Libro de notas

Edición LdN
Torreón de Tramoya por Rosalía Ramos

Desde la posición privilegiada del que ve sin ser visto, Rosalía Ramos, filóloga culpable de Las notas de Doxa Grey, desvela con respeto los 4 de cada mes los entresijos de la caja escénica, las esencias de los textos, los engranajes actorales y, en definitiva, la magia que se despliega sobre y en torno a las tablas. Eso que puede lograr que el espectador, frente a un escenario, se olvide hasta de sí mismo. O tome conciencia, en plena catarsis, de quién es y a qué ha venido.

Black is the color of my voice

Una mujer se adentra hacia el público en sombras. Su piel negra brilla mate en la penumbra. Comienza a sonar, leve, la música. Llama. ¿Papá? Y entonces canta, y su voz es una súplica y un grito desgarrado. Se hace de nuevo la oscuridad.

La misma mujer, con otra ropa, renquea desde el biombo que la ocultaba. Arrastra una maleta de cuero, viejísima. Hola, papá. En la habitación no hay nadie. Sólo una cama, una mesita con un teléfono, una silla y, al otro extremo, lo que parecen dos tocones de árbol. Enciende un cigarrillo y da dos largas caladas, mientras pasea nerviosa a un lado y otro de la habitación. Pega un papel con chicle a la ventana y apaga el cigarro al poco de haberlo encendido. No más alcohol. No más cigarrillos. Teléfono… desconectado. Ahora estamos sólo tú y yo. La mujer se ata sobre los cortos y apretados rizos una cinta de pelo ancha de color verde brillante. Y entonces comienza, de verdad, Black is the color of my voice.

La obra que, junto con un buen puñado de personas (lleno absoluto y público ávido de los pocos estrenos en inglés que llegan a la ciudad) pude ver el pasado domingo, es un viaje por la vida de una ficticia cantante afroamericana, Mena Bordeaux, homenaje a ese mito musical (e histórico) que es ya Nina Simone. Estrenada por primera vez en Shanghai antes de viajar a Nueva York, está en perfecta armonía con el espacio teatral de la terraza del Anken Green, abierto y acristalado, que deja que la noche urbana envuelva a los asistentes junto a la música de jazz.

Apphia Campbell, actriz, cantante y bailarina estadounidense, se propuso hacer su trabajo de final de carrera sobre la inmortal cantante. Después de una exhaustiva investigación sobre su biografía, muchas páginas escritas y varios años en el extranjero, el proyecto ha fraguado en una obra de poco menos de dos horas de duración con intermedio, un verdadero recital: Apphia, dirigida por el británico Arran R. Hawkins, encarna varios momentos de toda una vida bajo la premisa de un ritual de limpieza espiritual de tres días que enfrenta a Mena Bordeaux con sus fantasmas del pasado. Especialmente con uno: su padre.

Así, desde la niñez bendecida por Dios con una habilidad inaudita para el piano (los tocones se transforman así en un taburete y unas teclas), con recitales en casa y bailes desenfadados, se pasa al activismo por los derechos de los afroamericanos, para el que Simone fue todo un símbolo en el momento.

De la vieja maleta va surgiendo el encantamiento: Apphia se transforma a cada tocado y cada vestido que se prueba: la vemos como niña pizpireta ante la alegría de su padre y la reserva beata de su madre (“Dios no te dio ese don para que tocaras la música del Diablo”), como jovencísima promesa de la música ataviada con un largo vestido púrpura, como joven enamorada, como comprometida activista (“y vosotros decíais que había que esperar, no podemos esperar”). Vemos las lágrimas acudir a sus ojos cuando, ante esa silla que ha vestido con una chaqueta, confiesa sus miedos, sus angustias, sus sueños o aquella vez en que sufrió una horrorosa paliza en la que pensó que no llegaría a ver el día siguiente.

En el rostro de Campbell, en sus grandes ojos oscuros, vemos a la niña interpretando a Bach con los ojos cerrados. La vemos bautizándose a sí misma para la escena (Mi nombre es Mena… Bordeaux), y mediante los flashbacks, las confesiones mientras se maquilla ante un espejo ficticio y los artefactos históricos (el sonido de una radio que anuncia los asesinatos de Martin Luther King y de John Fitzgerald Kennedy), se articula la narración vital que se apoya, cómo no, en la música.

Apphia Campbell no es la voz de tenor de Nina Simone. Pero mantiene bastante bien el tipo con poco más de media docena de canciones muy bien escogidas, perfectamente reconocibles e interpretadas de forma bastante más que aceptable. Suenan las inevitables Loves you, Porgy y I put a spell on you, que concluye el primer acto; pero también la combativa Missisippi Goddam. Porque la música no es un acompañamiento aquí, sino un complemento indisoluble de esa Mena Bordeaux que, entre arrepentida y orgullosa, afirma que siempre eligió la música ante cualquier decisión.

Quizá por todo eso, lo único que se puede echar en falta en la obra es un piano de verdad. O instrumentos en vivo. Los instrumentos pregrabados le restan calidez a una obra que la rezuma a grandes dosis en los colores de escena y vestuario y en el tono del discurso de la actriz

Pero cuando, en un quizá demasiado precipitado final, la cantante se arranca con I Feel Good, el público se estremece. A la sala acristalada rodeada de noche llega un nuevo amanecer. Vemos cómo se disipan los fantasmas del pasado. Y el sol se asoma en la sonrisa de Mena Bordeaux, y, a todos los que la vemos, nos hace sentir, también, bastante mejor de lo que entramos.

Rosalía Ramos | 04 de junio de 2013


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