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Traduttore, traditore por Elisabeth Falomir Archambault

Desentrañar significados ocultos, concebir el texto como espejo, invocar la palabra detrás de la palabra y desvelar palimpsestos: todo esto nos proponemos hacer los días 20 de cada mes. Elisabeth Falomir Archambault, traductora y otras cosas, hablará de etimología y corrientes traductológicas, descubrirá curiosidades sobre el oficio del trujamán e intentará desenmascarar a traductores y traidores.

El descanso del intérprete

«Lo cierto es que en esos organismos lo único que en verdad funciona son las traducciones, es más, hay en ellos una verdadera fiebre translaticia, algo enfermizo, algo malsano, pues cualquier palabra que se pronuncia en ellos […], cualquier idiotez que cualquier idiota envía espontáneamente a uno de esos organismos es traducida al instante a las seis lenguas oficiales, inglés, francés, español, ruso, chino y árabe […].
Las mayores tensiones que se producen en estos foros internacionales no son las discusiones feroces entre delegados y representantes al borde de una declaración de guerra, sino cuando por algún motivo no hay traductor para traducir algo o este falla en medio de una ponencia por alguna razón sanitaria o psiquiátrica, lo que sucede con relativa frecuencia. Hay que tener muy templados los nervios en este trabajo, más que por la dificultad en sí de cazar y transmitir al vuelo lo que se dice (dificultad bastante), por la presión a la que nos someten los gobernantes y expertos, que se ponen nerviosos e incluso furiosos si ven que algo de lo que dicen puede dejar de ser traducido a alguna de las seis lenguas célebres. El único verdadero afán de los delegados y representantes es el de ser traducidos e interpretados, no que sus discursos e informes sean aprobados o aplaudidos ni sus propuestas tenidas en cuenta o llevadas a efecto, lo cual, por lo demás, apenas ocurre nunca».

Corazón tan blanco, Javier Marías

Releo estos días Corazón tan blanco y subrayo mucho, entresaco frases y párrafos enteros. La novela puede leerse como una fábula sobre la dificultad intrínseca de la comprensión humana o la complejidad del lenguaje, sobre las relaciones paterno-filiales, sobre el amor y su mudanza. Pero hoy me propongo leerla como, entre otras cosas, una reflexión radical y acertada del oficio de traductor.

Empiezo por rescatar, al hilo de la introducción sobre tipos de interpretación en la columna del mes pasado, una anécdota y un concepto.

La anécdota: relata el narrador, de profesión traductor e intérprete en foros internacionales, que en una reunión de los países de la Commonwealth en Edimburgo, y a la cual asisten únicamente asamblearios que conocen la lengua inglesa, se celebra una charla a cargo de un australiano que, furioso al ver que las cabinas de interpretación están vacías, exige que se persone el traductor. Al hacerle ver que no es necesario, es tanta su rabia que empieza a deformar su acento hasta convertirlo en casi irreconocible para los miembros de los demás países (y también para alguno del propio). Se escuchan quejas, se señalan los auriculares con vehemencia; el asambleario australiano, fuera de sí, hace amago de trasladarse a una de las cabinas con intención de traducirse allí a sí mismo (!). La organización decide improvisar un traductor para no desairar al ponente que, ya más tranquilo al ver que sus palabras se benefician al fin del eco de una interpretación y que sus compañeros han recurrido al uso de auriculares para escucharlo con atención, vuelve a relajar su acento hasta hablar de nuevo en un inglés estándar: «Se produjo así, como culminación de la fiebre traductora que recorre y domina los foros internacionales, una traducción del inglés al inglés, al parecer no demasiado exacta».

