquemos al dios Sol y, como siempre, salgamos de fiesta, de romería y de parranda para pedir que este verano se consuman más sangrías y más paellas, se maten más toros y se baile más flamenco que nunca. Mientras tanto, ¿se acuerda usted de Fonseca? Pues allí sigue: triste y sola, sola en la Universidad. </p>]]>
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		<link>https://librodenotas.com/latrituradoraporcentual/15448/un-pais-de-camareros</link>
		<pubDate>Sat, 14 Feb 2009 07:00:00 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Ortiz</dc:creator>
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	<item>
		<title>Dinero: usos y costumbres</title>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Todos sabemos que sólo se escribe un poema cuando se tiene el estómago previamente lleno. Por más que llevados de nuestro romanticismo más generoso y altruista pretendamos abrazar otros conceptos más sutiles, el dinero se impone como causa y efecto de nuestra vida, penetrando por los entresijos del alma ―es un decir―, sobreponiéndose a toda oración ―oración, pues, subordinada―, y descubriendo, desenmascarando al fin, al más que prosaico contador de monedas judío converso de novela que llevamos todos dentro. Y es que quizá suceda como dijera Bernard Shaw: que “el dinero no es nada, pero mucho dinero, eso es ya otra cosa”. Con pocas cosas, en efecto, existe una relación de amor y odio tan manifiesta como con el dinero. Creo que se le atribuye a Marlene Dietrich aquella genial ocurrencia de que “el dinero no da la felicidad, pero aplaca los nervios”. Pocos elementos de nuestra vida cotidiana son tan despreciables y tan necesarios siempre al mismo tiempo, salvo el papel higiénico, tal vez, como dijo también alguien. </p>

	<p>Aún con todo, hablar de dinero debería considerarse de mal gusto. Yo mismo tendría que excusarme aquí por estar hablando ahora mismo sobre ello. De hecho, hacerlo en la mesa mientras se come, siempre se ha dicho que lo es. Quizá por eso, últimamente se prefiere camuflar el sustantivo. Es entonces cuando decimos que hablamos de Economía, a la que algunos incluso la visten con inicial mayúscula para hacerlo vocablo de más respetable indumentaria. No es de extrañar: lo contrario parecería evidenciar que vivimos bajo el síndrome de una economía minúscula, ridícula o paupérrima. Y a nadie le gusta mostrar sus miserias, especialmente cuando nos afectan al bolsillo. No me parece del todo mal: hay algo que se llama dignidad, que debería ser un principio general de conducta y de afirmación de autoestima que, sin embargo, muy pocas personas tienen, y que le debería obligar a uno a estirar más el torso en la medida en que más se curva hacia abajo el gráfico de sus ahorros.</p>

	<p>En las mesas distinguidas, los hombres de negocios prefieren elevar aún más el tono de sus conversaciones monetarias, siempre aparentemente tan vulgares y tan chabacanas. Se refieren en estos casos ―mientras exprimen delicadamente con el tenedor el jugo de ese limón que cae sobre la ostra― a la Macroeconomía, llenándose la boca aún más de sílabas y de marisco, que es como ponerle una corbata, a modo de prefijo y vestirlo de gala, al despavorido euro, cada día menos rutilante, especialmente cuando adquiere la fisonomía del billete usado, medio deshecho y de textura casi anímica, desgastado y famélico, cosa que podemos comprobar fácilmente cada día con los valores de cinco euros.  </p>

