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	<title type="text">Libro de Notas - Oscuro</title>
	<subtitle type="text">diario de los mejores contenidos de la red en español</subtitle>
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	<updated>2022-09-06T17:49:23Z</updated>
	<author>
		<name>Marcos Taracido</name>
		<email>&#109;&#97;&#114;&#99;&#111;&#115;&#116;&#97;&#114;&#97;&#99;&#105;&#100;&#111;&#64;&#103;&#109;&#97;&#105;&#108;&#46;&#99;&#111;&#109;</email>
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	<entry>
		<author>
			<name>John Tones</name>
		</author>
		<published>2013-08-21T22:00:30Z</published>
		<updated>2013-08-22T08:26:13Z</updated>
		<title type="html">Magía de cerca, parte 6</title>
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		<category term="Literatura" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>&nbsp;&nbsp;El cadáver de Ágreda no presentaba signos de violencia, salvo la cuenca vacía del ojo, ya completamente reseca y cicatrizada, y los restos de la paliza que Oscuro le había propinado la noche anterior. Pero aquella no había sido una muerte no había sido plácida. Las sencillas protecciones que antes flotaban en el viciado aire del apartamento se habían esfumado, y de ellas solo quedaba esa discreta luminosidad azul que tan fácilmente se podía confundir con un caprichoso espejismo lumínico. Ágreda yacía en su cama, casi sin deshacer, en una postura que cuando llegara la policía haría descartar el asalto al piso, pero en la que el viejo mago supo ver discretas y silenciosas señales del ritual más viejo de la humanidad: la advertencia.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;Los rizos rubios del chico reposaban sobre la almohada, pero un par de cabellos ondulados cubrían en transversal los párpados del cadáver. La orientación de éste parecía fortuíta, pero la extraña diagonal que dibujaba con respecto al colchón apuntaba claramente al sur. El talón del pie izquierdo reposaba sobre el tobillo derecho. Oscuro se arrodilló para corroborar que una sustancia negra, pestilente y demoniaca, con un inconfundible aroma a lejía y que habría desaparecido para cuando llegara el forense, cubría las plantas de los pies del muchacho. Las leves pero muy precisas heridas en el pene, las axilas rasuradas, el ombligo oculto tras un tejido rosado cuyo origen conocía a la perfección&#8230; el cadáver era poco menos que un neón anunciando una futura tormenta mística en Madrid.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;A las cuatro y media de la madrugada solo permanecían en el Zelator aquellos que lo usaban como tapadera o como refugio. Atravesó la puerta de entrada sin prestar atención al guardia, musitando la contraseña que se precisaba para entrar a las tantas de la madrugada. Rodeó con pasos minúsculos, olisqueando el ambiente, el taburete de costumbre.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Has vuelto -observó el camarero con una sonrisa.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Sí.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;Su licor volvía a estar sobre la barra.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-La niña pagó lo tuyo.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Ya.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;Oscuro engulló el vodka, notó las llamaradas húmedas del alcohol abriéndose paso entre los cortes de los labios.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Ya -repitió, y empujó el vaso vacío con el índice.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;Cuando volvía a casa una hora después, a paso ligero para rascarle algo de penumbra al inminente amanecer, se encontró con Laura Beiral en una de las calles que eternizan la inmensa cuesta arriba que es el centro de Madrid. La miró fijamente durante unos segundos, y luego la esquivó como si no la conociera.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Oscuro.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Qué.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Eso. Qué.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;Oscuro se detuvo, miró a las grietas en el asfalto y a los rascacielos que se erguían al otro lado de la Castellana.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Laura. Tienes algo que decirme o me voy a dormir. Llevo una semana un poco de mierda, como sabrás perfectamente.<br />
&nbsp;&nbsp;-Tienes que tener en cuenta que a veces nuestros actos obedecen&#8230;<br />
&nbsp;&nbsp;-Mira, no me vengas con los cuentos de &#8220;un bien más elevado&#8221; que le sueltas a críos como el que me enchufaste para que me vigilara en casa de Ágreda. A ellos igual les puedes hipnotizar con tus manuales esotéricos de saldo. Yo ya estoy mayor.</p>

	<p>Laura Beiral suspiró y buscó un paquete de tabaco en el bolso. Le tendió un cigarrillo a su empleado, que se sentó pesadamente sobre el capó de un coche que tenía caligrafiados versículos obscenos en el parabrisas.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Ya sabes cómo nos tomamos las amenazas directas. </p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Lo sé.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-¿Sabes por qué esa tipa está en la cárcel?</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Mató a una chiquilla en un supuesto exorcismo.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Sí. Pero era un exorcismo real.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;Oscuro entornó los ojos.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Siempre que algo de esto sale mal, Oscuro, la prensa opta por difundirlo apoyándose en problemas mentales, analfabetismo, histeria colectiva&#8230; y si en algún caso un medio tiene los conocimientos, prefiere silenciarlo por prudencia.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-O&#8230; </p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-O nosotros nos encargamos de que se silencie. Pero sí: en un elevado porcentaje de ocasiones, los exorcismos que salen mal, asesinatos rituales, invocaciones demoniacas, espíritus dañinos y posesiones esporádicas&#8230; es poesía áspera para denominar la psicopatía homicida, la paranoia agresiva, las alucinaciones extremas o el simple perder los estribos de toda la vida.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Pero.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Pero.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;Oscuro recordó con un escalofrío la masacre de Newcastle en los ochenta, y cómo colaboró en la investigación y posterior ocultación al público: un hechicero inexperto del que desde entonces solo se hablaba entre susurros, una niña receptiva al ominoso tañir de lo sobrenatural, algo de histeria horneada durante meses&#8230; las imágenes de cuerpos abatidos, profanados por armas blancas, inertes en poses imposibles, muertos tras haber contemplado un horror indescriptible habían inundado la prensa local durante meses. Y estuvieron abiertas a múltiples interpretaciones mientras duró el agónico periodo de investigación. Se habló de sectas destructivas y de abuso de drogas, de delirios de grandeza y de rituales impíos, pero no de una criatura de tres metros de altura, con crines del grosor de cables de teléfono y un aliento fétido como un cóctel de gasoil y plátanos podridos saliendo de las entrañas de una niña inocente.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Postigo, Sonia Postigo, la lideresa de la secta&#8230; &mdash;repuso Oscuro después de que sus recuerdos se esfumaran&mdash; realmente se comunicaba con Ágreda desde la cárcel, ¿no?</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Posiblemente, de hecho, y por lo que sabemos, le controlaba desde allí. Ágreda era incapaz de invocar al monstruo que te atacó. Pero a través de él, Postigo, desde la cárcel&#8230;</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Me has usado de señuelo.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Te he usado como el único miembro de la organización que puede enfrentarse a un íncubo de ese tamaño y salir indemne&#8230;</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;Oscuro dio su última calada y dio un paso hacia su jefa.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Y sobre todo, salir tan cabreado como para cantarle las cuarenta a Ágreda, ¿no?</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Lo dices como si hubiera estado todo planeado. Sabíamos que Postigo le controlaba desde la cárcel. Sabíamos que te atacaría y que responderías.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Y sabíais que así teníais la excusa para liquidarlo.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Para enviar un mensaje a esa guarra.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;Oscuro miró hacia los primeros rayos de sol, que resbalaban entre los edificios como orín ácido y verdoso de gárgola.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Estoy hasta los huevos de vuestros duelos mágicos y vuestro exhibicionismo teatral. Estoy harto de ver cómo  sacáis conejos rabiosos de vuestras chisteras. Pero sobre todo, estoy harto de tener la sensación de que hay muchas, muchísimas más cosas fuera de control de las que yo creía cuando entré en la organización. </p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Oscuro&#8230;</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-¿Sabes lo de llevar cuidado con el perro?</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;Se giró hacia su portal y echó a andar.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;-Pues es con tu propio perro con el que vas a tener que acabar teniendo cuidado.</p>

