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Textos del cuervo por Marcos Taracido

TdC es un diario de lecturas, un viaje semanal por la cultura. Marcos Taracido es editor de Libro de notas. Escribió también las columnas El entomólogo, Jácaras y mogigangas y Leve historia del mundo [Libro en papel y pdf]. Ha publicado también el cómic Tratado del miedo. La cita es los jueves.

LOMCE y mala ficción

La mala ficción engancha y adormece, acostumbra a los músculos a un levísimo movimiento constante que anquilosa, y cualquier estímulo superior, más exigente, parece molesto, innecesario, insalvable. Quizás sea esto lo que explique el silencio y la pasividad ante la nueva Ley de Educación que aprueba el Gobierno: la mala prosa de las anteriores ya no permite reaccionar, la mala ficción de nuestra democracia nos tiene en una permanente invernación. Porque lo que la LOMCE propone, lo que pretende llevar a cabo, es tan vergonzosamente ideológico, tan abiertamente destructor de la educación pública que exigiría una oposición ciudadana al mismo nivel de violencia que el ataque. Pero no, hay silencio, tímidas e inútiles manifestaciones y huelgas que muestran la escasa imaginación de los actores convocantes de protestas. Ni siquiera hay un murmullo constante de desaprobación entre los sectores más implicados, no hay debate, un paraqué resignado, estéril, destructivo.

¿Y por qué la LOMCE merece una desobediencia civil organizada, contundente, firme y que incluya a profesores, padres y alumnos? Es fácil encontrar artículos que desgranan uno por uno las muchas violentas agresiones de la Ley a la educación pública (ah, letra, qué barata nos resulta, y qué inútil parece), yo me centraré en uno sólo: las evaluaciones al final de etapa, o reválidas: un examen al final de la ESO y del Bachillerato que decidirá si el alumno recibe o no el título y que evaluará lo estudiado en los cursos anteriores. Este examen es el fin de muchas cosas:

  • Cualquier profesor que hay impartido 2º de Bachillerato sabe cómo marca el objetivo de la Selectividad: se prepara al alumno para superar un examen, con sus vicios y sus trucos, y se deja de un lado los aprendizajes que podría aportar la programación para enfocarlos hacia un modo de responder un tipo de preguntas determinadas de antemano. Y dado el temario inabarcable en casi todas las asignaturas se opta por pasar los apuntes de ciertas partes a los alumnos y darlos por explicados: ¿para qué el profesor entonces?
  • La unificación que pretende la evaluación al final de etapa supone, por ejemplo, que un alumno brillante (o simplemente apto) en determinadas materias pero con dificultades en otras pueda quedarse sin el título de ESO. Supone acabar con los programas de diversificación curricular que concentraban el programa en unas pocas materias para aquellos alumnos con ganas de estudiar pero con dificultades de aprendizaje, y con todos aquellos que necesitan de apoyo individualizado o las adaptaciones curriculares: nunca aprobarán un examen de nivel.
  • Acaba con la autonomía del profesor y su decisión de incidir en determinados aspectos del aprendizaje de sus alumnos según las carencias que perciba en ellos, pues el objetivo del examen le obliga a centrarse en los objetivos que marcan unos burócratas que no conocen a las habilidades y carencias de Ana, de Manuel, de Sheila, de Eva, de Abdul o de Samuel.
  • Acaba con la posibilidad de la improvisación, pararse y torcer y perder tres semanas de curso en una actividad no programada porque se ve la potencialidad que tiene para el alumnado en ese momento (no sé, elaborar un periódico porque alguien lo plantea, estudiar lo que pasa en Siria en profundidad o sacarlos a realizar entrevistas de calle sobre cualquier tema que surja), porque seguro no será objeto de pregunta en la evaluación de etapa.
  • Acaba con la autonomía de los centros y la puesta en marcha de proyectos innovadores, de proyectos que se adapten al entorno en el que vive su alumnado y faciliten una educación adaptada a sus necesidades, porque ahora todos tendrán que responder a las necesidades que unos funcionarios de Madrid creen mejores para ellos.
  • Acaba con la potestad de la Junta de Evaluación del centro para decidir si un alumno ha adquirido globalmente los conocimientos y competencias necesarias para seguir adelante con su vida.
  • Hace rebrotar con fuerza e intensidad un factor que ya no estaba muerto: el privilegio de nacimiento: serán los que puedan pagar las clases particulares o los colegios privados a sus hijos con problemas los que no se verán afectados por el examen unificador.

Ya está. Yo ya lo escribí y usted ya lo leyó. Ahora podemos seguir ambos con nuestras apacibles existencias. No pasa nada.

Marcos Taracido | 13 de junio de 2013


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