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	<title>Libro de Notas - Historias ocultas</title>
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	<description>diario de los mejores contenidos de la red en español</description>
	<pubDate>Tue, 06 Sep 2022 17:49:23 GMT</pubDate>
	
	<item>
		<title>La unidad 731: parte III</title>
		<description><![CDATA[<p>Los experimentos biológicos en seres humanos eran apenas un capítulo (aunque el más importante) de la industria infernal creada por Ishii. Otras investigaciones secretas tenían “el doble propósito de determinar, 1) los métodos de cultivo de agentes biológicos potencialmente aptos para la guerra; y 2) los métodos de diseminación.” Bajo el rótulo de “Investigación de Defensa”, los técnicos de la Unidad 731 produjeron vacunas para 18 enfermedades graves. En su “Investigación de Ataque”, los científicos de Ishii trabajaron en por lo menos 12 organismos distintos, incluyendo aquéllos que causan la peste, el muermo, el ántrax y el tifo.</p>]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>El 19 de julio de 1978, el antiguo comandante de la policía militar en el condado de Andong (China), regresó a Ping Fan como miembro de la quinta comisión japonesa del Comité de Enlace “Retorno a CHINA”. Confesó que en 1944 consintió el envío de 20 ciudadanos chinos a Ping Fan para ser usados como cobayas en experimentos con armas biológicas. Dijo: “<em>Los asesiné. Por ello no he podido dormir en más de 30 años. Ahora he regresado para pedir perdón aquí en Ping Fan</em>”.<br />
(“Memoria sobre los sucesos ocurridos en la planta bacteriológica de Ping Fan”, por Han Xiao y Zhou Deli, People’s China, volumen <span class="caps">III</span>; 1971).</p>

	<blockquote>
		<p>“Cometí crímenes contra la humanidad. Admito que al estudiar la acción de armas bacteriológicas en seres humanos vivos inyectándoles forzadamente enfermedades y patógenos infecciosos (como era práctica de la Unidad 731) con mi participación, cometí crímenes bárbaros y despreciables.”<br />
(Testimonio de Kawashima Kiyoshi en “Materials on the Trial of Former Servicemen of the Japanese Army Charged with Manufacturing and Employing Bacteriological Weapons” &#8211; Moscow: Foreign Languages Publishing House, 1950)</p>
	</blockquote>

	<p>El Ministerio de Guerra de Japón, y los líderes médicos del país como el decano Koizumi (mencionado en las entregas anteriores), se cercioraron de que Shiro Ishii tuviera siempre el personal científico y el presupuesto que necesitaba, claro está, basándose en los reportes sobre su trabajo que mensualmente llegaban a Tokio. Lo que distinguió el trabajo de Ishii en Ping Fan de cualquier trabajo médico parecido era el uso de cobayas humanos en sus experimentos. Este gran agregado, no solo para el gobierno imperialista japonés sino después para los vencedores soviéticos y estadounidenses, se sustentaba en la más grande documentación jamás hecha sobre el efecto horripilante de las armas biológicas en el hombre. Como aparece repetidamente en los reportes de los tribunales de guerra, Ishii realmente no tenía ningún valor como científico para el gobierno japonés, salvo por los folios que detallaban sus experimentos. </p>

	<p>Ishii y Masaji Kitano (su sucesor en Ping Fan desde 1942 hasta la primavera de 1945) adoptaron un método despiadado para estudiar el uso potencial de los patógenos biológicos. Trabajaban con seres humanos en un sinnúmero de enfermedades desde el ántrax hasta la fiebre amarilla. Sus equipos documentaron la reacción de la vida humana ante la peste, la fiebre tifoidea, la paratifoidea A y B, el tifo, el sarampión, la tularemia, la ictericia, la gangrena, el tétano, el cólera, la disentería, el muermo, la fiebre escarlata, la encefalitis, la fiebre hemorrágica, la tos ferina, la difteria, la neumonía, la erisipela, la meningitis cerebroespinal epidémica, las enfermedades venéreas, la tuberculosis, la salmonella, los efectos de la congelación, así como otros males. Nadie ha podido exhaustivamente catalogar, hasta hoy, el número exacto de patógenos que se estudiaron en Manchuria. </p>

	<p>Los experimentos biológicos en seres humanos eran apenas un capítulo (aunque el más importante) de la industria infernal creada por Ishii. Otras investigaciones secretas tenían “el doble propósito de determinar, 1) los métodos de cultivo de agentes biológicos potencialmente aptos para la guerra; y 2) los métodos de diseminación.” Bajo el rótulo de “Investigación de Defensa”, los técnicos de la Unidad 731 produjeron vacunas para 18 enfermedades graves. En su “Investigación de Ataque”, los científicos de Ishii trabajaron en por lo menos 12 organismos distintos, incluyendo aquéllos que causan la peste, el muermo, el ántrax y el tifo. Los estadounidenses que interrogaron al personal de la Unidad 731 entre 1946 y 1947 quedaron sorprendidos por la “magnitud” del trabajo del destacamento. Al menos 20 millones de dosis de vacunas se fabricaron cada año en Ping Fan. Otros millones de vacunas, cuyas cifras exactas se desconocen, se elaboraron en los laboratorios seccionales de Dairen, Hailar, Linkow y Sunyu. Por año, unas 50 mil gallinas y patos se utilizaron en Ping Fan para obtener huevos fertilizados solo para la preparación de un tipo de vacuna contra el tifo llamada “R.P.” (Rickettsia prowazekii). Y por lo menos una cifra similar de ratas para el éxito de la vacuna “R.M.” (Rickettsia mooseri). Ambos antídotos se produjeron tanto en pastillas como en jarabe.</p>

	<p>Ishii se jactaba de que era él quien personalmente había diseñado los cultivadores de la Unidad 731. Se trataba de unos hornos de duraluminio de aproximadamente 14 &#215; 9.85 &#215; 21 pulgadas que pesaban alrededor de 24 kilos. Cada uno albergaba unas 15 bandejas donde se cultivaban las bacterias, y a su vez cada una contenía unos 6,78 cuartos de agar. Los técnicos cultivaban los patógenos haciendo raspaduras por intervalos de tiempo. Se producían, así, organismos entéricos en intervalos de 24 horas. La peste, el ántrax y el muermo se cultivaban en periodos de 48 horas. Los anaerobios necesitaban más tiempo de maduración, generalmente una semana. Para llenar una simple cápsula de artillería, por ejemplo, se empleaban 900 bandejas de hornos para producir la cantidad requerida. Por ello los hornos funcionaban 24 horas, 365 días al año desde 1936 hasta el final de la guerra. Bajo la guía de Ishii (y posteriormente de Kitano), los expertos de Ping Fan experimentaron alrededor de cuatro sistemas de propagación:</p>

	<p>&gt; 1.  Investigaron dos tipos de cápsulas de artilleria: un casquete convencional capaz de almacenar gas, y un casquete altamente explosivo, de 75 milímetros “en el que media porción de la carga detonadora era remplazada por la suspensión bacteriana”. Ambos modelos demostraron su inefectividad y fueron abandonados como proyecto.</p>

	<p>&gt; 2. Trabajaron en dos grupos de bombas. Una bomba de un solo propósito de gran altitud fue propuesta para diseminar esporas de ántrax, llamada bomba HA, capaz de almacenar 1,500 partículas cilíndricas inmersas en 500cc de emulsión de ántrax.” Otras bombas de casquete de acero, designadas como Ujis multipropósito o Uji tipo 50 fueron estudiadas en Ping Fan y el aeródromo de Anda. En un periodo de 5 o 6 años, más de 2000 bombas tipo Uji 50 se detonaron en experimentos de campo con cobayas humanos. Otras 4000 bombas del mismo tipo fueron detonadas en sitios predeterminados tras ser lanzadas, a altitudes distintas, o en explosiones controladas. Estas pruebas mostraron al final que las bombas recubiertas de acero eran inútiles: pocos patógenos en ellas sobrevivían al intenso calor generado ya fuese por las explosiones o el impacto mismo.  Por esto, Ishii se volcó al recubrimiento de cerámica como sustituto conspicuo del acero. Desarrolló una bomba multipropósito con un cilindro de porcelana de 27,5 pulgadas de largo por 7 de diámetro, y una capacidad de 10,5 cuartos de líquido. Los resultados preliminares fueron desastrosos. Eventualmente la bomba se modificó al capacitar al cilindro con aletas de celuloide con el fin de controlar su caída, aunque la imprecisión continuó. Ishii entonces desarrolló la bomba RO de gran altitud, capaz de almacenar dos cuartos de fluido enriquecido con patógenos. La bomba RO nunca se comportó como sus creadores la imaginaron, y fue finalmente abandonada después de muchas pruebas y muertos. Finalmente los técnicos construyeron una bomba prototipo llamada “Madre e Hijas.” La bomba Madre se lanzaba primero, seguida por las Hijas. Las Hijas estaban diseñadas para explotar una vez que la Madre tocara tierra gracias a una detonación por señal radial. No obstante la tecnología involucrada, las bombas Madre e Hijas suponían costos altísimos de producción, y muy a pesar del entusiasmo, no pudieron desarrollarse como arma verdadera.<br />
La Unidad 731 hizo investigaciones exhaustivas sobre los diferentes tipos de bombas en un periodo de dos años, entre 1941 y 1942. Las bombas de tipo Uji y las Madre e Hijas habían sido diseñadas para contaminar vastas franjas de tierra. Los analistas de la Unidad anotaron que la “causación de heridas infecciosas era colateral.” El prototipo de la bomba de ántrax, la bomba HA, se pensó específicamente para infligir heridas profundas. Y todavía más, una vez que las esporas de ántrax penetraban la tierra, su efecto mortífero contaminante, a largo plazo, era casi imposible erradicarlo. En las entrevistas hechas por los funcionarios de inteligencia de Estados Unidos a los miembros de la Unidad 731 (en el periodo inmediatamente posterior al fin de la guerra, entre septiembre de 1945 y agosto de 1947) se insinúa que solo se expuso animales a los efectos de las bombas y demás pruebas. Pero la evidencia que acompaña cada entrevista demuestra que se estudiaron ampliamente los efectos de las armas biológicas en seres humanos. Se sabe, por ejemplo, que más de 100 caballos y 500 ovejas se les torturó con heridas en las que se cultivaba el ántrax, y amplios espacios verdes fueron contaminados con el estimulante B (prodigious). </p>

	<p>&gt; 3. Pruebas de campo se hicieron con el propósito de dispersar la bacteria sobre amplias áreas geográficas bajo la modalidad de nubes bacterianas. Se cargaron bombas de detonación estática y bombas convencionales con colorante rodamina y entre 2 y 5 por ciento de caldo de dextrano que fueron lanzadas en áreas previamente marcadas. También se hicieron estudios con nieblas negras y polvos impregnados de gérmenes. Estos experimentos con aerosoles utilizaban el equipo que supuestamente Ishii había diseñado. Los aerosoles estaban diseñados para destruir la tierra, las plantas, los animales y, por supuesto, la vida humana.<br />
Las bombas biológicas se lanzaban de altitudes entre los 4000, 2000, 1000 y 200 metros. Los resultados indicaron que las bombas lanzadas desde los 200 metros tenían un mayor efecto destructivo. A pesar que la utilidad del método de aerosol no fue enteramente comprobada por Ishii, sin lugar a duda fue el que más intrigó a los científicos estadounidenses y soviéticos en la posguerra. </p>

	<p>&gt; 4.  Se creó un equipo de voluntarios especialmente entrenados para diseminar el material bacteriológico (conocidos como “los saboteadores”) entre las guerrillas chinas, el personal militar enemigo soviético del otro lado de la frontera y la población en general. Estas unidades fueron utilizadas en el llamado Incidente Nomonhan de 1939, como también en operaciones muy bien documentadas en el centro de China entre 1940 y 1942. Bien consta en los documentos oficiales que muchos manchurianos murieron a causa de sus ejercicios de entrenamiento.</p>

	<p>La experimentación con seres humanos en la Unidad 731 seguía tres líneas distintas. La más importante se llevó a cabo en Ping Fan, Anda y otros laboratorios de Ishii en Manchuria. La segunda línea de experimentos al aire libre se realizó exclusivamente en el aeródromo de Anda (y sus inmediaciones) con el fin de estudiar la efectividad de un prototipo de bomba y los aerosoles. Y la tercera línea consistió en exponer tanto a la población civil como a los mismos contingentes militares a los patógenos. Cientos, si no miles de experimentos sobre seres humanos se llevaron a cabo en laboratorios subterráneos construidos según las pautas del mismo Ishii. Los “marutas” (troncos) eran arrastrados de sus celdas en los edificios 7 y 8, como de otras unidades, hasta los laboratorios subterráneos. Ahí los científicos japoneses inyectaban a las víctimas con patógenos de toda suerte y con dosificaciones distintas con el fin de determinar la cantidad específica necesaria para aniquilar, en un escenario hipotético, a una sola persona o toda una población. Adicionalmente se comprobaba la efectividad de los alimentos, las telas, las herramientas y utensilios como conductos de propagación. Así, los cobayas eran obligados a ingerir chocolates rellenos de ántrax y galletas cultivadas con otras bacterias. También se les daba líquidos contaminados (té, café, leche, cerveza, agua, vino, etc.) para verificar la efectividad de las dosis. Ishii de este modo encontró que las verduras eran el conducto ideal de transmisión de sus plagas. Estos estudios sobre frutas y verduras las hizo el Colegio Universitario Médico del Ejército Imperial en Tokio bajo la guía del discípulo más brillante de Ishii, Ryiochi Naito. Naito se concentró en la llamada “toxina fugu”, extraída del hígado del pez globo, de la que confeccionó una emulsión capaz de matar ratones. Naito deseaba experimentar con su toxina en seres humanos, aunque no lo logró, primero, por los bombardeos sin cuartel de los escuadrones B-29 sobre Tokio durante el invierno de 1944, y posteriormente, la destrucción completa del Colegio Universitario Médico por las bombas en abril de 1945.  </p>

	<p>Cada laboratorio en Ping Fan estaba dotado con un tablero que ocupaba una pared completa. Un técnico llevaba en el tablero la minuta, que se leía, de acuerdo a testigos, como: “Fecha X; a 3 troncos, identificados números X y Y, se les proporcionaron inyecciones de A y B, Y cc.” También se dejaban pedidos: “Necesitamos X (número) de corazones/hígados/riñones.” Los técnicos encargados en aprovisionar los laboratorios entonces se dirigían al edificio 7 y 8 y, como si fueran objetos de un inventario, sacaban los “troncos” humanos requeridos. Algunas pruebas exigían colgar el “material” de pies, de modo que pudiera determinarse cuánto demoraba un hombre para morir asfixiado. En otros experimentos se les inyectaba aire en las venas durante horas a las cobayas para estudiar la formación y consecuencias de la embolia. Otros experimentos incluían inyectarle a las futuras víctimas orina de caballo en los riñones. Kazuo Mitomo, un testigo cuyo testimonio recogen numerosos textos, recordó un experimento realizado en agosto de 1944, en el que</p>

	<blockquote>
		<p>“[…] puse tanto como un gramo de heroína en la gacha de avena de un ciudadano chino… después de treinta minutos quedó inconsciente y permaneció en ese estado hasta morir unas quince o dieciséis horas después… Sobre algunos prisioneros experimenté con drogas coreanas, la heroína y el aceite de castor. También presencié la ejecución de tres prisioneros sobre los que había experimentado y tuvieron que sacrificarse.”</p>
	</blockquote>

	<p>Una vez los cobayas eran asesinados, los cadáveres quedaban en manos de los patólogos, quienes hacían sobre los cuerpos una incisión en forma de Y para realizar toda clase de estudios. Una vez concluían, los cadáveres eran conducidos a los hornos crematorios. Hay pruebas de una investigación típica ocurrida entre mayo y junio de 1940, por ejemplo. Veinte prisioneros, entre los veinte y treinta años, con buena salud, fueron seleccionados de las celdas. A ocho se les inyectó una vacuna contra el cólera con equipo ultrasónico. A otros ocho con jeringas. A cuatro nada se les inyectó. Veinte días después, a todas las víctimas se les forzó a beber leche cultivada con cólera. Los cuatro que no fueron inmunizados murieron dolorosamente. Pocos días después, todos los demás murieron, salvo los ocho que habían sido vacunados ultrasónicamente. Por este estudio, Ishii ordenó que el equipo de producción de vacunas, rebautizado a “Equipo A” en 1940, se dedicara exclusivamente a las vacunas producidas ultrasónicamente.</p>

	<p>Los científicos de la Unidad 731 publicaron más de cien estudios tanto durante como después de la guerra. Camuflaban las referencias a los cobayas como especímenes de “monos manchurianos”, mientras que los experimentos verdaderos con monos se distinguían por incluir información adicional como “monos de colas largas”, etc. En el mundo médico japonés, los experimentos eran un secreto abierto, que se hizo público entre 1946 y 1947. Para ese entonces, los científicos no tuvieron que recurrir al camuflaje de las víctimas al describir detalladamente su trabajo a los funcionarios estadounidenses que tomaron sus declaraciones. El día a día de las fábricas de la muerte de Ishii se reconstruyó por la memoria de los testigos, puesto que muchos documentos habían sido destruidos con la retirada japonesa de Manchuria. Sin embargo, por las entrevistas mismas y los comentarios en ellas, muchos investigadores piensan que una gran parte de estos documentos sí sobrevivió a la guerra, y fueron decomisados por el gobierno de Estados Unidos.</p>

	<p>En el desierto de Utah, aproximadamente a unos 17 mil kilómetros de Ping Fan, está el pueblo de Dugway. En este desierto desolado, barrido por el viento, se encuentra la caja fuerte del material químico y biológico de Estados Unidos, y en sus bodegas se guardan los últimos vestigios del programa biológico japonés. Entre los numerosos edificios hay unos cuantos restringidos, como el de pruebas, al que se suman, como patio trasero, unos 3.046 metros cuadrados. En esta zona hay una biblioteca técnica de documentos y libros relacionados con las armas biológicas y químicas de todo el mundo. En el fondo de una de las bodegas, dentro de una caja enorme y sin marcar, se encuentran más de treinta expedientes voluminosos que resumen las entrevistas realizadas por los médicos de ocupación al doctor Ishii, Kitano y sus colegas de la Unidad 731. La misma caja guarda también tres reportajes jamás vistos de autopsias sobre los efectos de las armas biológicas en los seres humanos, cada uno de aproximadamente 800 páginas, con dibujos de órganos vivos en distintas etapas de desintegración. Durante muchos años estos documentos se mantuvieron con sigilo y recelo, pero los avances en armas biológicas, como la creación de armas nuevas, hicieron que las investigaciones de Ishii rápidamente se tornaran obsoletas. En 1978 estos documentos fueron desclasificados. </p>

	<p>Por ejemplo, en una carpeta, se lee el testimonio del doctor Hideo Futagi sobre sus experimentos con la tuberculosis en seres humanos. Sobre el bacilo Calmette (<span class="caps">BCG</span>) dijo: “<em>todos los individuos se recuperaron de estos experimentos</em>”, pero no lo mismo con la cepa C1 Hominis: “<em>todas las dosis desencadenaron una tuberculosis incontrolable que resultaba fatal tras un mes de ser inyectada</em>.” En otra prueba, la muerte sobrevino a los cobayas después de un mes de fiebres altísimas. Futagi, el Mengele japonés, experimentó también con niños, a quienes consideraba el conducto más puro de transmisión. Los experimentos de Futagi fueron particularmente horrendos, puesto que ya, para aquella época, se sabía que la tuberculosis no servía como arma biológica. En otro aparte se lee sobre el trabajo del doctor Kanau Tabei y sus experimentos sobre la fiebre tifoidea entre 1938 y 1943. En uno de sus experimentos, anotó: “<em>la muerte ocurrió en 2 casos, mientras que 3 individuos se suicidaron</em>.” En otro, se describe cómo se detonó una bomba llena de clavos infectados con bacilos a un metro de un individuo. El individuo rápidamente enfermó. Las heridas eran tan peligrosas que dos de los médicos a cargo de Futagi también enfermaron, pero sobrevivieron. El hecho de que los médicos japoneses, cuando se infectaban, sufrieran tanto, llevó a la Unidad 731 a concluir, para su provecho, que los manchurianos eran mucho más resistentes a las enfermedades que ellos. A partir de ese momento no hubo más consideraciones.  </p>

	<p>El doctor Kitano trabajó ampliamente en variedades de fiebres, encefalitis y la tifoidea, estudios que interesaron bastante al ejército estadounidense. La encefalitis, por ejemplo, en emulsión, se extraía del cerebro de ratones infectados y se inyectaba a los cobayas. De acuerdo al protocolo de Kitano, un hombre “<em>mostraba síntomas después de una incubación de 7 días</em>.” Las fiebres más altas registradas eran de 39.8C. Cuando el individuo mostraba signos de agonía, más o menos hacia el día duodécimo, era ejecutado. En otro paciente, tras inyectarle una dosis de 1.0 cc de emulsión cerebral de ratón, los resultados fueron más espantosos: “<em>La fiebre fue el primer cambio. Cuando la fiebre comenzaba a ceder, la parálisis motriz aparecía en las extremidades superiores: cuello, rostro, párpados y los músculos respiratorios. No había cambios sensoriales significativos, ni parálisis en la lengua, los músculos del esófago o las extremidades inferiores. Después del tratamiento, se descubrió que en muchos casos la parálisis era permanente. Esto se observó en periodos de 6 meses</em>.” </p>

	<p>No siempre los cobayas morían: particularmente los experimentos con tularemia fueron tan exitosos que los individuos se recuperaron rápidamente y sobrevivieron, claro, para morir en otros experimentos después. En los archivos de Utah hay al menos unos treinta y cinco relatos detallados que describen experimentos biológicos sobre seres humanos por parte de los médicos y científicos japoneses. En ellos se da cuenta de unas 801 víctimas y alrededor de 30 suicidios durante el desarrollo de esos experimentos. </p>

	<p>Tras concluir una visita a Japón en noviembre de 1947, el médico Edwin V. Hill, director del área de ciencias básicas en los laboratorios biológicos de Camp Detrick, Maryland, señaló: “<em>Se compiló evidencia en esta investigación que es de gran importancia y amplía el espectro de estudio en este campo</em>”. La información compilada por los científicos del ejército de ocupación según el mismo informe de 1947,  “<em>ahorra [a Estados Unidos] miles de millones de dólares y años de trabajo. Información así no hubiese podido ser obtenida en nuestros laboratorios dado los escrúpulos que existen en torno a la experimentación con seres humanos</em>.” De cualquier modo, gracias a los japoneses, Hill concluyó que “<em>la información obtenida sobrepasa un coste de 250.000 yenes a la fecha, casi nada si se compara con lo que nos costarían los estudios</em>.” Hill anotó también que “<em>el material patológico que se ha recopilado constituye la única evidencia material de la naturaleza e importancia de estos experimentos</em>.”</p>

	<p>El número total de los “maruta” o troncos asesinados fue mayor a las cifras presentadas a los fiscales estadounidenses. En un juicio de 1949 a los prisioneros japoneses en Khabarovsk (<span class="caps">URSS</span>), el Mayor General Kiyoshi Kawashima, antiguo director de las secciones I, <span class="caps">III</span> y IV de la Unidad 731, testificó: “<em>Puedo decir que del número de prisioneros del destacamento 731 que murieron por los efectos de las infecciones inducidas en ellos no sobrepasaron de 600 por año</em>.” Kawashima estuvo destacado en Ping Fan desde 1941 hasta el final de la guerra. Por ello los investigadores aliados, basándose en las cifras de Kawashima, concluyeron que habían muerto en experimentos biológicos no más de 3,000 personas (ignorando las víctimas anteriores a 1941, desde 1932, en Harbin). Las cifras de Kawashima descartan las muertes en los campos de Anda, Hailar, Linkow, Sunyu y Dairen, como el uso indiscriminado de armas biológicas contra los ejércitos soviético y mongol. Muchos más fueron asesinados en Cantón, Pekín, e incluso en Shanghái y Singapur (donde funcionaba la cruel Unidad 9420). Por lo menos entre 5 mil y 6 mil seres humanos fueron aniquilados en las fábricas de muerte diseñadas por Ishii &#8212;y que no estaban directamente bajo su control&#8212; en Mukden, Nankín y Changchun). Tampoco la cifra cuenta a los miles que fueron asesinados en agosto de 1945 en el intento del invasor de borrar todas las pruebas, cadáveres que tanto los chinos como los rusos encontraron masivamente, todavía frescos, entre los escombros. Hay que agregar que los japoneses, al liberar a cientos de animales enfermos, causaron muchas muertes en la población, tal y como lo evidencian los reportes de campo del ejército soviético. El gobierno chino estima que más de 2,000 personas murieron después de la guerra tras tener contacto con el arsenal biológico dejado por los japoneses en suelo chino. En realidad, nadie sabe con certeza la cifra exacta de los muertos que dejó el programa biológico japonés.  </p>

	<p>Anda es una ciudad ubicada al norte de Harbin, a algo más de dos horas por tren de Ping Fan. Hoy Anda es una comunidad próspera de más de 200,000 habitantes que vive junto a uno de los yacimientos de petróleo más grandes de China. Entre 1939 y 1945 Anda no era más que un campo de hierba y tierra donde la Unidad 731 construyó algunos edificios y realizó sus horribles experimentos. Cada nuevo procedimiento descubierto en los laboratorios era de inmediato probado en los campos de Anda. Estos procedimientos utilizaban seres humanos, tanto en pruebas dentro de los laboratorios en las enormes bodegas, como al aire libre. Hoy nada queda del complejo de Anda, que fue destruido completamente por el ejército Kwantung en su retirada tras la derrota de Japón. Lo poco que quedó en pie (y verificaron los soviéticos a su paso) fue canibalizado por los habitantes de la zona, que robaron los ladrillos, la hojalata, los dispositivos médicos y cualquier otro objeto que pudieran usar o vender en tiempos de hambre y desolación. Sobre las ruinas de la unidad Ishii en Anda se construyó una pujante ciudad industrial, y hoy nadie sabe con exactitud dónde estuvo ubicado el escalofriante complejo de la Unidad 731.</p>

	<p>Series completas de pruebas en Anda utilizaron cobayas humanos durante el reinado de Ishii y Kitano. Aunque los japoneses borraron gran parte de la evidencia (los inventarios), los rusos pudieron reconstruir en la posguerra algunos episodios. Por ejemplo, se descubrió que en el curso de una inspección anual al complejo de Anda en 1945, un oficial encargado le concedió permiso a un almacenista del complejo de desechar algunas mantas muy usadas. Este suceso, cotidiano para quienes participaron en la Unidad 731, puede dar pistas del número de seres humanos asesinados, pues cada año se reemplazaban varias veces insumos y equipos. En su informe (en poder del ejército soviético), el oficial supervisor anotó que “grandes manchas de sangre seca se veían en las mantas” y “estaban extremadamente raídas”. Había unas ochenta mantas inservibles en la pila que le fue enseñada al supervisor del Ministerio. Al preguntarle al almacenista sobre el estado deplorable de las mantas, este respondió: “<em>se usan para proteger los cuerpos de los individuos sometidos a los experimentos mientras en ellos se realizan los experimentos</em>.” Es razonable concluir, por tanto, que más de ochenta personas fueron asesinadas en Anda por año mientras existió.  </p>

	<p>En Anda se trabajaba sobre la ya conocida lista de patógenos, pero sobre todo, la plaga, el ántrax y la congelación. Hacia junio de 1941, se probaron bombas bacteriológicas en seres humanos. Entre diez y quince prisioneros fueron atados a estacas mientras que la aviación militar bombardeó el lugar. Aunque se desconoce los resultados de estos horrendos experimentos, se presume que fueron óptimos, puesto que pruebas similares se realizaron el siguiente verano. En otro experimento del que se tiene registro, quince prisioneros fueron atados a las mismas estacas. “<em>Banderines y señales de humo guiaban a los aviones</em>.” Estos aviones despegaban de Ping Fan y, una vez sobre el campo, lanzaban “<em>por lo menos dos docenas de bombas, que explotaban a 100 o 200 metros del suelo</em>”. De ellas salían mosquitos que enseguida se dispersaban, y tras esperar varias horas para que infectaran a los prisioneros, las víctimas eran limpiadas y conducidas de nuevo a sus celdas, donde quedaban bajo observación. Estos experimentos fueron infructuosos. Evidentemente la onda explosiva de las bombas, sumada a las altas temperaturas, debilitaban a los mosquitos que morían rápidamente. Las esquirlas de las bombas tampoco eran un método eficaz para diseminar el arsenal biológico.</p>

	<p>Las pruebas con ántrax se hicieron en Anda periódicamente entre 1943 y 1944. Los científicos de Ishii trabajaban con diez prisioneros “maruta” en cada sesión. El director del laboratorio que cultivaba el ántrax visitó Anda varias veces para supervisar estas pruebas, entre 1943 y 1944, y en su reporte anotó que los troncos “<em>tenían cara de chinos</em>”. Igualmente las víctimas se ataban a estacas en el campo. Se detonaban bombas de ántrax cerca, y dos o tres días después fallecían. Los experimentos con ántrax, con detonaciones de distinta magnitud y a determinadas distancias, terminaron siendo un fracaso. Para 1945, la Unidad 731 había fracasado en dar con un medio de propagación adecuada para que el ántrax pudiera usarse en la guerra. </p>

	<p>El Comando General del Ejército Kwantung, que ansiaba comenzar sus ejercicios para una confrontación con la Unión Soviética, autorizó a los equipos de Ishii iniciar investigaciones extensivas en materia de congelación, tanto en Ping Fan como en Anda. El Comando General predecía que, cuando llegara la guerra, los combates ocurrirían, si no todos, en condiciones climáticas adversas. Ishii rápidamente hizo de estas pruebas su especialidad, convirtiéndolas en rutinarias. Hombres desnudos eran monitoreados desde el otro lado de los ventanales que aislaban los cuartos de congelamiento de Ping Fan. A veces conectaban sus cuerpos a un sinfín de aparatos que medían su temperatura corporal y reacciones cardíacas. Hombres y mujeres eran expuestos, sin clemencia, a temperaturas bajísimas prolongadamente. Cuando sus miembros se congelaban, entonces los científicos de la Unidad 731 experimentaban con un sinnúmero de métodos para descongelarlos. En su testimonio de 1949, Toshihide Nishi describió gráficamente lo que le habían dicho otros compañeros de trabajo y lo que él, personalmente, había visto en los experimentos. Recordó: </p>

	<blockquote>
		<p>“… el investigador Yoshimura contó que afuera, bajo temperaturas inimaginables, es decir, cuando los termómetros bajaban de -20 grados, los prisioneros eran conducidos al patio. Se les extendían los brazos desnudos exponiéndolos al hielo y se ayudaba a su congelamiento con el aire de un ventilador. Esto solo terminaba cuando sus brazos, al golpearse con una vara, emitían el mismo sonido seco de una puerta cuando se golpea.” </p>
	</blockquote>

	<p>Incluso se hizo una película del experimento, perdida hoy, de la que Nishi dijo:</p>

	<blockquote>
		<p>“La cinta mostraba a cuatro o cinco infelices, con sus piernas encadenadas, mientras salían al patio ataviados de invierno pero con los brazos desnudos. Entonces comenzaba el proceso de acelerar el congelamiento usando un enorme ventilador. En la siguiente escena se veía cuando les golpeaban los brazos con una vara, y a medida que esto ocurría, los llevaban uno a uno de vuelta al laboratorio.” </p>
	</blockquote>

	<p>Un técnico médico de la Unidad 731 recordó que “<em>los experimentos sobre congelamiento en seres humanos se hacían cada año en el destacamento, durante los meses más fríos del año, entre noviembre y febrero</em>.” Los troncos eran “<em>llevados al patio mientras nevaba, antes de la medianoche, y se les ordenaba meter las manos en un barreño de agua helada. Así permanecían por un buen tiempo</em>.” A veces, “<em>se les sacaba de las celdas vestidos, pero descalzos, y se contribuía artificialmente por distintos métodos a que se les congelaran los pies</em>.” Una vez que los miembros se les congelaban, “<em>se les llevaba a un salón del laboratorio donde se les metía los pies en agua a cinco grados, y cuya temperatura se iba aumentado poco a poco. De este modo, se produjeron grandes descubrimientos sobre formas para contrarrestar el congelamiento</em>.”</p>

	<p>Ocasionalmente los médicos de la Unidad 731 combinaban los experimentos de congelamiento con los de armas biológicas. En enero de 1945, por citar un caso, se hizo una prueba con diez prisioneros chinos en la cárcel de Anda. El objetivo principal era infectarlos con gas gangrenoso. Pero para variar la fórmula, el experimento tuvo lugar en un ambiente a 20 grados bajo cero. Se ató a los prisioneros a estacas ubicadas no más de diez metros de donde debían estallar las bombas. Se les protegió cabeza, torso y espalda con corazas de hierro hechas para tal fin, dejando solo las piernas y los traseros expuestos. Valiéndose de un control remoto, detonaron las cargas, “<em>y las esquirlas infectadas se diseminaron alrededor de los individuos</em>”. Todos recibieron heridas considerables en las partes expuestas, y tras una semana de intenso sufrimiento, finalmente murieron. Por otra parte, en otras actividades similares, la Unidad 731 también hizo pruebas, como los nazis, sobre alta altitud. Para ello se construyó una cámara de presión en Ping Fan que les permitió observar cuánta presión podía resistir el cuerpo humano. A las víctimas de estos experimentos se les ató en una silla y se les conectó un buen número de aparatos que medirían los efectos. Se introducía luego presión en la cámara que se iba aumentando y disminuyendo hasta que los prisioneros perdían el conocimiento o estallaban en penosas convulsiones. Según los reportes era una muerte lenta y dolorosísima. Testigos afirman que, por una ventanilla, se hicieron muchas películas que detallaban la espeluznante agonía de los prisioneros. </p>