	<p>&nbsp;&nbsp;Laura miró cómo Oscuro maldecía camino de su casa. Antes de dirigirse a la oficina, como cada mañana, recogió del suelo la chamuscada colilla del cigarro que había estado fumando aquel perro rebelde y peligroso.</p>

	<p><img src="http://librodenotas.com/images/3777.jpg" width="550" height="415" alt="Oscuro" /></p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p><div class="fotoldn"><img src="http://librodenotas.com/images/3777t.jpg" alt="Oscuro" /></div>El cadáver de Ágreda no presentaba signos de violencia, pero Oscuro sabía que su muerte no había sido plácida. Las sencillas protecciones que antes flotaban en el viciado aire del apartamento se habían esfumado, y de ellas solo quedaba esa discreta luminosidad azul que tan fácilmente se podía confundir con un caprichoso espejismo lumínico. Ágreda yacía en su cama, casi sin deshacer, en una postura que cuando llegara la policía haría descartar el asalto al piso, pero en la que el viejo mago supo ver discretas y silenciosas señales del ritual más viejo de la humanidad: la advertencia.</p>]]></summary>
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		<author>
			<name>John Tones</name>
		</author>
		<published>2013-08-07T22:14:15Z</published>
		<updated>2013-08-07T22:15:55Z</updated>
		<title type="html">Magia de Cerca, parte 5</title>
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		<content type="html"><![CDATA[<p style="padding-left:2em;">&#8212;Qué tal.</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Jaime.</p>

	<p>Oscuro se deslizó hacia el interior del Zelator saludando a los rincones en penumbra, mientras aún sentía la mirada del portero en su clavícula. Su asistencia diaria al local no impedía que el inmenso guardia, medio resucitado de entre los muertos, trofeo del dueño del local y advertencia para los despistados, lo escudriñara a diario en busca de baratijas gnósticas que comprometieran la seguridad del bar. Oscuro se acomodó en la barra pensando, como cada noche, que a pesar de todo, en pocos lugares de Madrid podía sentirse más seguro: ya no se trataba solo del calibre de las protecciones que aseguraban que el recinto era prácticamente hermético a la magia, sino de la actitud de quienes lo frecuentaban. Aunque muchos de los clientes que le observaban avanzar hacia la barra le tenían juradas peores perrerías que una muerte consagrable, el Zelator era neutral. El Zelator era el lugar más seguro de Madrid.  </p>

	<p>Mientras Oscuro aguardaba la llegada de su bebida, echó un cansado vistazo a su alrededor. Solía entretenerse adivinando quién le mandaba desde la penumbra maldiciones pomposas e inofensivas. Vio a Gutiérrez Alonso, o como ominosamente le gustaba que le llamaran, El Carnicero de Atocha, un inútil que usaba la magia exclusivamente para empalmarse y para asustar a las viejas que iban adormiladas a la primera misa del domingo. Al fondo, junto a las puertas del baño estaba, una noche más, Zoormano, un inofensivo veterano de la escena gótica de Madrid que llevaba décadas intentando enemistarse con los Altos Poderes de la ciudad, demasiado ocupados como para prestar atención a alguien cuyo nombre era un anagrama fallido de &#8220;zamorano&#8221;, gentilicio que delataba desde dónde había llegado veinte años antes buscando fortuna. Oscuro se sentía, a pesar de todo, cómodo entre esos nigromantes de tebeo y matones al servicio de poderes que nunca comprenderían del todo. Como él mismo.</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Qué tal, Oscuro.</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Aquí, lamentándome.</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Vaya cosa.</p>

	<p>Eva sonrió al veterano mago mientras se apoyaba en su hombro y se acomodaba en el taburete contiguo. El camarero de rostro mestizo y masacrado por caligrafías arcanas, inquirió a la chica con un gruñido.</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Un gin-tonic- pidió, jovial.</p>

	<p>El camarero se giró pesadamente hacia el mueble bar.</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;He oído que has estado atareado estos últimos dias.</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Mierdas de diversa consideración.</p>

	<p>Eva acarició la gruesa hendidura con la que las zarpas de la criatura enviada por Sebastián Ágreda había marcado el rostro de Oscuro.</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Ya veo. Unas más profundas que otras, ¿no?</p>

	<p>Oscuro se humedeció el paladar con su vodka templado.  </p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Ha sido una semana muy extraña.</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Bueno, a mí me lo puedes contar.</p>

	<p>Oscuro dejó escapar una sardónica risilla entre dientes, consciente de la auténtica raíz de las atenciones de su acompañante. Eva Rivera llevaba ya una década como turista. Empezaba a estar harta, no sin razón, del despectivo epíteto que los ocultistas veteranos dedicaban a quienes, cómo ella, aún carecían de mentor oficial. Oscuro sabía que las atenciones y los mimos que le dedicaba la inteligente treintañera buscaban su aprobación y un apoyo futuro, pero ya no sabía cómo decirle que estaba muy lejos de querer un nuevo discípulo. Por muy sobrado de capacidades que estuviera. </p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Va, cuéntame. </p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;No vale la pena&#8230;</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Obviamente carezco de tu experiencia, Jaime. Pero quizás no te venga mal otro punto de vista.</p>

