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Torreón de Tramoya por Rosalía Ramos

Desde la posición privilegiada del que ve sin ser visto, Rosalía Ramos, filóloga culpable de Las notas de Doxa Grey, desvela con respeto los 4 de cada mes los entresijos de la caja escénica, las esencias de los textos, los engranajes actorales y, en definitiva, la magia que se despliega sobre y en torno a las tablas. Eso que puede lograr que el espectador, frente a un escenario, se olvide hasta de sí mismo. O tome conciencia, en plena catarsis, de quién es y a qué ha venido.

Meng Jinghui: la nueva vanguardia

El mes pasado se mencionaba en esta misma columna a Meng Jinghui, cabeza pensante detrás del Fringe Festival de Beijing, y, además, uno de los directores vivos más reputados de la escena actual de vanguardia en China. Odiado y amado a partes iguales por la crítica contemporánea, lo que no se puede discutir es que, en un contexto dominado por el teatro comercial y las producciones televisivas, Meng Jinghui es y ha sido una rara avis casi desde sus inicios, cuando se unió a un grupo de teatro mientras estudiaba literatura en la Capital Normal University de Beijing con la excusa de vencer su timidez.

El director, nacido en 1964, experimentó de pleno la apertura de China al extranjero, y no se puede negar que le sacó bastante provecho: en sus primeros años, aún estudiante de drama dirigió obras de Pinter, Ionesco, Beckett y Genet, y es ese concepto del absurdo lo que, aun siendo todo obra extranjera, cambiaría en cierta forma su manera de enfocar el teatro: “Absurd theater could prove certain things that I’ve been thinking, smelling and hearing in my pursuit of theater, although it was all Western”. Así, ha dirigido también un Esperando a Godot o su propia Muerte Accidental de un Anarquista, además de una versión sui generis de Fausto, Bootleg Faust.
Otra de sus influencias es la literatura china. La antigua y la contemporánea, en todas sus formas, y enfocada desde su propia perspectiva, que incluye muchas veces no sólo la adaptación sino el trasvase de géneros. Meng reescribió_ Historia del Ala Oeste_, una ópera clásica de la dinastía Yuan (1271-1368) que transformó en una comedia contemporánea, Rapsodia del Ala Oeste, con tres finales alternativos, uno de ellos imitando Casa de Muñecas de Ibsen y que se convirtió en un verdadero éxito.
Siguiendo esta tendencia, en casi todas sus obras hay varios elementos comunes: poemas o canciones clásicas chinas mezcladas con elementos occidentales, casi todo en tono de comedia, con aceradas sátiras y bromas que relajan el tono y que evitan que la obra caiga en un innecesario melodrama, y la mezcla de géneros.

Otra de las características, presente también en la mayoría de sus obras (traducidas al inglés como Rhinoceros in Love, Comrade Ah Q, el musical Amber o I love XXX, así como en la más reciente, Bad Boys Carnival) es la deconstrucción de la obra en pequeñas piezas entre las cuales se insertan interludios, canciones o intervalos recitados que pueden no parecer relevantes y que dan a sus creaciones un ambiente de fiesta, de reunión de amigos. No es raro que haya una banda en el escenario, que los actores canten o que, incluso, se lancen a hacer acrobacias en algún momento.

En Bad Boys Carnival, una de las últimas obras mostradas en Beijing y Shanghai, bajo una apariencia de una gran fiesta rock en la que varios “chicos malos” se desmelenan y cantan bromeando dirigidos bajo la batuta de un barrigudo y jocoso maestro de ceremonias, se presenta una historia sobre madres luchadoras: los propios actores se travisten en señoras de armas tomar, madres que hacen trabajos de sicario, madres que visitan a su hijo en el correccional, madres que intentan sin éxito buscar un novio adecuado a su hija, con la gravedad de algunos temas tapado bajo un blanco maquillaje de comedia que causa, también, su popularidad entre el público en China.
Popularidad, sí, pero también cierto recelo. Se le ha rechazado en el pasado por ser demasiado puntero (algo que, por desgracia para su bolsillo y por suerte para el teatro, le cerró las puertas a las series de televisón). Meng no duda en hibridar sus creaciones con la pintura (en Bad Boys Carnival, la escena está decorada mínimamente por dos grandes lienzos blancos salpicados de trazos negros), la danza, la acrobacia, la música (en otra de sus obras, durante diez minutos solamente se oye música electrónica) o incluso instalaciones artísticas (el reputado artista Shen Shaoming ha colaborado con él en alguna ocasión), lo que hace que se le califique en ocasiones de incomprensible, de abstracto. Es su firma.

“I feel myself more like an architect, designing a space. It’s a challenge to work with so many artists from different genres. I give them free rein as much as possible”.

De momento, lo que sí se puede decir de Meng Jinghui es que es uno de las puntas de lanza de la vanguardia en China. Que sus obras, mezcla de las más variadas influencias, son atractivas y atrevidas. Y que, pese al idioma (los textos están en mandarín) para un extranjero curioso, resultan, también, tremendamente divertidas.

Rosalía Ramos | 04 de noviembre de 2013


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