	<p>Las historias de los ataques con armas biológicas y químicas del Japón fueron numerosas. La revista Time reportó en 1942, por ejemplo, que los japoneses habían lanzando gas mostaza contra los chinos. A medida que la guerra avanzaba, más gente moría misteriosamente en los campos de batalla. A fines de noviembre de 1941, uno de los asesores del presidente Chiang envió una carta a todos los destacamentos en China pidiendo que, como se tenía información de que Japón estaba usando armas infecciosas y prohibidas contra los chinos, se recogieran pruebas, con la ayuda de la Cruz Roja, en las áreas de Yi Gang, Ba Wang Cheng y Qu Zhou. Adicionalmente el Presidente Roosevelt hizo una declaración en 1943 condenando enérgicamente el uso por parte de Japón de armas biológicas y químicas. En ella, Roosevelt afirmó: </p>

	<p>“<em>Reportes fidedignos han estado llegando que confirman el uso por parte de las fuerzas armadas de Japón de gases venenosos o nocivos en varias regiones de China</em>.” Y advirtió: “<em>Deseo que quede absolutamente claro que si el Japón persiste en esta forma inhumana de combate contra China o contra cualquier otro país de las Naciones Unidas, esas acciones se considerarán por este gobierno como hechas contra los Estados Unidos, por los que [Japón] deberá esperar una retaliación completa y enérgica</em>.” Roosevelt concluyó su advertencia con una observación: “<em>Debemos estar preparados para aplicar una medida retributiva completa. Depende de Japón esta posibilidad</em>.”</p>

	<p>Después de diez años de estar destacado en la región de Harbin, Ishii fue transferido a Nankín el 1 de agosto de 1942, donde asumió el cargo de Jefe del Primer Departamento Médico Militar. El motivo exacto de este traslado, como muchos otros datos en su carrera, se desconoce. Sin embargo, según testimonios, Ishii lo justificó porque varios “peces gordos del Ministerio” no querían que siguiera metido en el mundillo de las investigaciones biológicas. Esto, sin embargo,  se desvirtúa ya que, recién llegado a Nankín, Ishii inauguró ahí el mismo programa que dirigía en Ping Fan. Sumado a esto, el propio Ishii se aseguró que las investigaciones siguieran en su antiguo laboratorio a cargo de su sucesor.</p>

	<p>El sucesor de Ishii fue su rival eterno, el Mayor General (luego Teniente General) Masaji Kitano. A pesar que tenían mucho en común, sus personalidades eran bien distintas, como también su apariencia física. Mientras Ishii era alto y menudo, Kitano era chaparro y barrigón, con una cabeza gruesa, en forma de bala. No obstante, era tan ambicioso y decidido como Ishii, y estaba dispuesto a todo. Casi nada se sabe de los orígenes de Kitano, y parece, más bien, que nació en el seno de una familia campesina. Tenía casi la misma edad de Ishii, y se había graduado en la Universidad Imperial de Tokio aproximadamente en la misma época que Ishii se graduó en Kioto. Ambos eran médicos: Ishii de la clase de 1920, mientras que Kitano de la de 1922. Apenas días antes de recibir el diploma, ambos habían ingresado al ejército, para escalar posiciones casi al mismo ritmo. Como Mayores de los Cuerpos Médicos del ejército, Kitano e Ishii aterrizaron en Manchuria en 1932. Mientras que Kitano fue nombrado profesor adjunto del Colegio Médico Manchuriano en Mukden, también como médico del ejército, Ishii directamente inició el programa de investigación biológica en China. Si bien Ishii tenía más poder, Kitano tenía más prestigio, al punto que en los círculos militares lo llamaban “el emperador.” Para nadie era un secreto que el sucesor de Ishii era más erudito, y sus estudios e investigaciones se apreciadiaban en el mundo académico japonés – muy a pesar que se inspiraron, en gran parte, en los abusos que cometió contra seres humanos en territorio ocupado. El sentido ético de Kitano no era mayor al de Ishii, y no le impidió, durante diez años, ser profesor emérito. En los laboratorios universitarios, durante este tiempo, y con la ayuda de sus colegas, asesinó a cientos de chinos, coreanos y otros “seres inferiores” en el curso de experimentos bestiales. De su paso por las aulas de Mukden quedan los testimonios de autopsias y cirugías sobre seres humanos sin anestesia, vivisecciones, y otros horrores. A pesar que los japoneses en retirada trataron de destruir toda la evidencia en Mukden, los patriotas chinos encontraron las morgues llenas de víctimas bien preservadas que hoy están exhibidas en la facultad médica de la universidad como testimonio vivo de las atrocidades de Kitano.     </p>

	<p>Durante los veintidós meses en los que ejerció como Comandante “encargado” de la Unidad 731 en Ping Fan (entre agosto de 1942 y marzo de 1945), Kitano demostró que era un sucesor digno de Ishii. Entre sus primeras órdenes fue expandir el programa biológico con cobayas humanos. A pesar que la guerra para entonces se había vuelto en contra de Japón, aseguró que nueva tecnología le llegara en 1944 a pesar de las restricciones. Estos equipos nuevos le permitieron producir más patógenos a menor tiempo. Bajo la supervisión de Kitano, las técnicas de diseminación aérea de armas biológicas se perfeccionaron, técnicas que permitieron propagar una plaga en las afueras de Shanghái en 1944. Esta prueba fue filmada, y su primera proyección dejó sin habla a un muy satisfecho comando del Kwantung. </p>

	<p>Todos los experimentos en seres humanos realizados por la Unidad 731 fueron debidamente filmados o documentados. De aquello que los aliados recuperaron, se rescatan fechas y se detalla, con bastante frialdad, el sufrimiento de las víctimas. Los archivos incautados eran de gran calidad, al punto que absolvieron a los criminales médicos japoneses de los tribunales de guerra. Afortunadamente Ishii y sus colegas de la Unidad 731 fueron incapaces de crear y producir un medio efectivo para diseminar las armas biológicas. Si bien se produjeron prototipos variados como conductores, ninguno tuvo la capacidad de destrucción masiva. Si el final de la guerra se hubiera retrasado, Ishii y Kitano habrían podido, seguramente, cambiar su curso a favor de Japón. </p>

	<p><strong><span class="caps">FUENTES</span></strong></p>

	<ul>
		<li>Zou Shi Kui, “An Investigation into the Remains of Army Unit 100,” en <em>Changchun Cultural and Historical Materials</em>, vol. 4 (Changchun, 1986)</li>
	</ul>

	<ul>
		<li><em>Materials on the Trial of Former Servicemen of the Japanese Army Charged with Manufacturing and Employing Bacteriological Weapons</em> (Moscow: Foreign Languages Publishing House, 1950).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Han Xiao, “The Evidence of the Japanese Imperialists’ Invasion of China— Brief Introduction to the Ruins of the Japanese Bacterial Factory in Ping Fan,” translated by Ms Lu Cheng, <em>Northern Relics</em>, vol. 6 (Harbin, 1985).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Spence, Jonathan D., <em>The Search for Modern China</em> (New York: W.W.Norton, 1990).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Myers, Ramon H., <em>The Japanese Economic Development of Manchuria</em>, 1932 to 1945 (New York: Garland, 1982).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Jones, F. C, <em>Manchuria since 1931</em> (London: Oxford University Press, 1949)</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Tsuneishi Kei-ichi, <em>The Germ Warfare Unit That Disappeared: Kwantung Army’s 731st Unit</em> (Tokyo Kai-mei-sha Publishers, 1981).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Brackman, Arnold C., The Other Nuremberg: <em>The Untold Story of the Tokyo War Crimes Trials</em> (New York: William Morrow, 1987).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Harris, Robert, and Paxton, Jeremy, <em>A Higher Form of Killing: The Secret Story of Chemical and Biological Warfare</em> (New York: Hill and Wang, 1982).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Williams, Peter, and Wallace, David, <em>Unit 731: The Japanese Army’s Secret of Secrets</em> (London: Hodder and Stoughton, 1989).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Tsuneishi, Kei’ichi, and Asano, Tomizo, <em>The Bacteriological Warfare Unit and the Suicide of Two Physicians</em> (Tokyo: Shincho-Sha Publishing Co., 1982).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>“The Report of ‘A’,” Traducción al inglés dada a Fort Detrick, Md., por los científicos japoneses en 1948, actualmente en la Biblioteca Técnica de Dugway Proving Grounds, Dugway, Utah.</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>“The Report of ‘G’”, Traducción al inglés dada a Fort Detrick, Md., por los científicos japoneses en 1948, actualmente en la Biblioteca Técnica de Dugway Proving Grounds, Dugway, Utah.</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>“The Report Of ‘Q’”, originalmente en consignación en Fort Detrick, Frederick, Md., ahora archivado en la Biblioteca Técnica de Dugway Proving Grounds, Dugway, Utah.</li>
	</ul>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/historiasocultas/21706/la-unidad-731-parte-iii</link>
		<pubDate>Wed, 04 Jan 2012 08:00:00 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Max Vergara Poeti</dc:creator>
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	</item>
	<item>
		<title>La unidad 731: parte II</title>
		<description><![CDATA[<p>En la <a href="http://librodenotas.com/historiasocultas/20849/la-unidad-731-parte-i">primera parte de estas entregas</a>, se narró el nacimiento de la Unidad 731 encargada de crear y probar armas biológicas para el Ministerio de Guerra del Emperador. En esta segunda parte, se detallará la construcción y otras particularidades de los nuevos laboratorios de Ishii en la ciudadela de la muerte de Ping Fan, así como el procedimiento de reclutamiento de víctimas y, en general, precisiones sobre la Unidad 731.</p>]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p><em>En la <a href="http://librodenotas.com/historiasocultas/20849/la-unidad-731-parte-i">primera parte de estas entregas</a>, se narró la rápida y brillante carrera del médico y Mayor General del Ejército Imperial Japonés, Shiro Ishii, y el nacimiento de la Unidad 731 (a su cargo) encargada de crear y probar armas biológicas para el Ministerio de Guerra del Emperador. Se repasó los trabajos realizados por la Unidad 731 en el primer laboratorio de investigación de su tipo (en el mundo) ubicado en la zona industrial de Harbin, trasladado posteriormente a la colonia de Zhong Ma, construida sobre las ruinas de un villorrio alguna vez llamado Beiyinhe. En esta segunda parte, se detallará la construcción y otras particularidades de los nuevos laboratorios de Ishii en la ciudadela de la muerte de Ping Fan, así como el procedimiento de reclutamiento de víctimas y, en general, precisiones sobre la Unidad 731. La tercera parte de estas entregas explorará detalladamente los experimentos en seres humanos ejecutados por la Unidad 731 en Ping Fan. Una cuarta parte narrará las atrocidades cometidas por otras unidades a cargo de Ishii en Nankín y Changchun. Y la quinta y última parte abordará el encubrimiento aliado de los crímenes de guerra cometidos tanto por militares como por los científicos de Japón durante y después de la  Segunda Guerra Mundial.</em></p>

	<p><strong>Ping Fan: el laboratorio de la muerte</strong></p>

	<p>La mitad de la década del 30 del siglo pasado fue, sin lugar a dudas, importantísima para el ascenso de Shiro Ishii como director del programa biológico japonés de preguerra. Tres años después de ascender a Mayor del Ejército, Ishii consiguió el grado de Cirujano Teniente Coronel, algo impensado en una época de obstáculos y recortes presupuestales. Su ascenso fue rápido, indiscutiblemente, y se debió, en principio, a sus trabajos en Beiyinhe. Ishii jamás dejó de venderle al gobierno japonés los supuestos beneficios de la investigación biológica. Por ello, la gran oportunidad le llegó al brillante médico el 1 de agosto de 1936, cuando fue promovido a Jefe del Ejército Kwantung Boeki Kyusui Bu, lo cual traduciría “Unidad Anti-epidémica de Suministro de Agua”. Un año antes, en 1935, el ejército Kwantung (de ocupación en Manchuria) sobrevivió a una epidemia de cólera que, antes de poderse contener, había arrasado con más de cinco mil soldados. Una investigación oficial (y de dudosa conformación) concluyó que se había tratado de un ataque de la resistencia china con armas biológicas (dada la naturaleza extraña de la epidemia), de modo que la respuesta de Japón fue la de contaminar las fuentes hídricas con patógenos muy a pesar de que no eran los chinos, sino los rusos, los principales sospechosos. Poco antes de llegar a Beiyinhe, el doctor Ishii había inventado un purificador de agua que había sido utilizado de inmediato por el Ejército en sus operaciones. Año tras año, el filtro fue mejorado de modo que el prestigio de Ishii, en las altas esferas del gobierno japonés y el mundo académico, creció. Según recordaron posteriormente testigos de las presentaciones públicas del filtro, ya Ishii, para esa época, se veía eufórico, incluso confundido e introspectivo. </p>

	<p>Para la rendición de Japón en 1945, Matsumura Chisho ostentaba el rango de Mayor General y era Jefe Adjunto del Comando del Ejército Kwantung. Conocía a Ishii en la intimidad, y en sus memorias Matsumura hizo un retrato del controvertido médico. Lo recordó como un</p>

	<blockquote>
		<p>«cirujano militar decidido y valeroso, que tenía grandes dotes para las relaciones públicas y una habilidad para llevar a cabo lo que se propusiese –alguien que todos conocían como el «loco cirujano del ejército». Desde joven, Ishii se había caracterizado por una gran capacidad para llevar a cabo lo imposible. En la facultad que dirigía, en la Escuela Médica, mientras yo trabajaba en el cuartel general, Ishii pidió fondos y mano de obra para su trabajo de control de epidemias relacionado con el manejo de aguas. Para lograr llamar la atención de sus jefes, comenzó a ejecutar una serie de números bastante exóticos que causaban estupefacción, como por ejemplo, uno era lamer sal que decía había sacado de la orina humana…»</p>
	</blockquote>

	<p>Sus espectadores no habían sido simplemente funcionarios del ejército y las universidades, sino que el mismo emperador Hirohito era un admirador de su trabajo (se sabe que dos veces fue a ver sus presentaciones).</p>

	<p>Ishii adicionalmente hizo una pequeña fortuna con su invento. El monopolio exclusivo de explotación del invento lo ganó Nippon Tokushu Kogyo Kabushiki Kaisha, una planta ubicada cerca del laboratorio de Ishii en Tokio. La fábrica también contrató al científico como asesor de diseño industrial, a un precio de 50,000 yenes, lo cual era, en aquella época, toda una fortuna. Los sobornos eran comunes en el ejército japonés, e Ishii probablemente recibía dinero adicional por debajo de la mesa permitiéndole así llevar la vida lujosa que se recuerda de él. El término “complejo industrial-militar corrupto” era por entonces desconocido, pero resulta apropiado para comprender el rápido ascenso en la carrera militar del cirujano. </p>

	<p>El Buró de Purificación de Aguas, como se le conocía en breve, fue la fachada perfecta para Ishii. Nadie cuestionaría la utilidad de una unidad investigativa que procurara agua potable a las tropas del Emperador. Al final, más de dieciocho unidades parecidas proliferaron por toda Manchuria y en China hasta el fin de la guerra. Todas, claro está, bajo la dirección y administración de Ishii, dedicadas de una forma u otra a aportar algo a la investigación bacteriológica en seres humanos. </p>

	<p>El cuartel de operaciones de la red dirigida por Ishii se conocía como el complejo “Ping Fan”, una franja geográfica propicia que el mismo Ishii descubrió poco después de convertirse en director del Buró de Purificación de Aguas. Ping Fan consistía de diez villorrios apiñados uno detrás de otro a unos 24 kilómetros al sur de Harbin. El territorio ocupado era de unos 6 kilómetros cuadrados. Desde el centro de Harbin, el viaje en coche era de aproximadamente cuarenta y cinco minutos. Para el otoño de 1936 algunos de los villorrios fueron despoblados. El 15 de agosto de 1938, siguiendo el calendario lunar chino, se incluyeron otros tres villorrios, también de manera forzada. En total, por lo menos ocho villorrios fueron tomados violentamente por los japoneses entre 1936 y 1938. Las expropiaciones incluían tierra cultivable y bosques. Mil setecientas viviendas fueron desalojadas, y alrededor de 600 familias tuvieron que huir como consecuencia de las acciones del invasor. Adicionalmente, muchas de las indemnizaciones autorizadas por Ishii eran estafas, puesto que se pagaba menos de la tercera parte de su precio real. Esto, sin descontar los más de treinta impuestos que debían pagar los manchurianos tanto a japoneses como al gobierno de Manchuko, lo cual reducía la indemnización a prácticamente nada. </p>

	<p>Ishii se había jactado siempre de poder materializar una idea “a gran escala”. Pero cuando se completó el complejo de Ping Fan en 1939, la idea había sido tan grandilocuente que habría podido sorprender hasta al mismo arquitecto de Hitler. Los planos de Ping Fan dan cuenta de alrededor de 76 edificios que eran la base del complejo. Estos constaban de un enorme edificio donde operaba desde la administración general hasta los amplios laboratorios, los hospedajes para obreros civiles, los barracones, las baterías antiaéreas, los establos interminables para los animales, un edificio exclusivamente dedicado a las autopsias, un campo adjunto donde se cultivaban alimentos para la población residente y otro campo para ejecutar experimentos biológicos en tierra y plantas. También contaba con una prisión destinada a albergar los cobayas humanos, una planta eléctrica, tres hornos crematorios de gran capacidad, y un complejo de recreación para el personal, con canchas de tenis y piscinas. Un tren especial unía a Ping Fan con Harbin, sumándose a la pista privada desde donde operaba la flotilla aérea privada de Ishii. El perímetro sumaba más de 6 kilómetros cuadrados y era más imponente que el complejo de Auschwitz-Birkenau en Polonia. El ejército Kwantung decretó que Ping Fan sería la “Colonia Militar Especial No. 14”, de acceso restringido, a la cual solo se podría acceder con permisos especiales. El grado de secrecía no era exagerado: Ishii debía ocultar todas sus oscuras actividades del otro lado del alambre de espino y las paredes de concreto. Para levantar los edificios, el gobierno japonés envió mano de obra desde Tokio, de modo que nadie en la región tuvo una idea exacta de lo que allí se estaba construyendo. El espacio aéreo sobre Ping Fan era restringido. </p>

	<p>La compañía local de aviación, Aerolíneas de Manchuria, recibía permanente avisos de que, si uno de sus aviones violaba la restricción, sería automáticamente derribado. Esta colonia militar especial estaba a cargo de tres fuerzas distintas: la policía militar japonesa (la temida Kempei), la Policia Militar Kwantung y la policía del gobierno títere de Pu Yi. Un contingente élite del Ejército Imperial servía, al interior de Ping Fan, como un cuarto anillo de defensa (contrario a lo que se podría pensar). Para mantener la estricta seguridad dentro y fuera del complejo, la Fuerza Aérea japonesa solía patrullar el espacio aéreo varias veces al día. Las rutas aéreas entre las ciudades al norte de Ping Fan estaban incluidas en la llamada “línea fronteriza de 60 li” (o 30 kilómetros). Cualquier aparato que volara por fuera de curso era derribado sin advertencia. Cuando los trenes se detenían una estación antes de la de Ping Fan, los ayudantes iban de vagón en vagón cerrando las cortinas de las ventanas. Una vez que el tren partía, debía disminuir su velocidad una vez se situaba frente a la Colonia Militar Especial No. 14, de modo que desde las garitas del complejo, los funcionarios pudiesen inspeccionar, con gemelos en mano, cada ventana de los vagones. Si alguien movía una cortina o trataba de mirar por una ranura era arrestado en el acto bajo cargos de espionaje.  </p>

	<p>Las preocupaciones de Ishii sobre la seguridad de Ping Fan rayaban a menudo en la paranoia. Quienes tenían capacidad de mando eran los protegidos de Ishii: él confiaba en ellos, y generalmente, eran casi todos oriundos de Chiyoda Mura (poblado natal de Ishii) y sus alrededores. El complejo de Ping Fan estaba aislado por varias capas de barreras y fortificaciones. Como en Beyinhe, el cuartel general estaba protegido por un foso, al estilo de los castillos medievales. En todo el complejo, un grueso muro de ladrillo, de más de 5 metros de altura, precedía a un foso anchísimo y profundo. Una decena de cables de alto voltaje detrás del alambre de espino impedían superar con éxito el de por sí difícil muro. Había garitas de vigilancia en todos los flancos. Solamente había cuatro accesos para todo el perímetro de Ping Fan. La puerta Sur permitía el ingreso del personal. La puerta Occidental era solo usada para emergencias. Y por las puertas Norte y Oriental ingresaban los trabajadores chinos. Había francotiradores en los tejados de los edificios, incluso en las chimeneas de los hornos crematorios, desde donde se veía Ping Fan como a ojo de pájaro. El “edificio cuadrado” era el corazón del complejo del doctor Ishii, y sumaba más de 9,200 metros cuadrados detrás de una muralla que no podían traspasar los chinos a menos que fueran a ser víctimas de los experimentos.</p>

	<p>La mano forzada china construyó la enorme fábrica de muerte en menos de dos años. Se estima que entre 10 mil y 15 mil personas levantaron el complejo Ping Fan desde 1936 hasta poco antes de su destrucción en agosto de 1945, antes de la llegada del ejército soviético. El ejército de ocupación exigía que todo varón chino, entre los dieciséis y sesenta años que residiera en Manchuria, debía donar cuatro meses de su vida cada año al servicio de la causa del Emperador. Adicionalmente, cualquier familia que tuviera más de tres hijos varones debía entregar uno, durante un año, al servicio del Kwantung. Algunas veces había hasta 1,500 chinos trabajando en Ping Fan, divididos en grupos y supervisados por el temido Kempei. Eran en realidad esclavos: no solo eran las jornadas interminables, sino que cada mañana debían hincarse para alabar a sus amos japoneses de una forma indignante, y cuyo castigo, por no hincarse, comenzaba con la furia de los perros guardianes, cuyas mordidas eran generalmente mortales. Había represalias para todo un grupo si uno de sus integrantes escapaba o intentaba hacerlo. Para asegurarse de la lealtad de los chinos esclavizados, los japoneses infiltraban agentes que recogían información entre los obreros. Las brutalidades eran múltiples. Incluso con el tiempo creció, en inmediaciones de Ping Fan, una fosa común, donde se lanzaban los cadáveres de los caídos, y que llegó a conocerse como “el cementerio de los trabajadores”. Para el final de la guerra el hedor que provenía de las fosas era insoportable. Las pertenencias de los muertos se entregaban a los nuevos esclavos que llegaban al complejo. Entre 1936 y 1945 más de un tercio de todos los esclavos en Ping Fan murieron por las heridas derivadas de los maltratos brutales. </p>

	<p>Cuando las primeras fotografías aéreas de Ping Fan llegaron a Tokio, más de uno en el Ministerio de Guerra quedó con la boca abierta. Sin lugar a dudas estaban impresionados, pero convencidos también de que debían inventar un pretexto urgente para encubrir el megaproyecto de Ishii. No tardó mucho para que se difundiera en Manchuria el rumor de que el complejo Ping Fan no era otra cosa que un “campo maderero”, una “aserradero altamente sofisticado”. Es por esa razón que Ishii y sus colaboradores pronto comenzaron a referirse a sus cobayas humanos como “maruta” o troncos.</p>

	<p>El presupuesto inicial del complejo de Ping Fan era de unos 9 millones de yenes. Solo la nómina osciló entre doscientos mil y trescientos mil yenes, y 6 millones se adjudicaron exclusivamente para la experimentación científica. ¿Cómo alguien como Ishii, con un rango militar tan bajo, manejaba un presupuesto tan exorbitante? Sin duda alguna, alguien en Tokio le cuidaba muy bien la espalda. Lo cierto es que para la entrada en funcionamiento de Ping Fan, su protector, el General Nagata, estaba muerto (víctima de uno de tantos intentos golpistas que eran comunes en la política ultraderechista japonesa de preguerra). Quizás el sucesor de Nagata, o alguien en la Corte Imperial, o algún influyente político de corte fascista, miembro de alguna sociedad ocultista de las muchas que abundaban por entonces, estaban apoyando el proyecto de Ishii en Ping Fan. </p>

	<p>La cadena de mando de Ping Fan la encabezaba el doctor Ishii, que reportaba directamente al Comandante del Ejército Kwantung en Manchuria. El Director del Departamento Médico del Ejército Kwantung también supervisaba algunas de las actividades de Ping Fan. En temas sensibles, Ishii reportaba al Buró de Asuntos Médicos en Tokio y el Grupo AO en cuanto a investigación y experimentos se trataba. Vale recordar que el Ejército Kwantung brillaba por su independencia de Tokio. El “incidente Mukden” fue un ejemplo de la incapacidad del gobierno japonés para domar a su rama militar en Manchuria. Lo único que en últimas mantuvo el control de Tokio sobre el Kwantung fue el presupuesto, que era ordenado desde la capital. Poderosos amigos de Ishii en Tokio como el Coronel Yorimichi Suzuki, Jefe de la Primera Sección de la División Estratégica del Mando Militar del Ejército Imperial posiblemente ayudaron a garantizarle siempre suficiente presupuesto. </p>

	<p>Según el testimonio de Ryuji Kajitsuka, Teniente General del Servicio Médico del Kwantung y Director de la Administración Médica del mismo, el doctor Ishii obtuvo permiso y credenciales para sus investigaciones “directamente del Emperador”, por decreto, en 1936. El decreto de Hirohito, que hasta el día de hoy no ha sido publicado en Japón, pero cuyos extractos sobreviven, debía ser “enviado a todas las unidades del Ejército japonés para información de sus miembros”. Kajitsuka conoció el decreto, y posteriormente, según afirmó, entre 1939 y 1940, al parecer Hirohito firmó otro decreto imperial en el que se reorganizaba la unidad a cargo de Ishii. “Tuve conocimiento de este decreto estando en el cuartel general del Ejército Kwantung hacia febrero de 1940, con el debido sello de “secreto” impreso en todas sus páginas”, dijo en su entrevista a los aliados tras el fin de la guerra.</p>

	<p>Es muy posible, por ello, que Ishii tuviera amigos en las más altas esferas de la política imperial, si no la más alta: la misma divinidad del Emperador. </p>

	<p><strong>El infierno en Manchuria</strong></p>

	<p>En una noche helada del otoño de 1936, tan fría como siempre en Manchuria, se congregaron en el salón de conferencias de Ping Fan más de 60 asistentes, de los más allegados al director de la Unidad 731, en la ceremonia que oficialmente inauguró el programa biológico del Japón. A pesar de los ornamentos (crisantemos por doquier, la eterna fijación de Ishii) fue un evento breve, encabezado por el discurso del mismo doctor:</p>

	<p>bq «Los preparativos para nuestro laboratorio investigativo han concluido. Esta unidad, que se conoce como la “isla remota”, está completamente aislada de las leyes de nuestro país, y no hay objeción alguna sobre si este ambiente es apto o no para nuestras investigaciones. Comparado con los laboratorios científicos universitarios en los grandes centros urbanos con los que ustedes están familiarizados, estas instalaciones no son siquiera parecidas, y solo nos resta sentirnos orgullosos que tenemos toda la tecnología científica existente a nuestra disposición. ¿Creen que alguien más, distinto de los que estamos aquí, si quiera imagina, incluso en sus sueños más disparatados, que existe un laboratorio tan espléndido para la producción de cultura, en estas salvajes dulas? Ahora, por encima de esto, no hay por qué preocuparnos sobre la financiación de nuestra investigación…»</p>

	<p>Pero aquellas palabras no resumieron el proyecto del doctor Ishii. Aunque si bien estaba adscrito al ejército Kwantung, Ishii gozaba de suficiente protocolo de acceso como para pasearse libremente por el Ministerio de Guerra en Tokio, y adicionalmente, recién había recibido el respaldo del emperador Hirohito, a través de un decreto. Sin duda alguna, los días dorados de la ambiciosa pero modesta Unidad Togo en Beiyinhe quedaban atrás.</p>

	<p>La nueva unidad, que retuvo a gran parte del personal de Beiyinhe, se le apodó, desde el principio, la “Unidad Ishii”. En 1941, cuando Japón ya había entrado en guerra con Estados Unidos, y solo para encubrir aún más las actividades en Ping Fan, Tokio le otorgó una nueva denominación numérica, la Unidad No. 731 o Unidad 731, que es como hoy mejor se le conoce. Desde su lujosa oficina decorada siempre con frescos crisantemos, en el edificio cuadrado de Ping Fan, Ishii planificaba sus retorcidos experimentos en nombre de la “investigación médica”. Nadie, ni siquiera en las películas más espeluznantes de terror, ha podido recrear hasta hoy el inmundo universo de Ping Fan. Los científicos a cargo de Ishii eran investigadores, muy bien pagos, a quienes se les había prometido ascensos, gozaban de lujosos paquetes vacacionales y estaban convencidos que hacían un trabajo noble por el bienestar de Japón y de la humanidad. Había algunos, vinculados al Ejército, que cumplían solo órdenes, mientras que otros, menos afortunados por ser estudiantes universitarios, eran engañados por sus profesores. Tal cosa ocurrió con un grupo de la facultad de medicina de la Universidad de Kioto, que alcanzó notoriedad bajo el mote de “La panda de los siete”, intimidados por el profesor Shozo Toda, rector del departamento de Medicina de la institución, quien los obligó (como se supo en la posguerra) a hacer sus pasantías en Ping Fan. Para todos ellos, en últimas, la ética no fue un asunto que debía considerarse. Por más reacios que se mostrasen desde el principio, aprendieron rápidamente, bajo la tutela de Ishii, a deslindar la ética de la ciencia. Adicionalmente eran seguidores de la doctrina nacionalista que, precisamente, llevaría a Japón a la guerra. Era una época en nuestra historia humana en la que el fin sí justificaba los medios.</p>

	<p>El Mayor Tomio Karasawa fue uno de aquellos científicos jóvenes. Tras caer como prisionero de los soviéticos en 1946, declaró en su interrogatorio su admiración por Ishii y el trabajo de la Unidad 731. Admitió que mientras “<em>fui testigo, con reserva, de todos los preparativos para una eventual guerra biológica, definitivamente creí que… Ishii había hecho grandes experimentos allí.</em>” Luego explica, con más detalles:</p>

	<blockquote>
		<p>«Participé en estas investigaciones, de lo que detesto hablar, pero lo haré porque no puedo cargar con un peso así en mi mente. Pensé en aquel momento que al llevar a cabo este trabajo solo podía justificarlo por el deber que tenía como oficial del ejército, pero ahora, puedo explicarlo como el trabajo de un médico que crea arte benevolente.»</p>
	</blockquote>

	<p>Al preguntársele si le agradaba trabajar para Shiro Ishii, el Mayor Masuda, farmaceuta de especialidad, respondió con indignación: <em>«¡No lo veíamos así! ¡Trabajábamos para nuestro país! Hicimos lo que se nos ordenó. Creía que el General Ishii era un gran hombre, un hombre valioso»</em>. Ishii descartó el asunto ético desde la misma noche fría de su discurso inaugural. En aquella ocasión, le recordó a su personal que tenían una misión “dictada por Dios”, para la que debían “desafiar todos los organismos capaces de infligir mortandad”. Debían “bloquear” las posibilidades de esos microorganismos para “violar el cuerpo humano”, aprendiendo a aniquilarlos, supuestamente con “los mejores tratamientos”. Sin embargo, el trabajo de la Unidad 731 fue contrario a todos estos principios de buena fe. Ishii se veía a sí mismo y a sus médicos como parte de un grupo de científicos que descubrirían universos, un grupo que también tenía cierta responsabilidad militar mientras luchaba contra un enemigo invisible y que los amenazaba desde el extranjero.</p>

	<p>Uno de los discípulos de Ishii, Hojo Enryo, se refirió al asunto ético del trabajo que realizaban en la Unidad 731, precisamente, durante un viaje a Berlín en 1941: <em>«Es cuestionable si en el caso de una nación que lucha por su honor, una idea de justicia como la que propone la Liga de las Naciones [la convención de 1925 prohibiendo las armas biológicas y químicas] pueda respetarse. En el caso de un enemigo victorioso, tal tipo de acuerdo moral solo puede significar para nosotros letra muerta.»</em></p>

	<p>Cabe decir, para una exposición equilibrada, que no todos los médicos y científicos jóvenes japoneses que por algún motivo terminaron en Ping Fan compartían los ideales de una superioridad racial y se enorgullecían de la moral de Ishii. De hecho, en el Japón de la posguerra, varios médicos se suicidaron y otros sufrieron consecuencias mentales que los llevaron, en menos de veinte años, a la muerte. Para citar un ejemplo, dos décadas después del fin de la guerra, el doctor Sueo Akimoto, de 68 años, confesó su participación en la Unidad 731 poco después de graduarse de la Universidad de Tokio en 1944. <em>“Con un mes estando ahí ya todo lo había aprendido. Vivía en un infierno”</em>, aseguró, en artículo publicado por el Washington Post el 19 de noviembre de 1976 (A1, p.19). A lo que agregó, entre lágrimas al entrevistador: <em>“Llegué a Ping Fan creyendo que todo se trataba de medicina preventiva e investigación médica. Protesté tres veces ante mi superior. Me dijo que como había llegado voluntariamente, había perdido mi derecho de regresar a Japón.”</em></p>