	<p>Llegó el gin-tonic. El comité de bienvenida de Eva consistió en un sorbito y una sonrisa de oreja a oreja.</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Va, sabes que&#8230; </p>

	<p>Oscuro señaló el techo con el dedo índice para pedirle silencio, y después le contó sus tres últimos días, pasando de puntillas por los elementos sobrenaturales y las motivaciones ultraterrenas, como si toda aquella pesadilla no hubiera sido más que un rancio ajuste de cuentas entre bandas rivales de una película en blanco y negro. Cuando las palabras se le agotaron, casi al tiempo que el licor ruso, seguía tan convencido como antes de desgranar los detalles de que había un móvil temible y desoladoramente humano detrás de todo ello. </p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;¿Crees que ese Ágreda es más de lo que parece?</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;No. Alguien lo está usando.</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;¿Para canalizar la magia? </p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Puede que como cabeza de turco.</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Pero tú mismo has dicho que no tiene ninguna importancia.</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Sí. Pero si no está mintiendo y si de algún modo puede comunicarse con Postigo, la lideresa del culto, sería perfecto para&#8230;</p>

	<p>Los gestos del zamorano, en el otro extremo del local, parecían ir a cámara lenta.</p>

	<p style="padding-left:2em;">&#8212;Para&#8230;</p>

	<p>Oscuro se puso en pie de un salto, trastabillándose con el taburete, musitando una disculpa a la joven.</p>

	<p>Salió a la calle y el asfalto de Madrid, en plena madrugada, ardía con llamaradas azules y verdes que salían de las alcantarillas y que solo él podía ver. Echó a correr hacia el norte, maldiciendo a dioses olvidados, consciente de que era demasiado tarde para el infeliz de Sebastián Ágreda.  </p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>Mientras Oscuro aguardaba la llegada de su bebida, echó un cansado vistazo a su alrededor. Solía entretenerse adivinando quién le mandaba desde la penumbra maldiciones pomposas e inofensivas. Vio a Gutiérrez Alonso, o como ominosamente le gustaba que le llamaran, El Carnicero de Atocha, un inútil que usaba la magia exclusivamente para empalmarse y para asustar a las viejas que iban adormiladas a la primera misa del domingo.</p>]]></summary>
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		<author>
			<name>John Tones</name>
		</author>
		<published>2013-07-22T19:56:38Z</published>
		<updated>2013-07-23T08:25:46Z</updated>
		<title type="html">Magia de cerca, parte 4</title>
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		<category term="Literatura" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>La consciencia volvió a patalear en el estómago de Sebastián Ágredad cuando Oscuro, cansado de esperar, le rebanó la yema del meñique izquierdo con una navaja de bolsillo. Despertó con un alarido ininteligible y escupió algo de sangre que permanecía a medio coagular en su traquea desde hacía horas, justo antes de enfocar la vista y distinguir a Oscuro sacudiéndose el rojo de la mano.</p>

	<p>Miró apresuradamente a su alrededor. Estaban en un habitáculo de paredes equidistantes a unos seis metros entre sí. En el techo, a unos tres metros de altura, parpadeaban unos tubos fluorescentes. Todo estaba cubierto de una especie de aluminio esponjoso. Oscuro miraba fijamente al joven, que daba tirones a las esposas que le mantenían sujeto a la silla metálica donde estaba sentado.</p>

	<p>–¿Ya? –preguntó Oscuro incorporándose.</p>

	<p>–¿Dónde&#8230;? </p>

	<p>–En una cámara de aislamiento total. En términos terrenales, un trastero insonorizado en las afueras de Madrid. Adicionalmente, un espacio protegido por varios pactos de aislamiento absoluto. Lo que quiere decir que estamos fuera del alcance de cualquier curioso de la Tierra, el Cielo o el Infierno. </p>

	<p>Ágreda tragó saliva.</p>

	<p>–Pero&#8230; pero qué&#8230;</p>

	<p>–Voy a preguntar yo, si te parece. Porque hay demasiadas cosas que no entiendo en lo que me ha ido pasando en los últimos días.</p>

	<p>El mago dio un par de zancadas hacia Ágreda y tiró a sus pies la muñeca de madera que le había dado Berial hacía tres días.</p>

	<p>–Hace unas semanas dejaste esta mierda en el bolso de una de mis jefas. Le robaste un foulard y usaste tu propio cabello para un conjuro de alcance, digamos, simbólico.</p>

	<p>–No&#8230; yo&#8230; </p>

	<p>Oscuro descargó la palma de su mano sobre el cuello de Ágreda. </p>

	<p>–¿Me vas a negar que este es tu pelo, ricitos? </p>

	<p>Colocó el muñeco de madera junto a la cabeza de su prisionero y el cabello de ambos se fundió perfectamente. Oscuro tomó un pequeño impulso con la mano y lo estrelló contra la mejilla de Ágreda. Antes de dejarle gemir, le rodeó el cuello con sus enormes dedos, delineados por cicatrices azuladas y místicas. </p>

	<p>–Lo que debería tenerte acojonado no es un demonio capaz de entrar en mi zona de sueño, que yo consideraba prácticamente inexpugnable, sino algo que está por encima de mí.</p>

	<p>Oscuro dio un paso atrás, dejando respirar a su prisionero.</p>

	<p>–Y de tu jefa.</p>

	<p>Tras unos segundos transpirando sonoramente, Ágreda consiguió articular un gruñido de interrogación.</p>

	<p>–Estaba claro, Sebastián. Tú no tienes la preparación para un trabajo como éste, y sobre todo, no tienes la prudencia que echaría a cualquiera atrás a la hora de tocarle los huevos a mis superiores. Pero ni siquiera son mis superiores los que deberían preocuparte. ¿No te has dado cuenta de esto?</p>

	<p>Oscuro se inclinó frente a Ágreda e introdujo el pulgar en la cuenca vacía de su ojo derecho. Palpó con la yema toda la cavidad circular, rebañando un viscoso líquido blanco. La cuenca exhalaba un ligero olor agrio, sin relación con ningún proceso físico natural. Oscuro sacó el pulgar del interior de la cabeza de su prisionero, que le miraba como si su ojo sano se fuera a caer de la órbita, y le restregó el pulgar por la punta de la nariz, dejándole un desagradable moquillo blanquecino.</p>