	<p>Lucir dinero en público es también un gesto deplorable, especialmente mal visto por quienes carecen de él. Decía quien en su día fuera gurú del periodismo tecnológico, Juan Cueto, que “el dinero en efectivo es cosa de arruinados. La opulencia ya no se mide por el dinero que tienes en el momento de pagar, sino por la capacidad de moratoria que exhibes con las tarjetas”. Y es que hoy en día, pagar una comida en metálico es ya cosa de pobretones. Y nadie ―como ha quedado dicho― quiere parecer o aparecer en público escasamente dotado de fondos, lo que no deja de resultar curioso. Siempre que he comido con importantes empresarios, especialmente con industriales hoteleros, les he oído quejarse de lo mal que iban sus negocios, los propios y los ajenos: es su constante letanía. A continuación, llegada la minuta, todos parecían rivalizar entre sí para hacerse cargo de ella, mostrando no una, sino diez o doce tarjetas de crédito enfundadas en carísimas carteras de piel de cocodrilo. No me extraña que fuera Marshall McLuhan quien dijera aquello de que “el dinero es la tarjeta de crédito de los pobres”. </p>

	<p>Catalogamos a las personas por su manera de relacionarse con el dinero. Y así, desde los sujetos a los que ingenuamente llamamos <em>desprendidos</em> ―que suelen abundar más bien entre los pobretones―, hasta aquellos otros a quienes, seguramente con más certeza, calificamos de <em>agarrados</em>, hay un amplio abanico en el que se retratan los más variados tipos de comportamientos humanos y sociales. Una anécdota bastante conocida cuenta que el primer barón Rodhschild, patriarca de la famosa dinastía de banqueros, tomó una vez un taxi, dándole al conductor, al final del trayecto, lo que él consideraba una buena propina. “Señor, su hijo siempre me da una propina bastante mejor que ésta”, parece que le dijo, algo molesto, el taxista, mientras contemplaba las escasas monedas en su mano. “Estoy seguro de que es así”, sugieren que contestó el barón; “pero es que mi hijo tiene un padre rico y yo no”.</p>

	<p>Matices, ocurrencias, salidas más o menos inteligentes y airosas ―todo menos la tajante negativa―, son los recursos que nos sacamos de la manga cuando alguien nos pide prestada cierta cantidad de dinero. Se dice también que en cierta ocasión, el ilustre banquero John Pierpont Morgan, quizá más conocido como J. P. Morgan, recibió la visita de Charles Ranlett Flint, quien luego se convertiría nada menos que en el fundador de la compañía <span class="caps">IBM</span>. Atravesaba éste último entonces por un momento de graves dificultades económicas y quiso solicitar un préstamo a quien mejor podía concedérselo. O al menos eso es lo que llegó a pensar. Morgan le tranquilizó, le dijo que le ayudaría y le invitó a dar un paseo por los alrededores de una de los distritos más ricos y opulentos de Manhattan. Viendo que el paseo se hacía eterno y que su interlocutor no paraba de hablar, en lo que parecía una perorata interminable, Flint, desesperado, no se pudo contener más y exclamó: “Pero, señor Morgan, ¿qué hay de ese millón de dólares que necesito que me presten? En ese instante, al banquero parecieron entrarle las prisas. Extendió su mano para despedirse y le dijo a su apesadumbrado amigo: “Bueno, no creo que vaya a tener usted ningún problema para conseguirlo después de que nos hayan visto charlando y paseando tanto tiempo juntos”. Se explica aquí muy bien, digan lo que digan, por qué los banqueros nunca pierden.</p>

	<p>Y si el dinero es ―en resumen― materia tan horripilante a la que, quien más quien menos, detesta en su manifestación más física y mortal, ¿por qué sin embargo lo incluimos, a modo de pilar de la tierra, entre esas tres cosas que hay en la vida y que, según reza la canción, son las que nos obligan casi a dar “gracias a Dios”? Sólo me pregunto una cosa: si quien escribió aquella canción lo hizo llevado por un amor desbordante; si la compuso porque se encontraba en un estado de excelente y saludable vigor, o porque, simple y llanamente, necesitaba dinero a toda costa. Yo tengo clara mi respuesta. ¿Que cuál es?, quizá quiera preguntarme usted. </p>

