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Textos del cuervo por Marcos Taracido

TdC es un diario de lecturas, un viaje semanal por la cultura. Marcos Taracido es editor de Libro de notas. Escribió también las columnas El entomólogo, Jácaras y mogigangas y Leve historia del mundo [Libro en papel y pdf]. Ha publicado también el cómic Tratado del miedo. La cita es los jueves.

Actualidad de las ruinas

Sostiene Chuck Palahniuk (Esta usted aquí) que el compendio de circunstancias —técnicas y sociales— que convierten hoy a cada ciudadano en un narrador llevan al mismo tiempo a que vivamos deprisa, a que pasemos de puntillas por las cosas, a que nos obsesione la narración en sí misma y no lo narrado. Creo que la metáfora exacta es la del vídeo doméstico, viajar para dejar constancia del viaje en unas cintas, ver el paraje, los eventos, la flora y la fauna a través de un objetivo, una versión modesta de esos quince minutos de fama que se nos prometen a todos desde la modernidad, renunciar a la mirada para poder revivir en la pantalla un simulacro, esa fue mi vida, estuve allí, me miente mi vacío pues esta retina de cristal guardó mis pasos. Ser reproducido, un retrato, una escultura; la fotografía comenzó esa extensión al pueblo del derecho de permanecer en el tiempo, sobrevivir a las cenizas, prometeos todos robando a la muerte nuestros avatares para entregárselos al mundo de los vivos.

Y la ruina es una supervivencia degradada, un avatar espurio, una copia velada. Ahora las ruinas que nos atraen ya no son los recuerdos gloriosos de un pasado perdido en la historia, sino aquellas que nacieron con nosotros y se ajaron o se cubrieron del olvido, cadáveres contemporáneos que apuntalan nuestra supervivencia, barcos gigantes varados en las playas como viejas ballenas, fábricas huecas como cuerpos abandonados por sus fantasmas, edificios llenos de luz en nuestra infancia y ahora secos y absorbidos por las plantas. Como si la memoria se adaptase a la prisa y condensase en nuestras escasas décadas todo el vértigo del tiempo. Somos, nosotros, hoy, toda la historia.

Marcos Taracido | 20 de mayo de 2010

Comentarios

  1. Alberto
    2010-05-21 00:27

    Dentro de la metáfora del vídeo doméstico hay una especie de ramificación que es la de la “no repetición”: no repetir viaje, no volver a donde se estuvo, no pasar de nuevo por allí. Escuchas a alguien contar la deliciosa experiencia en el sur de Portugal y cómo fueron días increíbles. Luego dices: ¿volveréis el año próximo? “No, ¿por qué? Ya estuve”. Y así, como en los puntos del botón de la felicidad, acabamos coleccionando sitios, chinchetas en el mapa, banderitas en Google Earth.

  2. María José
    2010-05-21 02:33

    Yo recuerdo, cuando comenzaron a generalizarse las cámaras de vídeo ligeras en las que todavía no se veía lo que se había grabado, en el Monte de Santa Tecla, un chico diciéndo: “esoty deseando llegar a casa para ver el vídeo”.

  3. shop sex
    2010-05-21 06:13

    Es cierto que a veces nos obsesiona el dejar constancia de lo vivido sobre todo para atestiguarlo delante de los demás

  4. Ana Lorenzo
    2010-05-26 17:50

    Gracias por el texto de Palahniuk y por el artículo, Marcos.
    Creo que, al final de su texto, Chuk Palahniuk, lo invierte, de forma un tanto absurda e irónica: si queremos escribir el guión de un personaje inteligente, mejor vivamos como un personaje inteligente; si todo nos resulta ya visto, ya vivido, entonces no repitamos: de ahí al paso de que si una guerra no es un buen elemento en un guión, es aburrido, no hagamos más guerras.
    De todas formas, lo que es realmente interesante es lo que decís los dos: «Como si la memoria se adaptase a la prisa y condensase en nuestras escasas décadas todo el vértigo del tiempo. Somos, nosotros, hoy, toda la historia.», dices tú; «El orador activo ha pagado para que lo oigan. Para dejar tras de sí cierto rastro de sí mismo: siempre confiando en que dicho rastro baste para echar raíz y convertirse en algo más grande. Un libro. Un hijo. Un heredero para su historia, para llevar su nombre hasta el futuro.», dice Palahniuk.
    En el fondo, quizá, la gente es hoy en día más espectadora que nunca, ¿no? En muchos libros y películas lo que sentimos es identificación. Asistimos a una narración de un antihéroe en la que el sentido solo se lo da el que somos espectadores suyos: en cierto modo, pienso también en el realismo del XIX (no en el naturalismo, con su crítica social) —si quieres, en el Fréderic de La educación sentimental de Flaubert, o en algunos de Galdós—, y, fuera de la trascendencia del personaje en sí, este es un poco como el rey en el ajedrez: lo define, más que su comportamiento (si la reina es más hábil y lista; si los alfiles y caballos y torres tienen mayor movilidad y libertad, si hasta los peones son más valientes…), el comportamiento de todos los demás. Algo así ocurre, digo yo, nos sentimos como el rey en la partida: si caemos, se acaba, por poco interesantes que seamos; solo tienen que observarlo desde fuera para que seamos de verdad el rey protagonista y no nos quedemos en el simple primer peón que cae: y el juego sigue y sigue ;-)
    No sé si me he explicado.
    Un beso.



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