	<p>Dentro de la comunidad científica, se pensaba que no había ninguna diferencia entre experimentar con plantas y animales y hacerlo con seres humanos. En Japón, para fines de los años 30, esta idea calaba aún más puesto que se alimentaba de un antiguo concepto imperial de superioridad racial. Para cuando Hitler, en 1933 anunció que limpiaría a Alemania de las impurezas raciales, los japoneses, siglos antes, se lo habían propuesto. Se ha explicado que esta idea de superioridad racial se debe por el aislamiento geográfico de Japón, que le permitió construir una xenofobia extrema tanto racial como cultural. El Tribunal Militar de Crímenes de Guerra de Tokio tomó nota del estado del racismo en Japón. En el parágrafo 2 de la acusación general de crímenes contra la humanidad, se aseguró: <em>“La mente de la nación japonesa ha sido sistemáticamente envenenada con ideas dañinas de una supuesta superioridad racial de Japón sobre las demás naciones de Asia e incluso, sobre el mundo entero.”</em> Y todavía hoy Japón sigue siendo una de las naciones más etnocéntricas del mundo. Si bien no se trata de una posición pública, conversar con alguien en Tokio al respecto puede dar a cualquiera los indicios básicos de lo que todavía, en el siglo <span class="caps">XXI</span> y ya sin ejército, siguen pensando los japoneses sobre su raza.</p>

	<p>Desde principios de la década del 30, los japoneses estaban decididos a construir un verdadero imperio. De ahí que hayan proliferado por todo el país más de 500 grupos de ultra derecha que se les conoce como los “Soldados de los Dioses”, y cuyo juramento principal era aniquilar a todo quien se opusiera a los propósitos del imperio del Sol Naciente que estaba por surgir. Muchos de estos hombres terminaron en el ejército, militares fanáticos y racistas, para quienes los habitantes de los territorios ocupados no valían nada, y un gran número llegó a Manchuria para ponerse a órdenes de la Unidad 731. </p>

	<p>Los laboratorios de la muerte de Ping Fan fueron en sí construidos por una sola contratista militar, y fue la compañía de Tokio Nihon Tokushu-Kogyo la que instaló todos los equipos solicitados por Ishii. Para hacer de Ping Fan un lugar atractivo para los científicos que llegaban de las islas, se construyó una ciudad dentro de la ciudad de la muerte, consistente en 22 edificios que nada envidiaban a los mejores hoteles del otro lado del mar, un auditorio de 1000 plazas con biblioteca pública y un bar, jardines, piscinas, restaurantes, baños públicos, mercados, campos de atletismo y un prostíbulo exclusivo para el personal del ejército. Otras cuatro edificaciones se destinaron al almacenamiento de medicamentos. Un templo Shinto ofrecía servicios religiosos al personal y sus familias. Adicionalmente, una escuela primaria y secundaria garantizaría que las familias japonesas allí estuviesen siempre contentas. </p>

	<p>De los 150 edificios construidos en Ping Fan, ninguno era tan importante para Ishii como dos: los que ostentaban los números 7 y 8. Conocidos como el “Ro” y “Ha” respectivamente, eran las prisiones que albergaban a los cobayas humanos. Los dos edificios eran los mejor vigilados de todo el complejo. Para acercarse, incluso muchos científicos y soldados necesitaban una especial autorización de seguridad. El hermano de Ishii, Mitsuo, era precisamente el jefe de la guardia del Ro y el Ha. Los dos edificios se distinguían de los demás por los cañones que sobresalían de su estructura. El edificio No. 7, “Ro”, albergaba a los cobayas hombres, mientras el No. 8 o “Ha” tanto a mujeres como a hombres. Ambas estructuras se habían hecho con paredes de un concreto, hormigón, ladrillo y acero tan grueso, que incluso después de la guerra muchas no las pudieron destruir. La dinamita, aliada del ejército japonés que se retiraba por la avanzada soviética, demostró ser inútil ante la obra de Ishii. Este trabajo en los últimos días de Ping Fan lo realizó la guardia privada y leal de Ishii, constituida por 731 de sus mejores hombres (y 731 era el nombre de su unidad), que lograron destruir gran parte de los edificios solo con bombas de 50 kilos.</p>

	<p>Las víctimas eran conducidas a los edificios 7 y 8 a través de un túnel secreto que unía al edificio administrativo con las prisiones. No era el único túnel: había muchísimos más que por debajo de la tierra conectaban con los laboratorios de actividades experimentales y los hornos crematorios, por ejemplo. Los túneles eran de 18 metros de ancho por 3 de largo. Aunque los edificios 7 y 8 podían albergar hasta 400 prisioneros, se estima que en promedio, guardaban a unas 200 personas cada mes. El “Ho” y el “Ra” fueron construidos por fuera del alcance de la vista del público: estaban en el centro de aquel triángulo enorme que era el edificio administrativo.</p>

	<p>Las víctimas llegaban a Ping Fan desde un “centro de procesamiento” cerca a Harbin. Había dos formas para conducir a las víctimas hasta las camillas de Ishii: en medio de la noche, utilizando vagones de carga de trenes, al mejor estilo de la Alemania Nazi, al cual únicamente hay que agregar el detalle de que los reos quedaban ocultos gracias a los troncos. O por “transporte especial”, esto es, camiones Dodge del ejército Kempeitai, con ventanas oscuras (pintadas). Por debajo de los camiones se habían instalado novedosos sistemas de ventilación, con el fin de mantener vivas a las víctimas. Yue Zhen Fu, un trabajador de Ping Fan, quien al dar su testimonio después de la guerra recordó cómo los soldados trasladaban prisioneros desde las oficinas del consulado de Japón. Los sábados por la tarde, otros vehículos “especiales” trasladaban víctimas desde otras “bodegas” en Harbin. Fang Zhen Yu, otro trabajador de los laboratorios de Ishii, recordó también claramente la tarde de noviembre de 1943 cuando un “tren especial” llegó al campo. Arriesgando su vida, Fang se asomó por unas de las ventanas del edificio en el que estaba trabajando para descubrir algo que le heló la sangre: varios técnicos japoneses comenzaron a transportar en camillas lo que pronto supo que eran cuerpos envueltos en esteras de paja, cuerpos que parecían momias y que eran cargados con gran cuidado. No tardó mucho para darse cuenta que aquellas momias estaban vivas. Las esteras estaban tan bien cerradas que solo se podían distinguir las cabezas y los pies. Con el fin de evitar el pánico colectivo en inmediaciones de Ping Fan, Ishii ordenó que se difundiera que su ciudad-laboratorio era un “aserradero”. </p>

	<p>Los “marutas” (troncos) que se acumulaban en el aserradero de Ping Fan eran, en gran parte, seres humanos que habían estado bajo la custodia de la policía de Harbin. En su mayoría eran chinos Han, pero también un gran número de rusos blancos y los judíos en Manchuria, así como un número de mongoleses, coreanos, europeos acusados de espionaje y personas con problemas mentales. El Mayor Iijima Yoshio recordó en 1949 que personalmente él fue responsable del envío de <em>“cerca de 40 ciudadanos soviéticos… a una muerte segura [a Ping Fan]; todos murieron por las consecuencias de los experimentos.”</em> Todos los “marutas” habían sido sentenciados, sin juez ni defensa, a la pena de muerte. En 1939, por ejemplo, el Mayor General Shirokura, jefe del Ejército Kwantung del Kempeitai, profirió la Orden No. 224 en la que envió a 30 prisioneros a “confinamiento especial” en Ping Fan. En varias ocasiones, la policía simplemente escogía al azar personas en las calles de Harbin y las enviaba a la Unidad 731, para cumplir con las cuotas de pedidos. Estas víctimas se convertían automáticamente en “desaparecidos”. Según el testimonio del Coronel Takeo Machibana, alto oficial del Ejército Kwantung del Kempeitai, recordó en diciembre de 1949 que <em>“el confinamiento especial de personas se limitaban a ciertas categorías: personas acusadas de espionaje, o de quienes se sospechaba que trabajaban para el enemigo… Eran los «hunghutzu», o los partisanos chinos. Estos eran considerados elementos anti-japoneses, elementos siempre incorregibles.”</em> En 1940, mientras se desempeñaba como jefe de la policía en un pueblo manchuriano, Tachibana admitió que envió a Ping Fan <em>“no más de 6 personas” que “nunca regresaron, murieron a causa de los experimentos.”</em> Sin embargo, según las pruebas documentales recogidas por los aliados, hacia mediados de 1943, y ya trasladado al cuartel general del Kwantung en Changchun, el Coronel Tachibana autorizó el envío de más de cien personas a Ping Fan. </p>

	<p>Los candidatos a convertirse en “objetos de experimentación” debían atravesar por un proceso preliminar en varios centros establecidos para ese fin dentro y fuera de Harbin, con el fin de determinar su “elegibilidad”. Los sospechosos de pertenecer a las guerrillas comunistas se “almacenaban” en los sótanos del Consulado de Japón, que servían de cárcel y cámaras de tortura para la policía secreta. Otros se guardaban en el Instituto de Investigación Científica de Japón en las afueras de la ciudad. Y otros en una sección especial de la cárcel de Harbin. Como ocurrió con los nazis, los japoneses al servicio de la Unidad 731 mantenían un archivo minucioso de cada uno de los prisioneros que morían en Ping Fan. Algunos de estos expedientes sobrevivieron la destrucción emprendida por las tropas japonesas en retirada en 1945, y son hoy la prueba detallada de los procedimientos de Ishii. Por ejemplo, una carpeta dice lo siguiente: <em>“Fecha: Junio de 1939; Comandante: jefe del comando de la Policía Militar en la calle Xin Shi, Harbin; Contenido: 25 comunistas arrestados cerca a Xiang Fang, Harbin; Resultado: asesinados por la Unidad Ishii con inyecciones de veneno.”</em> Otra carpeta anotó que, en el periodo de un año, desde agosto de 1942 a la misma fecha el siguiente año, una estación de policía de Harbin remitió a Ping Fan dieciocho <em>“elementos anti-japoneses y de otras ideologías comunistas”</em>.</p>

	<p>Los “troncos” se transportaban atados de manos y pies. Una vez se les reseñaba en el edificio administrativo eran conducidos por los túneles a los edificios No. 7 y No. 8 respectivamente. Los “maruta”, al ingresar a Ping Fan, perdían su último derecho de humanidad. Si bien se les permitía conservar algunos objetos personales, su ropa era confiscada y remitida a los espías japoneses que la reutilizaban posteriormente en sus tareas de paisano. Ni los nombres de los prisioneros ni sus lugares de origen se anotaban en las planillas o quedaban en los registros. Su identidad en Ping Fan se reducía a un número de tres o de cuatro dígitos que comenzaba en 101 y terminaban en 1500. Estos números correspondían al número de la placa de rayos X que se les hacían a los prisioneros en su primer examen médico. Si la cuenta llegaba a 1500, a la siguiente víctima se le asignaba de nuevo el 101. El ciclo siempre era el mismo. El sistema numérico usado por Ishii hizo imposible para los investigadores en la posguerra determinar el número exacto de “troncos” que murieron en Ping Fan. La cifra de consenso no sobrepasa las 3,000 personas, pero se considera hoy un estimado muy bajo. Ciertamente las víctimas gozaban de excelentes cuidados de salud durante su breve estadía a cargo de la Unidad 731. Las heridas que ostentaban los troncos al llegar (provocadas por las torturas del Kempei) eran tratadas con gran diligencia por las enfermeras y médicos bajo la dirección de Ishii, de modo que las futuras víctimas gozaban, al poco, de plena salud para someterse a los experimentos. </p>

	<p>La alimentación era excelente, mucho mejor de la que podía aspirar alguien del común pero libre en la ocupada Manchuria. De hecho se sabe que a los “maruta” se les daba la misma ración de comida que a los guardias japoneses, e incluso a veces gozaban de un menú especial muy superior al de aquéllos. El abundante régimen alimenticio planteó graves retos a Ishii, en términos de diabetes, enfermedades cardiacas y obesidad. De ahí que gradualmente se fijó un régimen óptimo de alimentación y ejercicio que se ajustó a las necesidades de cada experimento. Por ello algunos historiadores han hecho comparaciones del tratamiento que recibían las víctimas antes de su muerte con la que los ganaderos de Kobe les daban a su ganado (y que ha hecho que la carne de Kobe sea famosa en el mundo). El régimen alimenticio fue óptimo desde el primer día de operaciones de Ping Fan hasta poco antes del fin de la guerra, en la primavera de 1945, cuando las raciones decayeron a puñados de hierba y granos secos. Un hecho, sin embargo, es que las judías y la carne jamás faltaron.</p>

	<p><strong>El engranaje de una maquinaria de muerte</strong></p>

	<p>En 1956 apareció en Japón una memoria (“Unidad Especial 731”), publicada bajo el seudónimo de Hiroshi Akiyama, quien a principios de 1945, cuando contaba con solo 17 años, había sido enviado a Ping Fan. En una parte de su narración resalta lo siguiente:</p>

	<blockquote>
		<p>“Cuando puse mis pies en esta tierra que era irrigada por el sol de la primavera, sentí como si hubiese despertado de un sueño y observara el mundo a través de una luz impactante y el escenario paradisiaco que tenía ante mis ojos. Todo brillaba y no era por el sol. Era por las filas sin fin de edificios modernos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista a través del valle. Primero, los edificios en el centro se alzaban a alturas indescriptibles como ningún otro en Manchuria, con sus fachadas perfectas; de hecho, no había en Japón, por fuera de Tokio, algo parecido. Ni en mis viajes por Osaka, Changchun y Harbin vi algo así. Estos edificios reflejaban, gracias a sus hermosas fachadas, la luz del sol, iluminando así la tierra.”</p>
	</blockquote>

	<p>Ciertamente este tipo de idealización de un centro de muerte tan horripilante como Ping Fan se repitió en las narraciones de los japoneses en la posguerra. La Unidad 731 no fue el paraíso que Ishii trató de hacernos parecer. No hay duda que, desde el primer día tras su apertura, en Ping Fan se comenzaron a realizar experimentos en seres humanos, experimentos que crecieron a medida que se expandían los edificios de Ping Fan y que, años después, sería un precioso botín de guerra para Estados Unidos. Para la rendición de Japón en agosto de 1945, Ping Fan había alcanzado el máximo de su capacidad “industrial”. </p>

	<p>La Unidad Ishii nació en 1936 con un equipo de trabajo que se estima de 300 médicos y científicos. Para 1940, cuando se terminó la planta básica de Ping Fan, había ya alrededor de 3,000 personas en la nómina de Ishii. Las cinco unidades satélite conocidas (pues pudo haber habido otras) a cargo de la Unidad 731 tenían 300 empleados cada una, de modo que el personal permanente a cargo de Ishii excedía claramente de 5,000 personas. El número de médicos y científicos representaba cerca del 10% del total, es decir, entre 300 y 500 hombres. El grupo de apoyo técnico representaba el 15%, entre 600 y 800 personas. Durante los primeros dos o tres años de funcionamiento de la Colonia Militar Especial No. 14, Ishii se dedicó primordialmente a supervisar la construcción de su imperio, delegando en gran parte funciones. En 1936, poco después de asumir la dirección de la Unidad 731, la Revista de la Escuela Médica del Ejército de Japón publicó la siguiente nota:</p>

	<blockquote>
		<p>“Relevado de su posición activa en el ejército, un miembro de esta Escuela Médica, el Cirjuano Teniente Coronel de la Armada Shiro Ishii, ahora está dedicado, de tiempo completo, a sus actividades en Ping Fan.”</p>
	</blockquote>

	<p>Durante su larga estadía en Manchuria, Ishii mantuvo un lujoso estilo de vida que chocaba con su personalidad austera y profesional. Vivía en una mansión expropiada a una familia rusa, donde él, su esposa y sus siete hijos convivían casi idílicamente, tal y como lo recordó, años después, su hija Harumi: <em>“Era sin duda una mansión preciosa, como sacada de una película romántica, una como «Lo que el viento se llevó».”</em> Una limusina lo trasladaba todas las mañanas desde su casa hasta Ping Fan. Sus uniformes eran especialmente confeccionados para él (no hacían parte de la dotación oficial), y a veces dormía muy cerca de su despacho, en una suite que había construido según sus gustos. A pesar de sus excesos –los rumores de su personalidad fiestera, fetichista y aficionada eternamente a las geishas– Ishii logró consolidar un equipo de brillantes científicos a su cargo. Ryoichi Naito quien, después de la guerra, fundó una compañía farmacéutica famosa, Green Cross Company, recordó en su testimonio de 1947:</p>

	<blockquote>
		<p>“La mayoría de los microbiólogos en Japón terminaban trabajando, directa o indirectamente, para Ishii. Él había celebrado acuerdos académicos con las principales universidades japonesas. Además de la Universidad Médica Militar de Tokio, contaba entre sus aliados con la Universidad Imperial de Kioto, la Universidad Imperial de Tokio, el Laboratorio Nacional de Investigación de Enfermedades, etc.”</p>
	</blockquote>

	<p>No es un secreto que gran parte de los hombres de mayor confianza de Ishii terminaron, después de la guerra, en posiciones importantes del mundo médico del Japón de la reconstrucción: decanos de facultades importantes, profesores eméritos, rectores de universidades y directivos de las industrias farmacéuticas que, de una manera u otra, permitieron el milagro económico japonés de la posguerra. Ishii fue, y sigue siendo para muchos japoneses, un héroe y patriota de su país.</p>

	<p>En “La Divina Comedia”, Dante dividió al infierno en nueve círculos. En su infierno particular de Ping Fan, Ishii creó 8 subdivisiones. A cuatro se les dio nomenclaturas numéricas. Los cuatro restantes, por razones que todavía se desconocen, no tuvieron nombre. Quizás fue un intento deliberado de Ishii y sus colaboradores para ocultar sus actividades en el campo. O sencillamente (pensando en una explicación Maquiavélica), a Ishii no le importaba darle un nombre a las últimas cuatro divisiones de su industria de muerte.</p>

	<p>La estructura de la Unidad 731 en Ping Fan era la siguiente: </p>

	<ul>
		<li><strong><span class="caps">SECCIÓN</span> I</strong>: estaba dedicada a la investigación. Los científicos que trabajaban en ella tenían a su cargo la investigación y producción de patógenos para la investigación biológica. Se sabe que esta sección agotó la búsqueda de cuanto patógeno se creyó que podía usarse contra los enemigos de Japón. Estos agentes biológicos incluían (aunque no se limitaron a ellos) a los organismos de plagas, cólera, tifoidea y fiebres paratifoideas, la disentería, el ántrax, el muermo, el tétano y el gas gangrenoso, al igual que otros virus manipulables. Los científicos de la Sección I también estudiaron la tuberculosis y los problemas relacionados con el congelamiento. Esta sección contó con los equipos de más alta tecnología de su época. Su principal herramienta eran cuatro calderas, cada uno con capacidad de una tonelada, para la preparación del medio de cultivo, y 14 autoclaves para esterilizar el medio. Cada autoclave podía albergar 30 cultivadoras. Adicionalmente había 2 cámaras de refrigeración con 100 cultivadoras en promedio. El tamaño de esta sección, si las cifras son correctas (aquellas que salieron a la luz pública en Japón en 1949), debió ser enorme. Se estima que en su capacidad máxima, las cultivadoras de Ishii producían (dentro de un ciclo productivo promedio), alrededor de 30.000,000 billones de microbios, o 30 kilos de masa celular. Si era necesario, de los cultivadores podían extraerse hasta 40.000,000 billones de bacteria patógena.</li>
	</ul>

	<p>Estas extracciones podían hacerse generalmente en 3 o 4 días de trabajo. La producción de bacteria era tan enorme que el Comandante en Jefe del Ejército Kwantung, el General Otozoo Yamada, tras realizar una inspección a la Unidad 731 en agosto de 1944, expresó su sorpresa “por la escala en la que se realiza el trabajo”. Quedó de hecho tan impresionado que, tras la inspección, afirmó haber “aprobado el trabajo y promovido su continuidad.” <br />
Adicionalmente, la Sección I tenía bajo su responsabilidad la administración de los edificios No. 7 y No. 8, la cárcel que albergaba los “troncos”.</p>

	<ul>
		<li><strong><span class="caps">SECCIÓN</span> II</strong>: fue creada con fines exclusivamente experimentales. En ella, los científicos y técnicos de Ishii desarrollaron y comprobaron la utilidad de varios explosivos con armas biológicas. También la sección estaba a cargo de los experimentos al aire libre en el aeródromo Anda, a unos 146 kilómetros al norte de Ping Fan. Esta sección administraba la flota de aviones de la Unidad 731. Una subdivisión a su cargo cultivaba mosquitos y moscas, y la bacteria en ellos para difundirse como plagas. Para cultivar bacterias, la Sección II contaba con dos calderas de 2 toneladas de capacidad cada una, 8 autoclaves (cada autoclave constaba, a su vez, con 60 cultivadoras), y un refrigerador que almacenaba y protegía el “producto terminado”.</li>
	</ul>

	<p>En 1949 el Mayor General Kiyoshi Kawashima afirmó que, al entrar en funcionamiento y lograr el máximo de su capacidad productiva, las Secciones I y II habían manufacturado “alrededor de 300 kilos de bacteria por mes”. Las divisiones de producción podía producir también entre “500 y 600 kilos de gérmenes de ántrax, o de 800 a 900 kilos de gérmenes de tifoidea, paratifoidea y disentería, o más de 1000 kilos de cólera”. Aunque si bien aceptó que “esa cantidad de bacteria, evidentemente, nunca se llegó a producir”, pero la división producía bacterias para su trabajo, de las cuales quedaban siempre excedentes. <br />
El testimonio de Kawashima fue corroborado por el Mayor Tomio Karasawa, un médico del 731 que confirmó: “la producción mensual de la división a cargo de las bacterias podía incrementarse a alrededor de… 300 kilos de bacteria.” Cabe anotar aquí que los científicos de la Sección II de la Unidad 731 trabajaban simultáneamente en otras enfermedades. Por lo que la producción mensual de patógenos en Ping Fan se estima hoy muchas veces por encima de lo dicho por Karasawa y Kawashima.   </p>

	<ul>
		<li><strong><span class="caps">SECCIÓN</span> <span class="caps">III</span></strong>: era conocida como la Unidad Anti-epidémica de Suministro de Agua. Parte de su trabajo consistió en el manejo cuidadoso del agua y de las plantas purificadoras de los hospitales de Japón. Sin embargo, desde mediados de 1944 hasta casi el final de la guerra, la Sección <span class="caps">III</span> se le asignó la construcción de los casquetes y contenedores de las armas biológicas. Estas actividades últimas no se realizaron en Ping Fan, sino en una bodega en el corazón del centro industrial de Harbin.</li>
	</ul>

	<ul>
		<li><strong><span class="caps">SECCIÓN</span> IV</strong>: era la División de Manufacturas y Fabricación. El personal a su cargo manejaba y operaba todos los laboratorios dedicados a la incubación masiva de un sinnúmero de patógenos. Esta sección era responsable también por el almacenaje y el mantenimiento de las enormes cantidades de gérmenes que la Unidad 731 produjo durante sus casi diez años de vida.</li>
	</ul>

	<ul>
		<li><strong><span class="caps">SECCIÓN</span> V</strong>: la Sección Educativa tenía la misión de entrenar a todo el personal recién llegado a Ping Fan. Era una tarea importantísima, puesto que los empleados del campo, y con ciertas excepciones, eran rotados entre los laboratorios gubernamentales de las islas japoneses y las colonias de Ishii en Manchuria. Estudiantes de medicina de edades tan tiernas como los 15 y 16 años recibían de la Sección V su entrenamiento. Una vez completaban el curso, Ishii solía dirigirse a ellos, exhortando que “perseveraran de cara a la adversidad”. Por citar un ejemplo, unas 300 personas fueron entrenadas para 1941. Ishii advertía que debían siempre “estar atentos a su propia salud”, dada la peligrosidad de la tarea que se realizaba en Ping Fan. No solo debían tener extremo cuidado, sino en medio de una propagación o bajo el fuego enemigo, debían “sobrevivir por el futuro de Japón, y seguir por ello trabajando por el futuro de Japón.” La Sección V preparó a unos miles de científicos jóvenes japoneses en la investigación y diseño de armas biológicas.</li>
	</ul>

	<ul>
		<li><strong><span class="caps">SECCIÓN</span> VI</strong>: de asuntos generales, estaba encargada de llevar la contabilidad y la tesorería de Ping Fan.</li>
	</ul>

	<ul>
		<li><strong><span class="caps">SECCIÓN</span> <span class="caps">VII</span></strong>: llamada “Sección de Insumos” construía los dispositivos y proyectiles que contenían las bacterias biológicas. También preparaba soluciones necesarias para la preparación de patógenos, tales como el agaragar, que era indispensable.</li>
	</ul>

	<ul>
		<li><strong><span class="caps">SECCIÓN</span> <span class="caps">VIII</span></strong>: oficialmente llamada “Sección para el Diagnóstico y el Tratamiento”, tenía a su cargo la solución de todos los casos médicos del personal de la Unidad 731. En esencia era la enfermería de Ping Fan.</li>
	</ul>

	<p>El “Informe Thompson” (“Report on Japanese Biological Warfare (BW) Activities”, de mayo 31 de 1946, preparado por Arvo T. Thompson del Army Service Forces de Camp Detrick) anotó que para el momento de la rendición de Japón, el personal de Ping Fan consistía (según estimó): 35 cirujanos del ejército, 18 farmacólogos, 26 oficiales de Higiene, 10 oficiales técnicos, 5 fiscales, 30 ingenieros, 3 instructores militares, 1 intérprete, 100 oficiales no comisionados, 150 ingenieros asistentes y alrededor de 150 médicos del Ejército y empleados civiles. Además alegaba que el personal militar y técnico de las subdivisiones no superaba los 820 hombres. Estas cifras, sin embargo, son erróneas: según informes de primera fuente, en Ping Fan nunca el personal de base fue menor al personal de las subdivisiones de la burocracia de Tokio, por tanto, este informe preliminar de inteligencia, muy citado en la literatura sobre el tema, carece de fundamentos reales.</p>

	<p>Sin lugar a dudas, el tamaño de Ping Fan igualaba el tamaño de sus actividades, tal y como el propio Ishii lo había pensado: “un laboratorio por encima de las nubes”.</p>

	<blockquote>
		<p>“Es claro que la experimentación sobre seres humanos fue algo malo. De cualquier modo, también es claro que muchos médicos con consciencia y criterio hicieron parte de la Unidad 731 y sus actividades conexas. En un contexto social normal ninguno de estos hombres habrían asesinado jamás a otro ser humano. Son del tipo de intelectuales que quedarían psíquicamente perturbados si, por ejemplo, le causaran un daño a otro en un accidente automovilístico.” (Tsuneishi, Kei’ichi, and Asano, Tomizo, The Bacteriological Warfare Unit and the Suicide of Two Physicians (Tokyo: Shincho-Sha Publishing Co., 1982).</p>
	</blockquote>

	<p><strong><span class="caps">FUENTES</span>:</strong></p>

	<ul>
		<li><em>Materials on the Trial of Former Servicemen of the Japanese Army Charged with Manufacturing and Employing Bacteriological Weapons</em> (Moscow: Foreign Languages Publishing House, 1950).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Han Xiao, “The Evidence of the Japanese Imperialists’ Invasion of China— Brief Introduction to the Ruins of the Japanese Bacterial Factory in Ping Fan,” translated by Ms Lu Cheng, <em>Northern Relics</em>, vol. 6 (Harbin, 1985).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Spence, Jonathan D., <em>The Search for Modern China</em> (New York: W.W.Norton, 1990).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Myers, Ramon H., <em>The Japanese Economic Development of Manchuria, 1932 to 1945</em> (New York: Garland, 1982).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Jones, F. C, <em>Manchuria since 1931</em> (London: Oxford University Press, 1949)</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Tsuneishi Kei-ichi, <em>The Germ Warfare Unit That Disappeared: Kwantung Army’s 731st Unit</em> (Tokyo Kai-mei-sha Publishers, 1981).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Brackman, Arnold C., <em>The Other Nuremberg: The Untold Story of the Tokyo War Crimes Trials</em> (New York: William Morrow, 1987).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Harris, Robert, and Paxton, Jeremy, <em>A Higher Form of Killing: The Secret Story of Chemical and Biological Warfare</em> (New York: Hill and Wang, 1982).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Williams, Peter, and Wallace, David, <em>Unit 731: The Japanese Army’s Secret of Secrets</em> (London: Hodder and Stoughton, 1989).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Tsuneishi, Kei’ichi, and Asano, Tomizo, <em>The Bacteriological Warfare Unit and the Suicide of Two Physicians</em> (Tokyo: Shincho-Sha Publishing Co., 1982).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Documento No. 9306, copia mecanografiada del testimonio del Mayor Tomio Karasawa (1946), Archivos Nacionales de Estados Unidos.</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Transcripción estenográfica del interrogatorio del Mayor Masuda Yoshisada, tomada en Tokio por el Teniente Coronel A.C. Thompson el 9 de febrero de 1946, título del documento: “Stenographic Transcript of Lt. General Masaji Kitano in Tokyo by Colonel S.E. Whiteside, and Colonel A.H. Schwichtenberg on January 1946”. Documento No. 004 que reposa en Dugway Library.</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>“Sobre Guerra Bacteriológica” por el Teniente Coronel (médico) Hojo Enryo a la Escuela Médica Militar, septiembre de 1941, p. 9. Record Group 112, Entry 295A, Box 9. Archivos Nacionales de Estados Unidos.</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Autor anónimo. “The Brocade Banner: The Story of Japanese Nationalism”, fechado el 23 de septiembre de 1946, p. 49-50 y 61, Record Group 319, Publication File, 1946-51, Box 1776. Archivos Nacionales de Estados Unidos.</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Testimonio de Ryoichi Naito, fechado el 3 de abril de 1947. Documento No. 29510, Cuartel General, Supremo Comandante de los Poderes Aliados, Sección de Inteligencia Militar, Personal General, Sección del Traductor e Intérprete Aliado: “Report on Cases of War Crimes and Civil Crimes”. Archivos Nacionales de Estados Unidos.</li>
	</ul>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/historiasocultas/21165/la-unidad-731-parte-ii</link>
		<pubDate>Tue, 04 Oct 2011 09:00:00 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Max Vergara Poeti</dc:creator>
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	</item>
	<item>
		<title>La unidad 731: parte I</title>
		<description><![CDATA[<p>Este artículo, dividido en dos partes, explorará la historia de la Unidad 731, los crímenes cometidos en Manchuria, y cómo un país tan culpable como la Alemania nazi pudo absolverse de su histórica responsabilidad penal, una que comienza con las violaciones en masa de Nanking en 1937, sigue con la explotación sexual de miles de mujeres al servicio del ejército imperial, y que culmina con la experimentación biológica en seres humanos en los bosques de Manchuria. Todos, temas tabú en la sociedad japonesa contemporánea, y que el Ministerio de Educación tilda de “fantasiosos”.</p>]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Introducción</strong><br />
Cuando se piensa en los horrores de la Segunda Guerra Mundial, se piensa generalmente en los campos de concentración de los nazis, en los horrores de los trenes de la muerte, en las fosas comunes de Alemania, Polonia y otras partes de Europa. Sin embargo, pocos fijan su atención en la guerra en Asia y, especialmente, los crímenes perpetrados por el Japón, aberraciones que a menudo sobrepasan a aquellas cometidas en los doce años de la dictadura de Adolf Hitler. En efecto, mientras los alemanes tuvieron que enfrentar la verdad y asumir, en control de su destino, su responsabilidad en el holocausto de no sólo judíos sino de europeos, en nombre de un gobierno que ellos habían elegido y apoyado ciegamente, la historia ha sido muy distinta del otro lado del mundo. Una nación como Alemania, que había dado a la cultura universal a Beethoven, Schiller y a Goethe tenía, por supuesto, muchas más explicaciones que dar del por qué había apoyado a una dictadura criminal en su deseo de conquistar al mundo sin importar los medios. Como lo escribió en su momento Emil Ludwig, sería la educación la que salvaría a los alemanes de generación en generación, de modo que adquirieran conciencia de su historia y cultura. En el caso de Japón, a pesar de convertirse, tras 1945, en un país pacífico, el proceso fue completamente distinto al que surtió Alemania, y que de algún modo la absolvió, a fuerza de conciencia colectiva pasada de padres a hijos y a veces de abuelos a nietos, de una responsabilidad criminal que les era a todos ineludible.</p>

	<p>En Japón, si alguien habla hoy de los crímenes perpetrados por el Imperio del Sol Naciente en el sudeste de Asia, China y principalmente Manchuria, es considerado un majareta o, si la opinión está de mal humor, un enemigo o calumniador. De hecho, en las escuelas se enseña que la lucha japonesa fue honorable bajo el marco de los derechos humanos y el respeto estricto de los protocolos de Ginebra, guerra que perdió por no tener la suerte de su lado, por luchar contra tres potencias a la vez, etc. La historia, según los historiadores japoneses, es la del criminal que fue a la guerra y regresó a casa como héroe después de haber realizado grandes favores a su patria. La negación (contrario al proceso alemán) está a la orden del día incluso en el Japón de nuestro tiempo. </p>