	<p>Se lo diría muy gustosamente. Pero cobrando, claro. </p>]]>
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		<link>https://librodenotas.com/latrituradoraporcentual/15266/dinero-usos-y-costumbres</link>
		<pubDate>Wed, 14 Jan 2009 01:01:05 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Ortiz</dc:creator>
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	</item>
	<item>
		<title>Despertares y presentimientos</title>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Nos vendieron un país de ensueño. Y nosotros, necesitados como estábamos de cualquier tipo de utopía pecuniaria, compramos aquella quimera como quien alcanza un bote neumático tras un naufragio después de navegar durante años en patera. Queríamos ser. Y por fin estábamos, o parecía, o nos decían que estábamos. Y nosotros ansiábamos estar. Aún no sabíamos muy bien ni siquiera cuál era nuestra posición, pero parecía importante. Hasta que alguien nos aseguró de pronto, un día, que éramos la octava potencia mundial. Y entonces nuestras ansias de volar dispararon igualmente nuestras ilusiones, como traca verbenera, también a la octava potencia: el infinito estaba próximo.</p>

	<p>Se trataba, en realidad, de un fenómeno tan peculiar como misterioso. Frente a nuestros admirados ojos, un universo de excavadores se extendía, incontestable, por el suelo patrio, convirtiendo al hormigón en piedra filosofal. [Puedo asegurar que un grupo de amigos decidimos regalar hace algún tiempo, con motivo de su cumpleaños, a otro amigo nuestro ―flamante copropietario de una empresa de máquinas hormigoneras entonces, hoy reconvertido en taxista― una tarta de cemento. Lo tomó bien, el hombre. Aún nos reímos con la broma]. Había llegado, pues ―decía―, la <em>Revolución del Cemento</em>, cuya catarsis desembocó en la conocida <em>Guerra de las Persianas Caídas</em>, con la que un grupo de avispados constructores volvió a hacer de nuevo ―es decir, por enésima vez― el gran negocio, declarándose insolvente una vez que fueron agotadas las reservas de grandes reservas, en su versión estilizada <em>Crianza</em>, siempre con denominación de origen <em>Ribera del Duero</em>.</p>

	<p>Viendo el percal, los banqueros decidieron fijar la vista en el cinturón que tapaba su venerado ombligo. Y determinaron cerrar la ventanilla por un tiempo. Por si acaso. Y el hasta entonces manar alegre del dinero se vio atrapado en la presa de los fabricantes de dinero. Hasta ahí habíamos llegado. ¡Hasta ahí podíamos llegar!</p>

	<p>De pronto, cual <em>Cenicienta</em> en pos del zapatito de cristal, el sueño se había desvanecido. Dieron las doce y al dulce embrujo precedente, sucedió el aquelarre con olor a pagaré no librado. Alguien había escrito muchos años antes <em>¿Dónde está mi queso?</em>, y ahora todo el mundo se preguntaba por la porción perdida de su añorado postre.</p>

	<p>Se dieron entonces toda suerte de variopintas explicaciones. Mientras ciertos dedos índices señalaban hacia los <span class="caps">USA</span> como la fuente corrupta de todo el mal causado, otros creían ver frente al espejo ―es decir, bastante más cerquita, y también como en el cuento― la raíz de su desgracia. El caso es que pasaba el tiempo ―y aún sigue pasando― y el zapato perdido no aparece. ¡Pobre <em>Cenicienta</em>!</p>