	<p>–No te habías dado cuenta de esta mierda, ¿verdad? Tienes media cara podrida, estás hecho un cromo. Toca, tócate. No sangras. Una necrosis te ha reventado todas las terminaciones nerviosas de la cuenca del ojo derecho. Un cáncer óseo místico, si quieres.</p>

	<p>Oscuro se metió la mano en el bolsillo y sacó un pañuelo con los extremos anudados.</p>

	<p>–Ah, esto –dijo, mostrando al desdoblar el pañuelo un ojo que había perdido su forma esferica. Algunas zonas del globo ocular tenían un color morado repulsivo y cerca del iris supuraba unas gotas de sangre rosada.</p>

	<p>Oscuro lanzó el ojo al suelo y lo aplastó con la punta del pie. Ágreda dejó escapar un aullido desgarrador, interrumpido por unas arcadas espásticas y sin contenido. Después se meó en los pantalones.</p>

	<p>–Podemos seguir jugando a los magos o me puedes contar qué pretende tu jefa con todo esto.</p>

	<p>–Sonia.</p>

	<p>Oscuro recordó su primera conversación con Beiral. Sonia Postigo era el único enlace de Ágreda con lo esotérico, mediante una secta andaluza de tres al cuarto creada para sangrar a unos cuantos crédulos y, posiblemente, somatizar las necesidades de dominación sexual de su líder.</p>

	<p>–Está en la cárcel. Mató a una menor de edad en un exorcismo barato, ¿te acuerdas?</p>

	<p>–Se ha comunicado con varios de los que no fuimos a la cárcel porque no participamos en aquello, o con quienes los análisis psicológicos dictaminaron que no éramos peligrosos.</p>

	<p>–Un momento: ¿habéis ido a visitarla a la cárcel?</p>

	<p>Ágreda negó con la cabeza. </p>

	<p>–Déjame que te lo pregunte con total franqueza, zumbado –dijo Oscuro–: ¿has estado oyendo voces en tu cabeza de un tiempo a esta parte?</p>

	<p>Oscuro se dirigió al respaldo del asiento y comenzó a desatar a su prisionero. No era más que otro caso de aprendiz de nigromante de saldo. </p>

	<p>–No la conozco de nada.</p>

	<p>–¿Perdón? –dijo Oscuro.</p>

	<p>–No habia oído hablar de Laura Beiral en mi vida.  </p>

	<p>Puede que fuera cierto. Puede que Ágreda hubiera descubierto quién era Beiral durante su estancia en la secta. Era poco probable, teniendo en cuenta cómo Beiral y los suyos borraban cada paso que daban, pero no imposible. Puede que, simplemente, Ágreda hubiera mordido más de lo que podía tragar.</p>

	<p>–Creo que con esto –dijo Oscuro señalándole la cuenca vacía del ojo– tienes claro que estás de mierda hasta el cuello. Te voy a decir lo que creo que ha pasado: alguien te metió en la cabeza que asustar a Beiral podía reportarte beneficios en la magia, y la atacaste. Te recomiendo que te lo pienses dos veces antes de repetir estos truquitos.</p>

	<p>Ágreda se puso en pie, acariciándose las muñecas.</p>

	<p>–Solo una cosa –dijo Oscuro–: ¿cómo me devolviste el demonio onírico? ¿De dónde sacaste ese recurso? ¿Quién te ha hablado de mí?</p>

	<p>–No había oído hablar de ti en mi vida.</p>

	<p>Oscuro miró a Ágreda al ojo sano, como si también le hubiera desaparecido de la cuenca del cráneo. El joven se señaló la sien con gesto despreocupado.</p>

	<p>–Postigo.</p>

	<p>Oscuro le dejó salir de la sala. Tenía la boca seca y una molesta sensación en las manos, como si se le hubieran dormido los dedos.</p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>La consciencia volvió a patalear en el estómago de Sebastián Ágreda cuando Oscuro, cansado de esperar, le rebanó la yema del meñique izquierdo con una navaja de bolsillo. Despertó con un alarido ininteligible y escupió algo de sangre que permanecía a medio coagular en su traquea desde hacía horas, justo antes de enfocar la vista y distinguir a Oscuro sacudiéndose el rojo de la mano.</p>]]></summary>
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		<author>
			<name>John Tones</name>
		</author>
		<published>2013-07-07T08:56:18Z</published>
		<updated>2013-07-07T13:46:45Z</updated>
		<title type="html">Magia de cerca, parte 3</title>
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		<category term="Literatura" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>El callejón se extendía hacia el infinito, como cada noche, trazando una levísima pendiente de ascenso. En la acera de la izquierda, junto al contenedor de basura azul, parpadeaba un neón con el nombre del primer mentor de Oscuro. En la de la izquierda estaban su coche, la puerta de entrada de su casa y el baúl vacío. Flotaba unos centímetros por encima del suelo el vetusto sofá inexistente con el que Oscuro soñaba cada noche desde hacía más de treinta años. Se sentó en el cojín de la izquierda, como si su trasero pudiera trazar alguna especie de simbología onírica situacional, y observó el muro que frenaba el callejón infinito y que brotaba del suelo siempre que tomaba asiento. </p>

	<p>Contempló, como cada noche, las irregularidades de los ladrillos del muro. Conocía cada grieta, cada piedrecilla desprendida, cada matiz de color y cada rugosidad fortuita. Sabía cuántos bloques de arcilla naranja conformaban el muro, trescientos sesenta y dos, y qué código silencioso seguían en su ubicación. Conocía los patrones con los que aquel muro le había permitido dialogar consigo mismo, y cuando esa noche se vino abajo a causa del devastador zarpazo de la criatura, su destrucción la sintió en el estómago y los pulmones, como si le hubiera alcanzado un mal de ojo salido de un grimorio medieval. </p>

	<p>El monstruo tenía cuerpo de lagarto, una cola con pinchos de dinosaurio de cuento infantil y ojos de hombre. Bajo estos vibraba una trompa de insecto poblada de vello negro, que se rizaba y retorcía siguiendo los bufidos de la criatura. Sacudió las zarpas superiores con violencia para desembarazarse de los restos de cascotes del muro imaginario y con un gesto desafiante se frotó sin deseo unos genitales que no eran humanos. Rugió con un chillido grave y confuso que provocó una arcada de pánico a Oscuro, y se abalanzó sobre el sofá con la trompa haciendo eses y escupiendo mocos y pánico.</p>