	<p>La historia oscura del imperio japonés en la Segunda Guerra Mundial se compone de numerosos testimonios, fotografías que llegan de sus campos de concentración en Tailandia, Birmania y Singapur, pero sobre todo, de la historia y actividad de la Unidad 731 en Manchuria, a cargo de lo que hoy la prensa amarillista consideraría un “científico deschavetado”. El grupo de pseudocientíficos de aquella unidad realizó, en tiempo récord, y contando siempre con cobayas frescos, la más completa (hasta hora) y macabra investigación de toda nuestra historia en el campo de las armas biológicas, un proyecto que fundó la investigación militar biológica y química (secreta en mayor parte) en Estados Unidos, Europa y el resto del mundo. Y que, por supuesto, fue más grande y detallada que cualquier cosa que se haya sabido de los nazis, amantes de los sellos y el papeleo.</p>

	<p>Nadie sabe cuándo realmente las armas biológicas comenzaron a ser consideradas potencialmente como útiles para fines bélicos. Hay antecedentes, como el del tártaro que en el siglo <span class="caps">XIV</span>, mientras veía a sus hombres caer por una extraña peste durante los tres años que duró el sitio de Caffa (hoy Feodosiya), tuvo la idea de catapultar los cadáveres sobre las murallas. Por supuesto que los genoveses abandonaron la ciudad rápidamente dejándola a merced de los tártaros, pero a su vez dispersaron como portadores la peste por toda Europa. </p>

	<p>Lo cierto es que la guerra biológica adquirió valor, precisamente, en el mismo instrumento que buscó sepultarla para siempre: la Convención de Ginebra del 17 de junio de 1925, con cuya suscripción las potencias se comprometían a prohibir el uso de armas biológicas. Todos los países que recién habían salido de la Primera Gran Guerra firmaron, excepto dos: Estados Unidos, lo que se antoja curioso, si lo vemos desde una perspectiva histórica, puesto que aquel país no tenía entonces interés en la investigación de esas armas. El otro, Japón, tenía otra excusa distinta. A través de la ambición, frialdad y tenacidad de un joven médico militar, el imperio japonés, en sus ansias de expansión y colonización de Asia, comenzó a visionar el método ideal para infectar a sus enemigos y derrotarlos rápidamente, en vista de un proyecto expansionista a nivel mundial que estaba por materializarse en suelo chino. Una década después de los protocolos de Ginebra, el gobierno japonés había dado a un siniestro personaje el más grande presupuesto, el rango militar necesario y había puesto a su servicio al ejército de ocupación en Manchuria para llevar a cabo semejante tarea a órdenes del emperador. Rápidamente se construyeron edificios, barracones, laboratorios y grandes bodegas de incineración, a las afueras de la ciudad china de Harbin, y en las puertas principales, los invasores escribieron “Unidad Anti-epidémica de Suministro de Agua”, en código militar la “Unidad 731”, o como se le conoce más coloquialmente, “la Unidad Ishii”.</p>

	<p>Si bien los alemanes fueron sometidos al escarnio, y los distanciamientos, producto del reconocimiento de sus crímenes, por vía indirecta, entre una generación y la otra fueron evidentes, los japoneses jamás han admitido sus crímenes de guerra. La actual Corte Penal Internacional tuvo su precedente en los Juicios de Núremberg, y posteriormente en los juicios contra los médicos, donde se estableció el protocolo ético que rige hoy la medicina en el mundo. A pesar de que en Tokio se instaló un tribunal después de la guerra, éste omitió gran parte de los crímenes cometidos por el ejército, gobierno y emperador japoneses con el beneplácito de toda la nación. La impunidad, adicionalmente, se concretó por los intereses estratégicos por parte del vencedor, Estados Unidos, y las cicatrices entre Japón y China hoy siguen más frescas que hace medio siglo ya que Beijing reclama de Tokio una disculpa oficial (con su respectiva indemnización) por todos los delitos cometidos en suelo chino entre 1931 y 1945, los años en los que ambos países estuvieron en guerra.</p>

	<p>Este artículo, dividido en dos partes, explorará la historia de la Unidad 731, los crímenes cometidos en Manchuria, y cómo un país tan culpable como la Alemania nazi pudo absolverse de su histórica responsabilidad penal, una que comienza con las violaciones en masa de Nanking en 1937, sigue con la explotación sexual de miles de mujeres al servicio del ejército imperial, y que culmina con la experimentación biológica en seres humanos en los bosques de Manchuria. Todos, temas tabú en la sociedad japonesa contemporánea, y que el Ministerio de Educación tilda de “fantasiosos”. En Japón no hay un solo texto escolar que no sea aprobado por esta cartera antes de llegar a las escuelas, e incluso las editoriales y poderes políticos censuran fuertemente lo que se publica sobre el tema.</p>

	<p>En los últimos años han surgido voces disidentes, incluso de sectores académicos, y hubo en la década de los noventa del siglo pasado una exposición sobre la Unidad 731 que, a pesar de haber sido visitada por más de 250,000 japoneses, no tuvo ninguna repercusión en la sociedad. Estados Unidos encubrió dichos crímenes con un propósito claro: apropiarse de la investigación hecha por la Unidad 731, el mayor botín de la guerra en el Pacífico. De ahí que el “médico deschavetado”, el siniestro Shiro Ishii, recibió por su colaboración, en 1948, la inmunidad directamente del General Douglas MacArthur, y con ella, pudo retomar una carrera académica como profesor emérito hasta su muerte en 1959.</p>

	<p>Si algo no hay que olvidar jamás es que los crímenes más horrendos que vio el siglo XX no fueron ideados por políticos y militares; fueron los científicos, entre más brillantes mejor, quienes convencieron a sus líderes de las más torcidas aberraciones. Fue por ejemplo el químico alemán Fritz Haber, quien en su discurso tras recibir el Premio Nobel en 1919, reconociera al gas venenoso como “un método superior de matar”. Fue Albert Einstein quien, con otros científicos, propuso al Presidente Roosevelt la investigación nuclear que terminó con dos bombas atómicas lanzadas sobre Japón. Y en el caso de la Unidad 731, fueron Shiro Ishii y sus colegas del Instituto Nacional de Salud, y no los fanáticos que dominaban el gobierno al servicio del emperador en los años de la guerra, quienes promovieron la barbarie al servicio del ejército. Crímenes que se extendieron, incluso posteriormente a 1945, en hospitales mentales y prisiones, auspiciados por el Instituto Nacional de Salud de Japón.</p>

	<p>Cuando los delitos y crímenes quedan impunes, lo único que jamás puede borrarlos es la memoria colectiva, que predomina sobre las conspiraciones e historia.</p>

	<p><strong>Manchuria</strong><br />
El 8 de agosto de 1945, dos días después de que Hiroshima fuese arrasada por una bomba atómica, Moscú notificó a Tokio que existía un estado de guerra entre los dos países. Ese caluroso día de verano, miles de soldados soviéticos cruzaron la frontera fuertemente militarizada entre Siberia y Manchuria, dando así comienzo a la derrota completa de Japón en todos los frentes, y a una de las últimas batallas más sangrientas de la Segunda Guerra Mundial. Aunque el emperador japonés, Hirohito, se dirigió a su país el 15 de agosto anunciando la rendición incondicional, la lucha en suelo chino se prolongó por semanas: había generales que estaban dispuestos a llevar la guerra hasta las últimas consecuencias. Al final, la maquinaria de la <span class="caps">URSS</span> fue superior, y los japoneses, divididos aquí y allá, pronto se rindieron. A medida que las tropas soviéticas penetraron en Manchuria, encontraron que, al retirarse, los japoneses habían dinamitado rápidamente sus antiguas bases, borrando rastros. La inteligencia militar soviética no tardó mucho en precisar que se trataba más bien de una destrucción selectiva, y que no abarcaba todos los edificios militares. Pronto, informantes y testigos comenzaron a revelar los números de las unidades japonesas en Manchuria, los nombres de los comandantes y la naturaleza de cada complejo o campamento japonés, si era secreto o no, entre otros datos. Las ruinas todavía humeantes iban generalmente acompañadas, no muy lejos, de descubrimientos inhumanos: en las colinas circundantes a Hailar, por ejemplo, el ejército soviético encontró en su avance una fosa común poco profunda con más de diez mil cuerpos de hombres, mujeres y niños, aún tibios, que los japoneses habían liquidado en su retirada. Y había otro detalle: en los sitios que dinamitaba el enemigo, los liberadores encontraban cientos de animales, desde camellos hasta monos del sudeste asiático, que al inspeccionarlos estaban enfermos, decaídos y, en muchos casos, agonizando.</p>

	<p>Al principio nadie tenía la respuesta. ¿Qué exactamente había hecho Japón en Manchuria desde la ocupación, casi quince años antes del fin de la guerra? Pues bien, no pasó mucho tiempo para que se supiera que Manchuria había sido el laboratorio más grande (por extensión geográfica) para la investigación química y biológica en el mundo.</p>

	<p>Manchuria fue para Japón el eslabón perdido en su búsqueda de la supremacía racial en Asia y el dominio continental. La irregularidad que Japón usó para anexar aquel territorio, la farsa de democracia, el desdén de las potencias del momento frente a ese abuso y la colonización facilitaron, para 1935, que Manchuria quedara al margen de las leyes japonesas y las internacionales, un lugar donde podía gastarse con gran libertad el presupuesto militar, o mejor aún: un paraíso para la investigación científica y la mala vida. Fue en Harbin donde, ese año, Tokio estableció el Instituto Continental de Ciencias, un modelo experimental que, por las leyes japonesas, jamás se hubiese podido instaurar en la metrópoli.</p>

	<p>La inmigración japonesa a Manchuria era abundante, ya que la seguridad era estricta, las garantías plenas y se consideraba a la población china Han inferior racialmente, la cual gozaba de muy pocos derechos, cuando no se les eran vulnerados completamente. En pocas palabras, se emigraba a la colonia para enriquecerse fácilmente a expensas de la población local. El narcotráfico, la extorsión, la expropiación, el chantaje… aquello era pan de cada día en Manchuria. </p>

	<p><strong>El Doctor Ishii</strong><br />
En entrevista aparecida en el Japan Times, página 12, del 29 de agosto de 1982, Harumi Ishii, la hija mayor del doctor y Mayor General Shiro Ishii, dijo, ante las “presuntas” acusaciones sobre la participación de su padre en crímenes contra la humanidad: </p>

	<blockquote>
		<p>“Si no hubiese sido por la guerra y la carrera que escogió, su genio hubiese dado frutos en otro campo distinto a la ciencia médica, posiblemente en la política. Mi padre hubiese sido un estadista excepcional. Lo que hizo, o lo que lo acusan de haber hecho cumpliendo órdenes como oficial médico y soldado del Ejército Imperial Japonés, es censurable desde cualquier ámbito ético. No obstante, nadie puede olvidar que todo ocurrió bajo circunstancias extremadamente excepcionales; estábamos en guerra.” </p>
	</blockquote>

	<p>Se sabe que en el verano de 1933, apareció en el villorrio manchuriano de Beiyinhe, compuesto por veinte familias pobres, un convoy del ejército japonés, acompañado por funcionarios de alto rango. Después de una inspección, e intercambiar opiniones in situ, el oficial principal ordenó a sus subalternos comunicarles a los campesinos que debían abandonar el villorrio antes de tres días o serían fusilados. La ubicación de Beiyinhe era privilegiada por varias razones: estaba a un lado del río Beiyin y a solo 600 metros de las vías ferroviarias de la línea Lafa-Harbin. Además, la capital provincial, Harbin, estaba a menos de 100 kilómetros al norte, la cual ponía a solo hora y media de viaje. Conscientes de la brutalidad de los invasores, las veinte familias de Beiyinhe abandonaron el sitio rápidamente.</p>

	<p>El convoy era comandado por un hombre que los chinos conocían como Zhijiang Silang, pero que en Japón era conocido como Shiro Ishii. El comandante Ishii era por entonces un recién llegado a Manchuria, pero con conexiones de alto nivel en Tokio y el respaldo político y militar local. Ya en 1931, en preparación del desplazamiento forzado en Beiyinhe, había comunicado a sus superiores que las investigaciones sobre bacterias estaban listas, por lo que “<em>es momento de comenzar nuestro experimento. Apelo a ustedes me comisionen a Manchuko para el desarrollo de las nuevas armas</em>.”</p>

	<p>Shiro Ishii nació en 1892 en el poblado de Chiyoda Mura, un lugar hoy no muy alejado del Aeropuerto Internacional Narita de Tokio. Su familia era la más rica de la comarca, y ejercía sobre el distrito una especie de dominio feudal. Poco se sabe de su niñez, aunque se ha rescatado que era un estudiante despierto y capaz, que algunos creían llegaría a ser un genio. Con una memoria extraordinaria, sus compañeros murmuraban que podía memorizar un libro con solo leerlo una sola vez. Era el alumno favorito de los profesores, al punto que, los otros niños, resentían de él también por su arrogancia y actitud cortante. Con los años, Ishii se convirtió en un estudiante verdaderamente brillante, con una inteligencia prodigiosa, que le permitió, ya en abril de 1916, ingresar a la Facultad de Medicina de la Universidad Imperial de Kioto. Allí pronto descrestó a sus profesores, quienes lo matricularon en cursos más avanzados dado su talento.</p>

	<p>Para fines del siglo <span class="caps">XIX</span>, la concepción ética de la medicina occidental había llegado a Japón, pero en aquel país no se enseñaba la ética médica, como materia, puesto que la comunidad académica y científica consideraba que cada estudiante sabía que estaba estudiando para ayudar y sanar a las personas, no para destruirlas. A pesar de que a menudo se hacían charlas y conversatorios sobre ética, es claro que Ishii se mantuvo al margen de ellos. Se graduó con honores en diciembre de 1920, a los veintiocho años, lleno de ambición y consciente que los años de estudios, para él, habían sido muy fáciles. De inmediato, atraído por el furor del desarme producto de la Primera Guerra Mundial, Ishii fue admitido por el Ejército Imperial como oficial de regimiento a prueba, y cinco meses después, en abril de 1921, fue ascendido a Cirujano-Teniente Primero de la Guardia Imperial. Debido a su interés en la investigación (más que en la práctica), Ishii consiguió ser transferido al Hospital del Primer Ejército en Tokio en agosto de 1922, donde se destacaría por una habilidad para engatusar y manipular a sus superiores. En contraste, era despiadado y acosador con los empleados a su cargo. A pesar de ello, su inteligencia y capacidades descrestaban a cualquiera, mucho más que su voz potente y su estatura, mayor al promedio de la época. Adicionalmente, le gustaba beber, y frecuentaba el distrito rojo de Tokio, donde era cliente de los prostíbulos cuyas geishas contaran con dieciséis años de edad. El nombre de Ishii era famoso en el distrito rojo. Aunque sus superiores sabían de sus andanzas, también comprendían que Ishii merecía algo mejor. Finalmente en 1924, se decidió que el joven médico debía ser promovido a un mayor rango, al de Mayor General, por lo que Ishii regresó a Kioto para comenzar estudios de posgrado.</p>

	<p>Allí estudió bacteriología, serología, patología y medicina preventiva. Mientras completaba sus estudios avanzados, en la isla de Shikoku, al sur de Japón, estalló una epidemia que, rápidamente, comenzó a propagarse. Ishii fue enviado en la comisión académica a investigar. Se trataba de una nueva cepa de la encefalitis, conocida como la “B japonesa”. Ishii localizó y aisló el virus mediante técnicas de filtro. Esta experiencia cambiaría su perspectiva acerca del poder de un virus para diezmar poblaciones y transmitirse.</p>

	<p>Después de los estudios de posgrado, Ishii siguió investigando. Fue en este tiempo que hizo amistad con el rector de la Universidad Imperial de Kioto, Torasaburo Araki, quien era uno de los médicos más eminentes que tenía Japón. Ishii finalmente se casó con una de las hijas de Araki, catapultándose así en su carrera. A fines de 1926 o principios de 1927, se doctoró en microbiología. Recibía su título con el flamante rango de Capitán del Cuerpo Médico del Ejército Imperial, al cual había sido ascendido dos años antes.</p>

	<p>Contratado en el Hospital del Cuerpo Médico del Ejército de Kioto, Ishii descubriría la política, no por vías de la democracia, sino por el discurso ultranacionalista y las arengas de las tabernas. En Kioto continuó en los meses siguientes con sus actividades investigativas cuando cayó en sus manos un documento que, se afirma, cambió su vida. Se trataba del reporte sobre armas biológicas del Primer Teniente Médico Harada, que había asistido a la Convención de Desarme de Ginebra en 1925 como oficial del despacho del Ministro de Guerra de Japón. Harada había hecho copias del informe y las había puesto a circular en la comunidad médica, sin que llamase la atención de nadie. Sin embargo, cuando cayó en manos de Ishii, el informe cobró vida no como una prohibición sino como el primer paso en la exploración de las posibilidades de construir un armamento biológico que beneficiaría al Japón en un futuro cercano. Una oportunidad única, sin duda, ya que los demás países habían renunciado a dicho potencial.</p>

	<p>De inmediato, Ishii echó mano a sus conexiones con los ultranacionalistas en el Ministerio de Guerra, buscando convencerlos. Nadie quería invertir en una investigación de esa magnitud, mucho menos producir un arsenal biológico cuando los términos de paz de una guerra sangrienta estaban aún demasiado frescos. Ni siquiera los inteligentes alegatos de Ishii sobre el potencial táctico descrestaron al Ejército. Frustrado por la actitud del gobierno, Ishii partió en abril de 1928 en un viaje de dos años por el mundo pagado por el mismo Ejército como premio por su eficiencia, con el fin de dialogar con sus iguales y recopilar información de inteligencia militar. En todos los países Ishii presentó sus credenciales como investigador sobre “guerra bacteriológica”. Cuando Ishii regresó a Tokio desde Estados Unidos, encontró que en sus dos años de ausencia, el Ministerio de Guerra había cambiado: los viejos, reticentes funcionarios se habían marchado, y los que entonces lo conformaban, tenían una posición distinta sobre el potencial bélico de un programa biológico estatal; de hecho, los jingoístas habían subido al poder, con sus ideas de hegemonía y expansión territorial, si es que Japón quería sobrevivir como imperio. Por sus aportes en su expedición internacional, cuatro meses después, Ishii fue nombrado Profesor de Inmunología en la Escuela Médica del Ejército en Tokio, y ascendido a Mayor. Desde su nueva posición, instauró oficialmente la investigación biológica en Japón con fines militares, ganando el apoyo de los nacionalistas en el poder, bajo el argumento de “tiene que ser muy bueno para que haya sido prohibido por la Liga de las Naciones”.</p>

	<p>Rápidamente el joven investigador había llamado la atención del principal científico militar de la época, Chikahiko Koizumi, quien además de haber sido pionero en distintos campos hasta llegar a desempeñarse luego como Ministro de Salud, era un ultranacionalista convencido. Koizumi no solo había abandonado antes el camino de la búsqueda de armas biológicas, sino que hoy es el padre de la investigación de armas químicas en Japón. Tras revisar la excelente hoja de vida y verificar los méritos de Ishii, de inmediato el respetado investigador le otorgó todo su apoyo. Como primera medida, se creó el Departamento Nacional de Inmunología, a petición de Ishii. Pronto, el ambicioso médico contaba no solo con el apoyo incondicional de Koizumi, sino del Ministro de Guerra Sadao Araki y el influyente General Tetsuzan Nagata. Ishii estaba en la cima: en 1932, partió en una gira exploratoria por Manchuria, que recién se había anexado el imperio japonés. No mucho después, el ultranacionalista Doctor Ishii regresó a Manchuria con excelentes credenciales, un enorme presupuesto y el respeto tanto en el territorio ocupado como en Japón. Con la evacuación forzada del villorrio de Beiyinhe, comenzó una de las épocas más oscuras de la historia de la Segunda Guerra Mundial en Asia. </p>

	<p><strong>El nacimiento de la Unidad 731</strong><br />
La desaparición de Beiyinhe de la faz de la tierra fue el comienzo de la espeluznante Unidad 731 de investigación biológica del Ejército Imperial Japonés. Con un presupuesto de más de 200,000 yenes (una enorme suma) que provenían de cuentas secretas del ejército, el dinero fue aumentando año tras año así se sacrificasen otros frentes del Ministerio de Guerra. En 1932, la Unidad 731 comenzó sus labores con alrededor de 300 personas (que aumentaron con los años), para ejecutar un programa ultra-secreto, del cual dependía la seguridad nacional del Japón.</p>

	<p>Ishii y sus subalternos adoptaron nombres en código. La Unidad primero operó en el barrio industrial de Harbin, donde ocupó bodegas abandonadas y edificios que expropió a sus dueños. La investigación se clasificó en A, para experimentos muy peligrosos, y B, para experimentos de inoculación, poco peligrosos. Con el pasar de los meses quedó claro que el cuartel de Harbin eran necesarias instalaciones adecuadas para la investigación A, sin que el equipo corriese riesgos, y que involucraba a cobayas humanos. Mientras Ishii buscaba el lugar adecuado para establecer un complejo discreto, su equipo seguía trabajando con vacunas en los laboratorios de Harbin. Entonces, en el verano de 1932, el doctor Ishii dio con Beiyinhe, y tras evacuar a sus habitantes, el ejército japonés destruyó todas las chozas salvo una, acordonó medio kilómetro con el fin de preparar el terreno para construir una estructura que sirviese como laboratorio y prisión. Se trajo mano de obra local esclavizada, que de inmediato levantó pisos, paredes, y un muro de tres metros, protegido con alambre electrificado, altas garitas, torres de luces, y se estableció un terreno restringido de 250 metros adyacente al área, una “zona de muerte”. En menos de un año, al interior de los muros, los albañiles construyeron más de 100 edificios de ladrillo. El personal militar a cargo hacía lo imposible por impedir que los constructores tuvieran perspectiva de lo que estaban erigiendo. En el centro del complejo, se alzó un enorme edificio, que serviría en parte de prisión y en parte de laboratorio. Por su tamaño, usualmente la población local se refería a él como el “Castillo Zhong Ma” (Colonia Carcelaria de Zhong Ma fue como lo llamaron los japoneses). Otros edificios albergarían animales.</p>

	<p>El llamado Castillo de Zhong Ma se dividía en dos alas: en la primera funcionaba una cárcel, los laboratorios, un horno crematorio y un basurero de municiones. En la segunda estaban las oficinas, los barracones, las bodegas, una cantina y un estacionamiento de uso del ejército. En plena capacidad, la cárcel podía alojar 600 reclusos, entre meros “sospechosos”, miembros de la resistencia, los “bandidos” que seguían a Chiang Kai Shek y los comunistas del otro lado de la frontera. Gracias a sus contactos, Ishii lograba que todos ellos purgaran sus condenas en su castillo, aunque preferiblemente la policía local enviaba a la Unidad 731 a los acusados políticos.</p>

	<p>Regularmente, el mismo Ishii o alguno de sus ayudantes extraían alrededor de 500cc de sangre de cada prisionero cada tres o cinco días. La rutina jamás se interrumpía. Como resultado, los prisioneros se deterioraban rápidamente. Cuando esto ocurría, se les inyectaba veneno y, tras la autopsia reglamentaria, los cuerpos desaparecían en los hornos crematorios.</p>

	<p>En los primeros años del proyecto secreto, los experimentos de Ishii eran rudimentarios, sin ninguna importancia salvo torturar personas hasta asesinarlas. A veces se medía el impacto de proyectiles y granadas sobre el cuerpo humano solo por el interés de hacer una autopsia. Sería después que Ishii perfeccionaría lo macabro, especialmente en tres frentes: ántrax, muermo y plagas. Si bien se dice que los archivos de la unidad Ishii en Beiyinhe fueron destruidos en 1945, numerosas narraciones sobre sus experimentos perviven, entre los que están la inducción de bacterias infecciosas a los prisioneros con el fin de practicarles autopsias en su estado de delirio. En 1934, sus investigaciones sobre el cólera demostraron que este, transmitido por medio de plagas, era efectivo como arma biológica. Los equipos a cargo de Ishii (había uno de envenenamiento por gas, otro de envenenamiento líquido, otro de muerte con electricidad, etc.) pasaban sus días haciendo horribles experimentos como en una fábrica de ideas. Entre los más sonados, están los de las víctimas que eran congeladas y luego revividas con agua caliente, o la forma como extraían órganos de personas vivas, simplemente con un hacha y manos fuertes para sostener a la víctima.</p>

	<p>No se sabe cuántas personas realmente fueron exterminadas en la Unidad 731 como en toda Manchuria. Sin embargo, después de la guerra, el General Yasutsugu Okamura escribió en sus memorias: “<em>No sé los detalles de los avances médicos que hizo, pero cuando la guerra terminó Ishii me dijo que su trabajo había producido más de 200 patentes</em>”.</p>

	<p>Ishii abandonó el complejo de Beiyinhe en 1937. Ordenó que todo fuera destruido, y que se eliminaran todos los testigos posibles. Todos los prisioneros fueron acribillados, y el equipo de Ishii se dirigió a un nuevo complejo, más cerca de Harbin, donde comenzaría lo que llamaría “su obra maestra en la investigación científica”. Fue allí, entre 1937 y 1945, que la Unidad 731 ganó su escalofriante reputación.</p>

	<p>La historia del complejo de Beiyinhe se mantuvo secreta por más de cuarenta años. Fue a principios de los años 80 del siglo pasado cuando un investigador y académico chino, Han Xiao, director adjunto del Museo 731, descubrió, por casualidad, la sórdida historia de la experimentación científica sobre seres humanos en el campo Zhong Ma, que se remonta, según se calcula, a 1932, poco después de la invasión de Manchuria por parte de Japón.</p>

	<blockquote>
		<p>“Escuché sobre los preparativos para la guerra biológica en el Ejército japonés por primera vez después de posesionarme de mi cargo como miembro en la Unidad de Cuarentena del Ejército Kwantung en diciembre de 1939… Se le conocía como la “Unidad Ishii” en el Ministerio de Guerra. Al asumir mi cargo me concentré en el cultivo de bacterias… Fui de mala gana testigo de los preparativos para dicha guerra bacteriológica. Creía completamente que el Teniente General Ishii había concluido en ese lugar un gran experimento científico en preparación de esa guerra… Basándome en los datos y el trabajo realizado por los equipos bajo el liderazgo de… Ishii, que conocía muy bien, doy fe así de mi responsabilidad en los experimentos realizados por los equipos de Ishii en los que cuerpos humanos vivos fueron sacrificados en la investigación.”</p>
	</blockquote>

	<p>(Testimonio del Mayor Tomio Karasawa, septiembre de 1946, Doc. 9306, Expediente en Grupo 153, Archivos del Juez Fiscal General del Ejército. Archivos Nacionales de Estados Unidos, 107-0.)    </p>

	<p><strong><span class="caps">FUENTES</span>:</strong></p>

	<ul>
		<li><em>Materials on the Trial of Former Servicemen of the Japanese Army Charged with Manufacturing and Employing Bacteriological Weapons</em> (Moscow: Foreign Languages Publishing House, 1950).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Han Xiao, “The Evidence of the Japanese Imperialists’ Invasion of China— Brief Introduction to the Ruins of the Japanese Bacterial Factory in Ping Fan,” translated by Ms Lu Cheng, Northern Relics, vol. 6 (Harbin, 1985).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Spence, Jonathan D., <em>The Search for Modern China</em> (New York: W.W.Norton, 1990).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Myers, Ramon H., <em>The Japanese Economic Development of Manchuria</em>, 1932 to 1945 (New York: Garland, 1982).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Jones, F. C, <em>Manchuria since 1931</em> (London: Oxford University Press, 1949)</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Tsuneishi Kei-ichi, <em>The Germ Warfare Unit That Disappeared: Kwantung Army’s 731st Unit</em> (Tokyo Kai-mei-sha Publishers, 1981).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Brackman, Arnold C., <em>The Other Nuremberg: The Untold Story of the Tokyo War Crimes Trials</em> (New York: William Morrow, 1987).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Harris, Robert, and Paxton, Jeremy, <em>A Higher Form of Killing: The Secret Story of Chemical and Biological Warfare</em> (New York: Hill and Wang, 1982).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Williams, Peter, and Wallace, David, <em>Unit 731: The Japanese Army’s Secret of Secrets</em> (London: Hodder and Stoughton, 1989).</li>
	</ul>

	<ul>
		<li>Tsuneishi, Kei’ichi, and Asano, Tomizo, <em>The Bacteriological Warfare Unit and the<br />
Suicide of Two Physicians</em> (Tokyo: Shincho-Sha Publishing Co., 1982).</li>
	</ul>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/historiasocultas/20849/la-unidad-731-parte-i</link>
		<pubDate>Thu, 04 Aug 2011 09:00:00 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Max Vergara Poeti</dc:creator>
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	</item>
	<item>
		<title>El Proyecto Filadelfia</title>
		<description><![CDATA[<p>Supe del Proyecto Filadelfia, o como también se le conoce, “Proyecto Invisibilidad”, por pura coincidencia. Una coincidencia que me impulsó a escarbar en la que llamo “historia oculta”. Por ello, la historia del Proyecto Filadelfia es también la historia de una epifanía. La historia que aquí contaré comenzó dentro de una carpeta de papeles de un proyecto de guión cinematográfico inconcluso. Una carpeta que llega a mis manos por mi trabajo en la Warner Bros. Pictures, que llevaba unos veinte años archivada. Era proyecto porque si bien la idea había sido adquirida por Warner, no había pasado la etapa de investigación o documentación, y así, era un proyecto, pero muerto.</p>]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p><em>Hoy, 4 de julio, día de la independencia de Estados Unidos; Filadelfia, ciudad donde se firmó la declaración de independencia.</em></p>

	<p>Supe del Proyecto Filadelfia, o como también se le conoce, “Proyecto Invisibilidad”, por pura coincidencia. Una coincidencia que me impulsó a escarbar en la que llamo “historia oculta”. Por ello, la historia del Proyecto Filadelfia es también la historia de una epifanía. La historia que aquí contaré comenzó dentro de una carpeta de papeles de un proyecto de guión cinematográfico inconcluso. Una carpeta que llega a mis manos por mi trabajo en la Warner Bros. Pictures, que llevaba unos veinte años archivada. Era proyecto porque si bien la idea había sido adquirida por Warner, no había pasado la etapa de investigación o documentación, y así, era un proyecto, pero muerto. De modo que tenía la tarea de echar un vistazo a los papeles (y cualquiera puede imaginarse los protocolos de seguridad que existen para acceder a estos documentos) y determinar si servía o no para cualquier cosa. Los archivos de Warner, como ocurre con las grandes casas del cine, están llenos de guiones e ideas que, diez, veinte años atrás, fueron adquiridas por miles y hasta millones de dólares, pero que jamás se han hecho. Y como director de proyectos, de vez en cuando es bueno repasar los archivos y ver si, a estas alturas, hay allí, entre miles, alguno que hoy pueda ser realizable. </p>

	<p>Tuve la carpeta en mi casa de Malibu por varios días, y por alguna razón la metí en mi maleta y decidí llevarla a Nueva York. Y fue estando allí que, entre las fotocopias e imágenes que parecían disparates, encontré una referencia al Proyecto Filadelfia: una primera búsqueda en Google del tema fue espeluznante. Al parecer, había existido. Otros decían que se trataba de una fantasía. La carpeta contenía suficiente información para opacar a los “Archivos X”, con muchos folios de documentos desclasificados de los Archivos Nacionales de Estados Unidos. Sin duda comprendí por qué algo así jamás se había hecho en Hollywood: había indudablemente temas que comprometían la seguridad nacional, y la industria del cine tiene sus límites, no siendo tan liberal como la describen. Hablé con un par de contactos en Manhattan, fuentes gubernamentales serias, que descartaron que se tratase de una invención: había algo de cierto en todo, por más ficticio que pareciese. Así que, sin poder dedicarme completamente a averiguar más sobre las historias de la carpeta, me olvidé del asunto y, al cabo de una larga semana de reuniones de trabajo, fui a casa de mi familia, en Long Island, a pasar el fin de semana.</p>

	<p>Si algo atrae en cualquier época el turismo al condado de Suffolk, esa especie de tenedor que comprende el extremo meridional de Long Island, es el Parque Estatal de Montauk, en la punta, y particularmente el faro que allí se levanta. De modo que, por razones de puro divertimento, decidí ir una tarde con mi hermana a caminar por el faro. Desde East Hampton, la carretera a Montauk comienza a alejarse de la civilización lentamente, a medida que se interna por un bosque espeso que, en invierno, es lúgubre como de esqueletos empalados, mientras que en verano, es tan espeso que se llena de sombras. Iba en el coche cuando de repente, por primera vez, apareció ante mí una enorme antena decrépita, dominando el bosque. No comprendía cómo había pasado muchas veces por allí y no la había visto. No dejé de verla hasta que la perdí de vista. Y tampoco había en el mapa local que guardaba en el coche alguna referencia a una base militar. Después de aquélla visión decidí investigar sobre la antena.</p>