Esta caricatura ficticia permite a Marías burlarse de los organismos internacionales, arremeter contra su jerga incomprensible y contra la importancia desmesurada que se concede a la traducción. Subraya, como en el párrafo que encabeza la columna, lo absurdo del supuesto poder que se le atribuye al acto de traducir. Subraya también el carácter de duda e inseguridad que acompaña siempre al intérprete, desmonta la concepción de la traducción como ciencia exacta y fiable, insiste en el poder falso de la palabra. La traducción es, en este tipo de organismos, meta en lugar de medio, y este capítulo de la novela, además de perfilar la personalidad del narrador a través de su profesión, parece un guiño del autor destinado al mundo de la traducción, que Marías conoce de primera mano: la traducción deja patente que la palabra es engaño.

Ahora, el concepto: anécdota mediante, el narrador ha dejado claro que los asamblearios se fían más de lo que escuchan por los auriculares que de lo que oyen, y dado que además las intervenciones suelen consistir en declamaciones retóricas que se vuelcan a otra lengua de forma mecánica, se pregunta asustado si alguien llega alguna vez a saber algo de lo que nadie dice en esos foros. Admitiendo que los asamblearios se entienden entre sí, no deja de ser cierto que los intérpretes pueden modificar el contenido de las intervenciones sin que se dé la posibilidad, temporal ni material, de una corrección o una enmienda. La única manera de controlar a un intérprete consistiría en poner a un segundo traductor que a su vez tradujera a este a la primera lengua, para comprobar que efectivamente está diciendo lo mismo que el orador primigenio en ese momento. Y aquí es donde Marías da rienda suelta al absurdo y fantasea con «un tercer traductor igualmente provisto de sus aparatos que a su vez controlara al segundo y lo retradujera, y quizá un cuarto para vigilar al tercero, y así, me temo, hasta el infinito, traductores controlando a intérpretes e intérpretes a traductores, ponentes a congresistas y taquígrafos a oradores, traductores a gobernantes y ujieres a intérpretes. Todo el mundo se vigilaría y nadie escucharía ni transcribiría nada, lo cual, a la larga, llevaría a suspender las sesiones y los congresos y las asambleas y a clausurar para siempre los organismos internacionales».

Pues bien: en realidad sí existe, para cumbres de importancia o visitas oficiales, esa figura de «controlador de intérpretes», llamado intérprete-red o de seguridad. Este obviamente no retraducirá las palabras del primero pero sí escuchará, vigilará y confirmará la pertinencia de su traducción. Parece que en esta profesión sí se puede contestar a la pregunta «¿Quién interpreta al intérprete?».

A la anécdota y el concepto le sigue, en la novela, la escena de la puesta en práctica traductológica. Ya hemos dicho que la palabra es engaño, y así lo demuestra el narrador cuando, al recordar una ocasión en la que ejerció de intérprete durante una reunión entre dos altos mandatarios y en la que su capacidad de traducción resultó ser, de hecho, habilidad para la falsificación. Su competencia profesional se ve afectada por su ánimo de tergiversación: durante la aburrida conversación entre los dos políticos decide traducir la inocente pregunta «¿Quiere que le pida un té?» por la algo más comprometida «¿A usted la quieren en su país?». En lugar de seguir en su papel de intermediario, se inmiscuye activamente en la conversación y aplica técnicas propias al proceso de traducción para seguir con su juego; lo que en rigor debe usarse para facilitar la comprensión de dos usuarios de sistemas lingüísticos distintos sirve ahora para crear un discurso engañoso y manipulado. El conocimiento y dominio de la lengua se pervierte: en lugar de ayudar a volcar un discurso fiel en la lengua meta, crea un texto mentiroso.

Lo que trasluce de estas reflexiones noveladas sobre el trabajo del traductor es que todo desemboca en el poder falsificador del lenguaje. Esta concepción de la traducción como engaño la acerca a la ficción, y quizá entonces surge la duda de si algo puede escapar a la traducción, a la ficción, a la mentira. El silencio y el secreto pueden romperse y no aportan alivio: solo en la sustitución de gestos por palabras encuentra descanso el intérprete.

Elisabeth Falomir Archambault | 20 de abril de 2013


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