	<p>Se acabó el sueño y encima llegó el frío. Mas no hay que preocuparse. Ya lo decía Baroja: &#8220;La vida es <em>ansí</em>&#8220;. Y al final, vamos a tener que consolarnos como el presidente del Real Madrid, Ramón Calderón, que acaba de asegurar que el año que viene será bueno &#8220;porque lo siento&#8221;. Es obvio que este señor no puede sentir nada que no se haya producido. Concedámosle a su tosquedad verbal una pequeña modificación y dejémoslo en que quiso decir que el año que viene será bueno &#8220;porque así lo presiento&#8221;. No porque tenga ningún dato que objetiva y científicamente le haga ―nos haga― pensar así, no; ha de ser bueno porque <em>lo presentimos</em>. ¿Usted no lo presiente? Relájese, concéntrese, cierre los ojos. Respire hondo. ¿No lo va presintiendo ya? ¿No va notando como todo regresa a su cauce; cómo el dinero vuelve, alegre y divorciado, a brotar del Banco de España; cómo crecen nuevamente las construcciones de Obra Pública y afloran los trenes de alta velocidad; cómo surgen de la nada nuevas autopistas (de cemento, por supuesto, que no de la información)? Incluso, ¿no percibe usted ya en sus nuevamente cálidas fosas nasales el olor inconfundible de la arena mojada, del hormigón armado y de la grava? Pues eso: ¡se presiente, coño!</p>

	<p>2008 no nos trajo desde Suiza aquella gran <em>Revelación</em> que tantos deseaban ver convertida en <em>El Hallazgo</em> por excelencia. Se estropeó la máquina del tiempo a las primeras de cambio. Por contra, de repente nos topamos con otro descubrimiento de no menor calado: el de <em>El Gran Acelerador de Ladrones</em>. Fonética parecida para una semiótica algo diferente. Y no llegaba desde Suiza; lo teníamos también mucho más cerca: en el chaflán de la esquina, bajo diferentes anagramas, logotipos y colores.</p>

	<p>Agradezcamos, pues, a este 2008 que nos haya servido para confirmar muchas de las cosas que ya sabíamos pero que nos negábamos ―y es que, a la postre, somos buena gente― a creer. Se acabó el sesteo. Incluso pusimos fin a la modorra. No era tan <em>eterno</em> el sueño como presumía Chandler. Pero una cosa era cierta: del cuento de <em>Cenicienta</em> habíamos desembocado en la novela negra sin paso previo, al menos, por Dickens o por Verne. Duro golpe y duro trance del que, sin embargo ―puede usted ya ir abriendo los ojos lentamente―, en apenas unos días, a la vuelta del mazapán, como Ramón Calderón, nos habremos repuesto felizmente. </p>

	<p>¿No lo siente usted ya, no lo <em>presiente</em>?</p>]]>
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		<link>https://librodenotas.com/latrituradoraporcentual/15106/despertares-y-presentimientos</link>
		<pubDate>Sun, 14 Dec 2008 00:30:00 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Ortiz</dc:creator>
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	</item>
	<item>
		<title>El &#39;Big Bang&#39; capitalista</title>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Decía Ortega que “la historia siempre nos sorprende; luego vienen los historiadores y nos dicen que era inevitable”. Si trasladamos este pensamiento al terreno de la economía, la sentencia del filósofo español cobra aún más sentido. Pese a la demostrada inutilidad de sus vaticinios en asuntos financieros y monetarios, decenas de supuestos expertos de las mejores universidades de todo el mundo siguen empeñados en acariciar la esfera mágica con incansable fruición y adelantarnos sus inefables predicciones. El resultado de estos cálculos cabalísticos, además de patético, mueve a la carcajada. Al final, siempre sale a relucir alguna variable con la que no contaban y que finalmente lo ha trastocado todo, pero ellos siempre encuentran una explicación a su error y saben salir más o menos airosos del enredo, para volver inmediatamente a la carga con renovado ardor profético. Otros, cuando ocurre lo inevitable, aseguran que ya adelantaron meses atrás lo que ahora está sucediendo pero que nadie les hizo caso. ¿Cuándo y dónde lo dijeron? No lo explican, y como tampoco nadie se lo pregunta, se sienten en condiciones de seguir mareando al personal con nuevos vaticinios que jamás se cumplirán. Bueno, en realidad sí hubo quien predijo acertadamente esta crisis: fueron algunos viejos profesores universitarios estadounidenses que escribieron artículos en los periódicos hablando sobre este asunto, artículos con los que los analistas financieros de Wall Street envolvieron distraídamente su sándwich de media mañana.</p>