	<p>Oscuro se incorporó, enredado en las sábanas sucias y sudadas de la cama y abrazó a la oscuridad, jadeando y dejando escapar media docena de palabrotas prohibidas para los humanos. Sabía que el demonio estaría allí, agazapado en la penumbra de su cuarto, esperando un instante en el que dejara de susurrar protecciones para saltarle a la yugular.<br />
Oscuro calló.<br />
Lo vio, jadeando entre la vitrina de las reliquias y el armario ropero. Los ojos refulgían en la oscuridad, la trompa de insecto vibraba rítmicamente y se podía oir el clic-clic de las babas cayendo sobre el parqué. Sus patas traseras, flexionadas como las de un felino, se estiraron y catapultaron a la criatura hacia su víctima.</p>

	<p>–¡Darga lumine deterrere! –gritó Oscuro, dibujando en el aire, con el meñique de la mano izquierda, la caligrafía de una críptica orden antinatural.</p>

	<p>Una luz blanca e imposible se desplegó por la estancia, brotando de los ojos y la boca de Oscuro. La criatura se abrazó aullando a su propio rostro y trastabilló, golpeando su parodia de mandíbula de reptil con la pata de la cama. Sin darle tiempo a reaccionar, el mago se inclinó levemente hacia el cabecero para agarrar la lámpara de latón y fieltro y la empuñó como un cuchillo carnicero. Reventó la pantalla y la bombilla contra la sien izquierda del monstruo, que respondió pataleando, con un gimoteo infantil.</p>

	<p>Sin darle tiempo a reaccionar, Oscuro saltó sobre su inesperado visitante y se sentó en su pecho a horcajadas. Descargó varios codazos en pleno hocico del ser que yacía en la alfombra y, trazando un arco sobre su cabeza, le golpeó con los nudillos en las sienes.</p>

	<p>–¡Qué quieres! ¡A qué cojones has venido!</p>

	<p>En circunstancias normales no se molestaría en hablar a una criatura de origen claramente místico como esta, pero Oscuro sabía que aquella quimera tenía una génesis indiscutiblemente humana. El monstruo pataleaba y rugía, lanzando a la cara de Oscuro por boca y nariz una asquerosa bilis translúcida. Éste siguió golpeando rítmicamente la tráquea que tenía junto a las rodillas, inclinándose entre golpe y golpe hacia atrás para que el monstruo no pudiera recuperar el aliento. Oscuro sabía que no tendría demasiadas oportunidades en un combate justo si su rival se recuperaba. Tenía que tomar una decisión rápida.</p>

	<p>Oscuro palpó la zona inferior del ojo derecho del monstruo, bajo un párpado áspero como una lija, y presionó hasta que dejó de patalear.</p>

	<p>-Sabes lo que pasa si te saco ese ojo de gilipollas humano que tienes, ¿no?</p>

	<p>Apretó un poco más y la bestia aulló. El globo ocular estaba poniéndose morado, y la pupila se empañaba con lágrimas grises, demoniacas.</p>

	<p>–Lo que me puede decir ese ojo te lo voy a sacar por las buenas o por las malas. ¡De un modo u otro! ¡Habla, joder!</p>

	<p>Revolviéndose con inesperada ferocidad y ayudándose con las patas traseras, la criatura rugió y lanzó a Oscuro contra el ropero. Se incorporó de un salto mientras se protegía la cara con una zarpa. Oscuro sacudió la cabeza para espabilarse, pero cuando consiguió enfocar la vista, solo llegó a ver la cola del monstruo golpeando los cristales de la ventana y siseando por la fachada del edificio, en dirección a la terraza. Tranquilamente, se puso en pie y se ajustó la camisa del pijama.</p>

	<p>Se miró la palma de la mano. Sonrió al contemplar, tembloroso y humano, el ojo derecho de aquella criatura de pesadilla.</p>