	<p>Al día siguiente supe que, hasta fines de la década de 1960, la Fuerza Aérea había mantenido allí una base militar que, conocida como “Camp Hero”, había sido construida para cuidar las costas de Nueva York durante la Segunda Guerra Mundial. La antena que había visto era la de un radar AN/FPS-35, muy usado entre 1960 y 1970, fecha aproximada en que la base fue desmantelada. Y luego, entre más búsquedas y lecturas, me topé con una historia que, contando con todos los elementos de un mito urbano, llamó aún más mi atención. Esta historia mantiene que, una vez se desmanteló oficialmente Camp Hero en 1969, la Fuerza Aérea decidió mantenerla activa hasta 1979, con el fin de llevar a cabo en ella experimentos, no biológicos o de tecnología supersónica, sino de viajes en el tiempo. Lo que indudablemente fue en ese momento demasiado para mí. </p>

	<p>Una inspección in situ a Camp Hero, el fin de semana siguiente, despertó todavía más mi curiosidad. Se trata de una base rodeada de árboles, casi abandonada, con túneles y pasadizos subterráneos inundados adrede, y cientos de puertas clausuradas. A veces comenzaba a descender por una escalera y, de repente, dejaba de existir; los rieles hundiéndose terroríficamente en el piso de concreto. Sin embargo, no había nada más que fuese sospechoso. ¿Por qué la Fuerza Aérea había hecho eso? ¿Cuál era el propósito de inundar los niveles subterráneos de los edificios, o en casos más radicales, llenar los pasillos con concreto? Y más aún, ¿a qué coste aquello se había hecho? Era evidente que algo se había ocultado. No ocurría lo mismo con las baterías y cañones que permanecían apuntando hacia el mar, cañones que asoman hoy en el acantilado y que solo pueden apreciarse muy bien desde el mar. Y no fue mucho después que Camp Hero se convirtió en un eslabón más del misterioso Proyecto Filadelfia, que más parece sacado de la ciencia ficción pero tiene una sólida base de realidad, y miles de inconsistencias que, como es de esperarse en toda teoría conspirativa, la hacen aún más fascinante. </p>

	<p><strong>El Experimento</strong><br />
El Proyecto Filadelfia tenía como propósito probar los efectos de un campo magnético fuerte y sus efectos sobre un aparato de radar en mar o en tierra, causando su desaparición. Esto debía lograrse mediante generadores o baterías magnéticas (desmagnetizadores). Generadores de pulso y sin pulso serían empleados para crear un inmenso campo magnético alrededor de un barco, de tal forma que éste, cubierto bajo ese poderoso manto magnético, desaparecería de vista sin moverse de su lugar. </p>

	<p><strong>El <span class="caps">USS</span> Eldridge, DE-173</strong><br />
La historia del Proyecto Filadelfia comienza con el destructor clase C Eldridge, entregado en New Jersey el 22 de febrero de 1943, y comisionado el 27 de agosto de 1943, en Nueva York, donde se le encomendó al Teniente Charles R. Hamilton. El destructor llevaría el nombre del Comandante John Eldrige Jr., héroe de la campaña de las islas Salomón en la Segunda Guerra Mundial. Según la ficha oficial, el Eldrige era un barco de 1,260 toneladas, 91 metros de longitud, 4 motores diesel y podía alcanzar los 39kms en su velocidad máxima. Además, estaba hecho para una tripulación permanente de 216 marinos.</p>

	<p>La historia que involucra al <span class="caps">USS</span> Eldrige es esta: en octubre de 1943, la por entonces Oficina de Investigación Naval condujo un experimento ultra secreto que buscaba desafiar las leyes físicas y encontrar un modo de “camuflaje electrónico”. Cabe aquí anotar que, para entonces, la Alemania Nazi ya había inventado la película de invisibilidad, que Estados Unidos robó tras su victoria en la guerra y que hoy, en versiones mucho más sofisticadas, utilizan sus aviones y satélites espía. Numerosos documentos ya desclasificados que reposan en los archivos nacionales tanto de Estados Unidos como de Alemania dan cuenta de ello. Entonces, siguiendo con la historia, el experimento se llevó a cabo en el muelle de la Armada en Filadelfia, el Navy Yard. Sobre si el proyecto buscaba simplemente lograr que el Eldridge se hiciera invisible para los radares o si buscaba lograr la invisibilidad de los vampiros, nunca se sabrá, y las más diversas versiones abundan. Sin embargo, en lo que hay consenso es en esto: en vez de hacer tamaño experimento en un laboratorio, la Armada utilizó un puerto, a la luz del día, para sus pruebas. </p>

	<p>Bajo la guía de Albert Einstein y Nicolás Tesla, la Oficina de Investigación Naval cargó el Eldridge con varias toneladas de equipo electrónico, y a la hora acordada, se encendieron unos generadores que envolvieron el Eldridge en una resonancia magnética que creó un campo electrónico muy poderoso. Al crecer dicho campo en intensidad, apareció una niebla verde que, en cuestión de segundos, se tragó al barco y su tripulación, dejando en su lugar un aroma a “aire quemado”. La parte extraordinaria de la historia comienza segundos después, cuando el Eldrige aparece a más de 400 kilómetros al sur de Filadelfia, en el puerto de Norfolk, Virginia. Si la Armada buscaba la invisibilidad, habían logrado, pues, la tele trasportación de las cosas. Según los relatos, cuando el barco de nuevo apareció en Filadelfia, la materia en algunas partes había cambiado, y gran parte de la tripulación, puesta allí de cobaya, se había fundido al metal del destructor: del piso emergía, como si estuviera soldada a él, una mano, una cabeza, un brazo. Un cuerpo parecía introducirse en una pared y su cabeza perfectamente asomaba del otro lado. Sin duda, el experimento había demostrado las imposibilidades de la materia que, aún hoy, la mayoría de físicos debate, en cuanto a la tele trasportación y los viajes en el tiempo.</p>

	<p>En esta historia hay varios elementos que generan cuestionamientos, y en los cuales se ampara el gobierno estadounidense, desde hace cincuenta años, para negar el experimento. Afirma la versión oficial y los contradictores que el <span class="caps">USS</span> Eldridge no pudo haberse evaporado repentinamente y luego reaparecer sin daños notables; que no hay testigos; que no hay registros oficiales que ponen al destructor en el puerto de Filadelfia en 1943, o durante la presunta fecha del experimento; y uno de los ataques principales, que la Oficina de Investigación Naval no existía por entonces, ya que fue creada tres años después, en 1946. </p>

	<p><strong>Las pruebas en contra de la negación oficial</strong><br />
De acuerdo a los registros oficiales, el <span class="caps">USS</span> Eldridge sirvió en el océano Atlántico desde su comisión, el 27 de agosto de 1943, hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando fue sacado del servicio el 17 de junio de 1946, permaneciendo así en la reserva naval hasta 1951, cuando fue vendido al gobierno griego bajo el Programa de Asistencia Mutua de Defensa. En Grecia, el Eldridge se convirtió en el destructor “Leon”. </p>

	<p>Una de las pruebas más controversiales, antes de seguir a los registros, está en el supuesto testigo del experimento, un marino llamado Carlos Miguel Allende, quien afirmó hasta su muerte haber visto de primera mano el experimento desde la cubierta del SS Andrew Furuseth, un barco mercante que se encontraba en el puerto. Quizá las dudas en torno a Allende comienzan cuando éste contacta a un reconocido físico, Morris K. Jessup, quien había escrito un libro en el cual defendía la vida extraterrestre, titulado “The Case for the UFOs”. Con una correspondencia interrumpida, misteriosa y sesgada, Jessup recibe información incompleta en postales de Allende durante dos años, todas enviadas de ciudades distintas de Estados Unidos. Finalmente, cuando el libro de Jessup se publica, en el cual el científico investiga la tecnología de los antiguos y su relación con habitantes de otros planetas, la Armada recibe una copia del libro de Jessup con múltiples anotaciones en sus márgenes sobre tecnología avanzada ultra secreta. La Armada llamó a Jessup (autor del libro que tiene en su poder) a inspeccionarlo, y Jessup determinó que el libro lo pudo haber enviado el misterioso Allende. Tras estudiar las anotaciones, la Armada de inmediato ordenó que se hicieran 127 copias numeradas, encargo que le hizo a la contratista militar Varo Manufacturing Company a las afueras de Dallas, en Texas. De ahí que dicha edición de “The Case for the UFO’s” se conozca como la escasa “edición Varo”. Algún valor tenía para el Ejército aquel libro anotado, al punto que Jessup fue llamado y las copias Varo fueron repartidas en la comunidad militar científica del Pentágono. Allende detalló el proyecto Filadelfia, y señaló los orígenes del experimento en la Teoría del Campo Unificado de Einstein y una de las joyas mejor guardadas de la física, conocida como la “Teoría Descartada”. Se sabe hoy que la Alemania Nazi trabajó en la teoría descartada durante mucho tiempo, en los campos de la anti gravitación y los viajes en el espacio (los llamados “foo fighters”, reportados durante la Segunda Guerra Mundial por los pilotos aliados que volaban sobre Europa, esas esferas plateadas que daban vueltas alrededor de los aviones de combate en marcha, es una prueba de los adelantos tecnológicos de la Alemania Nazi, tecnologías que los aliados robaron como botín de guerra y se usan, hoy, en numerosos y espeluznantes experimentos científicos y armas ultra secretas).</p>

	<p>Muchas cartas de Allende aparecieron posteriormente en donde el testigo se contradecía; surgieron otros testigos que afirmaban haber conocido a Allende, aquel majareta, pero ninguno jamás pudo reconocerlo entre un montón de fotografías. Algunas cartas posteriores pudieron haber sido falsas, o simplemente ya contactado por la censura oficial, Allende fue obligado a retractarse, de modo que quedara públicamente como un demente al contradecirse. Nunca se sabrá. Lo cierto es que en las anotaciones hechas por Allende debieron tener cierta validez científica para que el comandante George W. Hoover, de la oficina de investigación de proyectos especiales de la Armada, y el capitán Sydney Sherby (ambos miembros del “Proyecto Vanguardia”, que fuera el primer intento de Estados Unidos de poner un satélite en órbita), quienes estaban con sus equipos estudiando las posibilidades de la anti gravitación, hubiesen ordenado que de aquel libro se hicieran copias oficiales. </p>

	<p>Así es que Allende, una de las piezas centrales de la historia, es como en toda teoría conspirativa el personaje controvertido, al punto que hay quienes afirman, y pese a la existencia de la edición Varo hecha secretamente por el gobierno en su momento, que el testigo jamás existió.</p>

	<p>Regresando a los registros de los barcos, la prueba principal de este caso, varios autores se dieron a la tarea de investigar la veracidad de la versión oficial, que es tajante al afirmar que se trata todo de una fabulación y que jamás los barcos, el Eldridge y el mercante Furuseth estuvieron cerca. Unos de ellos, Charles Berlitz y William Moore, comenzaron por verificar las afirmaciones repetidas siempre por la Armada. Los autores encontraron que la versión oficial, que se presenta tan impecable, era demasiado buena para decir la verdad. En su libro “The Philadelphia Experiment”, encontraron (y dan pruebas) que en efecto, Allende hacía parte de la tripulación del barco mercante SS Andrew Furuseth para el momento del experimento, y que ambos barcos estaban en el océano para la misma época. Allí anuncian:</p>

	<blockquote>
		<p>“Si se puede demostrar que el Eldridge y el SS Furuseth estuvieron en el mismo lugar, incluso en una misma fecha en la que Carl M. Allen era un tripulante del Furuseth, entonces habría mucho de posibilidad en esta historia. De lo contrario, si no puede hallarse dicha coincidencia, entonces la historia de Allende estaría seriamente (y quizás fatalmente) comprometida.” (Traducción del autor, p. 107, “The Philadelphia Experiment”)</p>
	</blockquote>

	<p>La verdadera historia del <span class="caps">USS</span> Eldridge comenzó así a develarse cuando los autores obtuvieron copias de las bitácoras del destructor y el barco mercante. Las conclusiones evidentes los llevaron a afirmar que no todo figuraba “como debía figurar” de acuerdo a la historia oficial:</p>

	<blockquote>
		<p>“(1) los registros de la bitácora del Eldridge para la fecha de su comisión (27 de agosto de 1943) hasta el 1º de diciembre de 1943 «faltaban y por tanto no estaban disponibles» (como aparece en nota); y (2) los registros del Furuseth habían sido «destruidos por orden ejecutiva» y por ello no existían.” (Traducción del autor, p. 107-8, “The Philadelphia Experiment”)</p>
	</blockquote>

	<p>Si los registros en las bitácoras de los dos barcos habían sido manipulados o destruidos por orden oficial, entonces claramente había un descarado encubrimiento, no solamente sobre el experimento que salió mal, sino que incluso, quizás, comprometía a la Casa Blanca y al Presidente Roosevelt. Fuera lo que sucedió en aquella época y que involucró a los dos barcos, se trató sin duda de un hecho extraordinario, que rebasa las barreras de las operaciones navales de guerra en su tiempo, ya que se necesitaba de una razón muy poderosa para que el mismo Presidente de Estados Unidos ordenase la destrucción de la bitácora del Furuseth con “orden ejecutiva”. </p>

	<p>De acuerdo a la casa matriz a la cual estaba registrado el Furuseth, Matson Navigation Company, el buque mercante hizo dos viajes completos al Norte de África en aquel año, partiendo desde Nueva York hasta Norfolk, y luego marchando con los convoyes militares hasta los puertos de desembarco de tropas en Argelia y Marruecos. El segundo viaje, del cual hay registros, comenzó el 25 de octubre de 1943, desde Norfolk hasta el puerto de Orán, en Argelia. Y es en este punto donde la discrepancia con los registros oficiales se hace enorme:</p>

	<blockquote>
		<p>“De acuerdo a la Armada, la historia oficial del Eldridge es que el destructor se hizo a la mar el 25 de julio de 1943 en Newark, Nueva Jersey, y fue comisionado el 27 de agosto de 1943 en el puerto naval de Nueva York. Su viaje de prueba comenzó a principios de septiembre, cerca de la isla de Bermuda, en las Antillas Británicas Occidentales, y terminó el 28 de diciembre. Estos mismos registros indican que su primer viaje en misión comenzó el 4 de febrero de 1944 y concluyó el 15 de febrero, con su llegada a la Bahía de Nueva York.” (Traducción del autor, p. 108, “The Philadelphia Experiment”)</p>
	</blockquote>

	<p>De modo que, si uno acepta la historia oficial de estos dos barcos, nunca estuvieron ni si quiera 100 kilómetros cerca el uno del otro en 1943, y por ende, la validez de la historia de Allende, la edición de Varo y otros detalles del experimento jamás existieron (sus pruebas principales). Sin embargo, tal y como los autores citados lo afirmaron, la ausencia completa de páginas enteras de registros en la bitácora del Eldridge y la pérdida completa de la bitácora del Furuseth “arrojan serias dudas” sobre la versión oficial.</p>

	<blockquote>
		<p>“La primera pieza faltante que encajó en el rompecabezas llegó inesperadamente al descubrir información clasificada sobre el Eldridge que invalidaba completamente la historia oficial. El documento en cuestión es un reporte sobre “Acciones contra submarinos de barcos en superficie” rendido por el comandante del Eldridge el 14 de diciembre de 1943, de acuerdo con las regulaciones de la flota, y relacionado con los hechos que tuvieron lugar el 20 de noviembre en el Atlántico Norte. De acuerdo a la historia oficial, el Eldridge dio su primer paseo cerca de la isla de Bermuda desde principios de septiembre hasta fines de diciembre de 1943, y su primer viaje oficial fue el 4 de enero de 1944. De acuerdo al reporte elaborado por el comandante del Eldridge, el Teniente C.R. Hamilton, el destructor lanzó siete cargas contra un submarino enemigo cuya aparición fue reportada poco después de la 1.30 PM del día 20 de noviembre de 1943, cuando el Eldridge se dirigía en rumbo oeste (hacia Estados Unidos) sirviendo de escolta al <span class="caps">UGS</span> 23, un convoy militar. La posición del Eldridge tal como figura en el reporte, era latitud 34° 03’ norte y longitud 08° 47’ oeste – una localización que pone al destructor apenas a 400 kilómetros de la costa de Casablanca, en el Norte de África, y a más de 5,000 kilómetros de la isla de Bermuda.” (Traducción del autor, p. 109, “The Philadelphia Experiment”)</p>
	</blockquote>

	<p>En otras palabras, la historia oficial que intenta descartar el encuentro del Eldridge con el Furuseth, bajo la afirmación de que el destructor estaba en su viaje de prueba en la isla de Bermuda, mientras que el Furuseth con el único testigo estaban a cientos de kilómetros del lugar, tiene fisuras más grandes que aquella que hundió al Titanic.</p>

	<p>Poco después, los autores citados encontraron nueva información que hacía picadillo la versión oficial sostenida por el gobierno estadounidense hasta el día de hoy: las copias de los registros del ingeniero del Eldridge, dando cuenta de las posiciones reales del destructor:</p>

	<blockquote>
		<p>“Para las fechas en cuestión que habían sido sustraídas de la bitácora del destructor, surgió nueva documentación que demostraba que el Eldridge de hecho había partido del puerto de Brooklyn el 2 de noviembre para escoltar los navíos rezagados del convoy <span class="caps">UGS</span> 22, que había sido golpeado por un huracán de temporada que se movía desde el sur, eso a finales de octubre. Se trataba de información ciertamente valiosa, ya que el convoy mencionado no era otro que aquel en el que viajaba el SS Furuseth, que había zarpado de Norfolk-Lynhaven Roads (Virginia) el 25 de octubre. Y más significativo aún, que el Furuseth se desplazase en la cola del convoy, comprueba que sí tuvo contacto con el Eldridge DE-173, cuya misión era cuidar a los rezagados. Además, que el Eldridge reportara a Casablanca en su posición del 20 de noviembre indica que el destructor escoltó al Furuseth desde Estados Unidos hasta el Norte de África (hay que recordar que el convoy llegó allí el 12 de noviembre), y en su viaje de regreso escoltó al convoy <span class="caps">UGS</span> 23, viaje en el que detectó el submarino antes mencionado. De no haberse encontrado este reporte, que ha estado escondido por más de treinta y cuatro años, nada de esto hoy se supiera.” (Traducción del autor, p. 107, “The Philadelphia Experiment”)</p>
	</blockquote>

	<p>¿Así que qué es lo que hay? Las páginas de la bitácora del Eldridge que nos dirían algo están perdidas, la bitácora completa del SS Furuseth, un barco mercante, fue destruida por orden presidencial, y dos reportes –uno de acción y otro del ingeniero del destructor– ponen a los barcos dos veces en el mismo lugar, en el mismo año y por la época en la que se llevó a cabo el experimento. Lo que arroja una pregunta: ¿si las pruebas documentales contenidas en los reportes contradicen la versión oficial que parte de negar que ambos barcos se cruzaron si quiera en algún momento, acaso no existirán otras pruebas? Y sin embargo están los argumentos en contra, igual de válidos, comenzando por el que afirma que es imposible creer que la Armada estadounidense hubiera realizado un experimento ultra secreto a plena luz del día, y con miles de testigos alrededor… Si uno lo mira teniendo en cuenta los protocolos de seguridad militar, con esta sola prueba descartaría la existencia del Proyecto Filadelfia. Pero más allá, hay que recordar que la Armada no buscaba cargar magnéticamente el campo de un destructor para teletransportarlo, sino que buscaba simplemente “hacerlo invisible” sin que el barco se moviera. </p>

	<p>Sin embargo, hay más interrogantes en este caso:</p>

	<blockquote>
		<p>“[…] Allende parece que indicó explícitamente que los experimentos acontecieron en el muelle de Filadelfia y en “alta mar” –se presume que en las costas de Estados Unidos. Sus fechas, a finales de octubre, coinciden con los registros de las operaciones de escolta de los convoyes, pero no las demás circunstancias, especialmente porque el Eldridge partió de Brooklyn y no de Filadelfia para unirse al <span class="caps">UGS</span> 22. De hecho, nada en los registros del destructor indican que estuvo en Filadelfia o cerca de su puerto, salvo durante el tiempo que estuvo en construcción en Newark” (Traducción del autor, p. 110-11, “The Philadelphia Experiment”)</p>
	</blockquote>

	<p>Hay otras pruebas que dejan claro que el Eldridge no estuvo en Filadelfia para las fechas dadas por el testigo Allende. Sin embargo, el investigador William Moore recibió una carta de un comandante de la época que afirmó que durante la guerra “recordaba al Eldridge atracando en Bermuda poco después del primer huracán de la temporada de 1943”, fecha que el testigo coloca entre julio y agosto de ese año. El comandante recordaba el incidente ya que el Eldridge no llevaba izada bandera alguna ni su tripulación había tenido contacto con la de otros barcos militares en Bermuda. A la luz de estos hechos, el DE-173 Eldridge apareció en Bermuda apenas unos días de haber sido lanzado al mar en Newark, todavía en su tiempo de construcción y un mes antes de su comisión.</p>

	<p>Las consecuencias de la afirmación del veterano comandante se verificaron como ciertas: el Eldridge debió haber sido puesto en el mar mucho antes de lo que afirma la historia oficial. Con esta nueva información, los investigadores Berlitz y Moore acudieron a los archivos navales de Grecia, en los que encontraron que efectivamente el destructor-escolta había sido adquirido después de la guerra, que el Eldridge había salido del astillero el 25 de junio de 1943 (y no el 25 de julio como lo indica la versión oficial). Y en los archivos había algo más significativo: de acuerdo al registro de la Armada griega, el Eldridge era originalmente un barco de 1,900 toneladas – no las 1,260 toneladas que hoy se le estiman (1,520 en la versión oficial). Como lo observaron Berlitz y Moore “<em>la única forma para explicar que el destructor perdiera su tonelaje es porque cargaba algo que fue removido de él antes de que se le vendiera a los griegos.</em>” ¿Qué era? Quizás la respuesta más obvia sea “equipo electrónico”. Pero lo cierto es que la historia del Eldrige, contada por las fuentes oficiales, es un largo registro de falsificaciones y alteraciones que, a veces, son de lo más vulgares. </p>

	<p>En este punto, Moore decidió confrontar a uno de sus contactos en la Armada estadounidense con el fin de aclarar la turbiedad. El contacto aceptó hablar como testigo anónimo. Al preguntársele cómo se había logrado asignar un barco a fines experimentales durante la guerra, el testigo, que era comandante de la Armada, indició que solo podía hacerse en el periodo comprendido entre la terminación de su construcción en los astilleros y su comisión, ya que una vez que un barco se comisiona, inmediatamente se hace operativo y parte del aparato militar. Al parecer, esto sustenta los descubrimientos de Moore y Berlitz. El testigo adicionalmente afirmó, para el caso, que creía que la Armada “había sacado el destructor de Newark o de Filadelfia por un lapso corto de tiempo, no mayor a dos semanas,” con el fin de utilizarlo en el experimento.</p>

	<p>Siguiendo con las investigaciones, Moore encontró que el barco habría podido ser llevado al río Delaware y luego al mar para realizar pruebas sobre “los efectos de un potente campo magnético sobre aparatos de radar.” A lo que Moore anota:</p>

	<blockquote>
		<p>“No podría decir exactamente cuáles fueron los resultados porque no lo sabemos. Estimo, y quiero hacer énfasis que no es más que una estimación, de que una gran cantidad de equipo receptor fue puesto en otros barcos y en la costa para registrar lo que pasaría “al otro lado” una vez que las altas y bajas frecuencias radiales del radar se proyectaran a través del campo magnético. Sin duda se observaron los efectos que un campo de esa magnitud hubiese provocado en la luz del campo visual.” (Traducción del autor, p. 115, “The Philadelphia Experiment”)</p>
	</blockquote>

	<p>De esto podríamos concluir que el experimento tenía que ver con las posibilidades de refracción de radar o incluso su absorción completa &#8212;en otras palabras, invisibilidad de radar, y no, como pasó, con la invisibilidad óptica. Según otras fuentes, la Armada estadounidense por entonces estaba muy imbuida en la investigación de “absorción completa y refracción”. Y no es por menos. Tanto Estados Unidos como la Alemania Nazi habían asignado gigantescos presupuestos para encontrar armas que parecen sacadas de la fantasía, o como el mismo Hitler las llamaba, “wunderwaffen”. Por tanto, no es descabellado decir que, para el incidente del Eldridge, las investigaciones ya habían alcanzado cierto éxito, y necesitaban una prueba en escala real. Es evidente que los indicios apuntan a que la Armada pudo haber utilizado el experimento para el encuentro con el submarino alemán reportado, ya que es muy común que se midan los efectos de las investigaciones militares en el escenario de combate, esto es, en el mundo real. </p>

	<p>En cualquier caso, quedan aquí escritas las pruebas serias y las bases conceptuales del experimento. Sin duda, el Proyecto Filadelfia fue ideado para comprobar el efecto de los campos magnéticos potentes en la refracción y absorción de radar. Los nazis ya habían hecho pruebas en torno a lo que llamaban “la campana Nazi”, un aparato similar. La fuente de la teoría física alrededor del Experimento Filadelfia y la Campana Nazi se remonta, oficialmente, a Albert Einstein y su Teoría del Campo Unificado, aunque existe también la llamada “Teoría descartada”, que fue estudiada en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando Einstein emigró de Alemania, se llevó con él gran parte de los conocimientos que quedaron también en posesión de los científicos alemanes. De ahí que hoy se sepa que quien habló por primera vez de una Teoría del Campo Unificado no fue Einstein, sino un matemático alemán, Theodor Franz Kaluza. La teoría de Kaluza comprendía cinco dimensiones, cuatro de espacio y una de tiempo, en la que los aspectos gravitacionales y electromagnéticos se unificaban en una misma forma geométrica de ambos tipos de campos y fuerzas. </p>

	<p><strong>La Teoría del Campo Unificado</strong><br />
La física moderna afirma en su defensa que la teoría del campo unificado está incompleta (tomando a Einstein) y que por tanto no puede decirse a ciencia cierta si es posible manipular el tiempo y el espacio como para viajar o moverse en él. A esto hay que agregar los rumores de que Einstein en efecto terminó la teoría pero la desechó, temiendo de lo que podrían hacer los hombres con ella. Cabe recordar sus palabras ante la Academia Prusiana de Ciencias el 14 de junio de 1928: “<em>He descubierto que esta teoría, al menos en su primera aproximación, arroja ecuaciones del campo sobre gravitación y electromagnetismo de un modo muy sencillo y natural. Por tanto es posible que esta teoría sustituya la Teoría General de la Relatividad en su forma original.</em>” Por esto, es importante aquí mencionar, brevemente, los hallazgos de Theodor Franz Kaluza en Alemania. </p>

	<p>De hecho, la cuarta dimensión (espacial) de Kaluza fue calculada por el matemático sueco Oscar Klein, quien concluyó que era tan extraordinariamente pequeña como la longitud de Planck, necesitando así más energía para verificarse que todo lo que nuestro planeta podría generar. La primera versión publicada (completa) de la Teoría del Campo Unificado de Einstein incluyó el “tensor de torsión”, y con él, la idea de que bajo ciertas condiciones doblando y torciendo el tiempo espacial, vectores de fuerza generalmente perpendicular se pervertirían de ese patrón normal en cierta forma, dependiendo en el grado de torsión. Esta conclusión hizo posible la ingeniería de la luz, al menos teóricamente, esto es, doblándola en un punto. Teniendo en cuenta la afirmación de que aquellas teorías quedaron inconclusas (de acuerdo a las nociones de la actual teoría de la física), y teniendo en cuenta la cantidad enorme de energía necesaria para probar la dimensión espacial de Kaluza, aparecen los estudios de otro científico, Gabriel Kron, que sostienen gracias a su análisis de aparatos eléctricos que ciertas salidas (outputs) de máquinas en una misma frecuencia podrían explicarse mediante geometrías dimensionales elevadas que incorporen alguna suerte de transformación del tensor de curvatura espacio-tiempo, como el tensor de curvatura Riemmann-Christoffel o el tensor de torsión de Einstein. Esto, a su vez, conlleva a concluir que los circuitos eléctricos y los aparatos, sin excepción, eran por sí mismos curvaturas de espacio-tiempo, aunque en la mayoría de los casos no podían verse efectos extremos o anómalos en su comportamiento. De cualquier forma, el comportamiento mínimo y anómalo observable era conocido por la mayoría de los ingenieros eléctricos, comportamiento que no podía registrarse sino con la introducción de topologías de alta dimensión y curvaturas de espacio-tiempo, de acuerdo a Kron. Y es así como las ya conocidas anomalías en el campo eléctrico fueron para Kron la confirmación de los atisbos básicos vistos en las teorías del campo unificado de los años 20 y 30.</p>

	<p>La publicación del análisis de tensor de los aparatos eléctricos de Kron le valió en 1934 el prestigioso premio entregado por la Universidad de Lieja, lo que inevitablemente atrajo la atención de la Alemania Nazi, ya que poco después los trabajos de Kron y Kaluza, incluso los de Kron y Einstein, fueron abordados por los científicos de Hitler. Es significativo que para la misma época, a principios de los años 30, la publicación de artículos y estudios sobre la Teoría del Campo Unificado comenzó a decaer en Alemania y en otros países. Esto se debió al éxito de las teorías sobre mecánica quántica. A pesar de que históricamente así fue, los hechos no logran explicar el silencio científico que se vio en Alemania, donde el gobierno no había ignorado las implicaciones militares del trabajo de Kron. Sin duda, hay que recordar que desde el principio, Hitler instaló la secrecía del “Geheime Riechssache” o “Asunto Secreto de Estado”, y las investigaciones científicas cayeron en ese pozo sin fondo. Sigilo que, por supuesto, le permitió al Tercer Reich la búsqueda de las armas de fantasía por las cuales derrochó todo su presupuesto y que eventualmente llevó a los alemanes a la derrota completa. </p>

	<p>Se ha teorizado con ciertos fundamentos que una combinación de la Teoría del Campo Unificado en cualquiera de sus postulaciones, ya sea la de Kaluza o la de Einstein, más el descubrimiento de la aplicabilidad del análisis de tensor a los aparatos o máquinas constituyeron la base para el experimento de la Campana Nazi, que sirvió para experimentos de antigravedad y la búsqueda de una fuente inagotable de energía.</p>

	<p>Sería demasiado extensivo analizar aquí, para los propósitos del Proyecto Filadelfia, los pormenores de la Teoría del Campo Unificado y probar su efectividad en algunas partes, pero lo que basta para el lector es comprender que, para ciertos fines y circunstancias, es factible manipular el tiempo y el espacio. No en el entendido de poder regresar al pasado o viajar al futuro, sino sobre las posibilidades de la energía, capaces de tener los efectos que se vieron en el destructor Eldridge, y que aún, completamente, no se han podido comprobar. </p>

	<p>Cabe anotar, para terminar, que la Alemania Nazi tuvo varios e importantes laboratorios de investigación científica donde se hicieron descubrimientos abrumadores, sobre los cuales, el autor escribirá posteriormente un artículo. Uno de esos laboratorios, el más secreto y avanzado, estaba en la República Checa. Durante la ocupación, tras el final de la guerra, y como lo demuestran documentos desclasificados tanto en Estados Unidos como en Alemania, la potencia vencedora sustrajo más de 5 toneladas de documentos desclasificados que los expertos de aquel país afirmaban “era el trabajo científico de la más sofisticada tecnología que ponía a Alemania, en 1945, unos cincuenta años adelante del resto del mundo.” Por tanto, es muy probable que los estudios sobre el campo unificado hechos por los científicos nazis terminasen en manos de la Armada estadounidense, a partir de los cuales pudieron trabajar de otro modo (ya no en experimentos a gran escala como los del destructor Eldridge), y quizás, lograr avances en cuanto a la antigravitación y la manipulación electromagnética.</p>

	<p><center>***********</center><br />
El lector ha leído sobre los eventos ocurridos el 28 de octubre de 1943 al destructor estadounidense Eldridge y la información básica sobre el llamado experimento “Filadelfia”. Adicionalmente, el autor presentó algunos datos circunstanciales, y sobre todo, pruebas que desmienten la versión oficial, dando así al lector cierto campo de maniobra crítica-creativa. Adicionalmente, se advierte, hay inconsistencias en la historia del Proyecto Filadelfia, que han crecido cada vez más a medida que más personas han aportado una mezcla de verdades y disparates a la teoría conspirativa. Pero lo esencial aquí ha sido dicho, o al menos, lo que históricamente puede ser comprobable con documentos. Por tanto el lector queda en libertad de sacar sus propias conclusiones y, de así desearlo, profundizar más en este confuso caso, pero queda advertido sobre la versión oficial, falsa como las más descabelladas suposiciones con las que se pudiese encontrar en su investigación. A fin de cuentas, como nos lo dicen los investigadores Charles Berlitz y William Moore, autores del libro más sólido sobre el Experimento Filadelfia: “<em>El misterio del Experimento Filadelfia no ha sido aún aclarado, y eventualmente la verdad permanece enterrada en los archivos del Departamento de la Armada</em>”. </p>

	<p><strong><span class="caps">BIBLIOGRAFÍA</span> <span class="caps">SELECTA</span></strong></p>

	<p>“The Philadelphia Experiment: Project Invisibility.” Charles Berlitz y William Moore. London, Souvenir Press. 1979. </p>

	<p>“The Hunt for Zero Point: One Man’s Journey to Discover the Biggest Secret Since the Invention of the Atom Bomb.” Nick Cook. London, Century. 2001.</p>