	<p>Asistimos así a un juego tan estúpido como surrealista ―éste de las predicciones― que parece no tener fin, aunque sirve para tener entretenido a un montón de gente en foros doctísimos y en sapientísimas tertulias audiovisuales. Pero este juego sería completamente inocuo si todo quedara ahí: en un simple divertimento de salón. El problema es que muchos de estos cerebros predictores del pasado son quienes asesoran hoy a los gobiernos. Y luego pasa lo que todos conocemos.    </p>

	<p>La cuestión es que estamos ante una pescadilla que no es que se muerda, es que se devora la cola. Por ejemplo, el foro internacional de mañana, que reunirá a los países del G-20 más España, y en el que supuestamente se habrá de debatir sobre los asuntos económicos tan graves que ahora nos ocupan, no ha sido organizado por los departamentos de economía de los países representados, no, sino por los ministros de Asuntos Exteriores. Nada más lógico, según éste cuasi silogismo, que pedir a un carnicero que nos hornee el pan tras solicitar al panadero que nos ase bien la carne. Vemos, pues, cómo en perfecta comunión, políticos y economistas resbalan en el mismo aceite burocrático. De esta manera, y teniendo en cuenta que el foro durará aproximadamente unas tres horas, no parece que en ese nimio espacio de tiempo podamos asistir a otra cosa que no sea la de observar a Angela Merkel tratando de huir de Nicolas Sarkozy, en su papel de Harpo Marx incansable perseguidor de coristas, o a Silvio Berlusconi rivalizando en morenez y asuntos capilares con sus homólogos internacionales, Obama al margen. En tres horas, no sólo parece improbable que esta gente pueda proceder a la “refundación del capitalismo” sino que, como diría Woody Allen, ni siquiera encuentre sitio para aparcar. Todo ello, bajo la presidencia de alguien, George W. Bush, que estaría bastante mejor desempeñando el digno papel de aparcacoches. </p>

	<p>Pero no seamos tan pesimistas, no cedamos al desaliento. Ni predicciones fatuas ni agonías decadentes. Porque, de triunfar el invento, este nuevo capitalismo exprés refundado y bronceado, bajo en calorías y sin colesterol, podría ver la luz en apenas 180 minutos. Jamás en la historia de la humanidad algo tan importante se habría gestado en menos tiempo. O quizá sí: el &#8216;Big Bang&#8217;, que dio origen nada menos que al Universo en millonésimas de segundo. De lograrlo  ―para qué ponerlo en duda―, nuestros aguerridos veinte héroes más uno podrían alcanzar la gloria eterna al reinventar toda una estrategia social modelada durante siglos en apenas dos horas más una. Y, de paso, abrir una nueva fuente de esperanza: de hipotecas a precios reducidos; de créditos fáciles para economías delicadas; de adquisición de paquetes accionariales de complexión universal cuyas fluctuaciones alcanzarían cotas inimaginables de rentabilidad en segmentos temporales supersónicos; de súbita liquidez total como sangre nueva inversionista que fluyera veloz por los mercados financieros y bursátiles; de resurgir de la producción a ritmos hasta ahora nunca vistos; de transacciones comerciales cósmicas libres de tasas con una valoración de rentabilidad desconocida; de expansión del universo capitalista desde una singularidad primigenia, donde su aceleración se establecería a través de una colección de soluciones de ecuaciones relativas jamás imaginadas hasta la fecha. ¿O me equivoco y quizá todo esto está ya inventado y no ha funcionado demasiado bien?</p>

