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Torreón de Tramoya por Rosalía Ramos

Desde la posición privilegiada del que ve sin ser visto, Rosalía Ramos, filóloga culpable de Las notas de Doxa Grey, desvela con respeto los 4 de cada mes los entresijos de la caja escénica, las esencias de los textos, los engranajes actorales y, en definitiva, la magia que se despliega sobre y en torno a las tablas. Eso que puede lograr que el espectador, frente a un escenario, se olvide hasta de sí mismo. O tome conciencia, en plena catarsis, de quién es y a qué ha venido.

Dos para las... ¿dos y media?

Aquí son cosmopolitas. Y, todo hay que decirlo, a veces algo esnobs. Pero ir al teatro en Shanghai sigue siendo cosa de extranjeros. Frente a la variada cartelera de Madrid, esta ciudad, que la quintuplica en población, apenas mantiene un par de teatros del estilo del CDN; y a pesar de los estrenos semanales con (menos mal) sobretítulos en inglés para las producciones nacionales, los que acostumbrábamos a ir al teatro más de dos veces al mes en nuestras respectivas ciudades notamos que queda mucho por hacer.

El Shanghai Dramatic Arts Centre, situado en plena Concesión Francesa, es un lugar donde dejarse ver para curiosear qué se cuece en la escena reciente de esta ciudad que carece de la tradición cultural de su eterna rival, la capitalina Beijing. Shanghai es y será brillante centro financiero y de negocios; Beijing, la herrumbrosa joya histórica imán de bohemios y artistas. Pero algo está cambiando. Y es que mientras festivales como el Festival de Otoño en Primavera madrileño van quedándose poco a poco sin fondos, aquí, en el corazón financiero de Asia, lo que hay, precisamente, es dinero. Y esto, aunque sea debido a ese esnobismo, también se aprecia en lo teatral.

De octubre a diciembre, durante el ACT Fest, o lo que es lo mismo, el Festival Internacional de Teatro Contemporáneo de Shanghai, se ha dado buena muestra de cómo la ciudad se va abriendo, billetera en mano, a nuevas tendencias, a nuevas compañías y nuevos lenguajes. Y a un precio asequible para el público.

Porque, en una ciudad donde lo occidental, lo importado o lo pretendidamente europeo se paga a precio de oro (y a veces los precios del café, más que impresionar, asustan), una butaca no preferente oscila entre los ciento cincuenta y los ochenta yuanes: unos diez o quince euros. No es tan barato ni hace tanto furor como el karaoke, pero tampoco resulta prohibitivo para una tarde. O, debido a lo temprano del horario para el almuerzo, para esas horas en las que en España ni hubiéramos empezado a comer.

Me aseguro butaca para dos obras sin texto, de compañías internacionales. Una me la regalan. La otra, me ayudan a conseguirla a través del portal de compra online Taobao, únicamente en mandarín. Apostados a la puerta del teatro, los revendedores agitan abanicos de entradas. Los estudiantes se agolpan en las filas reservadas para precio reducido. Me arrellano y disfruto.

Katastrophe, de la compañía barcelonesa Sr. Serrano, es una fábula tan dulce como venenosa en la que se narran los avatares de una raza de (sic) ositos de gominola. Los cuatro actores, como dioses del Quimicefa, intervienen sobre las escenografías-maquetas para mostrarnos una suerte de desgracias que van desde la erupción de un volcán a un atentado terrorista. Te ríes. Y te asustas. Porque, sin palabras y con ositos de gominola que se derriten en loop o se enfrentan a una masacre acompañada de electrónica, están contando cosas que probablemente se hubieran censurado de haberse contado con texto o con proxémica humana. Y tendría muchísima menos gracia.

Medea’s Scream, de los rumanos Sašo & Mojtina Jurcer, se queda en un intento tan vacuo como solemne. La actriz, sola frente a una imponente mesa que es a la vez escenario y tela de juicio, viaja en la vida del personaje mitológico encadenando una serie de acciones gestuales. Simbología de colores. Rojo, negro, blanco. Muñecos desmembrados. Gritos mudos. Más gritos mudos. En Medea’s Scream, se amplifican los efectos hasta un límite inaguantable. El público chino, que no tiene tan interiorizada la leyenda griega, parece algo perdido. Por la parte occidental, aunque podemos identificar las acciones con algo más tangible, seguimos sin saber a dónde lleva todo.

Que me hayan gustado o no es accesorio. Lo importante es que estén aquí, bajo techo chino. Que puedan representarse y que, aunque no goce de excesiva popularidad, haya quien se acerque a verlo.

Al terminar ambas obras, y tras los aplausos de rigor, el público se lanza, entre tímido y respetuoso, a inmortalizar con las cámaras de sus móviles los restos del escenario.

Rosalía Ramos | 04 de diciembre de 2012

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