	<p>“The <span class="caps">FBI</span> Files: The FBI’s <span class="caps">UFO</span> Top Secrets Exposed.” Nicholas Redfern. London, Simon and Schuster, 1998.</p>

	<p>“Beyond Einstein: The Cosmic Quest for the Theory of the Universe.” Michio Kaku y Jennifer Thompson. Doubleday, Nueva York, 1987.
 </p>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/historiasocultas/20690/el-proyecto-filadelfia</link>
		<pubDate>Mon, 04 Jul 2011 09:20:20 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Max Vergara Poeti</dc:creator>
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	</item>
	<item>
		<title>¿11-S o 911?</title>
		<description><![CDATA[<p>Si hay algo que he descubierto, es que una teoría puede estar equivocada sin necesidad de que sea alocada. Querer separar las teorías estúpidas del 11-S de los misterios legítimos del caso es difícil, ya que los disparates incluyen a menudo los misterios legítimos de aquella mañana luminosa del 11 de septiembre de 2001 cuando cuatro aviones comerciales impactaron las Torres Gemelas, el Pentágono y un campo en Pennsylvania.</p>]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Este año se cumplen diez años del atentado del 11 de septiembre y, como regalo de aniversario al mundo, el gobierno de Estados Unidos encuentra y asesina al Gran Satán de Occidente, <strong>Osama Bin Laden</strong>, un primero de mayo, día de los trabajadores, como también coincide con la muerte del otro monstruo, Adolfo Hitler. Sin duda unas coincidencias que, para muchos, parecen sacadas de una mala película.</p>

	<p>Cuando las Torres Gemelas del World Trade Center colapsaron tras los ataques terroristas perpetrados en la fecha conocida hoy como  11-S (en inglés, 9-11), se cernió sobre Nueva York y Estados Unidos un impenetrable nubarrón de humo. Los edificios se habían reducido a polvo y cenizas, y los escombros cubrían todo el Lower Manhattan. Sin embargo, una capa de polvo más densa se propagó rápidamente cubriéndolo todo a su paso, un nubarrón con olor a conspiración y especulación, emanados ambos de una completa sensación de que algo nocivo, atroz y traumático podía sucederle a Estados Unidos.</p>

	<p>Con la tragedia surgieron miles de teorías que, en su gran parte, eran francamente locuras. Algunas, adicionalmente, promovían peligrosos sinsentidos. Una rápida búsqueda en Google arroja (por citar los más sonados) los siguientes disparates:</p>

	<ul>
		<li>Los cuatro aviones secuestrados no fueron guiados por terroristas sino por control remoto.</li>
		<li>Las Torres Gemelas fueron demolidas al accionar bombas que habían sido puestas allí previamente o por medio de un láser secreto.</li>
		<li>Ningún avión impactó el Pentágono: se trató de un misil o una bomba.</li>
	</ul>

	<p>Para alguien interesado en profundizar entre los escombros de aquel día para rescatar la verdad, las numerosas teorías conspirativas de corte fantástico oscurecieron las investigaciones legítimas de verdaderas conspiraciones urdidas por el gobierno estadounidense, una de ellas que se hubiese remontado a los años de <strong>Ronald Reagan</strong> en la Casa Blanca, cuando incluso algunos ilusos se atrevieron a afirmar que la <span class="caps">CIA</span> financiaba a la <span class="caps">KGB</span>.</p>

	<p>Resulta increíble el maremágnum de especulación en torno a los atentados del 11-S. ¿Por qué entonces? La respuesta más sencilla, que se verifica en nuestra historia cultural como raza humana, es que entre más grande es la tragedia, mayores son el escepticismo y la desconfianza general. Y jamás habíamos visto algo como el 11-S. Ahora, la respuesta que intrica más el asunto es que todas las descabelladas teorías no eran sino “propaganda”. El 11-S fue un evento que destruyó los paradigmas. Un grupo de estadounidenses se acoge al paradigma de que Estados Unidos jamás es víctima del mundo, solamente el mayor opresor y agresor. Claro que no se trata de un paradigma ajeno a la realidad, o a ciertos aspectos de ella, pero una vez que las posiciones se invierten, para aquel grupo que, de un momento a otro se ha hecho víctima y no victimario, las piezas del rompecabezas dejan de encajar; es decir, se ha perdido toda lógica. Cuando algo o alguien ataca un paradigma, los grupos humanos tienden a tomar uno de dos caminos: o invierten el paradigma, o invierten los hechos de tal modo que encajen en el paradigma. Es decir, se manipulan los hechos para hacerlos encajar en la verdad.</p>

	<p>La mayoría de los fanáticos de las conspiraciones escogen casi siempre la segunda opción, lo cual explica todas las teorías en las que Estados Unidos terminó siendo cómplice de los ataques del 11-S o que, en el mejor de los casos, los ejecutó directamente o, como figuran en las teorías más exóticas, que los ataques jamás ocurrieron. Así, en todos los ejemplos anteriores, el público se encontró bombardeado no por teorías como se hacían llamar, sino por manipulaciones de los hechos o simples ardides.</p>

	<p>En esta era del internet, especialmente desde el accidente del vuelo 800 de <span class="caps">TWA</span> frente a la costa de Long Island y la muerte de la princesa Diana, las teorías de la conspiración se materializan del éter, repentinamente, sin más. Sin mucho esfuerzo, apenas una semana después de los atentados la locura se desató. Imposible es debatir a quienes dicen tener todos los argumentos que validan sus disparates. Sus postulados son siempre los mismos: por un lado, se escudan en que el gobierno estadounidense ignoró deliberadamente las numerosas advertencias de que Osama Bin Laden estaba por atacar al país en su propio suelo. Por el otro lado, alegan (sin pruebas) que Bin Laden es inocente.</p>

	<p>El escritor y académico canadiense <strong>Michael Chossudovsky</strong> (autor del libro <em>War and Globalisation: The Truth Behind September 11</em>), uno de los grandes promotores de la conspiración 11-S, afirmó que Osama era inocente al declarar textualmente “Unas pocas horas después de los ataques terroristas al World Trade Center y al Pentágono, el gobierno Bush concluyó, sin ninguna evidencia que así lo demostrase, que Osama Bin Laden y su organización Al-Qaeda eran los sospechosos principales.”</p>

	<p>¿Sin evidencia que así lo demostrase? Ciertamente si se ha tenido una miríada de alertas a lo largo de toda una década de que se atacará, y finalmente se ataca, ¿acaso no es suficiente para señalar a un sospechoso principal? Afirmaciones conspirativas de este calibre son meras tautologías, donde la evidencia que escuálidamente contradice la teoría se mira como “desinformación”, pero que se hace, para el público, en una “confirmación”. Una teoría que puede confirmarse por cualquier y todos los medios en realidad no puede confirmarse jamás. O Estados Unidos sabía de las advertencias o no lo sabía. Y como puede verse, ya sea en una hipótesis o en la otra, Bin Laden se exculpa.</p>

	<p>Solo puede sacarse una conclusión de este razonamiento: quien hace el razonamiento ha predispuesto su mente con antelación. Si la realidad contradice la opinión, entonces pues, hay que negar la realidad. Al llamar la mayoría de disparates relacionados con el 11-S se les está dando un estatus que, en últimas, no tienen y no alcanzan. Son, en el fondo, negaciones, y no difieren mucho de aquéllas que invalidan el Holocausto.</p>

	<p>Si nos fastidian estas supuestas teorías es porque estamos fastidiados de ellas. Hace un tiempo no muy lejano, las teorías de la conspiración representaban un reto para la llamada “opinión del establecimiento”, siempre tan ortodoxa. Pero en los últimos años hemos sido testigos de una nueva generación de teorías conspirativas que son ortodoxia por sí mismas, y que no admiten crítica o refutación.</p>

	<p>Y si no supiésemos más, concluiríamos que el gobierno de Estados Unidos ayudó efectivamente a difundir la locura con el fin de deslegitimar a todo quien se atreviera a formular preguntas legítimas sobre la verdad detrás del 11-S. Cierto es que ni la administración de Bush o la de Obama hicieron algo para desacreditar los disparates. Cuando en noviembre de 2002 Bush nombró nada menos que a <strong>Henry Kissinger</strong> para encabezar la investigación independiente al ataque terrorista, las quejas de que se había montado una segunda comisión Warren se escucharon de todos los flancos. Estas voces no eran solo de los chalados o paranoicos, sino de los cuerdos. Pero no fue por esto que Kissinger renunció rápidamente a su encargo, sino para evitar que tuviera que hacer pública la lista de clientes y lobistas de su firma, Kissinger Associates. De haberse obstinado, el ex secretario de Estado habría tenido que hacer públicos los nombres de sus clientes que incluían gobiernos con fuertes conexiones con Al-Qaeda. Al final, Kissinger optó por proteger a sus clientes que a su propio país. Todavía sigue siendo un misterio el por qué <strong>George Bush</strong>, entre tantos norteamericanos de bien, escogió a Henry Kissinger para llegar al meollo del asunto. </p>

	<p>Los mismos que declararon a Bin Laden inocente (como el académico antes mencionado), y que afirman que “no hay evidencia en su contra”, también hacen largas y retorcidas hipótesis en donde Bin Laden queda reducido a un instrumento de la <span class="caps">CIA</span>. Si Bin Laden era inocente, ¿para qué entonces relacionarlo con la <span class="caps">CIA</span>? Jared Israel, un teorizador, aseguró que la <span class="caps">CIA</span> pagaba a Bin Laden, proporcionaba armas a Al-Qaeda e incluso los había entrenado. E iba más allá: sus aseveraciones podían comprobarse en un artículo de The New York Times del 24 de agosto de 1998.</p>

	<p>Convincente, solo que el artículo jamás aseveró aquello. Lo que sí detallaba, y lo que se documentó bastante en aquella década previa al 11-S, es que durante la guerra Afgano-soviética entre 1979 y 1989, la <span class="caps">CIA</span> procuró cuantiosos fondos a las guerrillas afganas que buscaban con desesperación derrotar la maquinaria soviética. En aquella época, Bin Laden, con millones de dólares a su disposición y la lealtad de miles de fanáticos dispuestos a vivir en recovecos de montaña para luchar contra el enemigo, era sin duda un líder muy reconocido entre las filas de la resistencia.</p>

	<p>El silogismo: “La <span class="caps">CIA</span> provee con fondos a la resistencia afgana; Bin Laden hace parte de la resistencia afgana; por ende, la <span class="caps">CIA</span> provee con fondos a Bin Laden” se ha aceptado irresponsablemente como el pilar de toda la conspiración. ¿Algo así puede ser posible? ¿La <span class="caps">CIA</span> aliada al mayor enemigo de Estados Unidos para matar estadounidenses a sangre fría? Incluso autores de reputación han afirmado que la <span class="caps">CIA</span> “entrenó” a las fuerzas de Bin Laden, a las que se refieren, a veces, como “los mercenarios musulmanes de la CIA”. Un periódico local canadiense, el Vancouver Courier, publicó un artículo el 1 de octubre de 2001 en el que aseguraba que “Estados Unidos apoyó siempre al bando islámico más radical”. No pasó mucho para que aquel escrito terminara siendo la verdad revelada en muchas teorías y páginas web.</p>

	<p>Sin embargo, las cosas son mucho más intricadas y oscuras de lo que imaginan ciertos teóricos de la conspiración. Había al menos seis facciones de combatientes afganos en la guerra contra la <span class="caps">URSS</span>. No eran todos “fanáticos musulmanes” o “terroristas”. Pero estaban también los que se conocían como los “árabes afganos”, comandados por Bin Laden. Lo de “afganos” solamente obedecía a su locación geográfica y su causa, nada más. Casi todos eran árabes y unos cuantos musulmanes, en su mayoría de Arabia Saudita, la patria de Bin Laden. Se sabe que los árabes afganos de Bin Laden eran auténticos fanáticos, y que casi todos fundaron después Al-Qaeda. Llegaron a Afganistán como mercenarios aunque su motivación no era económica sino el extremismo religioso. Libraban una cruzada para expulsar a los rusos de la tierra islámica de Afganistán.</p>

	<p>Algunos guerrilleros afganos compartían el ardor religioso, aunque su meta era la de un país libre. Querían que terminara la carnicería y los rusos se retiraran. Esta suerte de afganos “moderados” no tenían valor para los afganos de Osama, que a su vez no aportaban nada a la causa de los afganos. Los agentes de Bin Laden asesinaron a <strong>Ahmad Shah Massoud</strong>, el general afgano que había sido más fuerte en la lucha con los soviéticos. Como héroe, el equipo de Massoud había puesto en jaque a nueve frentes enemigos, pero fue sorpresivamente asesinado por suicidas dos días antes del 11-S. </p>

	<p>La <span class="caps">CIA</span> pudo haber dado todo su apoyo a Massoud en los años 80, pero no lo hizo. Massoud desdeñaba de Bin Laden y su visión fundamentalista. “No queremos que unos árabes armados se paseen por nuestro país”, le dijo a <strong>Richard Mackenzie</strong> en una entrevista. “Este no es lugar para ellos, deben marcharse.” Mientras que la <span class="caps">CIA</span> sometió a Massoud a que luchara por sus propios medios, la mayor parte del presupuesto de Estados Unidos para apoyar aquella guerra fue a parar a manos del socio de Bin Laden. </p>

	<p>¿Por qué? Las operaciones de la <span class="caps">CIA</span> en Afganistán eran convulsas. La agencia había establecido su centro de operaciones en Pakistán, y canalizaba su presupuesto todo hacia la sombría agencia de seguridad, el <span class="caps">ISI</span> paquistaní. Así, irresponsablemente, los agentes de la <span class="caps">CIA</span>, bajo una orden presidencial de Ronald Reagan, y avalada por el Director de la agencia <strong>William Casey</strong>, confiaron la operación a su contraparte paquistaní. Al dar al <span class="caps">ISI</span> alrededor de tres mil millones de dólares, la <span class="caps">CIA</span> le dio a Pakistán la libertad de gastar el dinero como se le antojara. Los militares paquistaníes dieron su apoyo a un afgano llamado <strong>Gulbuddin Hekmatyar</strong>, un extremista islámico que apoyaba a <strong>Zia-ul-Haq</strong>, el dictador extremista que guiaba a Pakistán. Hekmatyar recibió 600 millones aproximadamente, que el periodista <strong>Peter Bergen</strong> consideró como “cifra moderada”.</p>

	<p>La administración Reagan, obsesionada con derrotar a la <span class="caps">URSS</span>, ignoró completamente la amenaza que era Hekmatyar y sus hombres. De hecho, aquel afgano jamás luchó contra los rusos, sino que enfiló sus cañones contra sus propios compatriotas. Hekmatyar era un extremista convencido desde siempre: afirmar que necesitaba que la <span class="caps">CIA</span> lo estimulara es tan exagerado como afirmar que era un agente al servicio de la agencia. A través de su alianza estratégica con el <span class="caps">ISI</span> paquistaní, la <span class="caps">CIA</span> lo que hizo fue darle a Hekmatyar más importancia y poder de la que jamás hubiese logrado. En una guerra en la que la facción con más armas resistiría y ganaría al final, el <span class="caps">ISI</span> se aseguró que Hekmatyar recibiese todo lo que pedía. Tanto bajo Reagan como bajo el gobierno de Bush padre, la <span class="caps">CIA</span> jamás lanzó una voz de alerta.</p>

	<p>Después de que los rusos se retiraron, una coalición de facciones afganas formó un gobierno en Kabul. Hekmatyar fue nombrado Primer Ministro, aunque su más memorable acto de gobierno fue el bombardeo de la capital. ¿De dónde salieron los cohetes? Del <span class="caps">ISI</span> paquistaní, adquiridos con dinero dado por la <span class="caps">CIA</span> que a su vez, pertenecía a los contribuyentes estadounidenses. Los ataques de Hekmatyar buscaban desterrar a Massoud de Kabul. En un punto de aquella guerra por el poder, Hekmatyar ordenó el asesinato de alrededor de 1,800 personas en un mismo pueblo en un solo día. Para 1996, Hekmatyar ya era responsable, según la cuenta de organismos internacionales, de la muerte de más de 50,000 afganos desde el final de la guerra con la <span class="caps">URSS</span>.</p>

	<p>Hekmatyar se unió a los Talibanes cuando se tomó el poder en 1996, poco después se puso en contra de ellos y nuevamente se les unió cuando Estados Unidos invadió a Afganistán. Al final, fue la <span class="caps">CIA</span>, ya bajo el gobierno de George W. Bush, que rectificaría aquel error. En mayo de 2002, la agencia disparó uno de sus cohetes contra Hekmatyar, aunque falló. Casi de película, la <span class="caps">CIA</span> trataba ahora de asesinar al hombre al que le había dado poder. Hasta el día de hoy, Hekmatyar sigue eludiendo a Estados Unidos.</p>

	<p>No obstante, la mayor ironía para la <span class="caps">CIA</span> en este caso es que, mientras el <span class="caps">ISI</span> paquistaní le entregaba cuantiosas sumas de dinero y armas a Hekmatyar, éste colaboraba activamente con la causa soviética. La Asociación Revolucionaria de Mujeres Afganas (<span class="caps">RAWA</span>) incluso ha llegado a afirmar que Hekmatyar trabajaba a sueldo de la <span class="caps">KGB</span> y que a una conspiración urdida por el extremista afgano y la agencia soviética se debe el asesinato del líder de <span class="caps">RAWA</span> en 1987. Algunos documentos desclasificados por los archivos de Rusia en 2002 no lograron probar la conexión Hekmatyar-<span class="caps">KGB</span>, pero sí el hecho que la <span class="caps">KGB</span> se había infiltrado en numerosas facciones, buscando que se atacaran unas a otras. Esta estrategia, de hecho, fue una de las mayores causas por la cual la guerra duró tanto, y cierto es que, de todos los guerreros afganos, Hekmatyar era el que más disfrutaba asesinando a sus compatriotas.</p>

	<p>La <span class="caps">CIA</span>, si las afirmaciones de <span class="caps">RAWA</span> son ciertas, pagaba para sabotear a la resistencia anti-soviética que a su vez apoyaba: he ahí uno de las mayores vicisitudes de toda acción encubierta. A menudo, las conspiraciones reales parecen más descabelladas que las teorías de la conspiración.</p>

	<p>En cualquier caso, porque una teoría parezca demasiado paranoica no significa que sea un disparate. Si hay algo que he descubierto, es que una teoría puede estar equivocada sin necesidad de que sea alocada. Querer separar las teorías estúpidas del 11-S de los misterios legítimos del caso es difícil, ya que los disparates incluyen a menudo los misterios legítimos de aquella mañana luminosa del 11 de septiembre de 2001 cuando cuatro aviones comerciales impactaron las Torres Gemelas, el Pentágono y un campo en Pennsylvania.</p>

	<p>La posición oficial inicial del gobierno estadounidense fue de haber sido tomado por sorpresa. Los dos hombres encargados de la seguridad nacional (el director del <span class="caps">FBI</span> <strong>Robert Mueller</strong> y <strong>George Tenet</strong>, director de la <span class="caps">CIA</span>) apoyaron a Bush y la teoría de la sorpresa. El mismo Tenet, durante las audiencias del Senado, alegó ignorancia sobre los ataques. De esta posición surgió el recelo de muchos dando origen a muchísimas conjeturas. Nadie en Estados Unidos creería aquella descarada patraña.</p>

	<p>Desde 1998, Estados Unidos había recibido docenas de advertencias de que un ataque de gran envergadura se estaba horneando. El informe del Joint Inquiry Staff (comisión conjunta de investigación) del Congreso de septiembre de 2002 encontró varias:</p>

	<ul>
		<li>Junio de 1998: inteligencia descubre que Bin Laden está planificando atacar Estados Unidos, siendo Washington y Nueva York los blancos principales.</li>
		<li>Agosto de 1998: agencias de inteligencia envían información al <span class="caps">FBI</span> y la Administración Federal de Aviación de que un grupo terrorista del Medio Oriente tiene la intención de volar aviones cargados de explosivos desde el extranjero para chocarlos contra las Torres Gemelas.</li>
		<li>Diciembre de 1998: un reporte de inteligencia sobre Bin Laden resalta que el terrorista “está excesivamente interesado en atacar a Estados Unidos desde su propio territorio”.</li>
		<li>Marzo de 2001: fuentes de inteligencia aseguran que hombres de Bin Laden se preparan para atacar Estados Unidos en abril de ese año (un mes después).</li>
		<li>Junio de 2001: el grupo de contraterrorismo de la <span class="caps">CIA</span> se entera que los hombres más leales a Bin Laden se preparan para convertirse en “mártires”.</li>
		<li>Agosto de 2001: Oficiales de inmigración de Minneapolis detienen a <strong>Zacarias Moussaoui</strong>, cuya actitud sospechosa mientras estudiaba en una escuela de aviación de la ciudad había suscitado sospechas del <span class="caps">FBI</span>, que creía que Moussaoui preparaba un atentado terrorista.</li>
		<li>10 de Septiembre de 2001: la Agencia de Seguridad Nacional (<span class="caps">NSA</span>) intercepta comunicaciones internacionales en el que se habla de ataques terroristas.</li>
		<li>12 de Septiembre de 2001: un día después del ataque, se traducen las interceptaciones hechas por la <span class="caps">NSA</span> el 10 de septiembre.</li>
	</ul>

	<p>El mismo informe detalla numerosos reportes de inteligencia sobre cómo distintos terroristas habían pensado en utilizar aviones para atacar sus objetivos. De hecho, el atentado a la embajada estadounidense en Nairobi se pensó hacer con un avión. También está el “Memorando de Phoenix”, en el cual, la oficina del <span class="caps">FBI</span>, previno sobre un posible nexo entre terroristas y estudiantes de algunas escuelas de aviación de Estados Unidos.</p>

	<p>Quizás una de las advertencias más escalofriantes fue la reportada por el diario inglés “The Independent”, el 7 de septiembre de 2002, en el cual se aseguró que Estados Unidos había sido prevenido incluso por los Talibanes. En julio de 2001, el ministro de relaciones exteriores del régimen se enteró que Bin Laden preparaba un ataque espectacular contra Estados Unidos, un ataque que los Talibanes sabían que los pondría como blanco de la retaliación. De acuerdo al periódico, los Talibanes enviaron un emisario para que advirtiese a la embajada estadounidense en Islamabad, y también notificaron a la <span class="caps">ONU</span> en Kabul. Al parecer, el emisario también propuso que se ejecutara una operación similar a la de Irak en 1991 para expulsar a Al-Qaeda de Afganistán. Esta advertencia fue desechada tanto por el Departamento de Estado como por la <span class="caps">ONU</span>, y nadie sabe hoy por qué.</p>

	<p>Puede que Estados Unidos no hubiese estado preparado para el 11-S a pesar de todas las advertencias (como lo afirmó el gobierno de entonces), pero todavía más escalofriante es que la última línea de defensa del país estuviera también ausente. Aviones de combate del Comando de Defensa del Espacio Aéreo de Norteamérica (<span class="caps">NORAD</span>) rutinariamente aparecen en escena cada vez que hay un incidente sospechoso sobre los cielos de Canadá y Estados Unidos. De acuerdo a la propia versión de <span class="caps">NORAD</span>, recibieron información de la <span class="caps">FAA</span> a las 8:40AM de que el vuelo 11 de American Airlines (el primer avión que se estrelló en Nueva York) había sido secuestrado, pero solo autorizaron a sus aviones interceptar el vuelo 11 hasta las 8:46AM. Para aquel momento, el avión ya se había estrellado contra la primera torre.</p>

	<p>Para las 8:52AM, los aviones F-15 (que vuelan en máxima potencia a más de 1,900 millas por hora) volaban finalmente. Despegaron de la Base de la Guardia Nacional Otis en Massachusetts y, según <span class="caps">NORAD</span>, se dirigieron hacia Nueva York, a más de 150 millas al sur. Incluso si hubiesen volado a la mitad de su velocidad máxima, habrían alcanzado Manhattan casi un minuto antes de que el vuelo 175 de United impactara la segunda torre. Sorprende que los aviones aparecieron entre el humo de Manhattan a las 9:10AM. Si la versión de <span class="caps">NORAD</span> es aceptada, indica que los F-15 volaron solo a 510 millas por hora, quemando inoficiosamente su combustible. En entrevistas, los pilotos alucinaban después de cómo hubiesen evitado la tragedia si hubieran llegado antes. Nadie les preguntó: “¿qué tal si hubiesen volado más rápido?” Posteriormente <span class="caps">NORAD</span> aseguró que sus F-15 habían volado entre 1,100 y 1,200 millas por hora. Matemáticamente, teniendo en cuenta factores como el clima de aquel día, eso los habría puesto sobre Manhattan casi dos minutos antes que el vuelo 175 diera la estocada final.</p>

	<p>Por qué los F-15 no llegaron a tiempo es todavía un misterio. O despegaron para dar un paseo o la hora que manejó <span class="caps">NORAD</span> no coincidió con la hora real. Cualquier opción es desconcertante. Tampoco se salva la Administración Federal de Aviación, que tardó 18 minutos en notificar a <span class="caps">NORAD</span> desde que tuvo certeza del secuestro de los aviones. El vuelo 11 se convirtió en problema para la <span class="caps">FAA</span> a las 8:20AM. En el caso del vuelo 77 de United que se chocó contra el Pentágono, los F-15 de <span class="caps">NORAD</span> tenían menos posibilidades de derribarlo. A las 9:24AM, <span class="caps">NORAD</span> fue notificado del secuestro del vuelo 77, y envió sus cazas a interceptarlo seis minutos después. Siete minutos después el vuelo 77 se chocó contra el Pentágono. Los F-15 despegaron con órdenes de dirigirse hacia Nueva York, pero ya sobre la ciudad giraron y se dirigieron a Washington y aún así tardaron 12 minutos en llegar.</p>

	<p>Claramente no solo las agencias de inteligencia fallaron en el 11-S, sino que se suman la incompetencia, negligencia e intransigencia burocrática de todas las instancias de Washington, incluyendo al ejército y a ese último escudo defensivo, las fuerzas del <span class="caps">NORAD</span>. Al final, lo cierto es que Osama Bin Laden era culpable de todos los atentados, aunque quede ese extraño sabor de escepticismo ante las circunstancias que rodearon su muerte, acaecida diez años después de la tragedia y en la misma fecha que, en 1945, otro criminal, Adolfo Hitler, se suicidó.  </p>

	<p><strong><span class="caps">FUENTES</span> <span class="caps">SELECTAS</span>:</strong></p>

	<p>Yonah Alexander y Michael S. Sweetnam, <em>Usama bin Laden’s Al-Qaida: profile of a terrorist network</em>, Transnational Publishers, 2001<br />
Peter Bergen, <em>Holy War, Inc.: inside the Secret World of Osama Bin Laden</em>, The Free Press, 2001.<br />
Yosef Bodansky, <em>Bin Laden: the man who declared war on America</em>, Prima Publishing, 2001.<br />
John K. Cooley, <em>Unholy Wars</em>, Pluto Press, 1999.<br />
Richard Labeviere, <em>Dollars for Terror: The United States and Islam</em>, Algora Publishing, 2000.<br />
Simon Reeve, <em>The New Jackals</em>, Northwestern University Press, 1999.</p>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/historiasocultas/20351/11-s-o-911</link>
		<pubDate>Wed, 04 May 2011 11:50:21 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Max Vergara Poeti</dc:creator>
		<guid isPermaLink="false">tag:librodenotas.com,2011-05-04:77c262b7562572606450a68115f67ab6/c21f7cf18bf0fc82dea4e91977c63c5e</guid>
	</item>
	<item>
		<title>El vuelo 103 de Pan Am</title>
		<description><![CDATA[<p>A 31,000 mil pies, a las 7:02PM, una explosión abrió un boquete de unos 50 centímetros en el fuselaje del Boeing 747-100, justo debajo de la puerta de embarque del costado izquierdo o de la letra P de “Pan Am”. El avión, al despresurizarse, se fue a pique. En esta caída libre comenzó a desintegrarse: la nariz fue la primera que se separó del resto del fuselaje, y sus restos desprendieron del ala el motor número tres. Se estima que desde ese momento, entre los 19,000 mil y 9,000 mil pies, el resto del fuselaje del avión se desintegró.</p>]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Lockerbie y una bomba atómica</strong><br />
Era las 6:04 de la tarde del 21 de diciembre de 1988 cuando el vuelo 103 de Pan Am dejó el espigón K14 de la terminal 3 de Heathrow y comenzó a moverse por la pista de carreteo bajo un cielo oscuro y frío de invierno. Muchos pasajeros, excepto cuarenta y nueve, estaban molestos: el vuelo, que haría el trayecto final entre Frankfurt y Nueva York, una ruta básicamente apetecida por gentes de negocios, tenía un retraso de media hora con el itinerario. Esos cuarenta y nueve pasajeros, que habían llegado antes de Alemania, eran la causa del retraso: de hecho, habían sido transferidos en la plataforma directamente al Boeing 747-100 “The Maid of the Seas” con su equipaje sin ser sometidos a una revisión adicional. El avión iba comandado por el capitán James B. McQuarrie quien, tras situarse en la cabecera de la pista 27R, recibió autorización para despegar a las 6:24. Los relojes marcaban las 6:25 cuando las ruedas del 747 dejaron Inglaterra. Estando en el aire, el controlador de tráfico situó al avión en la meridional ruta aérea Daventry (Daventry <span class="caps">SID</span>, hoy conocida como <span class="caps">BUZAD</span>/WOBUN) sobre Midlands, a medida que McQuarrie alzaba la nariz del 747 para alcanzar gradualmente los 31,000 pies, que en efecto logró, ya hacia las 6:58, aproximadamente 40 kilómetros al norte de la ciudad de Manchester. Para las 7 de la noche, el vuelo 103 de Pan Am rugía en la oscuridad de los 31,000 pies de altura y a unos 600 kilómetros por hora – casi su velocidad de crucero. Además, aquel miércoles 21 de diciembre era el día del año con menos luz del sol.</p>

	<p>El plan de vuelo era rutinario: el 103 giraría sobre Escocia en rumbo oeste y se adentraría sobre el helado océano Atlántico hasta la Cuenca del Labrador, no muy lejos del Cabo Farewell en Groenlandia, desde donde retomaría dirección sur para comenzar poco después su descenso por encima de Newfoundland y Nueva Escocia (Canadá) hacia el aeropuerto Kennedy de Nueva York.</p>

	<p>Sobre las nubes de Escocia, el único punto de referencia en medio de la negrura eran las luces de navegación del Boeing 747-100. De vuelta en Londres, Jaswant Basuta, ciudadano estadounidense de ascendencia hindú, seguía discutiendo con el personal de tierra de Pan Am que no le había permitido abordar antes su vuelo a Nueva York. Dada la larga espera, Basuta había estado bebiendo en el bar de la sala de embarque, y cuando se presentó ante la puerta de la aeronave, encontró que ésta ya se había cerrado y que la tripulación, por orden del capitán, no la abriría de nuevo. Indignado, Basuta se había dirigido al mostrador de Pan Am para exigir una reparación y la devolución de su equipaje.</p>

	<p>Así que mientras Jaswant Basuta discutía en Londres, el vuelo 103 apareció en los radares del Centro de Control Aéreo de Shanwick, a 10 kilómetros del aeropuerto de Shannon, en Irlanda. “Clipper 103 solicita autorización de tránsito hacia el espacio aéreo marítimo” se escuchó decir al primer oficial de vuelo, Raymond Wagner. Era una petición rutinaria, la misma que se escuchaba de todos los aviones que se dirigían a la congestionada zona de control de Shanwick, ese cuadrante del espacio aéreo internacional del Atlántico Norte por el que vuelan cientos de aviones –incluso hoy– entre Estados Unidos y Europa. Pero una vez le fue concedida al vuelo 103 la autorización, Wagner no confirmó al centro de control haberla recibido. Aquel fue el comienzo de una cadena de anomalías.</p>

	<p>A las 7:01PM, el controlador Alan Topp seguía el silencioso vuelo 103 en su pantalla mientras éste se movía sobre el Solway Firth, como se conoce al estrecho limítrofe entre Inglaterra y Escocia, muy cerca de la Isla de Man, ya sobre el Mar de Irlanda. Según el radar, el 747 volaba a 31 mil pies (aprox. 9,400 metros), con dirección magnética 316 grados, a una velocidad de 580 kilómetros por hora (posteriormente se concluyó que la velocidad real era de 434 nudos u 804 kilómetros por hora).</p>

	<p>En ese instante, el punto en movimiento en la pantalla comenzó a parpadear, y Topp inició el procedimiento de contacto con la cabina del 103: no hubo respuesta. El Centro de Control Aéreo de Shanwick de inmediato pidió a un vuelo de <span class="caps">KLM</span> que volaba cerca hacer lo mismo, pero tampoco tuvo éxito. Lo cierto es que mientras los controladores trataban de descifrar lo que pasaba, rápidamente la señal del 103 en el radar se multiplicó: ya no era un punto, sino cuatro, cinco, seis, luego solo una estela de partículas que arrastraba el viento. </p>