	<p><center><img src="http://librodenotas.com/images/3724t.jpg" alt="oscuro" /></center></p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>El monstruo tenía cuerpo de lagarto, una cola con pinchos de dinosaurio de cuento infantil y ojos de hombre. Bajo estos vibraba una trompa de insecto poblada de vello negro, que se rizaba y retorcía siguiendo los bufidos de la criatura. Sacudió las zarpas superiores con violencia para desembarazarse de los restos de cascotes del muro imaginario y con un gesto desafiante se frotó sin deseo unos genitales que no eran humanos.</p>]]></summary>
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		<author>
			<name>John Tones</name>
		</author>
		<published>2013-06-21T09:41:52Z</published>
		<updated>2013-06-21T13:24:26Z</updated>
		<title type="html">Magia de cerca, parte 2</title>
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		<category term="Literatura" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>«Yo siempre miento y siempre tengo razón y un pequeño defecto al hablar» divagaba la letra de un pegadizo tema de rock clásico desde la radio del automóvil de Oscuro. Ignacio Duarte contemplaba como, de algún modo, las líneas discontinuas de la carretera que rodeaba Madrid intentaban seguir el compás de la canción. Miró a Oscuro de nuevo y tragó saliva.<br />
–¿Y Oscuro es un apodo o&#8230;?<br />
–Me llamo Jaime Oscuro. –Oscuro giró lentamente la cabeza y escudriñó los ojos de su copiloto–. Nadie tiene muy claro de dónde viene el apellido de mi madre. Mi nombre completo real es Jaime Gutiérrez Oscuro. <br />
–Es&#8230; apropiado.<br />
Oscuro sonrió, sin dejar de mirar la carretera.<br />
–No te imaginas hasta qué punto.<br />
La carretera, a las tres y treinta y cinco de la noche, no parecía tener ni fin ni curvas ni irregularidades. No se habían cruzado con otros coches ni visto apenas señales. Oscuro tomó una salida que les llevó a la zona sur de la ciudad.<br />
–¿Cuánto tiempo lleva trabajando para&#8230;?<br />
–El suficiente para saber que hay preguntas que es mejor no hacer.<br />
Ignacio volvió a mirar al frente. La monótona carretera que circunvalaba la ciudad había quedado atrás y ahora la calle jugaba al ping pong con sus propias tripas de cemento gastado. Árboles clavados en las aceras como mondadientes en una tortilla servían de puntos de encuentro, a un lado y otro de la calzada, para prostitutas, yonquis, borrachos y universitarios. Oscuro dejó caer la mirada por su propia ventanilla.<br />
–Escucha, chaval –Oscuro le dio un manotazo al intermitente y comenzó a girar a trompicones por una rotonda–: no te lo tomes a mal, pero no estás aquí por elección mía. Eres una imposición de Beiral, y si ambos tenemos claro que ese es exactamente el motivo por el que has venido, la noche transcurrirá sin incidentes. ¿Entendido?<br />
Ignacio asintió, rascándose la barbilla y viendo surgir ante ellos el edificio donde vivía Sebastián Ágreda. Tras aparcar a unos metros de la entrada del edificio de hormigón colorado, Oscuro apagó el motor del coche. El ronroneo del motor alemán se disipó bajo el asfalto con un jadeo. Tras unos segundos eternos mirando el portal, Ignacio se atrevió a volver a hablar a su superior, una esfinge calva con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento y en total oscuridad.<br />
–¿Vamos a&#8230;?<br />
–Silencio.<br />
Ignacio se estiró en el asiento. Tras cuatro largos minutos en los que comenzó a temer que podría quedarse dormido en el coche si la noche seguía teniendo aquellas trazas, Oscuro arrancó las llaves del contacto con un gesto rápido y abrió la puerta. <br />
–Vamos.<br />
Ignacio bajó de un salto y cerró la puerta tras él. Oyó el bip de la cerradura de seguridad y apretó el paso para ponerse a la altura de Oscuro. Justo cuando lo alcanzó, un hombre de cuarenta y tantos con bigote y bufanda y acompañado de un ridículo cachorro de chihuahua dobló la esquina de la manzana, encaminándose hacia la puerta. Como en una coreografía, los recién llegados alcanzaron al portal cuando el hombre introducía la llave en la cerradura. Oscuro sacó las del coche y las sostuvo a la vista.<br />
–Buenas noches. Hace frío, ¿eh?<br />
El hombre miró los abrigos de los recién llegados, sostuvo la puerta para que entraran al portal y apretó el paso en dirección a un patio interior.<br />
–¿Encuentras las llaves del piso de Sebastián o qué, chaval?<br />
La mirada de Oscuro llevó a Ignacio a fingir que se buscaba en el abrigo un llavero, aunque el hombre del perro ya estaba abriendo la puerta de su casa más allá del patio interior.<br />
–Vamos. Tercer piso –ordenó Oscuro tirando de su manga hacia la escalera.<br />
El rellano estaba en penumbra. Oscuro se arrodilló frente a la primera puerta a la izquierda.<br />
–Salvo que la casa esté protegida –dijo, entre susurros–, que yo desde luego no percibo nada, con una invocación de llave debería bastar para abrir. ¿Me puedes dar algo de luz? Necesito ver bien la cerradura.<br />
-Claro. ¿Quieres un sortilegio de fuego o te basta con&#8230;?<br />
Oscuro se volvió hacia el joven y se incorporó con parsimonia, rascándose el ojo izquierdo con una mueca de desagrado. A pesar de que sacaba dos cabezas a aquel viejo de cabeza afeitada y barba irregular, Ignacio retrocedió un par de pasos según se le acercaba, como si el aire del descansillo le empujara hacia la puerta del vecino.<br />
Oscuro estiró el brazo izquierdo hasta tocar, junto al hombro de su compañero, el interruptor de la luz de la planta en la que estaban. El descansillo se iluminó con un chasquido. <br />
–Céntrate –musitó–. Y guárdate los truquitos para cuando hagan falta.<br />
Oscuro volvió a arrodillarse ante el ojo de la cerradura. Masculló unas fórmulas mientras Ignacio se asomaba, nervioso, al hueco de la escalera o intentaba detectar sonidos sospechosos tras las puertas de los vecinos. Un pequeño crujido de la puerta devolvió su mirada al piso de Ágreda. Del recibidor salía un olor a madera y ambientador extraño y desagradable. Oscuro le hizo un gesto para que entrara en silencio. <br />
Cerraron la puerta detrás de sí. El experimentado brujo volvió a mascullar entre dientes fórmulas en un idioma prohibido. El tiempo se ralentizó durante un microsegundo, el suficiente como para que Ignacio viera vibrar el aire a su alrededor, como si hubieran estado dentro de una pompa de jabón que acababa de estallar.<br />
–Puedes hablar. Estamos dentro de una protección rudimentaria, no nos puede ver ni oír.<br />
–¿Ha empleado&#8230;?<br />
–Una mera mención a Beltis. Debe estar durmiendo, no necesitamos más.<br />
Oscuro se asomó a una puerta de doble hoja que daba a un salón desganado con una pequeña televisión de plasma y un sencillo mueble blanco. En él descansaban unos cuantos volúmenes sobre astrología y demonología sin ningún valor. <br />
–Si sus conocimientos están a la altura de su biblioteca, estamos perdiendo el tiempo –dijo Oscuro, subrayando sus palabras con una mueca desganada–. Busca de todos modos algo que nos dé alguna pista sobre su relación con Beiral o con la Hermandad esa andaluza. Yo voy a al dormitorio.<br />
Oscuro entró en la habitación susurrando y se deslizó hasta el lado de la cama en el que dormía Ágreda. Se arrodilló junto a la mesita de noche y colocó la muñeca de madera que le había dado Berial en el suelo, a la altura aproximada de la cabeza del durmiente. Se incorporó, sin dejar de mascullar fórmulas negras e inconexas. <br />
Oscuro oyó una respiración pesada junto a la ventana por la que entraban unos rayos lunares que plateaban toda la estancia. Recostado en una silla de madera, le observaba con ojos muy abiertos y olisqueando la nada un maduro mastín inglés de pelaje ocre.<br />
Oscuro le acarició junto a una oreja, recibiendo a cambio un quejido sumiso. Luego salió del dormitorio entornando la puerta.<br />
–¿Alguna novedad? –preguntó Ignacio.<br />
–Tiene un perro enorme.<br />
–Oh. ¿Ha dado problemas?<br />
Oscuro señaló un espantoso volumen encuadernado en piel negra con letras doradas cuyo lomo rezaba &#8220;Tratado iniciático de necrología&#8221;. <br />
–Alguien que vive en esta casa tiene que cagar junto a las farolas de la calle, pero al menos sabe cuándo le corresponde estarse quietecito. A ver si conseguimos enseñárselo también al otro perro.<br />
Salieron de la casa con precaución para no interrumpir el sueño de Ágreda. Ignacio no volvió a articular palabra en toda la noche.</p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>«Yo siempre miento y siempre tengo razón y un pequeño defecto al hablar» divagaba la letra de un pegadizo tema de rock clásico desde la radio del automóvil de Oscuro. Ignacio Duarte contemplaba cómo, de algún modo, las líneas discontinuas de la carretera que rodeaba Madrid intentaba seguir el compás de la canción. Miró a Oscuro de nuevo y tragó saliva.</p>]]></summary>
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		<author>
			<name>John Tones</name>
		</author>
		<published>2013-06-07T10:08:55Z</published>
		<updated>2013-06-11T10:56:05Z</updated>
		<title type="html">Magia de cerca, parte 1</title>
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		<category term="Literatura" />
		