	<p>Tal vez, pero aún así no seamos gafes ni agoreros. Tampoco nos pronunciemos con presuntuosas predicciones que no harían sino debilitar nuestro espíritu, ya de por sí hoy mermado, ante la sola perspectiva de contemplar la eventualidad del fracaso. Tengamos fe en nuestros veinte más uno superhéroes del universo capitalista y lancemos un mensaje a la humanidad en el que se perfile ante todo claramente el valor incontestable ―tal vez contradiciendo a Ortega e incluso hasta a Manrique― de que la historia, aún siendo imprevisible, siempre se justifica por el consuelo que supone mirar hacia atrás y encontrar tiempos peores.</p>]]>
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		<link>https://librodenotas.com/latrituradoraporcentual/14908/el-big-bang-capitalista</link>
		<pubDate>Fri, 14 Nov 2008 01:00:00 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Ortiz</dc:creator>
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	</item>
	<item>
		<title>Para qué sirve un Banco o ¿dónde está mi dinero?</title>
		<content:encoded><![CDATA[<p>La pregunta es la siguiente: ¿Para qué sirve un Banco? Observe el lector inteligente que hemos escrito Banco con inicial mayúscula para atajar cualquier posible confusión: todo el mundo sabe que un banco con minúscula es ese asiento alargado, con o sin respaldo, en el que duermen los borrachos en los parques sus excesos de <em>Don Simón</em>. He de hacer constancia ―ahora que todavía estamos a tiempo―, de que en esta sección de economía imbécil será habitual que aparezcan los nombres de muchas empresas y marcas. Y al hilo de lo que pretendemos explicar en un futuro, nada mejor que sea <em>Don Simón</em> la primera que quede reseñada. Aclaradas, pues, estas pequeñas cuestiones preliminares, procedamos a reformularnos la pregunta que de verdad nos trae aquí. Decíamos: “¿Para qué sirve un Banco?”.</p>

	<p>Pese a que algunos no terminen de verlo muy claro, es obligado precisar desde el primer momento que un Banco es una cosa tan inútil como apenas descriptible. La Real Academia de la Lengua Española se encarga además de añadir su tradicional toque de mayor confusión cuando dice que un Banco es un “establecimiento público de crédito, constituido en sociedad por acciones”. </p>

	<p>“¿De crédito?”, nos preguntarán algunos. “Pero si a mí no me han concedido un crédito jamás”, dirán. “¿Público?”, nos interrogarán igualmente los más aviesos. “¿No habíamos quedado en que el 99% de los bancos eran empresas privadas?”, seguirán argumentando, enarcando inteligentemente las cejas mientras cargan la pipa con una nueva remesa de tabaco. “¿Acciones?”, nos dirán algunos más, para añadir a renglón seguido: “¡Si no hay cosa más inmovilista que los bancos!”.</p>

	<p>“Bueno”, les diremos nosotros ―todos nosotros―, añadiendo más azúcar al café, “tampoco hay que tomarse las cosas tan al pie de la letra, pero es verdad que tienen ustedes buena parte de razón”. Y alguien dirá entonces: “¿Letras, a qué tipo de letras se refieren?”.</p>

	<p>Miro primero fijamente a los ojos del graciosillo que ha hecho esta última pregunta. Miro después a mi alrededor, tratando de encontrar gente a mi lado que complete el coro. Y reconozco esta vez que el uso del plural mayestático puede jugarme a veces ciertas malas pasadas. Así que a partir de ahora hablaré en singular, asumiendo enteramente toda mi responsabilidad civil subsidiaria, incluso en previsión de daños a terceros.</p>

	<p>Porque, amigos míos, en efecto: los bancos ―aclaradas las cosas, ya puedo regresar a las minúsculas― son una cosa tan inútil como inescrutable. Por eso, bien es cierto que a veces resulta bastante complicado explicar su función, sobre todo cuando es el caso de ese señor de allí, que ha dicho antes que a él jamás le habían concedido un crédito. Y es que, efectivamente, si uno no posee un crédito bancario, aparte de ser considerado como una piltrafilla económica y fiscal, y el hazmerreír de la comparsa, ¿de qué le sirve tener allí el dinero, con lo cómodo que es guardarlo en tu propia casa en una sencilla caja fuerte o, en su defecto, en un metálico envase de almendrados? ¿Qué sentido tiene estar buscando un cajero automático como un poseso a las cuatro de la madrugada en una noche de frío, viento y nieve, caminando junto a ―seguro― peligrosos malhechores, para sacar 50 miserables euros y encima tener que pagar una insultante comisión?</p>