	<p>A 31,000 mil pies, a las 7:02PM, una explosión abrió un boquete de unos 50 centímetros en el fuselaje del Boeing 747-100, justo debajo de la puerta de embarque del costado izquierdo o de la letra P de “Pan Am”. El avión, al despresurizarse, se fue a pique. En esta caída libre comenzó a desintegrarse: la nariz fue la primera que se separó del resto del fuselaje, y sus restos desprendieron del ala el motor número tres. Se estima que desde ese momento, entre los 19,000 mil y 9,000 mil pies, el resto del fuselaje del avión se desintegró. Los vientos huracanados de más de 100 nudos (190 kilómetros por hora) lanzaron los restos y los 259 cuerpos de los pasajeros y la tripulación sobre un corredor de unos 130 kilómetros de longitud, en un área total de 2.189 kilómetros cuadrados entre el sur de Escocia y el norte de Inglaterra. La investigación oficial fijó las 7:02:50PM de aquel 21 de diciembre como la hora oficial de la destrucción del avión.<br />
A las 7 de la noche, los habitantes del remoto pueblo de Lockerbie, Escocia, se preparaban para cenar en un ambiente completamente navideño. Había llovido, y el frío era intenso. Muchos ya estaban en sus casas tras la jornada de trabajo, empacando obsequios o viendo el noticiero. El niño de 14 años Steven Flannigan salió de su casa en su bici con el fin de comprarle un obsequio a su hermana Joanne. De modo que mientras Alan Topp veía la desintegración del Boeing 747 como un fenómeno inexplicable en la pantalla del radar, gran parte del fuselaje cargado de combustible se dirigía como un misil hacia el pueblo de Lockerbie sin que nadie lo supiese.</p>

	<p>“Una enorme llamarada se descolgó del cielo”, relató Jasmine Bell, residente local. “De repente, tras un estruendo, todo estaba en llamas –los jardines, los techos, las lámparas las aceras.” El fuego que se desprendió del cielo fue precedido, en cuestión de segundos, por una espeluznante lluvia de cuerpos y restos. Muchos cadáveres, todavía sentados en sus sillas, comenzaron a estrellarse contra los arbustos, coches, techos, y muchos otros cuerpos quedaron colgando de los árboles o los cables de teléfonos como si fuesen trapos. Sin dar crédito a lo que veían desde las ventanas de sus casas, lo cierto es que nadie en todo Lockerbie pudo predecir que lo peor estaba por suceder.</p>

	<p>Aproximadamente un minuto después de que cesó abruptamente la horrenda lluvia de cuerpos y escombros, más de la mitad del fuselaje del Boeing 747 (desde la nariz hasta la cola, incluyendo las alas y tres turbinas con más de 100 toneladas de combustible) se precipitó sobre una calle del pueblo. Impactando directamente la casa del número 13 de Sherwood Crescent con un estruendo ensordecedor, en una caída de más de 800 kilómetros por hora, la explosión disparó los sensores sísmicos para esa parte de Escocia, cuya lectura registró un temblor de 1.3 grados en la escala Richter y dejó un cráter de 47 metros de profundidad. La explosión generó un “hongo de fuego que parecía sacado de una explosión nuclear”, según lo relataron los testigos, seguido de una onda abrasadora que calcinó medio centenar de casas con sus dueños adentro. El hongo mortal extendió sus brazos incandescentes incluso a la carretera A74 que conduce a Glasgow, calcinando un par de coches que se desplazaban hacia el sur.<br />
Los campos alrededor de la escena del impacto tampoco se salvaron: la nariz del avión cayó muy cerca de la iglesia del villorrio de Tundergath, a casi 5 kilómetros de Lockerbie, incluyendo parte de la tripulación. Durante días los habitantes de la región tuvieron que convivir con los cadáveres y las partes humanas en sus techos, jardines, aceras: los análisis forenses avanzaban con lentitud, y una vez se cumplieron, comenzaron a llegar los familiares de las víctimas para reconocer a los suyos. </p>

	<p>De regreso en Londres, Jaswant Basuta fue abordado hacia las 7:40 por funcionarios de la policía que le notificaron su condición de “sospechoso” del  atentado terrorista, y que él, por ser el único sobreviviente y haber dejado su equipaje en el avión (en violación de las normas internacionales que disponen que ninguna maleta puede viajar sin su respectivo dueño), estaba bajo arresto. </p>

	<p>En tierra, once personas perdieron la vida con la explosión. En total, 270 personas de 21 nacionalidades perecieron (189 eran estadounidenses). Unos 400 padres quedaron sin hijos, 46 personas perdieron a sus únicos hijos, 65 mujeres enviudaron, 11 hombres perdieron a sus esposas, 140 perdieron al menos a uno de sus padres y 7 quedaron huérfanos de ambos padres. Steven Flannagan, el chico de 14 años que salió minutos antes a comprarle un obsequio de Navidad a su hermana menor, poco después regresó para encontrar que su casa había desaparecido de la faz de la tierra. No solo los cuerpos de sus padres y hermana jamás fueron encontrados, sino que quedó huérfano para siempre. Conocido como el “huérfano de Lockerbie”, Steven y su hermano mayor David obtuvieron una indemnización de 3.6 millones de dólares en 1993 de Pan Am. En 1993, David se suicidó en Tailandia, y Steven, en el 2000, se dejó arrollar por un tren en Wiltshire. Aquella fue la última víctima del vuelo 103.</p>

	<p>El atentado al vuelo de Pan Am fue hasta el 11 de septiembre de 2001 el peor atentado contra Estados Unidos. Pero ¿qué había pasado? Lo que más deseaba saber la opinión pública era la verdad. Y fue, al parecer, de lo que menos supo.</p>

	<p><strong>La versión oficial</strong><br />
El accidente del vuelo 103 de Pan Am desató la más compleja y profunda investigación policial en toda la historia del Reino Unido. Fue conducida por los departamentos de policía de las localidades de Dumfries y Galloway, con ayuda del <span class="caps">FBI</span>. La conclusión fue que una bomba, disimulada dentro de una radio casetera en la zona de equipaje, causó la explosión. En el año 2000, dos ciudadanos libios, Abdelbaset Ali Mohmed Al Megrahi y Lamin Khalifah Fhimah, fueron señalados de ser los autores materiales del atentado. Ambos fueron juzgados en Holanda ante un tribunal escocés –algo único e insólito en la historia. También el juicio determinó que la bomba iba a explotar sobre el océano Atlántico y no sobre Escocia– el accidente en Lockerbie se atribuyó al retraso del vuelo 103 en Londres, sin un estudio técnico que así lo demostrase. </p>

	<p><strong>Las inconsistencias</strong><br />
Un par de pruebas abrieron las puertas a las distintas teorías conspirativas sobre el vuelo 103 de Pan Am. Una de esas pruebas se conoce como la “Advertencia de Helsinki”. El 7 de diciembre de 1988, días antes del atentado, la Administración Federal de Aviación (<span class="caps">FAA</span>) de Estados Unidos emitió un memorando de seguridad en el que afirmaba que el 5 de diciembre, un hombre con acento árabe había contactado a la embajada estadounidense en Helsinki y había dicho que entre las dos semanas siguientes un avión que iba a cubrir la ruta entre Frankfurt y Estados Unidos iba a ser el blanco de un atentado por miembros de la organización terrorista Abu Nidal. Aseguró, además, que la bomba sería plantada dentro del avión por una mujer de nacionalidad finlandesa. El Departamento de Estado de inmediato se tomó en serio la advertencia lanzada por la <span class="caps">FAA</span> y alertó a sus embajadas en el mundo. Adicionalmente, el memorando de la <span class="caps">FAA</span> llegó a manos de todas las aerolíneas, incluida Pan Am, que estableció a sus pasajeros una sobretasa de seguridad de 5 dólares, con el fin de “aumentar la seguridad abordo”. Según lo reportó posteriormente el diario inglés “The Independent”, inexplicablemente el memorando apareció en Frankfurt al día siguiente de la explosión del vuelo 103, bajo la pila de papeles de un funcionario de la aerolínea. Sin embargo, la “Advertencia de Helsinki” había tomado un curso más siniestro el 13 de diciembre, cuando la nota fue difundida en Moscú por la embajada de Estados Unidos. De inmediato, por motivos que oficialmente aún se desconocen, funcionarios del gobierno de Estados Unidos e importantes empresarios cancelaron sus reservas en el vuelo 103 y compraron boletos en otras aerolíneas. Si la “Advertencia de Helsinki” no hablaba de un vuelo determinado, ¿cómo estas personas cambiaron precisamente de vuelo? ¿Qué sabían? Para empeorar esta oscura evidencia, se sabe que Pan Am de inmediato ofreció las sillas vacías a un menor precio, que se vendieron enseguida. La investigación oficial determinó que la llamada hecha el 5 de diciembre de 1988 a la embajada de Estados Unidos en Helsinki había sido una broma y la cadena de sucesos derivada de ella “una pura coincidencia”.</p>

	<p>Otra de las pruebas que apuntan a una conspiración se deriva de la “Advertencia de Helsinki”. ¿Quiénes fueron las personalidades que a tiempo cancelaron su viaje en el vuelo 103? No se conocen todos los nombres y los motivos de algunos fueron evidentes, como el del integrante de los Sex Pistos John Lydon y su esposa Nora, que perdieron el vuelo por una demora haciendo sus maletas; o el mismo Jaswant Basunta, quien después fue absuelto. Pero llama la atención que entre las cancelaciones de último momento estaba la del Ministro de Relaciones Exteriores de la Sudáfrica Apartheid, Pik Botha, quien debía estar en el acto de la <span class="caps">ONU</span> al día siguiente que permitiría la independencia de Namibia (por ejemplo, Bernt Carlsson, el comisionado especial de la <span class="caps">ONU</span> para Namibia, falleció en el vuelo 103); John McCarthy, embajador estadounidense en Líbano; Chris Revell, hijo de Oliver Revell, quien entonces era el asistente ejecutivo del Director del <span class="caps">FBI</span>; y Steven Greene, directivo de la Oficina de Inteligencia de la <span class="caps">DEA</span>. La ausencia de estas personas que, evidentemente, tenían acceso a información privilegiada y secreta ha permitido inferir, pese a las negativas oficiales, que las agencias de inteligencia estadounidenses sabían del atentado con anterioridad.</p>

	<p>La otra evidencia que para muchos apunta a una teoría de la conspiración gira alrededor de cuatro agentes de inteligencia estadounidense que iban en el vuelo 103. Incluso se ha especulado que viajaba un quinto que, por alguna razón de seguridad nacional, nunca ha sido reconocido. De acuerdo a algunas versiones, la presencia de estos hombres hizo al vuelo 103 un claro objetivo para un atentado terrorista. Eran Matthew Gannon, jefe adjunto de la oficina de la <span class="caps">CIA</span> en Beirut, quien iba en la Clase Clipper, silla 14J. El Mayor Chuck McKee, funcionario de la Agencia de Inteligencia Militar en Beirut, quien iba detrás de Gannon en la silla 15F. Adicionalmente, dos agentes de la <span class="caps">CIA</span>, quienes se cree que eran guardaespaldas de Gannon y McKee, ocupaban sillas de clase económica. Ronald Lariviere, oficial de seguridad de la embajada en Beirut iba en la silla 20H, como Daniel O’Connor, oficial de seguridad de la embajada estadounidense en Chipre, ocupaba la silla 25H. Hay evidencias, aunque no completas o decisivas, que apuntaron en otras direcciones, como por ejemplo la del Mayor McKee, quien se cree que había estado negociando en Beirut la liberación de unos estadounidenses secuestrados por Hezbollah (esto ha sido negado por el gobierno de Estados Unidos). En el avión, solo viajaba un árabe, Khalid Jaafar, un joven de 20 años nacido en Líbano que vivía con su familia en Detroit y regresaba a Estados Unidos.</p>

	<p><strong>Una teoría muy convincente</strong><br />
La teoría conspiratoria más llamativa comienza con un grupo de agentes de la <span class="caps">CIA</span> que aparecen en la escena del accidente del vuelo 103, según lo reportaron muchos de los testigos en su momento. Simulando ser empleados de Pan Am, estas personas no identificadas iniciaron lo que se ha descrito como una “intensa búsqueda entre los escombros.” El sospechoso grupo llegó a Lockerbie antes que los investigadores de Londres. Poco después, los suplantadores abandonaron la escena del accidente con un maletín que hoy se presume pertenecía a uno de los cuatro o cinco funcionarios de inteligencia que viajaban en el vuelo 103. Al confiscar el maletín, sin duda se estaba robando una importante prueba que quizás sería fundamental para establecer la verdad. Detalles de este suceso, como el hecho de que se encontrase medio millón de dólares entre los escombros, son casi inexistentes en internet, y los periódicos que en su momento recogieron estas noticias, por razones que se desconocen todavía, no las han incluido en sus versiones en línea (a pesar que sus ediciones impresas sí las publicaron). Muchos autores que han escarbado en la abundante cadena de pruebas oficiales y no oficiales del atentado de Lockerbie, señalan la importancia de aquellos dos indicios.</p>

	<p>Las pruebas son abundantes en cuanto a que los cuatro funcionarios de inteligencia fallecidos viajaban todos en conexión desde Beirut. Se cree que su misión había sido negociar con Hezbollah la liberación de unos estadounidenses que eran rehenes de esa organización terrorista. Vuela con ellos una bomba que no explota sobre el Atlántico, como estaba pronosticado, sino sobre tierra firme. En el juicio del año 2000 contra los dos acusados libios, se oficializó la versión obvia, razonable y coherente de que la bomba explotó en el momento equivocado por el retraso de media hora que había tenido el vuelo 103 en Londres. Sin embargo, según puede cualquiera establecer con ruta en mano, si el vuelo 103 no hubiese perdido media hora la explosión se habría situado sobre las costas del Canal del Norte y tampoco sobre el mar. La controversia sobre la maleta se zanjó bajo el alegato de “contener documentos de seguridad nacional de Estados Unidos.” Sin embargo, a lo largo de la investigación, dos documentos encontrados entre los escombros causaron revuelo (ambos encriptados). Uno era el mapa de la planta de un edificio en Beirut donde alguien había señalado la posición de algo o de alguien. La <span class="caps">CIA</span> había localizado a los secuestrados, y probablemente tenían en su poder 500,000 dólares para comprar más información. O quizás, aquel equipo comandado por alguien tan experimentado como el Mayor Charles McKee había estado preparando una operación de rescate.</p>

	<p>El otro documento encontrado fue una tarjeta de Navidad con un mensaje casi ininteligible. Cuando se descifró el contenido del mensaje se hizo público: iba dirigido a uno de los agentes de la <span class="caps">CIA</span>, y aclaraba que lo que fuera que se estuviese fraguando, debía ocurrir a más tardar el 11 de marzo de 1989. </p>

	<p>El accidente del vuelo 103 no solo les costó la vida a casi trescientas personas sino también la libertad a aquellos rehenes. El caso del jefe de la <span class="caps">CIA</span> en Beirut, William Buckley, que fue secuestrado, llevado a Irán y torturado hasta morir en un interrogatorio puso a Siria y a Irán como los principales sospechosos del atentado, hasta que Gadafi se hizo más razonable, por razones políticas.</p>

	<p>La presencia de la <span class="caps">CIA</span> en la escena de la tragedia fue ampliamente publicitada pero no tuvo eco ni repercusiones. ¿Acaso el gobierno de Estados Unidos había activado de nuevo la censura oficial bajo el argumento de seguridad nacional? Para ilustrar un ejemplo, la larga y detallada reseña aparecida en marzo de 1990 en el New York Times Magazine del libro de Steven Emerson “The Fall of Pan Am 103” no menciona al grupo misterioso de la <span class="caps">CIA</span> que se adelantó a todo y sustrajo un maletín de la escena del crimen, muy a pesar de que el libro los identifica y describe en detalle y con pruebas lo que sucedió. Como el New York Times, muchos otros periódicos pronto culparon a la policía alemana de permitir el atentado. </p>

	<p>Para principios de 1989, los principales diarios ya no hablaban de los agentes encubiertos en la escena del accidente ni del medio millón de dólares o la droga encontrada; se había construido la estereotipada teoría de un grupo de terroristas que, motivados por la venganza, habían plantado la bomba en un avión comercial estadounidense. Se acusaron gobiernos. Había lógica en que ello fuese así. </p>

	<p>Sin embargo, las conclusiones más llamativas acerca de una motivación oculta por parte del gobierno estadounidense surgieron de Juval Aviv, un investigador privado que años antes había trabajado para la inteligencia israelí (quizá más eficiente que la estadounidense). La firma Interfor, establecida en Nueva York, había contratado a Aviv para elaborar la investigación solicitada por la aseguradora de Pan Am –por lo cual no fue un trabajo de conjeturas, como algunos quisieron hacerlo ver.</p>

	<p>Durante dos años consecutivos, el informe de Interfor circuló de mano en mano en el mundo de las conspiraciones, sin que llamase la atención de los medios. Entonces de repente la revista Time, a veces defensora del establecimiento y las “versiones oficiales”, decidió confrontar el reporte, presuntamente, por la explosiva historia que Interfor había descubierto. Era la siguiente:</p>

	<blockquote>
		<p>«Un equipo de la <span class="caps">CIA</span>, estacionado en Frankfurt y conocido en el informe como <span class="caps">CIA</span>-1, también había estado negociando la liberación de los estadounidenses secuestrados por Hezbollah. El equipo <span class="caps">CIA</span>-1 respondía directamente a la Casa Blanca, mientras el equipo del Mayor McKee, estacionado en Beirut, recibía órdenes del cuartel general de la agencia en Langley. Los operarios del <span class="caps">CIA</span>-1 dieron con un mercader de armas y drogas sirio llamado Monzar Al-Kassar, quien además era cuñado del jefe de inteligencia siria y amante de una sobrina del déspota Hafez Al-Assad. Adicionalmente, Al-Kassar apoyaba abiertamente el terrorismo – Langley lo sabía.<br />
Al-Kassar, de acuerdo a Interfor, solía colaborar todo el tiempo con el gobierno francés en la liberación de rehenes. El equipo <span class="caps">CIA</span>-1 ofreció a Al-Kassar protegerle sus rutas de tráfico de drogas (que conocían muy bien) a cambio que les ayudase a negociar con Hezbollah. Al-Kassar aceptó el trato, y la <span class="caps">CIA</span> prometió proteger sus envíos de droga a Estados Unidos desde Frankfurt en aviones de Pan Am. Al-Kassar, simultáneamente, ayudaba al equipo <span class="caps">CIA</span>-1 en Alemania con el envío secreto de armas a Irán (de hecho, el nombre de Al-Kassar ya había figurado antes en el escándalo Irán-Contra junto a Richard Secord y Albert Hakim). El equipo <span class="caps">CIA</span>-1 buscaba la participación activa de Teherán en la liberación de rehenes bajo el tradicional esquema de armas por colaboración, cuyo escándalo ya había enlodado un año antes a la administración de Ronald Reagan. Según el reporte de Interfor, estos intercambios que hacían los equipos de la <span class="caps">CIA</span> en Europa además garantizaban el suministro de armas a diferentes zonas de conflicto en el mundo. Los negocios de Al-Kassar en Europa incluso financiaban a los Contra en Nicaragua. Las similitudes con el escándalo Irán-Contra orquestado desde la Casa Blanca tiempo antes es inevitable: la <span class="caps">CIA</span> jamás desistió de su esquema de negociar armas por droga y financiar sus operaciones encubiertas con tal de manejar a Irán. <br />
Entonces, continúa el reporte, mientras que el equipo <span class="caps">CIA</span>-1 negociaba con terroristas árabes en Europa, el equipo autorizado por el cuartel general de la agencia y el Departamento de Estado fue enviado a Beirut, pese a que las actividades del <span class="caps">CIA</span>-1 los había expuesto seriamente a grandes peligros. Según Interfor, la misión del Mayor McKee era realizar actividades de reconocimiento para una eventual misión de rescate que sería ejecutada por un escuadrón de paramilitares de la <span class="caps">CIA</span>. Tan así que el mapa encontrado en Lockerbie era prueba del éxito de aquel plan: McKee los había encontrado. <br />
No obstante, el equipo de Beirut se había topado muchas veces en su investigación con Al-Kassar, y por ello comenzaron una investigación paralela. Las indagaciones descubrieron no solo las actividades ilícitas del sirio, sino además que la misma <span class="caps">CIA</span> estaba protegiendo una ruta de tráfico de droga a Estados Unidos por el aeropuerto de Frankfurt. McKee, presintiendo un complot, envío a Langley los nombres y los datos pertinentes, así como información del edificio donde los rehenes eran mantenidos. Para su sorpresa, jamás obtuvo respuesta de sus superiores.  <br />
Mientras que el equipo de McKee seguía a Al-Kassar y a sus socios, Al-Kassar vigilaba igual de cerca en Líbano a McKee y a sus hombres. Vencido, frustrado, McKee comenzó a organizar el regreso de su equipo a Estados Unidos; sabía que corrían peligro. Al-Kassar supo que los agentes de Beirut habían reservado su regreso en un vuelo de conexión que saldría de Londres; aquel vuelo se originaría en Frankfurt, y era el Pan Am 103. Una semana antes del atentado, Al-Kassar informó a <span class="caps">CIA</span>-1 el problema que representaba McKee y entregó el itinerario de viaje del equipo de Beirut. <br />
El reporte señala que, paralelamente, algunos socios de Al-Kassar estaban por entonces planificando un atentado a un avión comercial estadounidense. Al principio el blanco fue un avión de American Airlines, pero pronto sus planes cambiaron. La <span class="caps">CIA</span> recibió advertencias de todas partes: de la inteligencia alemana, del Mossad e incluso el <span class="caps">CIA</span>-2 (Beirut) reportó que había una conspiración en curso para atentar contra un avión de matrícula estadounidense. Nadie hizo nada al respecto. De este modo, McKee se quedó solo con su equipo, a merced del verdugo. <br />
Aprovechando la protección de la <span class="caps">CIA</span>, Al-Kassar logró meter en el compartimento de carga del vuelo 103 el famoso e innovador (en 1988) dispositivo “Semtex” que generó la explosión. Un agente de la inteligencia alemana asignado a proteger la ruta advirtió que la maleta que usualmente llevaba la droga a Nueva York era distinta a la que viajaría aquel 21 de diciembre; era evidente que había algo sospechoso. El agente alertó al jefe del <span class="caps">CIA</span>-1; éste a su vez contactó a la Casa Blanca para recibir órdenes; la mayor autoridad allí que atendió al líder de <span class="caps">CIA</span>-1 autorizó que la maleta permaneciera en el avión. Entre una llamada y otra, probablemente, se originó el retraso del vuelo. De ahí en adelante, lo demás ya es conocido.»</p>
	</blockquote>

	<p><strong>El estado de la cuestión</strong><br />
El reporte de Interfor fue se hizo público en Estados Unidos gracias a James Traficant, un congresista excéntrico de Ohio con buen olfato para las conspiraciones. Según luego lo reveló, había obtenido su copia directamente de Victor Marchetti, quien por años fuera asesor de Richard Helms, director de la <span class="caps">CIA</span> entre 1966 y 1973. Sin embargo, Marchetti había sido controvertido a principios de los 90 por su constante cambio de posiciones políticas, lo que le restó credibilidad como fuente. A fin de cuentas, a la hora de controvertir conspiraciones, resulta que todos los involucrados terminan desacreditados de una u otra forma.</p>

	<p>El reporte de Interfor no fue bien recibido por los medios, y muy probablemente se debió a las escandalosas afirmaciones que en él se hicieron. Al igual que la versión oficial, el reporte utilizó los mismos temas (las advertencias ignoradas, los reportes de inteligencia, etc.). Incluso habló de un allanamiento frustrado a los terroristas que, de haberse hecho a tiempo por parte de la policía alemana, hubiese evitado la tragedia. El 30 de octubre de 1990, <span class="caps">NBC</span> News reportó que los terroristas se habían infiltrado en una operación de la <span class="caps">DEA</span> y habían así podido subir la bomba al vuelo 103. Y sospechosamente, la revista Time retomó la controversia en un artículo de abril de 1992 titulado “What Did They Die?” (“¿Por qué murieron?”). El artículo supuestamente se basaba en la investigación de Interfor, aunque incluía alteraciones y mentiras adicionales que se pasaron como verdad. Probablemente Time buscaba reabrir una polémica para satanizar la fuente. Los ataques virulentos de la revista New York, <span class="caps">CNN</span> y otros medios no se hicieron esperar. Al igual que en 1992, la investigación de <span class="caps">NBC</span> fue descartada por “rápidas investigaciones” encabezadas por The New York Times, a pesar que <span class="caps">NBC</span> llevaba desde 1989 indagando sobre las causas. El Times, como un juez, declaró que la <span class="caps">DEA</span> no había estado involucrada y el caso se cerró. De hecho, si cambiamos “CIA” por “DEA” y nos acogemos a la hipótesis presentada por <span class="caps">NBC</span>, estaremos ante la misma historia de Interfor.</p>

	<p>Alrededor de la teoría de Interfor hay más detalles que no pueden pasarse por alto. Por ejemplo, hasta la guerra del Golfo la culpa del atentado al vuelo 103 de Pan Am recayó siempre sobre Siria (da la casualidad que Al-Kassar, en esta teoría que se considera descabellada, era sirio). Solo en 1991, cuando Estados Unidos buscó sumar a Siria a la coalición contra Saddam Hussein, la culpa fue transferida a Libia gracias al eficiente trabajo de la oficina de propaganda de la <span class="caps">CIA</span>, echando al traste dos años de intensa y seria investigación tanto de la policía escocesa como de los medios. Las conclusiones habían apuntado ya no a Al-Kassar, sino a Ahmed Jibril con sus dos patrones, Siria e Irán. Si el reporte de Interfor había hablado que los socios de Al-Kassar habían estado preparando paralelamente un atentado similar, ¿acaso sería Jibril ese “socio” del que se hablaba? Al absolver a Siria, por supuesto, se desvirtuaba la investigación de Interfor.</p>

	<p>El proceso de 8 meses en 2000 contra los dos acusados libios reabrió las polémicas y nuevamente dejó los cabos sueltos. ¿Por qué? Porque hizo evidente la contradicción entre las distintas versiones en la investigación oficial, y trajo a colación las tres pruebas perdidas (la negada maleta que recuperó la <span class="caps">CIA</span> en la escena del accidente, un cargamento de droga que nunca se inventarió y una camiseta de Hezbollah que se esfumó de los registros). Sencillamente, según lo reveló el periódico inglés The Guardian (“Flight From the Truth. Special Report: Lockerbie” el miércoles 27 de junio de 2001), a pesar que tanto George Bush como Margaret Thatcher sabían que la participación de Ahmed Jibril y Hezbollah era evidente, prefirieron trasladar la culpa a Libia para proteger a sus rehenes en manos de los terroristas financiados por Siria e Irán. ¿Cómo la gente de Jibril entonces logró subir la bomba a bordo del vuelo 103? El artículo de The Guardian explica: “Fuentes de inteligencia de Occidente afirman que llegó en la maleta de Khalid Jaafar”. Si recordamos, Jaafar era el único árabe que iba en el avión, y según se ha establecido, solía trabajar como mula en el tráfico de droga. La pregunta es: ¿podría ser Jaafar un agente de Jibril o de Al-Kassar? ¿O era un terrorista suicida, preludio a aquellos que se inmolaron el 11 de septiembre? Al parecer, como señaló el reporte de Interfor, el equipo <span class="caps">CIA</span>-1 al colaborar con Jibril permitió (y posiblemente sin saberlo) que una bomba fuera cargada en el avión. Pero el artículo cuestiona si la <span class="caps">CIA</span> (<span class="caps">CIA</span>-1 en Frankfurt) sabía que en la maleta de Jaafar viajaba el dispositivo Semtex: “Un sinnúmero de fuentes asegura que McKee, quien era un enemigo de los narcóticos, se enteró de los tratos de la <span class="caps">CIA</span> con los narcotraficantes y regresaba a Washington para hacer las respectivas denuncias”. El artículo concluye que McKee, como lo señaló el reporte de Intefor años antes (reporte preparado para la aseguradora de Pan Am), era indudablemente el blanco del atentado. Otro indicio a esta acusación es que el embajador de Estados Unidos en Líbano, John McCarthy, quien debía acompañar a McKee, canceló a tiempo su reserva en el vuelo 103. ¿Coincidencia? Nadie puede decirlo.</p>

	<p>Además de estas pruebas (aunque no se establece conexión entre Jibril y Al-Kassar, aunque es obvia, ya que ambos son sirios y se movían en los mismos círculos), The Guardian abordó las evidencias desaparecidas del expediente oficial. Primero, la camiseta con el símbolo de Hezbollah que fue encontrada en 1988 por David Clark en el bosque de Kielder, cerca de Lockerbie. Segundo, los fardos de billetes encontrados entre los escombros, que se desconoce a quien pertenecían y a los que ni el gobierno escocés, británico o estadounidense ha reconocido su existencia. Y por último, las grandes cantidades de droga desperdigadas por el campo de golf de Lockerbie y otras encontradas por un granjero dentro de una maleta al otro lado del pueblo. Los testigos jamás fueron vinculados al proceso y los objetos se desaparecieron de la investigación.</p>

	<p>Las pruebas apuntan a que el atentado ha sido uno de los mayores encubrimientos en la historia, y como lo indicó The Guardian, orquestado y dirigido por Estados Unidos por puras razones políticas. De hecho, la mayoría de los policías e investigadores locales que tuvieron relación con la tragedia siempre han denunciado que fueron agentes estadounidenses quienes durante días removieron un sinnúmero de objetos y pruebas de la escena del crimen. ¿Qué hubiera pasado si se hubiera sabido que la <span class="caps">CIA</span>, por hacer más, había provocado la tragedia? </p>

	<p>Ciertamente quedan muchas preguntas sin respuesta, pero ha sido mucho lo que se ha ventilado, y pronto aparecerá más dado el actual conflicto en Libia. A fin de cuentas, la única certeza absoluta que tenemos es que la verdadera historia yace sepultada en algún lugar de los archivos de seguridad nacional de Estados Unidos, y que probablemente la conoceremos en algún futuro, o quizás jamás.  </p>

	<p><strong><span class="caps">FUENTES</span></strong><br />
1. La reconstrucción del vuelo aquí expuesta no figura en ningún libro como el lector la ha leído; es una reconstrucción hecha por el autor de este artículo que se basó en los datos presentados en los siguientes libros: “The Fall of Pan Am 103” de Steven Emerson; “Pan Am 103: The Lockerbie cover-up”, de William C. Chasey; “The Lockerbie Incident: A Detective’s Tale” de John Crawford; el excelente “The Bombing, the Betrayals and a Bereaved Family’s Search For Justice” de Susan y Daniel Cohen; y “Scotbom: Evidence and the Lockerbie Investigation”, de Richard Marquise. Además, los datos fueron verificados en el reporte oficial de la investigación, “Report on the accident to Boeing 747-121, 739PA at Lockerbie, Dumfriesshire, Scotland on 21 December 1988” bajo la denominación “Aircraft Accident Report” No. 2/90 (EW/C1094)” que puede ser leído en internet en diversas páginas y formatos.</p>

	<p>2. La mayoría de las citas de los testigos de Lockerbie incluidas provienen del artículo “Lockerbie and the Worst Christmas Imaginable” (6 de junio de 2006, por Iain Lundy), al igual que de otros artículos similares publicados en el periódico The Scotsman.</p>

	<p>3. El reporte preparado por Interfor para la aseguradora de Pan Am sobre las causas del atentado del vuelo 103 está titulado “Pan American Insurance Investigator’s Report”, cuya copia no se consigue en internet pero está en posesión del autor.</p>

	<p>4. El artículo citado aparecido en el periódico inglés The Guardian es “The Lockerbie Trial: a top-level cover up? Flight from the Truth”, reporte especial publicado el miércoles 27 de junio de 2001 y que puede leerse aquí:  <a href="http://www.guardian.co.uk/uk/2001/jun/27/lockerbie.features11">http://www.guardian.co.uk/uk/2001/jun/27/lockerbie.features11</a></p>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/historiasocultas/20176/el-vuelo-103-de-pan-am</link>
		<pubDate>Mon, 04 Apr 2011 09:30:00 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Max Vergara Poeti</dc:creator>
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	</item>
	<item>
		<title>¿Un asesino artificial?</title>
		<description><![CDATA[<p>No obstante, del mismo modo hay una serie de improbabilidades que surgen en el escenario del sida como arma biológica. Quizás sea el sida la bomba biológica creada para erradicar grupos de la población mundial como se afirma, quizás no. Un siglo de historia nos demuestra, en múltiples episodios, que los militares junto al poder económico y político han intentado en numerosas ocasiones cosas parecidas. Con el prontuario de violaciones al reciente Código de Núremberg por Estados Unidos desde las épocas de la independencia después de la Segunda Guerra Mundial, las afirmaciones de un lado y otro resultan no ser tan descabelladas como a veces podrían parecer. </p>]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Corría el 9 de junio de 1969 cuando un tal Donald MacArthur, médico y alto funcionario de investigación biológica del Departamento de Estado de Estados Unidos, acudió al comité de asuntos militares de la Cámara de Representantes con el fin de convencer a los legisladores acerca de un propósito inesperado: “Entre los próximos cinco o diez años, es muy probable que sea posible crear un microorganismo contaminante que se diferenciará en sus aspectos principales de los organismos virales conocidos”, pronosticó. Luego siguió, según las transcripciones de la audiencia: “Lo más importante –el aspecto determinante de este hallazgo– es que podría ser resistente a los procesos inmunológicos y terapéuticos de los cuales depende nuestra salud para protegerse de las enfermedades infecciosas.” [1]</p>