		<content type="html"><![CDATA[<p>–Cierra la puerta, por favor.<br />
Como cada vez que entraba en el enorme despacho de Laura Beiral, Oscuro sufrió un acceso de timidez que le forzó a mirar al suelo y permanecer junto a la puerta cerrada hasta que la señora le pidió que se acercara, señalando los papeles que sostenía ante ella. <br />
–Siéntate, Oscuro. Dame un minuto, tengo que terminar con esto. ¿Te importa esperar un momento?<br />
Oscuro gruñó con desgana, sabiendo que Beiral le obligaba a tragar con esos fríos seis o siete minutos para martillear su orgullo. Por supuesto, el despacho contaba con algo más que un hechizo de sumisión. Con media docena, probablemente. Pero esta actitud no tenía nada de misteriosa: era pura psicología de jefe y empleado, de dueño y perro guardián. Oscuro se pasó la palma de la mano por la calva. Con cincuenta y tantos cumplidos empezaba a estar mayor para estas monsergas.<br />
Beiral alineó ruidosamente unos cuantos folios golpeándolos por su lado más estrecho contra la mesa de nogal y los colocó en una bandeja de aluminio que tenía junto al ordenador. Oscuro dejó de contemplar la alfombra y alzó la vista hacia los ojos azules severos de su jefa.<br />
–¿Qué sabes de la Comunidad de la Ascensión del Gran Águila?<br />
–Que solo un español sería capaz de cometer una falta de concordancia al ponerle nombre a su culto.<br />
Beiral dejó salir el aire de sus pulmones por la nariz con un sonoro silbido. Oscuro supuso que era la forma de hacerle entender que su cupo de sarcasmos por reunión había sido alcanzado y superado.<br />
–También que es una secta que en su día se consideró satánica –repuso Oscuro– pero que el paso del tiempo ha acabado situando como una mera agrupación de desequilibrados sometidos a la instigadora del culto, Sonia Postigo, que lleva unos cuantos años en prisión. En los dos o tres años que estuvo en funcionamiento humilló a sus fieles de formas muy diversas. En la prensa de la época, atenta como siempre a los aspectos de vital importancia, se comentó y analizó con todo detalle cómo les había forzado a ingerir excrementos de animales domésticos, a efectuar tareas en el jardín sin ningún tipo de protección&#8230; ¿eran ellos los que estaban obligados a limpiar desnudos la casa? Sí, creo que eran ellos, ¿no?<br />
Beiral comenzó a colocar ante ella los folios que había extraído de la carpeta, como si formaran parte de una partida de solitario con naipes gigantes. Oscuro se desahogó el cuello de la camisa.<br />
–Nada de ello pertenecía a ningún ritual, eran simples métodos de humillación, demostración y refuerzo de la posición dominante de Postigo. Niñerías. Sadomasoquismo de tebeo para amas de casa, como en esos libros que se han puesto de moda. En 1992 acabó matando a la hija de una de los miembros de la agrupación, una joven a la que ejecutó después de un largo ritual, aduciendo que estaba endemoniada. Lamento no comprender el paso de culto satánico a exorcismo con violencia. <br />
Beiral se encendió un cigarrillo y mostró el interior del paquete medio vacío a Oscuro.<br />
–Bien. ¿Quieres?<br />
–No. <br />
–La prensa de la época se quedó en la superficie del caso al ser incapaz, o más bien no querer ni intentarlo, de comprender o explicar un caso de satanismo en España.<br />
Oscuro entornó los ojos, intentando recordar lo que había leído sobre el caso hacía ya dos décadas.<br />
–La verdad es que&#8230; no creo que hubiera mucho satanismo real ahí dentro.<br />
–Eso pensábamos nosotros. Todo apunta al típico camuflaje esotérico para esconder algo mucho más sencillo: una mujer con pulsiones sadomasoquistas en un pequeño pueblo del sur donde, obviamente, no puede dar salida a sus deseos y necesidades. Identifica sus propios deseos con un origen demoniaco, convence a un puñado de pobres de espíritu y ahí está. El culto y el castigo canalizado hacia un tercero. Una secta que no es tal y usada por su principal artífice para justificar algo tan sencillo como necesidades sexuales de dominación.<br />
–Pero eso no es todo.<br />
–Eso no es todo. <br />
Beiral abrió el cajón de la enorme mesa de caoba y buscó algo en su interior. Oscuro observó los lienzos que decoraban las paredes de la sala y desde los que les observaban, rodeando la estancia en una amenazadora e implacable danza estática, los seis Maestros Transmisores que no operaban en Madrid.<br />
La mujer puso sobre la mesa una pequeña figura de madera que le cabía en la palma arrugada de la mano. Tenía unas formas femeninas esculpidas toscamente , unos pechos puntiagudos y unas caderas forjadas con navaja. Se habían molestado en pintarrajear al monigote unos morros de puta, el blanco de los ojos y unos amagos de pupilas azules. La figura estaba envuelta en un trapo de seda roja y tenía anudado alrededor del cuello un mechón de cabello rubio. Oscuro se rascó la mejilla y cerró los ojos, vaticinando ya el encargo de Beiral.<br />
–Pero qué gilipollas ha&#8230;<br />
–El fragmento de tela lo debió de conseguir hace quince días. Cené en el Círculo de Bellas Artes y dejé mi pañuelo en el guardarropa del restaurante. No sé cómo llegó hasta él ni cómo no me di cuenta, pero no se me ocurre otra manera, salvo que haya entrado en mi casa. <br />
Oscuro experimentó un desagradable escalofrío al imaginar solo las implicaciones superficiales de esa hipótesis.<br />
–Si recuerdas la reciente ola de calor que hemos sufrido en pleno invierno&#8230; claro que la recuerdas. Conoces al responsable. Pues esos treinta grados a la sombra de la semana pasada han hecho que apenas saque ese pañuelo de casa. Tuvo que ser en esa cena.<br />