	<p>Bien, no es éste el caso de la mayoría de la gente, que sí ha solicitado no uno, sino tres, cuatro, cinco, seis créditos o más para colmar sus sueños de misérrima opulencia, de burguesa hambruna. Y para ellos, un banco es entonces el lugar aparentemente más fiable donde domiciliar su nómina, la hipoteca, el seguro de vida y las letras de la Vespa de la niña. Atención, porque entramos aquí ya de lleno en la clave del juego de la sociedad económica capitalista y, por ende, de las entidades bancarias: <strong>nosotros guardamos en los bancos el dinero que no tenemos para que ellos lo inviertan en operaciones fantasmas</strong>. </p>

	<p>A partir de este momento, masas ingentes de no dinero comienzan a circular por todo el orbe, en una sinfonía desmelenada de acciones e inversiones, créditos y pagarés, pólizas e hipotecas, fianzas y comisiones. A partir de la presencia de ese dinero inexistente, se articula todo el sistema financiero mundial. De manera que no es extraño que, como está ocurriendo ahora, algunos bancos se hayan visto con el agua al cuello a la hora de tener que hacer real lo que era hasta la fecha tan sólo un ente abstruso. </p>

	<p>En consecuencia, cabe decir que <strong>un banco es una entidad artificial que especula con la confianza que la gente deposita en ella</strong>. Y por eso, a algunos les joroba tanto que el señor banquero de turno les niegue un simple crédito para comprar una lavadora, cuando es aquél precisamente quien está viviendo de la nómina del que le solicita ese crédito. Y resulta aún mucho más molesto que nos sean exigidos infinidad de avales, cuando el cliente ya de por sí debería constituir el mejor aval: sin él ―sin ellos, los clientes― el banco no es nada, sólo una fachada con un luminosos rótulo ridículo y gente muy aburrida en su interior.</p>

	<p>Como se observará, esta aguda reflexión nos lleva a concluir ―y ahora sí utilizo el plural porque esto nos compete a todos― que son los bancos quienes nos deben a nosotros y no nosotros quienes debemos a los bancos. Pero no: por la misma extraña razón que consiguen hacernos creer que son propietarios de un bien que no poseen, piensan también que gozan de la prerrogativa de concedernos o no ese crédito para comprar la lavadora o la moto de la niña. Y nosotros, pobres idiotas, vamos y no sólo nos lo tragamos, sino que todavía les lloramos para solicitarles, en el peor de los casos, que nos concedan graciosamente un adelanto sobre nuestra nómina, es decir, que nos presten un dinero que siempre ha sido nuestro. </p>

	<p>Pero la realidad, que es sabia y tozuda, ha venido ahora a poner las cosas en su sitio: ni los bancos se fían de la gente, ni la gente se fía tampoco de los bancos. Por no hacerlo, ni siquiera los propios banqueros confían en los otros bancos. Con lo cual, llevamos el exótico camino de regresar a una sociedad preindustrial, en la que no cabría descartar el trueque como futura y única moneda de cambio. </p>

	<p>A nadie debe extrañarle, en consecuencia, que el pasado <em>martes negro</em> 30 de septiembre tan sólo un único valor subiera más de un cuartillo en el índice <em>Down Jones</em>: las sopas <em>Campbell</em>. Y es que la gente ―como ha quedado dicho― afortunadamente cada vez se fía menos de los bancos y prefiere apostar en tiempos de crisis ―es comprensible― por la sopa boba. Que siempre ha sido mucho más rentable.</p>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/latrituradoraporcentual/14701/para-que-sirve-un-banco-o-donde-esta-mi-dinero</link>
		<pubDate>Tue, 14 Oct 2008 08:10:00 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Ortiz</dc:creator>
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