	<p>Este nuevo agente que el doctor MacArthur deseaba cuanto antes desarrollar en su laboratorio destruiría el sistema inmunológico. Para sustentar su proyecto, adicionalmente, MacArthur se valió de cuanto argumento la Guerra Fría brindaba. “Ya que el enemigo podría adelantarse y desarrollar esta arma, no hay duda que estamos en gran desventaja militar ya que no existe el programa para desarrollar esta tecnología.” Ante tantos argumentos, el comité de la Cámara dio a MacArthur 10 millones de dólares a partir de 1970 por un término de cinco años.</p>

	<p>Coincide, pues, que entre 1977 y 1978 se reportaron los primeros casos del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida) en el mundo. Sin duda, las transcripciones de la audiencia de MacArthur alientan conclusiones de todo tipo, y sin embargo, las coincidencias son, para los cazadores de conspiraciones, bastante provocativas. ¿Es el sida el máximo desarrollo de armas biológicas al que hemos llegado? La naturaleza de la enfermedad, poco explicada de manera convincente y jamás reportada, siguió despertando no sólo la curiosidad sino la imaginación de muchos, claro está, partiendo de los retazos de información y las múltiples coincidencias en contra de la versión oficial. La causa generalmente aceptada del virus del sida se conoce como <span class="caps">VIH</span> (virus de la inmunodeficiencia humana), “descubierto” en 1984 por Robert Gallo y un equipo de investigadores franceses del Instituto Pasteur, quienes a su vez, acusaron luego a Gallo de robar y destruir su investigación [2]. Una pregunta que a estas alturas nadie ha podido responder con tanto dinero de por medio y tecnología a mano es de qué parte del ecosistema surgió el virus. ¿Cuál fue el hallazgo? Gallo y los franceses encontraron parecidos entre el <span class="caps">VIH</span> y el <span class="caps">STLV</span>-<span class="caps">III</span>, un virus presente en los simios. La conclusión fue que en algún punto del siglo XX, el “cercopithecus aethiops” que transportaba este virus se transmitió a un ser humano africano, ya fuera por dos vías: por una relación sexual o por consumo de la carne del animal infectado. Lo cierto es que, en un término muy breve, miles de hombres y mujeres ya habían muerto fuera por sexo o por transfusiones. Y además, pretender que la zoofilia o el consumo de carne de chimpancés en África fuera una costumbre nueva también resultó ser un galimatías. La explicación, no escatimando cierto fabulismo y suposición especulativa, y por ende, apoyando la idea de una masiva e instantánea mutación del virus traída de los cabellos, sirvieron para vender la teoría del mono verde y todo lo demás que hoy conocemos. [3]</p>

	<p>No obstante, del mismo modo hay una serie de improbabilidades que surgen en el escenario del sida como arma biológica. Quizás sea el sida la bomba biológica creada para erradicar grupos de la población mundial como se afirma, quizás no. [4] Un siglo de historia nos demuestra, en múltiples episodios, que los militares junto al poder económico y político han intentado en numerosas ocasiones cosas parecidas. Con el prontuario de violaciones al reciente Código de Núremberg por Estados Unidos desde las épocas de la independencia (las órdenes de algunos generales para exterminar a los aborígenes a punta de mantas infectadas de tifo y viruela son escalofriantes) [5] después de la Segunda Guerra Mundial (experimentos de malaria, hepatitis y gripes en prisioneros de Filadelfia, Connecticut y otros estados, [6] o la difusión de las enfermedades venéreas en Guatemala –la más reciente que conocemos) [7], las afirmaciones de un lado y otro resultan no ser tan descabelladas como a veces podrían parecer. </p>

	<p>Sobre el programa biológico de Estados Unidos y el daño ecológico causado a los mares, por ejemplo, podría escribirse un artículo. [8] Ciertamente el prontuario de equivocaciones y crímenes incluye numerosas acusaciones de agentes biológicos lanzados a poblaciones y campos desde el aire, vertidos en las aguas de los acueductos y disueltos en los alimentos, pero ninguno tan letal como el sida. Y, después de todo, persisten episodios tan escalofriantes como el “Experimento Tuskegee” del U.S. Public Health Service en Alabama, entre 1932 y 1972, en el que cientos de negros fueron infectados con sífilis y a los cuales se les negó el tratamiento como política general. [9] O también los experimentos en Puerto Rico de 1931, bajo un programa del Rockefeller Institute, en los cuales una docena de personas resultaron enfermas de cáncer. El director del programa, Cornelius Rhoads, jamás fue a la cárcel por sus acciones, y a pesar de haber sido considerado “mentalmente perturbado”, el gobierno estadounidense lo hizo después director de dos grandes programas de armas químicas durante la década de 1940, lo premió con una silla en la Comisión de Energía Atómica y posteriormente le otorgó la Legión del Mérito [10]. </p>

	<p>Aunque la investigación biológica para fines bélicos se prohibió en 1972, el Pentágono siguió financiando programas secretos a espaldas del Congreso norteamericano. Por ejemplo, se sabe que durante años, hasta antes de la aparición del sida, una de las cepas de la “brucella” (que causa la brucelosis), llamada “canis”, intrigó a los científicos militares –y cuya sintomatología es muy parecida a la del complejo del sida.  </p>

	<p>La primera acusación del sida como arma biológica apareció en “The New Delhi Patriot”, un periódico de India el 4 de julio de 1984. El reporte citaba un estudio del ejército de Estados Unidos sobre “las influencias naturales y artificiales en el sistema inmunológico humano” para sustentar su acusación. El periódico aseguró que científicos de Fort Detrick, hoy sede del centro de investigación Frederick del National Cancer Institute (que hasta 1969 fue el Army Biological Warfare Laboratory) hicieron una expedición al corazón del África con el fin de encontrar un virus que no conocía el mundo occidental. El éxito de la expedición resultó en el aislamiento, ya en el laboratorio, del virus que causa el sida, aseguró la publicación. El artículo fue descalificado por fuentes del gobierno estadounidense como propaganda soviética. De hecho, el Literaturnya Gazeta de la <span class="caps">URSS</span> acusó a Estados Unidos de crear el virus seis meses después, el 30 de octubre de 1985. En 1986, un panfleto llamado “AIDS: <span class="caps">USA</span> Home-Made Evil”, fue publicado por dos científicos europeos, Jakob y Lilli Segal. [11] El panfleto circuló, sin editorial, por los países angloparlantes del África, y aunque muy cuestionable puede ser la forma como se difundió, fue la base para la teoría de la conspiración del sida como virus sintético. Según los Segal, el <span class="caps">VIH</span> no es más que un híbrido del virus de inmunodeficiencia en simios (que causa daño cerebral en los bovinos) y del virus <span class="caps">HTLV</span>-I (recordemos que el <span class="caps">VIH</span> fue originalmente llamado <span class="caps">HTLV</span>-<span class="caps">III</span>), que causa leucemia. [12] Los Segal también acusaron al personal científico de Fort Detrick de crear el virus. [13] </p>

	<p>No hay evidencia concreta que soporte esta teoría y que involucre al personal científico-militar de Fort Detrick en toda su historia. Pero por mucho tiempo llamó la atención el hecho que fueran los organismos gubernamentales de la salud quienes instaran a los científicos de Fort Detrick (no a los civiles) coadyuvar a encontrar una cura para el sida. Así las cosas, en febrero de 1987 [14], durante una discusión sobre los cargos de encubrimiento en la manipulación del sida como arma biológica, el coronel David Huxsoll (director del <span class="caps">USAMRIID</span> –United States Army Medical Research Institute of Infectious Diseases, entre 1983 y 1990) [15] lanzó una pista: “Los estudios de los laboratorios del ejército han mostrado que el virus del sida es un agente biológico extremadamente ineficaz para la guerra”. [16]</p>

	<p>La pregunta que surgió entonces es ¿qué estudios? Hasta ese momento, el ejército estadounidense había insistido en que nada tenía que ver con el sida, y que sus estudios se habían concentrado en hallar una cura, no medir su impacto destructivo en el mundo. Huxsoll luego alegó que jamás había hecho tal afirmación y el reportero que publicó la entrevista se mantuvo en la veracidad de la cita. </p>

	<p>Por mucho tiempo el debate estuvo muerto hasta el 14 de marzo de 2008, cuando el prestigioso reverendo estadounidense Jeremiah Wright declaró en su sermón que el sida fue el arma utilizada por Estados Unidos para exterminar a la población negra de ese país. O mejor dicho: un genocidio sistemático ejecutado por Estados Unidos. El escándalo fue enorme ya que Wright, pastor de Chicago, era consejero espiritual de Barack Obama. [17] De inmediato, los medios acusaron a Wright de promover la paranoia colectiva (muy a pesar que más de la mitad de los afroamericanos encuestados por <span class="caps">CNN</span> creían que el sida fue fabricado por el hombre). La acusación pública de Wright reactivó el debate, y de inmediato surgieron entrevistas en importantes cadenas televisivas y se publicaron libros muy bien documentados sobre la conexión del sida con un programa militar supuestamente encaminado a erradicar la hepatitis B en Estados Unidos y África. [18]</p>

	<p>Según esta nueva información [19], el experimento comenzó en 1973, cuando el New York City Blood Center (banco de sangre de Nueva York) solicitó al Gay Men’s Health Project de Manhattan muestras de sangre con el fin de analizarlas para detectar las enfermedades activas en la ciudad. Los resultados fueron inesperados: 50% de las muestras, provenientes de homosexuales activos estaban infectadas con hepatitis B; y solo en un 5% de las muestras, provenientes de hombres heterosexuales, aparecía el virus. Desarrollada por el Instituto Merck para la investigación terapéutica en West Point, Pennsylvania, la primera vacuna experimental contra la hepatitis había sido ensayada en chimpancés –el único mamífero en el que la hepatitis humana prospera. Como en todo proyecto medico, se identificaron los grupos de riesgo (homosexuales, adictos, personas mentalmente incapacitadas, extranjeros, aborígenes y pacientes en centros de diálisis), pero se determinó que sería más efectivo el experimento en hombres homosexuales promiscuos, basados en las estadísticas recogidas por el New York City Blood Center.      </p>

	<p>Detrás del proyecto, estaba el físico Wolf Szmuness, polaco de nacimiento y sobreviviente del Holocausto. June Goodfield, en su libro “Quest for the Killers” [20], da una versión muy convincente del experimento de la hepatitis, basada en la carrera de epidemiólogo de Szmuness, primero en la <span class="caps">URSS</span>, luego en Estados Unidos. Da la casualidad que hacia fines de los 60, Szmuness terminó, por recomendación de Walsh McDermott (profesor de salud pública en el Hospital de Nueva York) como técnico del laboratorio del New York City Blood Center. Y en un corto lapso de tiempo, dado sus méritos intelectuales, apareció dirigiendo su propio laboratorio en el mismo centro. También, sin mucho esfuerzo, se le hizo titular de la cátedra de Salud Pública en la Universidad de Columbia, y ya para 1975 era toda una autoridad mundial en el tema de la hepatitis.</p>

	<p>La tesis del experimento de la hepatitis como uno que terminó mal, se ampara en pruebas notables: entre 1976 y 1979 aparecieron, por los barrios homosexuales de Nueva York, misiones médicas del New York City Blood Center buscando voluntarios. Según se anunciaba en los volantes, se buscaba homosexuales sin historial de hepatitis B. Más de diez mil personas se inscribieron y donaron sangre al experimento. Las sucesivas muestras de sangre seguramente arrojaron datos también del modo como una enfermedad contagiosa podría diseminarse en una población identificada y determinada. Lo que llama la atención fue el proceso minucioso de selección de los candidatos, especialmente por el requisito principal de “ser sexualmente promiscuo”. Otra de las características era que los hombres debían gozar de buena salud y ser preferiblemente blancos. También se aceptaron bisexuales promiscuos, y aunque cientos de heterosexuales también promiscuos se presentaron, ninguno fue admitido en el experimento. A cada voluntario se le tomaron sus datos y se le asignó en un calendario las fechas en las cuales tendría que regresar para nuevas donaciones de sangre. Dado el elevado costo del estudio, Szmuness consiguió fondos del Center for Disease Control (<span class="caps">CDC</span>), el National Institue of Health (<span class="caps">NIH</span>) y el National Institute of Allergy and Infectious Diseases, como también de los laboratorios Merck, Sharp &amp; Dohme y Abbott. La vacuna estuvo lista para principios de 1978, y se inoculó a más de mil voluntarios entre noviembre de ese mismo año y octubre de 1979 en el New York City Blood Center.</p>

	<p>Pero para enero de 1979 algunos de los voluntarios comenzaron a encontrar en sus cuerpos manchas violáceas sin que hubiese razón que justificara su aparición. Durante los siguientes tres años, distintos hospitales y médicos en Manhattan reportaron cientos de casos de una nueva enfermedad que se caracterizaba por la inmunodeficiencia de los pacientes, el sarcoma de Kaposi y un daño pulmonar irremediable, conocido como neumonía pneumocystis carinii. Casi todas las víctimas eran blancas, jóvenes y homosexuales. Un repaso a las notas publicadas en los periódicos locales en la época da cuenta de esto. También hay pruebas que para marzo de 1980, el Center for Disease Control de Estados Unidos supervisó experimentos similares en San Francisco, Los Ángeles, Denver, San Louis y Chicago. En el otoño de 1980, el primer caso de la extraña enfermedad apareció en un joven en San Francisco. Y seis meses después, para junio de 1981, la epidemia se hizo oficial. En los países africanos, los primeros reportes coincidieron con aquéllos en Estados Unidos. Nadie explicaba por qué, de la noche a la mañana, miles de jóvenes blancos, saludables y homosexuales comenzaron a morir, junto a africanos pobres. De hecho, en 1984 se determinó que el 6.6% de las muestras obtenidas en 1979 daban <span class="caps">VIH</span> positivo, mientras que en 1985 una investigación concluyó que el 66% de los voluntarios del programa de Szmuness murieron finalmente de sida.</p>

	<p>Así, la tesis mundialmente aceptada es que el <span class="caps">VIH</span> fue introducido en el hombre por chimpancés en las junglas del África tras una mutación de un virus presente en ellos [21]. Sin embargo, poco se había dicho del experimento de la vacuna contra la hepatitis B y su conexión con esas selvas africanas. Es irrefutable, por ejemplo, que en 1974, bajo órdenes de Albert Prince, director del laboratorio del New York City Blood Center, se estableció un centro de experimentación en África Occidental con el fin de estudiar los efectos de la hepatitis en los chimpancés. Tras rehabilitarlos, estos especímenes fueron liberados con el fin de medir su impacto en la biología selvática, y hoy se desconocen los resultados. Y tampoco es falso que, uno de los brazos de este programa, a través del Instituto Liberiano para la Investigación Biomédica en Roberstfield, Liberia, tuviese como objetivo desarrollar una vacuna que fuera efectiva en primates. También bajo este programa, el <span class="caps">LEMSIP</span> (Laboratory for Experimental Medicine and Surgery) de Nueva York, que fue desmantelado en 1997, fue un importante banco de ejemplares de simios para la experimentación científica dentro de Estados Unidos, afiliado a su vez al New York University Medical Center, donde da la coincidencia que se descubrieron los primeros casos de sarcoma de Kaposi en 1979. En su libro “Emerging Viruses: <span class="caps">AIDS</span> and Ebola”, el profesor de Harvard Leonard Horowitz asegura, por ejemplo, que el New York University Medical Center recibía desde 1969 presupuesto gubernamental para la investigación biológica y química, y además, concluye en su tesis, que tanto el sida como el ébola fueron virus creados en experimentos con monos en un intento benevolente (en sus inicios) de hallar una cura para el cáncer. </p>

	<p>Entonces, ¿es el sida producto de un error médico o de un error militar? ¿Es la consecuencia de un programa a nivel mundial de exterminio de ciertos grupos sociales, incluyendo los más pobres? ¿O es un virus que llegó a nosotros por los chimpancés, como generalmente se afirma? Sin embargo, por más convincentes que resulten los hechos, quedan muchas preguntas por responder.</p>

	<p>Después de todo, entre tantos hechos, teorías, y pistas, la única certeza es que la epidemiología del sida es un caso para el que ni la versión oficial ni las teorías de conspiración han dado una explicación satisfactoria.  </p>

<br />
<br />


	<p><strong><span class="caps">NOTAS</span></strong></p>

	<p>[1] La transcripción completa de la audiencia existe, gracias a la Biblioteca del Senado de Estados Unidos (United States Senate Library). Se encuentra indexada bajo el título “DEPARTMENT OF <span class="caps">DEFENSE</span> <span class="caps">APPROPRIATIONS</span> <span class="caps">FOR</span> 1970 &#8211; <span class="caps">HEARINGS</span> before a <span class="caps">SUBCOMMITTEE</span> OF <span class="caps">THE</span> <span class="caps">COMMITTEE</span> ON <span class="caps">APPROPRIATIONS</span> <span class="caps">HOUSE</span> OF <span class="caps">REPRESENTATIVES</span> (Ninety-First Congress)”, y cuyo título y número de foliación es el siguiente: </p>

	<blockquote>
		<p>Temporarily assigned H.B. 15090 <br />
<span class="caps">PART</span> 5 <br />
<span class="caps">RESEARCH</span>, <span class="caps">DEVELOPMENT</span>, <span class="caps">TEST</span>, <span class="caps">AND</span> <span class="caps">EVALUATION</span> <br />
Department of the Army <br />
Statement of Director, Advanced Research Project Agency <br />
Statement of Director, Defense Research and Engineering </p>
	</blockquote>

	<p>Y bajo la rotulación interna: </p>

	<blockquote>
		<p>U.S. <span class="caps">GOVERNMENT</span> <span class="caps">PRINTING</span> <span class="caps">OFFICE</span><br />
<span class="caps">WASHINGTON</span> : 1969<br />
<span class="caps">UNITED</span> <span class="caps">STATES</span> <span class="caps">SENATE</span> <span class="caps">LIBRARY</span><br />
129<br />
<span class="caps">TUESDAY</span>, <span class="caps">JULY</span> 1, 1969<br />
<span class="caps">SYNTHETIC</span> <span class="caps">BIOLOGICAL</span> <span class="caps">AGENTS</span></p>
	</blockquote>

	<p>Como dato adicional, la audiencia coincidió con el lanzamiento del movimiento para los derechos homosexuales, el llamado “Stonewall Uprising”, hecho de gran deleite para los impulsores de algunas teorías conspirativas.<br />
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[2] Una excelente narración sobre el llamado “fraude de Robert Gallo” fue escrito por el premio Pulitzer de periodismo John Crewdson en “Science Fictions: A Scientific Mystery, a Massive Cover-up and the Dark Legacy of Robert Gallo”, publicado en 2002 por Back Bay Books. <br />
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[3] La versión completa y oficial fue dada por el mismo Robert Gallo en su libro “Virus Hunting: Aids, Cancer and the Human Retrovirus – A Story of Scientific Discovery”, publicado en 1993 por Basic Books, poco después de que la Academia Americana de Ciencias lo sancionara por su “conducta inmoral” debido a las irregularidades de sus investigaciones. <br />
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[4] Constructivos resultan los aportes equilibrados y científicos acerca del sida como enfermedad artificial contenidos en los libros “Inventing the <span class="caps">AIDS</span> Virus” escrito por Peter H. Duesberg (con prólogo del premio Nobel de química Kary Mullis) publicado por Regnery Publishing en 1998. Duesberg, profesor e investigador de microbiología en la Universidad de California, también tiene otra interesante obra titulada “Infectious <span class="caps">AIDS</span>: Have We Been Mislead?”, publicado por North Atlantic Books en 1995. También “Science Sold Out: Does <span class="caps">HIV</span> really cause <span class="caps">AIDS</span>?” de Rebecca Culshaw, de North Atlantic Books, 2007. Y uno de los más citados es “AIDS: The End of Civilization” de William Campbell Douglass, publicado por EWorld Inc en 2002 y cuyo contenido puede resumirse en su subtítulo “El más grande desastre biológico en la historia de la Humanidad”. 
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[5] Las fuentes no son abundantes en este sentido, ya que opacan el patriotismo de la guerra civil estadounidense. Sin embargo, algunos historiadores consideran este antecedente como el primer referente en Estados Unidos del uso indiscriminado de agentes biológicos con fines bélicos o genocidas. En aquella época, además de la extrema tragedia de la guerra civil, las partes luchaban contra otros dos males: la viruela y el tifo. Los padres fundadores de la patria, en un intento por erradicar a los indios americanos, optaron por la masacre masiva de búfalos, su principal fuente de alimento. Al fracasar este plan, y ante la alarmante epidemia de viruela, se sabe que Lincoln ordenó que todas las mantas infectadas de los cuarteles fueran enviadas a las reservas indígenas como caridad. Y también, los vestigios epistolares dan justicia a otro prócer, el general Robert E. Lee, quien ante tan descabellada orden escribió: “No me involucraré por ningún motivo en estas acciones criminales”. Poco después de escribir esto, el general Lee no solo procedió a abandonar el ejército, sino que se unió a las filas secesionistas. También, concretamente, está la prueba del General Jeffrey Amherst, quien ordenó la aplicación de la misma técnica de las mantas contra los indios en Massachusetts. <br />
Un libro que da una muy interesante visión y arroja otras fuentes valiosas es “Viruses, Plagues and History: Past, Present and Future”, del médico Michael B.A. Oldstone, y publicado por Oxford University Press en 2009. <br />
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[6] Sobre la experimentación biológica por parte del gobierno estadounidense en los reos de las instituciones penitenciarias del país hay numerosos libros, por citar algunos: “Acres of Skin: Human Experiments at Holmesburg Prison” de Allen M. Hornblum y publicado por Routledge en 1999. También: “Undue Risk: Secret State Experiments on Humans” de Jonathan D. Moreno, publicado por Routledge en 2000.  Y otra muy reveladora investigación está en: “Medical Apartheid: The Dark History of Medical Experimentation on Black Americans from Colonial Times to the Present” de Harriet A. Washington, publicado por Anchor en 2008.<br />
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[7] Una búsqueda por internet arrojará abundantes resultados de fuentes periodísticas fidedignas sobre el reciente caso de Guatemala. Por ejemplo, la noticia <a href="http://www.elpais.com/articulo/internacional/EE/UU/pide/perdon/Guatemala/experimentar/pacientes/presos/elpepuint/20101002elpepiint_5/Tes">según fue revelada por El País</a><br />
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[8] Para el que desee documentarse, uno de los estudios más serios en esta materia se titula “Muddy Waters: The Toxic Wasteland Below America’s Oceans, Coasts, Rivers and Lakes” de Beth A. Millemann y publicado en 1999 por la ambiental A Coast Alliance, Clean Ocean Action and American Littoral Society Publications, en el cual se documentan y detectan grandes áreas contaminadas deliberadamente por el Ejército Estadounidense en su intento de deshacerse de su arsenal biológico y químico, y el impacto ambiental en los océanos Atlántico y Pacífico traducido, por ejemplo, en cientos de delfines y ballenas cuyos cuerpos han emergido del fondo con quemaduras profundas en la piel, identificadas luego por los biólogos como “heridas producidas por la exposición directa a fuentes de gas mostaza”. Un buen artículo en línea (breve y en inglés) está <a href="http://www.earthmagazine.org/earth/article/1c0-7d9-1-1b">en la revista <span class="caps">EARTH</span></a></p>

	<p>[9] La fuente más detallada y bien documentada está en el magnífico y escalofriante libro “Bad Blood: The Tuskegee Syphilis Experiment” de James H. Jones, publicado en 1993 por Free Press.<br />
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[10] El caso de Cornelius P. Rhoads es espeluznante, al punto que se le ha comparado con famosos criminales médicos como el nazi Joseph Mengele y el japonés Shiro Ishii, director del programa biológico japonés en suelo chino durante la ocupación a Manchuria (entre 1937 y 1945), en la llamada “Unidad 731”, bajo cuyas actividades se estima que perecieron alrededor de 200,000 chinos y prisioneros de guerra que fueron usados por Ishii como cobayas. En el caso concreto, Rhoads era investigador a sueldo de la Fundación Rockefeller en Puerto Rico, donde procuró el asesinato de una docena de personas por exposición a radiación cancerígena e implantes. Una carta redactada por su puño y letra en la cual defiende su investigación, es la prueba hoy de su mentalidad criminal: “Los portorriqueños pertenecen a la más sucia, perezosa, degenerada y vil raza que ha habitado esta tierra. He hecho todo a mi alcance para crear unas bases para su exterminio al asesinar a ocho de ellos y trasplantar el cáncer a otros más. Cualquier médico sentiría igual placer al abusar y tortura a estos seres despreciables”. A pesar que Rhoads fue expulsado del programa del Rockefeller Institute, el gobierno estadounidense no compartió el despido ético y puso al médico en distinguidas posiciones hasta su muerte. <br />
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[11] Jakob y Lilli Segal sostuvieron que Robert Gallo había cruzado el virus Visna (un prototipo de retrovirus que produce encefalitis y neumonía crónica en ovejas) con el virus <span class="caps">HTLV</span>-1 en 1978, en el laboratorio conocido como P4 de Fort Detrick, Maryland. Según escribieron en numerosos documentos y algunos libros, 90% de la secuencia del Visna está presente en el <span class="caps">VIH</span>, mientras que el 10% restante proviene del <span class="caps">HTLV</span>-1. No obstante, nuevas conclusiones desvirtuaron esta teoría, ya que la secuencia genética del virus está más próxima al virus de inmunodeficiencia simia. Las publicaciones de las tesis de los Segal son: Jakob “Aids &#8211; die Spur führt ins Pentagon” Manuel Kiper, Biokrieg, Vg. Neuer Weg, 2. ergänzte Auflage Oktober 1990 y “AIDS can be conquered” publicado por Verlag Neuer Weg 1995/2001.
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[12] En 1985, la revista Science publicó un artículo en el cual detallaba la proximidad entre las cepas Visna y <span class="caps">HTLV</span> en términos taxonómicos y evolutivos. En 1986, según consta en transcripciones de una audiencia de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos (Expediente 83:4007-4011) se determinó que tanto el virus Visna como el <span class="caps">HTLV</span> son parecidos en su estructura salvo por un segmento casi idéntico al del <span class="caps">HTLV</span>. A partir de esta conclusión ha girado la especulación y teorización de que es posible que ambos virus fueron manipulados genéticamente para producir un nuevo retrovirus para el que no existe defensa natural inmunológica. Un posterior reporte del Congreso, al año siguiente, detalló la “nueva generación” de agentes biológicos: “virus modificados, toxinas de ocurrencia natural y agentes alterados mediante la bioingeniería capaces de cambiar las características inmunológicas y blindadas al tratamiento médico conocido.” El terrorífico reporte es: “U.S. Department of Defense Biological Defense Program – Report to the Committee on Appropriations, House of Representatives, May 1986.” <br />
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[13] La historia de Fort Detrick como el lugar del cual se originó el sida se sustenta en una cadena de evidencias que no han sido desvirtuadas pero que ninguna, por si sola, es concreta. Por ejemplo en 1943, el Dr. Theodore Rosebury, director del programa de investigación biológica en Fort Detrick renunció a su cargo pues temía que los agentes fabricados en sus laboratorios iban a ser diseminados por el mundo, y también por la sospechosa participación de la <span class="caps">CIA</span> en el programa. Otra evidencia muy sospechosa pertenece a 1975,  cuando el programa de Investigación de Virus Biológicos del Army Biological Warfare Laboratory fue puesto bajo supervisión del National Cancer Institute (Instituto Nacional del Cáncer).  ¿Una coincidencia? Tal vez. Un buen recuento de la época está en “The Ultimate Folly: War by Pestilence Asphyxiation and Defoliation”, escrito por Richard D. McCarthy, congresista que denunció el programa biológico secreto de Estados Unidos hacia fines de los años 60.
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[14] Este mismo año, el Departamento de Defensa de Estados Unidos admitió que a pesar que desde 1972 la investigación biológica en Estados Unidos había sido prohibida por el Congreso, el Pentágono había financiado y apoyado secretamente esta investigación en 127 laboratorios y universidades de todo el país. <br />
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[15] El nombre del coronel David Huxsoll, veterinario de profesión, se repite en toda la historia turbia del programa biológico de Estados Unidos. Mucho sobre él se dice en el libro “Lab 257: The Disturbing Story of the Government’s Secret Plum Island Germ Laboratory” de Michael C. Carroll, publicado por William Morrow en 2004. Allí se cita a Huxsoll como su idea de que el hombre es más valioso que “las armas, los tanques y los aviones de combate”, y también se nos informa de su participación en la epidemia de ébola de Reston, en Virginia, mientras trabajaba en Fort Detrick (episodio para el que el autor del libro nos remite a otro autor, Richard Preston, en su libro “The Hot Zone”, que a su vez explica el brote, provocado tras la importación desde las Filipinas <del>y el negligente manejo</del> de cien monos en 1989). Sin embargo, el nombre de Huxsoll debe ser conocido para muchos: el coronel dirigió dos de los equipos de inspección de armas biológicas de la <span class="caps">ONU</span> en Iraq a principios de los 90. Y en junio del 2000, Huxsoll fue nombrado como director del programa de Plum Island, una pequeña isla frente Orient Point, en la punta de Long Island, desde donde se acusa al Pentágono de haber propagado virus importados del África en suelo estadounidense. <br />
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[16] Declaraciones de David Huxsoll publicadas por el Philadelphia Daily News el 18 de febrero de 1987. <br />
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[17] Ver el artículo que causó controversia en <a href="http://www.nytimes.com/2008/03/20/opinion/20kristof.html?scp=1&amp;sq=obama%20and%20the%20race&amp;st=cse">The New York Times el 20 de marzo de 2008</a>.<br />
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[18] El nuevo material (y muchos textos publicados antes de 2008)  fue escrito por diversos autores (muchos médicos, y entre los que se encuentran varios premios Nobel) como Debbie Bookchin, Andrew Goliszek, los médicos Robert Strecker y Ted Strecker, Alan Cantwell, William Campbell Douglas (“Médico del año 1985” de la Federación Nacional de la Salud de Estados Unidos), el británico John Seale, el coronel retirado del ejército estadounidense Thomas E. Bearden, el profesor de Harvard Leonard Horowitz, entre otros. <br />
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[19] Esta historia, que aparece en muchos libros e investigaciones, está mejor narrada por el doctor Alan Cantwell, cuyos libros pueden verse en la página su casa editorial: <a href="http://ariesrisingpress.com/books/">http://ariesrisingpress.com/books/</a><br />
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[20] “Quest for Killers” de June Goodfield, publicado por Birkhäuser Boston en 1985.<br />
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[21] Muchas de las supuestas pruebas aportadas para sustentar la teoría oficialmente aceptada de que el sida es una “enfermedad antigua” han sido también desvirtuadas. Una de las más prominentes a fines del siglo XX fue la del marino inglés David Carr, quien murió tras una misteriosa complicación en 1959. Carr no había estado nunca en África. Sus síntomas, inexplicables entonces, encuadraban en la sintomatología del <span class="caps">VIH</span>. Sin embargo, hacia 1995, el genetista más importante de Estados Unidos, David Ho, analizó la sangre de Carr y concluyó que “la prueba no provenía de una sola persona sino de al menos dos individuos” según el artículo publicado en The New York Times el 4 de abril de 1995. En enero de 1996, quienes habían ofrecido las pruebas (Andrew Bailey y Gerald Corbitt) alegaron posible contaminación de las mismas, y en una carta publicada en la revista Lancet, admitieron “Hemos concluido por tanto que no hay evidencia que indique que el paciente de Manchester portaba el virus <span class="caps">VIH</span> en 1959”. Igualmente, sobre las muestras aportadas por el Congo situadas entre 1959 y 1960, existe duda sobre la veracidad de ellas.  Otro caso notable fue el de “Robert R”, un joven afroamericano de 15 años quien en 1969 llegó al St. Louis City Hospital con un fuerte caso que ha sido descrito como sarcoma de Kaposi. En 1984, investigadores llegaron a la conclusión que el chico era portador del virus del sida y en 1987 científicos del Tulane University School of Medicine confirmaron la presencia de <span class="caps">VIH</span>-I en sus tejidos conservados. Sin embargo, en 1999 el periodista Edward Hooper realizó una investigación detallada de la vida de Robert R y concluyó, con suficientes pruebas científicas, que el sarcoma de Kaposi no está exclusivamente relacionado con el sida (puede ser genéticamente heredado) y que el método utilizado en 1987 por los científicos para verificar la presencia del virus arrojaba a menudo “falsos positivos”. Otros casos, siendo el más sólido el del marinero noruego Arvid Noe y su familia fallecida en 1977, podrían tarde o temprano desvirtuarse.  <br />
Una página web seria, dedicada por médicos e investigadores prestigiosos que se han denominado “disidentes” de la versión oficial del <span class="caps">VIH</span>/sida es: <a href="http://www.virusmyth.com">http://www.virusmyth.com/</a>.</p>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/historiasocultas/19991/-un-asesino-artificial</link>
		<pubDate>Fri, 04 Mar 2011 09:45:00 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Max Vergara Poeti</dc:creator>
		<guid isPermaLink="false">tag:librodenotas.com,2011-03-03:77c262b7562572606450a68115f67ab6/ce5de7cb7a81836ca9c3e91de04dee57</guid>
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