–¿Cuándo averiguó a quién pertenecía el mechón rubio? ¿Qué tiene que ver con la Comunidad de la Ascensión esa?<br />
-No tenía intención de rastrearlo porque cuando recibí esta basura supe que quien me había arruinado el pañuelo era un payaso inofensivo. Pero el infeliz vive en el centro. Estaba paseando y llevaba el mechón en el bolso. Una habitación en un ático de Huertas refulgió como si hubieran instalado una central eléctrica en el interior.<br />
Laura Beiral colocó sobre la mesa de caoba dos fotos tomadas con teleobjetivo de un joven rubio de algo menos de treinta años, ataviado con vaqueros y una chaqueta de pana. Desde la distancia a la que se habían tomado las fotos, difuminado el resto de las personas que se cruzaban con él en la calle, el joven parecía flotar de forma vaga y fantasmal.<br />
–Sebastián Ágreda. Era uno de los miembros de esa secta, por llamar así a ese infecto folladero andaluz. Solo allí pudieron contarle, posiblemente entremezclado con vete a saber qué papilla esotérica de baja estofa, cómo hacer esta basura. Está claro que no tiene acceso a información genuina sobre el tema, pero sí ha hablado con gente afín a las prácticas. En cuanto a mí, queramos o no, nuestras actividades no son tan secretas como nos gustaría. Es posible que con esta memez esté intentando impresionar a alguien.  <br />
–¿Cree que merece la pena molestarse?<br />
–No. Pero conoces las normas.<br />
–Sin excepciones.<br />
–Sin excepciones.<br />
Oscuro se puso en pie. <br />
–Un momento –dijo Berial, pulsando el botón rojo del viejo intercomunicador que reposaba a la derecha de la mesa, junto al teléfono–. Que pase –dijo sin esperar respuesta.<br />
Oscuro volvió a sentarse, pero esta vez lo hizo en el borde de la silla. Como si su instinto le estuviera sugiriendo que se mostrara dispuesto a salir de allí precipitadamente. <br />
–Dos cosas, Oscuro.<br />
–Dígame.<br />
–Primero: la discreción y la pulcritud siempre han caracterizado tu trabajo y por eso sigues con nosotros después de tantos años. Pero por si acaso: solo quiero que le asustes. <br />
Berial abrió la mano, mostrando a su veterano asalariado el espantajo de madera. Oscuro se dejó hipnotizar por las arrugas en las yemas de los dedos de Berial y se preguntó una vez más qué edad podría tener su jefa en realidad.<br />
–Sabes lo que es esto, ¿no?<br />
–Nada.<br />
–Exactamente, no es nada. Bueno, no, sí que es algo: es una intención. Solo una intención. Pero a veces es suficiente con eso.<br />
–Entendido. <br />
La puerta se abrió y entró un joven desgarbado y barbudo, con unas gafas quebradas bajo el cristal derecho.<br />
–No –musitó Oscuro entre dientes. <br />
–Oscuro, no te estoy pidiendo permiso.<br />
–Señora, no creo que sea pertinente obligarme a&#8230;<br />
Beiral se puso en pie y comenzó a rodear el enorme escritorio. Oscuro hacía rechinar los dientes al ritmo de los motores de los vehículos que bajaban por la Castellana.<br />
–Oscuro, estoy convencida de que no voy a tener que obligarte a nada. Sabes perfectamente qué debes hacer y qué no y, por mi parte, estoy mayor para demostraciones de fuerza.<br />
El hombre se puso en pie inclinando levemente la cabeza.<br />
–Sí, señora.<br />
Oscuro se giró hacia el recién llegado. Instintivamente, descansó la mirada en la marca de los Maestros trazada en el dorso de su mano izquierda. Aunque la manga de la chaqueta ocultaba hasta casi los dedos, veía asomar las serpientes entrelazadas que ascendían por el índice. La marca aún estaba borrosa y múltiples costras perfilaban el sinuoso recorrido de los reptiles: el joven era un recién llegado. Oscuro miró su propia mano, distraído: hacía décadas que el trazo de las serpientes había socavado la epidermis de su mano. Con el tiempo, si sobrevivía, el joven descubriría que la erosión de la marca no solo servía para identificar a los compañeros, sino también para determinar cuánto tiempo llevaban a las órdenes de los Maestros. <br />
–Oscuro, Duarte –dijo la mujer con desgana.<br />
Los dos hombres se estrecharon las manos que aún no tenían marca.<br />
–Duarte te va a acompañar en este encargo. Lleva meses en documentación y apoyo en el archivo y es hora de que haga algo de campo.<br />
–Pero&#8230;<br />
Beiral señaló el techo con el dedo índice.<br />
–Ni se te ocurra decir que es un trabajo peligroso. Solo tenéis que dejar un aviso en casa de este imbécil.<br />
Beiral tendió a Oscuro el mechón de cabello rubio.<br />
–Duarte sabe cómo funciona todo, ha prestado ayuda a distancia en varios trabajos. Conoce las normas.<br />
Oscuro expulsó ruidosamente el aire que retenía en los pulmones.<br />
–No es lo mismo.<br />
–Nada es lo mismo en la calle, Oscuro. Mantenedme al corriente de todo.<br />
Oscuro aguantó la mirada de Beiral el tiempo justo para rascar la cabeza de una de las serpientes de su mano izquierda.<br />
–Vamos –susurró al joven, y salió del despacho con un par de zancadas.<br />
Duarte le siguió sin terminar de dar la espalda a la mujer, que volvió a su sitio y ordenó los datos de Sebastián Ágreda muy lentamente, con los ojos cerrados y masticando maldades.</p>

	<p><center><img src="http://librodenotas.com/images/3663t.jpg" alt="oscuro" /></center></p>]]></content>
		<summary type="html"><![CDATA[<p>Oscuro gruñó con desgana, sabiendo que Beiral le obligaba a tragar con esos fríos seis o siete minutos para martillear su orgullo. Por supuesto, el despacho contaba con algo más que un hechizo de sumisión. Con media docena, probablemente. Pero esta actitud no tenía nada de misteriosa: era pura psicología de jefe y empleado, de dueño y perro guardián. </p>]]></summary>
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